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PARTE Siete de la novela
08/15/2017
PARTE 7 de la novela: "Flor y música para el funeral de Elisa". Novela llena de emoción, intriga , amor y suspense. Cinco minutos más tarde, Genoveva salió a la calle, buscó una joyería de compras y ventas de oro y plata. Se le acercó un hombre mayor. “Hola, buenas tardes, ¿Qué desea? “Hola, quisiera vender algunas joyas” Genoveva sacó de su bolso dos pulseras de oro, un cordón, tres anillos, incluida la alianza de casada y unos pendientes. “El precio de todo su oro dependerá de su peso”, dijo el joyero. “Lo comprendo, pese las joyas y dígame cuanto me puede dar por ellas”. “Mil seiscientos euros”, dijo el hombre. “De acuerdo, las vendo” dijo Genoveva decidida. “Las joyas permanecerán quince días en depósito, si usted viene con este tique, con los mil seiscientos euros más el quince por ciento, puede usted llevarse sus joyas, si no es así las joyas se pondrán en venta” el joyero le explicó sus condiciones. “Estoy de acuerdo señor, muchas gracias”. Genoveva cogió el dinero y salió de la joyería. No quería andar por la calle con el dinero en el bolso, pero a la vez, quería pasar por aquella calle, donde estaba la consulta aquel psiquiatra tan raro. Genoveva llegó hasta el portal, se quedó mirando hacia a riba, no alcanzaba a ver nada. Se marchó hacia la pensión, mejor olvidar lo ocurrido, pensó Genoveva. Ya era las dos menos cuarto, cuando llegó al hostal, Genoveva se acercó hasta la cocina y saludó a Montse. “Huele muy rico Montse” “Sí, y muy sano, de primer plato hay sopa de mariscos, de segundo merluza con patatas asadas, y ensalada”. “De lujo Montse. Subo y enseguida bajo a comer, hoy tengo prisa Montse, he quedado con Fabrizia”. Genoveva ya estaba a punto de salir de la habitación, cuando llamaron a la puerta. Era Jorge, el camarero del hostal. “Señora Genoveva, le llaman por teléfono”. “Oh, voy en seguida Jorge, gracias” “Será fabrizia, espero que no se anule la cita que tenemos para ver el piso a las cuatro”, iba comentando al chico mientras se acercaba al teléfono”. “No sé quién está al teléfono, doña Montserrat me ha mandado avisarla”. “Gracias Jorge”. “Hola, dígame, hola”. Después de unos segundos de silencio, una voz masculina contestó. “Hola Genoveva, que tal estás”. “Quien es usted, no le conozco”. “Sí me conoce, yo la conozco, nosotros nos conocemos” El corazón de Genoveva empezó a latirle cada vez más fuerte. Aquella voz era la del psiquiatra, sin dudas. Estaba loco. “¿Estás ahí, Genoveva?” “¿Quién le ha dado este número de teléfono?” “Pero, como no voy a tener el teléfono de mi paciente, no sería profesional, tengo la lista de todos los enfermos mentales que he tratado, y por supuesto, a todos localizados”. “Yo no soy su paciente, y no me vuelvas a llamar”. “Tranquilízate Genoveva, te he llamado porque me preocupa tu salud. Te atenderé el jueves de la semana próxima, a las siete y media de la tarde”. “Le he dicho que yo no soy su paciente, no me molestes más o me veré obligada a llamar a la policía. ¡Déjeme en paz!”. “¡No cuelgues!” gritó el individuo. Genoveva colgó el teléfono, y se fue para la mesa de siempre, Les temblaban las piernas, se sentó. Apenas podía hablar, su garganta estaba seca. El camarero se acercó a ella, le pregunto qué iba a tomar. Pidió agua. Genoveva, marcharse a la habitación, pero no quería faltar a la cita con Fabrizia, tenía que ver el apartamento, ahora le urgía marcharse de allí. Aquel asesino tenía el teléfono del hostal, sabía que ella estaba ahí. Pero, como había averiguado todo eso, y con qué intención. Se preguntaba Genoveva y no obtenía respuestas. El camarero le trajo el agua y el cestito con el pan y los cubiertos. Bebió un trago del agua, miró a su alrededor, en el comedor había pocas personas, en la barra una pareja tomando unos vinos, en la mesa de al lado dos obreros vestidos de azul y marrón, tomando cervezas y comiendo el menú. Genoveva, estaba pensativa, la llamada que recibió le preocupada. Montse se acercó a la mesa con el plato de sopa, Genoveva se sobresaltó. “¿Todo va bien Genoveva, noticia del pueblo?”, preguntó la mujer al verla preocupada. “No son noticias del pueblo. Todo está bien, Montse”. “Que aproveche, en un momento te sirvo el segundo plato” “Gracias, Montse, pero con este plato será suficiente”. “El postre no me lo rechaces”, le dijo sonriendo la dueña del hostal. “¿Y Qué hay de postre?” le preguntó con una breve sonrisa. “Crema catalana, y es mi especialidad” “Estoy deseando probarla” Eran las tres cuando Genoveva acabó de comer, le daba tiempo para subir a la habitación, lavarse los dientes y marcharse para encontrarse con su amiga la italiana. Así lo hizo. CONTINUA... Autor Lola Barea
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PARTE SEIS
08/15/2017
Parte 6 de la novela: "Flor y música para el funeral de Elisa". Novela llena de emoción, intriga , amor y suspense. "Mi psiquiatra va a matarme" Hizo pasar al chico delgado. Genoveva buscó con su mirada a la chica de blanco. Se levantó para marcharse de aquel lugar, un ruido sonó dentro de la consulta. Genoveva cogió su bolso. Cuando se disponía a marcharse, se abrió la puerta azul. Salió el hombre sin la bata blanca. “Pase”, le dijo a Genoveva. “Yo he quedado con la doctora Úrsula, la psicóloga”, contestó Genoveva asustada. “Le atenderé yo”. Tomó a Genoveva por un brazo y la entró en la habitación, la sentó en el sillón frente a él. “No tengas miedo, estoy aquí para ayudarla, cuénteme el motivo de su visita”. “¿Dónde está el chico delgado?” preguntó Genoveva con voz temblorosa. “¿De qué chico hablas?” dijo el doctor Printo. “El chico pelirrojo, estaba en la sala de espera,” le contestó ella asustada. “Se habrá ido ya” “Es imposible, esta habitación no tiene salida, le fuese visto marchar” le contestó Genoveva con lágrimas en los ojos. La puerta azul se abrió, era la chica de blanco. “Disculpe doctor, si no me necesita me voy” “Puede irse Inma” le dijo el doctor. Genoveva aprovechó la ocasión, se levantó rápida del sillón y salió de allí. En la entrada la alcanzó la chica de blanco. “Genoveva, espere usted” “No, no, no espero, me voy” “La doctora Úrsula ha llamado, dice que no puede venir, mañana pasará consulta en su clínica” Genoveva no miró hacia tras, no le interesaba lo que la muchacha le decía. Llegó casi a oscuras hasta el ascensor, ahora le parecía aún más lento que la primera vez. Ya en la calle, Genoveva echó a caminar de prisa. Eran las nueve menos cuarto, las farolas alumbraba a la gente, Genoveva se mezcló entre ellas. Cuando llegó al hostal, Genoveva se sintió un poco más tranquila. Montse se le acercó. “Bona ni, buenas noches Genoveva. Fabrizia llamó por telefono, subí para avisarte de su llamada, pero ya te habías ido”. Gracias Montse, ¿Vas a cenar?” “No Montse, me voy a la habitación, estoy cansada”. Genoveva entro en la habitación, se tumbó en la cama y lloró un buen rato. Miró el reloj, eran la nueve y diez, se fue al baño y se enjuagó su rostro. No quería que la viera Fabrizia, estaba a punto de llegar de su trabajo. Fabrizia abrió la puerta de la habitación y avisó su llegada. “Hola Genoveva, ya estoy aquí” “Hola Fabrizia, ¿Cómo te ha ido?” Muy bien, con mucho trabajo, pero muy bien, el encargado Martin es buena persona. Me ha dado unas lonchas de jamón, ensalada y unos refrescos. La doctora Úrsula me llamó, me dijo que no iba a estar y que te visitaría el lunes en su nueva clínica. Llamé a Montse, ella subió para avisarte pero ya te habías ido. “Sí, Montse me lo ha dicho. ¿Sabes fabrizia? hasta última hora la enfermera no me dijo que la doctora no iba a venir”. “Resulta raro Genoveva, porque la doctora avisó a todos sus pacientes incluida la enfermera, ¿había pacientes esperándola aparte de ti?” Preguntó Fabrizia. “Para la doctora solo estaba yo, para el psiquiatra..., para el psiquiatra había dos personas”. Bueno, el lunes a las ocho, cuando salga del trabajo te vas para su nueva clínica”. “Pero, Fabrizia, el lunes salgo a las nueves del trabajo”. “El lunes sales a las ocho menos cuarto, Martin el encargado, ya lo sabe”. “Pues mal voy a empezar en el trabajo Fabrizia”. “No te preocupes, la doctora Úrsula es hermana de Martin. Y que no se nos olvide Genoveva, mañana sábado tenemos una cita, para ver el apartamento de alquiler.” La conversación con su amiga le vino bien a Genoveva, aunque no olvidaba lo sucedido con el raro doctor, y sobre todo con aquel chico pelirrojo y delgado que había desaparecido delante de sus ojos. La noche se le hizo interminable.Quizás, debería haberle contado lo sucedido a Fabrizia, pero Genoveva no se atrevió, no la quería preocupar, y si se lo contaba y no la creía, mejor callar, pensó ella. Eran las siete de la mañana del sábado. Genoveva se levantó a la misma hora que Fabrizia, no le apetecía estar más tiempo en la cama, quería dar una vuelta por los alrededores, sobre todo por el barrio donde pasó aquel incidente. Las dos mujeres bajaron. Montserrat estaba en la barra. “Bon día, buenos días chicas, que les sirvo” “Bon día, buenos días Montse, dos cafés con leche, por favor”, contestó la simpática italiana. Fabrizia se tomó rápida su café y se despidió de Montse y de Genoveva. “Recuerdas Genoveva, tenemos una cita para ver el apartamento, a las cuatro”. “No, no se me olvidará Fabrizia, estoy deseando de verlo”. “Chicas, cundo os valláis del hostal les voy a echar mucho de menos”, dijo Montserrat. “No te preocupes Montse, te visitaremos de vez en cuando, y tú nos visitaras también”, dijo Fabrizia a la vez que se dirigía hacia la puerta para marcharse. Autor Lola Barea
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PARTE 5 DE LA NOVELA
08/15/2017
Quinta parte de la novela: "Flor y música para el funeral de Elisa". Novela llena de emoción, intriga , amor y suspense. "Mi psiquiatra va a matarme" Fabrizia salió del baño y cogió su bolso, sacó un termo con café, dos bocadillos, refrescos y unos pastelitos. Quitó la lámpara de la mesita y la retiró de la pared, puso lo que había sacado de su bolso e improvisó la cena. Genoveva y Fabrizia se sentaron cada una en su cama, y la mesita en medio de las dos. Se sirvieron refrescos y bocadillos. “¡Ya tienes trabajo Genoveva!”, le dijo Fabrizia emocionada. “Que bien Fabrizia, que bien amiga”, le contestó Genoveva contagiada con la emoción de su amiga. “Tranquila mujer, ten paciencia y vayamos por partes. Empezarás el próximo lunes. En la carnicería del supermercado. Aunque, si no hay clientes en la carnicería, te irás turnando en la panadería o frutería”. “Entiendo Fabrizia, sin problemas. Gracias, amiga, eres la hermana que nunca tuve”. “¿Y tú, Genoveva, cómo has pasado el día?” “Nada importante. Salí a dar una vuelta por los alrededores, cuando regresé, comí en el hostal y conocí a Montserrat su dueña. Es muy simpática”. “Yo, he conocido a una psicóloga en el supermercado. Dice que, pasa consulta en su apartamento, el sitio es provisional, solo hasta que acabe los últimos arreglos de su nueva clínica. La doctora Úrsula, me ha parecido muy simpática. Me ha dicho que la primera consulta es gratis. Le hablé de ti, me ha dado una cita. Genoveva, si no quieres ir se anula la cita, me ha dado su número de teléfono”. “¿Para cuándo es la cita?” le preguntó Genoveva un poco tristona. “Mañana viernes a las siete y media de la tarde, está muy cerca, a dos calles de aquí.El sábado trabajo hasta las tres de la tarde, y a las cuatro, vamos a ir a ver un apartamento en alquiler. ¿Qué te parece, Genoveva?” “Uf, me parece impresionante, has hecho tantas cosas. Eres fuerte y luchadora Fabrizia, y muy valiente”. “Tú también lo eres Genoveva, solo necesitas la ayuda de un profesional para salir de esa depresión, y ya veras, como vuelves a ser la misma Genoveva de siempre. “Iré a la cita con la psicóloga Fabrizia, iré” Viernes, siete y cuarto de la tarde. Genoveva estaba en el portal de un edificio viejo, la pintura de la fachada amarillo ocre descolorido, las cenefas marrón oscuro con chorreones de verdines. Un escalofrío la hizo estremecerse. No le gustaba aquello, pero menos le gustaba la tristeza que tenía. Pulsó el timbre de la octava planta. Sonó una voz femenina. “Me llamo Genoveva, tengo una cita a las siete y media”. “Sí, entre Genoveva, octava planta a la derecha”. El ascensor era estrecho y lento, se abrió en un rellano oscuro. Genoveva buscaba la luz cuando una anciana de pelo blanco y gafas se le adelantó y la encendió. “Bona tarda” saludó la anciana mirándola de arriba abajo. Buenas tardes, señora” Genoveva miró a su derecha, había dos puertas con muchas capas de barniz. No veía ninguna placa que identificara la consulta de la doctora. No hizo falta llamar, la puerta la abrió una joven de unos veinticinco años, con bata blanca y una libreta en la mano. “Buenas tardes, soy Genoveva” Buenas tardes, pase Genoveva, póngase cómoda, la doctora no ha llegado, solo está el psiquiatra, doctor Printo” “Yo he quedado con la doctora Úrsula, psicóloga” “La doctora ha ido a una urgencia, llegará pronto, siéntese Genoveva” En la habitación había cuatro sillas ahiladas, un sofá de dos plazas y al lado un revistero, en las paredes unos cuadros de flores y unos payasos sonrientes. En el sofá estaban sentadas dos personas, un chico pelirrojo y delgado y una mujer de pelo corto y canoso. “Buenas tarde”, saludó Genoveva. “Buenas tardes”, contestó la mujer. El chico pelirrojo, levantó la cabeza, miró hacia la puerta y sin decir nada volvió abajarla. Genoveva se sentó en una de las sillas frente a una puerta pintada de azul La chica de blanco hizo pasar por la puerta azul a la mujer de pelo corto y canoso. La recibió un hombre de unos cincuenta y seis años, con bata blanca y zapatos negros brillantes. En unos diez minutos la mujer salió de la consulta, dejándose la puerta azul abierta. Los ojos de Genoveva estaban puestos en el interior de aquella pequeña habitación, trasformada en cutre consulta. Había una mesa, dos sillones, uno para el doctor y el otro para el paciente, un perchero negro, un armario estrecho y alto. Genoveva no daba crédito a lo que veía, aquel hombre con bata blanca, olvidó que la puerta estaba abierta. Genoveva estaba viendo sus raros movimientos. Volcó su cuerpo hacia adelante, dejo los brazos caídos, de vez en cuando se llevaba los dedos a su boca, agarrando su lengua y tirando de ella, hasta sacarla al máximo, poniendo después cara de vómitos. Se sacudía, como si quisiera sacar todos sus órganos de su interior fuera de él. Con la cabeza agachada la giró hacia la puerta, miró a Genoveva, aquel raro doctor se dio cuenta que era vigilado, rápido se levantó y se dirigió a la sala de espera. Autor Lola Barea
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Cuarta parte de la novela: "Flor y música para el funeral de Elisa". Novela llena de emoción, intriga , amor y suspense . Seis de la mañana de abril de 2006. Un taxi llevó a las dos mujeres hasta el aeropuerto. Cogieron el vuelo desde Málaga a Barcelona. Una vez allí, se dirigieron a un hostal, alquilaron una habitación con dos camas pequeñas. Genoveva abrió su maleta y empezó a colocar sus cosas a un lado del diminuto armario. Fabrizia llamó por teléfono al encargado del supermercado, para comunicarle que ya estaba en la ciudad, y dispuesta para su incorporación a su trabajo. “Mañana empiezo en mi nuevo trabajo”. “Muy bien Fabrizia”. “Le hablaré a mi jefe de ti, a ver si puedes trabajar en el supermercado. “Sí”, le contestó triste Genoveva. “Anímate mujer, todo va a salir bien, desde ahora empezamos una nueva vida. Sé que para ti no es fácil, siempre has vivido en el pueblo. Tú eres fuerte Genoveva, y olvidará a ese, innombrable”. “No estoy triste por Hermes. Estoy triste por todo aquello que lucharon mis abuelos y mis padres, y yo, no he sabido defenderlo”. “Tus padres estarían de acuerdo con la decisión que has tomado. Ya dejemos de hablar del pasado, y concentrémonos en el presente”. “Tienes razón Fabrizia. Buenas noches”. Aquella noche Genoveva apenas durmió. Notaba todo tan extraño. Intentó no hacer ruido para no despertar a su amiga, ésta empezaba a trabajar temprano. Genoveva despertó sobresaltada, miró a su alrededor, no había nadie. Fabrizia se había ido a su trabajo. Vio una nota en la mesita de noche, recostada en la lámpara. >Genoveva, cuando despiertes, baja y desayunas en la pensión, o mejor, vas a una cafetería de los alrededores, y ya me contarás como es nuestro nuevo barrio< A Fabrizia le preocupaba el estado de su amiga, estaba sumergida en una depresión, sin dudas. Lo que menos le apetecía a Genoveva era bajar, tan poco quería defraudar a su amiga. Se dio una ducha y bajó. La cafetería del hostal era pequeña, acogedora y tranquila. Genoveva buscó con su mirada una mesa para sentarse. No había muchas mesas donde escoger. Se sentó en una apartada de la puerta de la calle. Desde allí, veía a una pareja ya mayores, él ojeaba el periódico, ella recogía las migajas de pan de la mesa, y las iba echando en una taza de café vacía. La dueña, Montserrat, una simpática mujer, se acercó a la mesa donde estaba sentada Genoveva. -Bon día, buenos días, me llamo Montse. Buenos días Montse, yo me llamo Genoveva. -Encantada de conocerla, Genoveva, ¿qué le sirvo? -Un café con leche, por favor. -Muy bien, ¿algo para comer, tostadas, cruasán? -No, solo el café, gracias Montse. Genoveva se tomó su café y se fue para la habitación. Se tumbó en la cama y pensó. Su actitud no era la correcta para salir adelante. Bajó de nuevo, buscó a Montse. “Montse, le voy a pedir un favor. Necesito trabajar. Yo se cocinar, limpiar, de cajera, dependienta, o lo que sea. ¿Sabe usted de algún trabajo?” “Ahora mismo no, pero no se preocupe, lo voy a tener en cuenta, si me entero de algún trabajo descuide que yo le aviso”. “Gracias, Montserrat”. Genoveva salió a la calle, caminaba sin ir a ninguna parte, solo con la intención de tomar aire y espabilar un poco su mente. Después de dos horas en la calle decidió volver al hostal. Cuando llegó al hostal, había un delicioso olor a estofado, que le recordó que tenía hambre. “En un cuarto de hora estará la comida”, escuchó la voz que venía de la cocina. Era la voz de la señora Montse. “Voy a subir a la habitación y enseguida vuelvo”. Genoveva entró en la habitación, abrió la ventana para que se ventilase, se cambió de zapatos y bajó para comer algo. Genoveva se sentó en la misma mesa que estuvo por la mañana. Un joven camarero se le acercó para preguntarle que iba a tomar y comer. Genoveva pidió cerveza sin alcohol y estofado. El chico le trajo la cerveza y un cestito con el pan y los cubiertos. El plato de estofado se lo sirvió Montse. Después de comer Genoveva se volvió a la habitación. Le dio alegría cuando escuchó entrar a Fabrizia. “Hola Genoveva, ya estoy aquí” “Hola Fabrizia, ¿cómo te ha ido?” “Muy bien, mucho trabajo, pero muy bien. Me doy una ducha y después te cuento, y tú también me cuentas que tal has pasado la mañana” Autor: Lola Barea.
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Tercera parte de la novela: "Flor y música para el funeral de Elisa". Novela llena de emoción, intriga , amor y suspense . La dependienta, buscó la ocasión, para hablar a solas con Genoveva. “Me voy del trabajo Genoveva”. “¿Por qué te vas Fabrizia?” “Tú sabes que soy muy sincera”. “Sincera y leal Fabrizia, muy leal”. “Hermes no es lo que tú piensas. Es un pervertido”. “¿Por qué lo dices tan segura, y si son habladurías de la gente?” “No, no Genoveva, no. Así pensé yo al principio, cuando escuché por primera vez rumores sobre él. Esos rumores, los he investigados, ¡son verdad!” “Hermes está desilusionado. Él, quiere que tengamos un hijo, yo no quiero quedar embarazada de él, pues, yo también he hecho mis investigaciones”. “¡Que tiene el descaro de pedirte un hijo, cuando ya tiene uno, y lo ha abandonado! ¡Maldito sea el sin vergüenza de Hermes!” “Sobre ese niño le he preguntado a Hermes. Lo niega Fabrizia. Dice que esa mujer miente, y ese niño no es su hijo”. “¡Cállate Genoveva, cállate, no te reconozco! ¡También te negará que él sea un puto acosador! Me acosa, Genoveva, me acosa. Todo lo que está pasando es un mal vivir para mí, y no lo voy a consentir. Por eso me voy, y porque no quiero verte como ese canalla te hunde, y tú no haces nada por evitarlo. ¡Mírate, Genoveva, no eres la misma. Te estás volviendo enfermiza, temerosa, insegura! Piensa en tus padres. Todo lo que ellos lucharon, ese mal nacido lo está destruyendo. Has perdido a tus clientes. No les gusta Hermes. El negocio va mal”. “Por qué me ha tenido que pasar esto. Quisiera morirme, Fabrizia. Todo esto me causa una inmensa tristeza. Siento vergüenza por mi fracaso. El pueblo es pequeño, hablaran de mí”. “Hablaran si sigues encubriendo a un pervertido”. “No, no quiero ser encubridora de un mal nacido, si no quiere a su hijo ese no quiere a nadie. Lo he perdido todo por su culpa. Se ha gastado mis ahorros en sus líos, coches, prostitutas, juegos”. “Genoveva, si tus padres supiesen de tu situación, seguro que te animarían para que te alejase de un sinvergüenza vividor. Me voy a Cataluña. Me ha salido un trabajo de cajera, en un supermercado. Te puedes venir conmigo. Allí encontrarás trabajo y quien sabes, a lo mejor encuentras un hombre como Dios manda”. “¿Y dónde vamos a vivir, Fabrizia?” “Por lo pronto en una pensión, hasta que encontremos un apartamento”. “No tengo dinero Fabrizia, solo unas joyas de la familia”. “Yo tengo algo ahorrado, lo suficiente hasta empezar a cobrar mi sueldo”. “Tengo miedo Fabrizia, no me encuentro bien de salud, seré una carga para ti”. “No digas eso Genoveva, todo va a salir bien”. Autor Lola Barea.
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Segunda parte, de la novela: "Flor y música para el funeral de Elisa". Amor, suspense intriga y tragedia. Pasaron tres semanas y todo seguía igual, excepto los pensamientos de Genoveva. No podía quitarse de su cabeza, aquel hombre, el representante. Sentía rabia por no haberle atendido. Entre ellos, hubo un cruce de miradas, así lo percibió la muchacha. Dos de agosto, ocho de la mañana. Como de costumbre, Genoveva entró en la cafetería cerca de su tienda. Su corazón le dio un vuelco. Hermes el representante, estaba de pie en la barra, con un café y el periódico. Se saludaron. “Hoy llego más temprano, espero que me puedas atender”, dijo el hombre, sonriendo. “Claro que sí. Espero que me interesen sus productos y sus ofertas”, le contestó ella sonriendo. En ese momento entró la italiana, tan simpática como siempre, saludando a los que se encontraban en la cafetería. Después de desayunar, las dos mujeres se fueron para abrir la tienda. Hermes las acompañó, puso su carpeta sobre el mostrador, y empezó a mostrarle una nueva gama de conservas. “Muy buenas ofertas de promoción, y son productos de gran calidad”, dijo él. “Eso espero”, le contestó ella. Genoveva le hizo un pedido. Hermes tomó nota. Le pidió un número de teléfono para tenerla en su lista de clientes. Ella se lo dio. Él le dejó su tarjeta. Así empezó Genoveva y Hermes. Primero una amistad, luego el noviazgo. Unos meses después, Hermes, le pidió matrimonio a Genoveva. Ella le aceptó. Fueron dos meses de mucho trabajo. Tenía que pintar la casa y la tienda. Fabrizia le ayudó a los preparativos de la boda. Genoveva se sentía la mujer más feliz de la tierra, amaba con delirio a Hermes. Fabrizia se hizo cargo de la tienda, mientras que los recién casados, se fueron a pasar su luna de miel. Gregoria, una clienta de la tienda, le preguntó a la dependienta. “¿Cuándo llega Genoveva de su viaje?” “Pronto, doña Gregoria, en unos días estarán aquí”, le contestó la muchacha. “En confianza, Fabrizia, ese hombre no me gusta para Genoveva”. “Bueno, yo pienso que, a quien le debe de gustar es a Genoveva. Pero, ¿por qué no le gusta Hermes, doña Gregoria?” “Esto que quede entre nosotras, hay rumores en el pueblo, y no son agradables”. “¿Que se dice de él doña Gregoria?” “¿Tú conoces a Calita, la que vive cerca del cementerio?” “Sí, la conozco”. “Pues, la hija de la Calita, está casada con un chico del mismo pueblo de ese tal Hermes. Y lo conoce muy bien. Él dejó embarazada a una chica, y se desentendió de ella y del niño. Después, estuvo viviendo con otra mujer, quien lo denunció por malos tratos, y en el juicio salió culpable. Hay más cosas que se dicen de él, pero me las voy a callar”. “Esperemos, doña Gregoria, que todos esos rumores sean falsos”. “Ojalá, Fabrizia, que fuesen falsos, por el bien de Genoveva”. Después de todo lo que había escuchado, Fabrizia se sentía mal. Ella apreciaba mucho a su jefa y amiga. Todo lo que le contó la clienta Gregoria, hizo pensar a la italiana. Aquel día cuando ella estaba en la cocina, preparando unos bocadillos, Hermes, se le declaró, le propuso fugarse juntos. Ella, se lo tomó a broma. No le dio importancia, porque después de aquel incidente, el comportamiento de Hermes fue cordial y amable. Al poco tiempo de celebrarse la boda, las cosas cambiaron. Hermes se instaló en la casa de Genoveva. Lo primero que hizo fue dejar el trabajo de representante y hacerse cargo del negocio. Él hacia los pedidos y se hizo dueño y señor de todo. Cada vez más, Hermes, iba anulando a su mujer. Fabrizia se sentía incomoda, cuando Hermes empezó a molestarla. Él buscaba la ocasión para insinuarse a la italiana, para rozarse con ella. Varias veces, cuando la muchacha iba al baño, la vigilaba desde la ventana del patio. Otras veces la tachaba de torpe, gritándole. La situación se hizo insoportable. Autor Lola Barea.
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Mi psiquiatra va a matarme
08/07/2017
Primera parte. “Flor y música para el funeral de Elisa” Novela de amor, suspense y misterios Todos guardamos secretos. Algunos, pueden llegar a ser inconfesables. Aún más, cuando, la vida dependa de mantenerlo en silencio. La protagonista, guardaba uno tan terrible, del cual, dependerá su vida. Genoveva, nació en el otoño de 1970, siempre vivió en un pueblo pequeño al sur de España. Desde muy niña, ella ayudó a sus padres en la tienda de alimentación. La economía familiar era buena, y no le faltó de nada. Una tarde lluviosa de otoño, Genoveva estaba decorando el almacén para Celebrar la fiesta de sus dieciocho años. En ese preciso momento, unas vecinas avisaron a la joven, de la muerte repentina de su padre. Genoveva pensaba que su madre, delicada de salud, moriría antes de su padre, pero no fue así. El corazón de un hombre maravilloso de repente se paró en frente del mostrador, en los brazos de su mujer. Después de unos días de luto, la muchacha y su delicada madre, sacaron fuerzas y siguieron trabajando en su tienda de comestibles. Genoveva, trabajaba el doble, con la intención de que su madre no se agotara. No quería perder también a ella. Cinco años más tarde de lo sucedido, su madre murió. A pesar de la pena que sentía por la pérdida de sus preciosos padres, Genoveva siguió sola con el negocio. Fabrizia, una viajera italiana, en uno de sus viajes a España, visitó el pueblo. Le gustó tanto que se quedó a vivir. Fabrizia, alta y delgada, siempre con una bonita sonrisa, se integró muy bien entre sus habitantes, y los habitantes la aceptaron muy bien a ella. El trabajo se le acumulaba a Genoveva tanto que contrató a Fabrizia para ayudarla en la tienda. Eran las dos de la tarde de un caluroso julio de 1995, al sur de España. Genoveva y su ayudante, acababan de cerrar la puerta de la tienda. La italiana, como se le conocía en el pueblo, limpiaba la vitrina de las carnes mientras que la dueña Genoveva, reponía las estanterías con más géneros alimenticios. ¡Llamaron a la puerta! -Fabrizia le preguntó a Genoveva, -¿qué hago, abro la puerta? -Abre, abre, debe ser doña Gregoria. Siempre se le olvida algo a la hora de cerrar la tienda, pero, Gregoria es una de mis clientas de toda la vida. La italiana abrió la puerta. -”Genoveva, puedes venir, no es doña Gregoria, es un señor” Genoveva se acercó hasta la puerta. En el umbral había un hombre de unos treinta años, atractivo y simpático. El hombre iba vestido de diario pero con una cierta elegancia. “Ya hemos cerrado, señor” dijo Genoveva. “¿La dueña de la tienda, por favor?” preguntó el hombre. “Soy yo”, contestó la muchacha. “Me llamo Hermes, soy representante”. El hombre le extendió su mano para saludarla. Ella correspondió el saludo. “Lo siento señor Hermes, ahora no puedo atenderle. Los representantes suelen venir por la mañana temprano, o a partir de las cinco de la tarde. Si vienes de cinco a seis le puedo atender” dijo Genoveva. “Esta tarde es imposible volver. Ha sido un placer de conocerla señora Genoveva, gracias por atenderme”. Hermes le volvió a extender su mano. Ella le extendió la suya, añadiendo, “soy señorita Genoveva”. “Oh, lo siento, señorita Genoveva! Gracias por su amable atención. Buenas tardes”. “¡Qué hombre más guapo, Genoveva, está para comérselo, como una rica pasta a la carbonara!” Exclamó Fabrizia, la que había observado y escuchado toda la conversación. “¡Calla, calla mujer!” le contestó Genoveva ruborizada y riendo. “Los representantes suelen ser amables para vender bien sus artículos. Por cierto, no será tan buen representante, no me ha dicho los productos que vende”. Las dos mujeres sonriendo siguieron con sus quehaceres. Lola Barea
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"Cuida tu amor propio" Reflexiones
07/29/2017
“Cuida tu amor propio” Érase una vez un hombre, que se encontraba vacío. Él siempre complaciendo a los demás, aunque, el resultado, a él, no le complaciese. El hombre quería ser tan correcto que, iba haciendo todo aquello que a su entorno le gustaba, aunque a él no le gustase. Un día, empezó a sentirse mal, un malestar horroroso. Una especie de dolor fuerte, a sentirse tan pequeño que, lo pisaban porque nadie lo veía. El hombre vacío se miró en su interior. Vio que su alma estaba herida de muerte, y tenía llagas infectadas en su corazón, y una cobardía que, no sabía cómo curarse de aquel mal. Otro hombre, que pasaba por su lado, le dijo: Señor, se le ha caído su amor propio, y su autoestima la lleva arrastrando por el suelo. El hombre vacío recogió su amor propio y su autoestima, se la introdujo en su interior, (en su mente). Y desde aquel momento, empezó a sentirse bien. Empezó a crecer su personalidad. Una vez que el hombre, sintió su interior completo, él mismo se encargó en ser su propio guardia de seguridad, para custodiar su valioso tesoro, y que nadie le robara, su amor propio. Autor Lola Barea.
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La Señorita Casilda Novela
07/25/2017
La bella Casilda de dieciséis años, de ojos azules, y cabellos dorados como el sol. Casilda era hija única de Baudelio, un viudo terrateniente español, poseedor de una finca en Andalucía, era dueño de varias casas de vecinos, las cuales, eran alquiladas a sus propios trabajadores. Jerano, hombre fiel, él se encargaba en ir a cobrar el alquiler a los campesinos, y de echarlos cuando las cosechas estaban terminadas, no antes de que dejasen las viviendas limpias, y las paredes encaladas con cal, preparadas para volver a ser habitadas, en las próximas siembras y recolectas. Algunos de los campesinos se sentían privilegiados, al tener la oportunidad de quedarse todo el año, allí en aquellas casas pobres pero limpias, otros, maldecían e insultaban a Jerano, eres un perro rastrero al servicio de tu amo, un traidor con los pobres, todo está cambiando y puede ser que algún día te arrepientas. Jerano solía decir, solo hago lo que me mandan, tengo mujer y un hijo, si ustedes tuviesen la oportunidad como yo, harían lo mismo. España estaba revuelta, los pueblos y ciudades ya no eran seguros, en las calles se respiraba el miedo y la muerte. Eran las ocho y media de la mañana de una calurosa primavera de 1936. Cuando Baudelio y su hija llegaron a la finca, Jerano y Teresa estaban esperando en la puerta del cortijo. Baudelio sabía que algo iba mal, al ver los rostros asustados de sus caseros. Jerano muy alterado le comunicó a Baudelio, lo que había sucedido la tarde anterior en la finca. Teresa se secó las lágrimas con su delantal blanco, y se acercó hasta la joven para ayudarle a salir del coche. ¿Teresa, que ha pasado, por qué no ha salido tu hijo Victoriano a recibirnos? Ay, señorita, ayer tarde llegaron unos hombres, se llevaron cosas de la casa y otras las rompieron. ¡Se llevaron a mi hijo Victoriano, y todavía no ha vuelto, tengo mucho miedo! Casilda secó las lágrimas de la mujer, abrazándola después. No llores Teresa, Victoriano estará bien, no te preocupes papá se encargará de todo. Teresa intento comportarse con normalidad. Gracias mi niña, te he arreglado tu habitación. Estarás cansada del viaje y hambrienta. No te preocupes por mí Teresa, todo el viaje lo he pasado durmiendo, estoy bien, dijo la chica. Casilda subió a su habitación, todo estaba limpio y en su sitio. En pujó su cama hacía un lado, apartó la loza y se introdujo en el doble techo, del cual, salía un pequeño pasadizo, que conducía hasta la parte de atrás del cortijo. Abrió el cofre, allí estaban, las joyas de su madre, cien monedas de oro, y doscientas onzas de plata. Casilda se sobresaltó al escuchar que llamaban a la puerta. Salió de su refugio, puso la loza y la cama tal como estaba. Antes de abrir la puerta se mojó el cabello y se puso una toalla. Era Teresa, perdone que le moleste señorita Casilda, el desayuno está servido, su padre me ha pedido que venga a buscarla, dice que tiene que hablar urgente con usted. Dígale a papá que no tardo, bajo en unos minutos. Baudelio se había cambiado de ropa, ya de pie tomó el último sorbo de su café. Casilda se sentó en la mesa del jardín. Teresa le sirvió el café con leche y el zumo de naranjas. Casilda, hija, voy al pueblo, tengo que informarme de lo que ha pasado con Vitoriano, necesitamos saber de él. Jerano vendrá conmigo. Teresa, en tus manos dejo a mi hija, cuídala, por favor. No se preocupe señor, la cuidaré con mi propia vida. Baudelio puso sus manos en los hombros de su hija. Casilda, os quedáis solas en la finca, cerrar todas las puertas y ventanas, hasta que nosotros volvamos, no abrir a nadie, si se les presenta algún peligro, tú sabes dónde están las armas, hazlo como yo te he enseñado a usarlas. A la más mínima duda, dispara a matar. En el escritorio de mi habitación, te he dejado una carta, la escribió tu madre, días antes de morir, creo que ha llegado el momento de que la tengas en tu poder. Casilda se abrazó a su padre, y le dijo, vuelve papá, no me dejes como me dejó mamá. Casilda se quedó de pie mirando cómo se alejaba el coche con los dos hombres. Teresa estaba a su lado en silencio, con los ojos llorosos. Ya no se veía el coche, solo una estela de polvo de la vereda levantado por el auto. Teresa, entremos en casa y cerremos las puertas, desde el balcón de la primera planta se divisa toda la vereda, hasta se ve la alcáncela, dijo la joven. Las dos mujeres se dieron prisa, recogieron la mesa del desayuno, seguido, entraron en la vivienda, cerrando tras de ellas la enorme puerta principal. Casilda y Teresa se fueron al salón de la primera planta, empujaron un sillón hasta ponerlo delante del ventanal, desde allí verían si alguien se acercaba por la parte de adelante del cortijo. También hay que vigilar por la parte de atrás de la casa, desde la habitación de papá se puede ver el carril que llega hasta el pozo, dijo la joven. Casilda fue al despacho de su padre y cogió las dos mejores armas. Continúa… Autor Lola Barea.
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Primera visita con mi forense" RELATO
07/10/2017
“Primera visita con mi forense” Eso de morirse no es nada fácil. Ayer me sentía tan cansada que decidí morirme. Pero, antes de morirme, yo tenía que hacer varias cosas, no se puede dejar este mundo a la ligera, no hay cosa peor que dejar cosas mal hecha, sobre todo para los que se quedan aquí, los vivos. Lo primero que hice fue buscar por internet un buen forense. La primera visita con mi forense fue muy agradable. Me preguntó que podía hacer por mí. Le pedí que se encargase él de mi cadáver, y cuanto me cobraría por su trabajo. Casi me muero al oír el precio que me dijo. Ya le avisaré cuando llegue el momento, le dije. Tomé el autobús que me llevaba al centro de mi ciudad, me urgía hablar con el notario. También fue muy amable conmigo. Entré en su oficina y le expuse mi caso. Mi piso, lo tengo pagado, no debo nada, todo está al corriente, le dije al señor notario. No me dio un infarto de milagro, cuando me dijo la cantidad de dinero, que tenían que pagar mis herederos, para poder recoger la herencia, que yo, de muy buena fe les dejaba. O sea que, en vez de darles una alegría al dejarles la herencia, lo que les daba un disgusto de muerte. Total, una herencia una ruina. Me despedí del notario, le dije que ya pensaría lo que hacer con la dichosa herencia. Perdí el autobús de vuelta a mi casa, tuve que caminar cuatro kilómetros. Llegué muerta de cansancio, me tomé un café y un bocadillo, para recuperar fuerzas. Puse la tele y me quedé dormida en el sofá. A media noche me despertó un ruido, no podía creer, forzaron la cerradura de mi puerta, me asusté mucho. Un ladrón vestido de negro entrón en mi casa. Se vino hacia mí y me dijo, si no me das el dinero te mato. Con el cuchillo que hice el bocadillo lo maté. Llamé a la policía, vino la policía y el forense, por cierto, el mismo forense que yo iba a contratar. La primera pregunta que me hicieron fue: ¿Por qué lo has matado? Yo le contesté: porque mi muerte la decido yo. Autor Lola Barea.
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El camino de la rosa" RELATO
07/10/2017
“El camino de la rosa” Atravesó la sala con aire de grandeza e indiferencia. Homero se levantó del sofá, intentó llamar su atención. Tímidamente le pidió perdón. Graciela se detuvo un instante, le miró y le obsequió con una mirada de desprecio. La chica salió de la sala con expresión de enfado. Homero se volvió a sentar, cogió un periódico y empezó a ojearlo. La puerta azul cobalto se abrió. Entró el Padre Patricio, extendiendo su mano a Homero. El joven soltó el periódico y besó el anillo del sacerdote. ¿Has hablado con mi sobrina? le preguntó el cura. Lo he intentado Padre, pero Graciela no quiere escucharme, y como se me hace tarde, me tengo que ir. Entonces, escríbele una nota, explicando los motivos porque vas a dejarla. Ella te comprenderá. El Padre Patricio salió de la sala. Homero se acercó a la mesa del escritorio y empezó a escribir. Querida Graciela, quería explicarte porque he decidido romper con nuestro noviazgo. Recientemente, he notado que el camino de mi vida ha cambiado, y, dentro de mí, ha crecido una llamada profunda, que no podía ignorar, de seguir esa llamada de un Amor Divino. Mis pensamientos estarán contigo. Firmado, Homero. La sala estaba vacía cuando entró Graciela. Sus ojos, buscaban a su novio Homero, solo encontró la nota escrita por él. Graciela estrujó el papel contra su pecho. Llorando, se acercó al balcón, y sin pensarlo, se arrojó al vacío. Hacía pocos días de haber tomado los sagrados hábitos, Homero dio, como la rosa, la misa más bonita de su vida. Autor Lola Barea.
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La regañona de don Arturo" RELATO
07/10/2017
"La regañina de don Arturo" RELATO. Mira Roberto, hijo mío, escúchame con atención lo que voy a decirte. Yo sé que tú, tienes tus estudios, pero, no por eso, te la des de entendido. Te vas dando aire de que sabes más que yo, y el resto de todos los que vivimos aquí, en la casa grande. Te recuerdo, por si te se ha olvidado, que esta casa es familiar, y no es solo tuya. Por cierto, no me gustó tu comportamiento de ayer noche, con tu tío Agustín. Lo mandaste a dormir a su habitación como si fuese un niño pequeño, y sin embargo, a tu tía Rita, hasta le pelaste la manzana en la cena. Se te nota a las mil leguas que es tu preferida. Después, Rita se quedó a ver su tele-novela favorita, y tú encantado, charlando con ella, y con tu hermana Maribel, os quedasteis hasta las tantas de la madrugada. Ahora se te ha metido en la cabeza de que eres enfermero, y quieres ponerme la inyección, eso no te lo voy a permitir. Así que obedéceme como hijo mío que eres. (Suena el teléfono) -Hola Roberto, el pedido de los medicamentos llegará a la residencia a las cuatro de la tarde. -Muy bien, Doctor. Yo termino mi turno a las tres de la tarde. El pedido lo recogerá la cuidadora que estará de guardia, la señorita Maribel. Autora Lola Barea.
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"Cardo de alambre" Relato
07/01/2017
“Cardo de Alambre” Lleva un rato esperando, observando desde el fondo de la casa, la puerta de la entrada. En el patio pintado de blanco, hay un jazmín, derramando su belleza en el suelo de tierra. La buganvilla púrpura, como si fuesen flores tímidas, se asoman por la tapia, miran, después, callan. Detrás de las rejas, unos claveles con bostezos tristones, los tímidos geranios, todavía duermen. El cardo punzante, ha dominado el huerto, está debilitando las hortalizas, los gusanos hacen sus trabajos, las acelgas pálidas, lechugas muertas. Se respira un olor agradable, por poco tiempo. Una mujer sentada en una silla, junto a un profundo pozo de agua fresca, a su lado una niña, su pelo castaño, caen sobre la falda de la mujer, mientras, le caria el cabello va tatareando una canción con su garganta. La tranquilidad es interrumpida, al entrar un hombre al patio, se tambalea, su aliento es un olor fuerte y desagradable, anulando el perfume del jazmín y de los claveles. La mujer aparta a la niña de su lado, la manda a jugar a casa de la vecina, mientras ella se pone de pie, con pasos temerosos, comienza a caminar hacia dentro de la casa, el hombre camina detrás. La mujer pone la olla a calentar, él se sienta en el taburete de la cocina, empieza a protestar por el comportamiento del vecino. Según él, el vecino dejó a deber la última copa en el bar de la esquina. Su queja, tranquiliza a la mujer, piensa, esta vez, se enfadará y pagará toda su ira con el vecino, y no con ella. Tienes razón, dijo ella, el tabernero está en la taberna para ganar su jornal, no para pagar las borracheras de los demás. El hombre se levantó del taburete, se acercó a la mujer, la cogió por un brazo, la zarandeó, la cara sudada de aquel hombre, rozó la fría cara de la mujer, el hombre violento, le preguntó con voz amenazante, ¿qué me estás llamando borracho? No, a ti no, es al vecino, dijo la temblosa mujer, ¡que te importa a ti como llegue el vecino, acaso es que te acuestas con él, contéstame! La mujer guarda un arma que nunca le falla, silencio, el silencio. Le puso el plato, pan y su vino preferido, el hombre empezó a comer. La mujer se fue al baño, se duchó para quitarse de encima la peste a sudor que le dejó aquel hombre. Se secó su cabello antes de caer al pozo. Ella, no lo sabía. Autor Lola Barea.
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LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS NOVELA
07/01/2017
LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS Lola Barea Barrera Novela LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS Si has entrado, no escribas, no leas, sal del lugar equivocado… Repartos: 1 protagonista: Aixa Green 32 años. 1, 67 altura, 57 kilos. De padre norteamericano, madre escocesa. Longitud de su pelo por los hombros, corte recto, color pelirrojo, de piel clara con algunas pecas, ojos color miel. Aixa conoció a Phillips durante estudiaba biología, cuando acabó los estudios, los jóvenes se casaron. Pronto llegaron los hijos, Rebeca y Frank. Aixa se dedicó a su marido, sus hijos y la casa. A los siete años de casados, Phillips le pidió el divorcio y la custodia de los niños, alegando que Aixa era alcohólica, y no estaba en condiciones para cuidar de los niños. Ella luchó hasta agotar todos los medios que tenía a su alcance, incluido el último dólar que le quedaba. Aixa, perdió la custodia de sus hijos. Quizás por el alto poder que su marido Phillips ejercía. Porque Aixa, solamente bebía en raras ocasiones. A veces unas copas, cuando iban algunas de las fiestas, Organizadas por los amigos o familiares de su marido. Algunos de ellos, testificaron, falsamente contra de Aixa. 2 protagonista: Amalia Rodríguez 27 años. 1, 58 altura, 53 kilos. De padre español, madre colombiana. De piel morena, pelo negro y corto, ojos color marrón. 2 Protagonista: Jack Perry 28 años.1, 79 altura, 73 kilos. Padre norteamericano, madre africana. Piel oscura, color de pelo negro, rizado y corto, ojos marrones claro. Jack Perry es muy observador del mínimo detalle, sabe encontrar la belleza en aquellos rincones donde otros pasan y no las ven. Es un joven emprendedor, y quiere exprimir cada minuto de su vida. es fotógrafo y lo ejerce con mucha pasión. 2Protagonista: Logan Brooks 36 años. 1,83 altura, 77 kilos. Padres escoceses. Piel clara, pelo corto, castaño claro, ojos azul claro. Le gustan las cosas claras y llamarlas por su nombre, sin dar ningún rodeo, Logan Brooks posee la habilidad de saber escuchar a los demás, analizar las palabras que escucha, también las suyas antes de hablar. Será por su profesión de Psicólogo. 1Protagonista: William Focter 37 años. 1,78 altura, 71 kilos. De padre Ingles y madre española. Piel blanca, pelo rubio, largo y lacio, ojos verde oscuro. soltero. Profesión, periodista. antagonista: Fabiola Fraguas 24 años. 1, 61 altura, 48 kilos. Padres venezolanos. Piel morena, pelo negro con mechas color cobre, ojos pardos, con gafas. Tiempo actual. Londres, trece de noviembre, once de la mañana. El fuerte dolor de cabeza despertó a Aixa. Habían pasado veinticuatro horas, sin sus hijos. Le parecía una eternidad. Lanzó la botella de whisky contra la puerta del pequeño apartamento. Se acercó al balcón. Una octava planta, un salto al vacío acabaría con su sufrir, pensó Aixa. -Sonó el timbre de la puerta-. No quería abrir, no deseaba ver ni que la viese nadie en su estado, apestaba a alcohol. ¿Y si es el abogado con buenas noticias? Pensó Aixa. Abrió la puerta. Logan Brooks entró, cerró de un portazo. ¿Aixa, por qué no coges el teléfono? ¡Logan, me han quitado mis hijos, sin ellos no quiero vivir! No puedes darte por vencida, eres fuerte Aixa, estoy seguro que vas a recuperarlos. He agotado todos los recursos, ya no me queda ni una libra esterlina, tengo que abandonar el apartamento el próximo jueves. Estoy desesperada, no sé qué hacer, Logan. El sábado salimos de viaje, con destino a Glasgow, en la caravana de William Foster. Ven con nosotros, Aixa. Seremos cinco, vendrá Fabiola Fraguas, Amalia Rodríguez, William, tú y yo. ¿Qué voy hacer en Escocia? Ganar dinero, si quieres recuperar a tus hijos, debes de ser más rica que tu ex. Eres el mejor psicólogo que conozco, y el mejor amigo, Logan, iré con vosotros, dijo la muchacha. Pall Mall, Londres, sábado, nueve de la mañana, recogen a Aixa, los cinco ponen rumbo hacía Escocia.
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Hilachas de silencio
06/27/2017
Es un libro de poesías voluminoso (348 páginas ) de una gran variedad de formas estróficas y que aborda casi la totalidad de los temas que constituyen la experiencia humana
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“Treinta y ocho otoños de soledad” Relato. Me gustaba vivir en mi antiguo barrio. Cuando me casé, me marché lejos, concretamente a Madrid, y aunque me divorcié al muy poco tiempo de casarme, no he vuelto, hasta ahora, treinta y ocho años después. Ahora he vuelto, al entierro de mi madre. Hablar de mi antiguo barrió, es revivir mi niñez, mi juventud, y mi primer amor. Mi barrio y mi gente, han estado perenne en mis pensamientos y dentro de mi corazón. Lo peor de todo, ha sido, no haber hecho nada por arreglar esa carencia, la que he arrastrado siempre conmigo…ya convertida en una grave nostalgia. Reconocía a mis vecinos del barrio hasta cuando los veías de espaldas, o simplemente por su voz. Cuando me llegaba el olor a puchero de la tía Angelita, yo sabía que en una hora a más tardar, tía Angelita, estaba en mi casa, pidiéndole hierbabuena a mi madre, y ofreciéndole un tazón de caldo para mi abuela. Recuerdo la frutería de la esquina, del simpático Aitor, el francés, a pocos metros estaba el despacho de pan de Carmela, la taberna de Frasco, con tres barriles en la puerta que hacían de mesas. Justo enfrente de la taberna, estaba la pequeña floristería de Manoli. A cada lado de la entrada a la tienda, solía poner los cubos con las flores frescas, haciendo una especie caminito, dentro, las flores disecadas, jarrones y los adornos para las bodas, navidad, y las coronas para los difuntos. Me gustaba pasar muy cerca de aquellos cubos, con la intención de rozarme por las rosas y los claveles, para que se me quedaran sus perfumes en mi vestido. Rosarito la viuda, nuestra vecina, era como si fuese de la familia. Cada mes, cuando cobraba su pensión de viudedad, me mandaba a la floristería de Manoli, a comprar un ramo de flores. Yo siempre la acompañaba hasta el cementerio, que estaba a las afueras del pueblo. Por el camino, le llevaba su pequeño cubo azul con una bayeta amarilla dentro, ella, llevaba el ramo de claveles rojos, y diminutas margaritas blancas. Cuando llegábamos frente a la tumba de su marido, yo le sujetaba el ramo de flores, mientras que Rosarito, quitaba los claveles secos, limpiaba el mármol y ponía los claveles frescos. Una vez terminada, decía una oración, nunca entendí su significado, cogía un clavel, le cortaba el tallo, y lo guardaba en el bolsillo de su vestido ancho y negro. Un día que íbamos de vuelta hacia el barrio, le pregunté, por qué le quitaba un clavel al ramo, ella me dijo, cuando estaba en su casa se ponía el clavel en su pecho, para no notar la ausencia de su marido y no sentir la pena de su pérdida. Desde entonces, acompañaba a mi abuela cuando visitaba a Rosarito, con la intención de verla con el clavel en su pecho. Mientras mi abuela y Rosarito hablaban, yo me acercaba a la mesita de noche, donde siempre había un clavel en un vaso con agua, una vela encendida y un retrato de su marido. Ya no me apetecía ir al cementerio. Yo pensaba hacer como Rosarito, cuando mi abuela o mi madre muriesen, cogería un clavel de sus tumbas y lo llevaría conmigo, aquella magia, la que curaba las penas, se esfumó, a no verle la flor puesta en su pecho. La última vez que la acompañé, fue por petición de mi madre. Cuando acabó su rara oración, cogió un clavel, le cortó el tallo, me miró a los ojos, y sin decir nada, se lo puso en su pecho. En ese momento, aquella bonita magia, volvió de nuevo hasta mí. Cuando íbamos llegando al barrio, Rosarito se quitó el clavel de su pecho y se lo guardó en el bolsillo de su vestido, ancho y negro. Detuvo sus pasos por un momento, me miró y me dijo, no puedo llevar el clavel delante de la gente, pueden malpensar…o lo que es peor, que hablen mal de mí. Lo comprendí a la primera. Con su cubo colgado en su brazo derecho, como si fuese un bolso, Rosarito, entró en su casa y yo entré la mía. La tarde empieza a caer, los que han venido al entierro de mi madre, ya se han ido. He buscado la tumba que tantas veces visité, allí, estaba enterrada Rosarito, junto a su marido. Oscurecía cada vez más, el sepulturero con toda la paciencia del mundo, me esperaba. Yo seguía allí, intentando recordar aquella rara oración de Rosarito, y con un clavel rojo en mi pecho. Lola Barea Barrera.
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"El color del silencio" Relato.
06/11/2017
“El color del silencio” Toda la vida estuvo tan ocupado complaciendo a los demás que al mirarse al espejo no se reconoció, veía un cuerpo: 1,63 de altura y 104 kilos de peso. Como de costumbre Mario se levantó de la cama a las claras del día. Se preparó un café, como de costumbre abrió la ventana del diminuto salón. Le gustaba tomar su café mirando lo que le ofrecía las vistas del pequeño apartamento. Estaba saboreando su café cuando se acodó de su cardiólogo, se lo había suprimido de su dieta, por sus fuertes y constantes amagos de infartos. Mario desvió sus pensamientos sobre su salud y se centró a pensar en las tareas del día. Entró en la cocina y se puso a fregar los platos sucios del día anterior, hizo su cama, después de ducharse colgó en la mampara la toalla y su pijama rojo y negro. A cincuenta metros de su casa se encontraba el restaurante donde Mario trabajaba. No tenía que coger su coche ni el autobús. Después de salir de su trabajo se iba al centro de la asociación donde Mario prestaba su ayuda. Aquella noche llegó a su pequeño apartamento más cansado de lo habitual. Se quitó los zapatos, se puso su pijama rojo y negro, se sentó en el sofá. A Mario le costaba respirar, le dolía el pecho. Con esfuerzo llegó hasta su cama, se tendió en ella, intentó relajarse, más que descansar necesitaba dormir. Tres semanas después, nadie notaba la ausencia de Mario. Lola Barea.
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"Olor a café" Relato.
06/08/2017
“Olor a café” Relato. Apenas había luz del día cuando llegó a mi nariz un olor a café. Me resultó extraño. Esta zona está apartada, solo hay dos casas, la mía y otra, la que hace años que está vacía. Me eché un chal por los hombros y salí al jardín. Solo se oía los pájaros y mis pasos. Me fui acercando al muro que separa mi casa de la casa vacía. Acerqué un barreño a la pared, subí con cuidado y miré. Ya no tenía dudas, el aroma salía de la casa de al lado. Seguí mirando, por si se veía algún ocupa o vagabundo. El cartel “Se vende” seguía colgado en la reja principal. Las ventanas estaban cerradas a cal y canto. El jardín descuidado, cada vez más asilvestrado. Las paredes con verdines y desconchadas. Miré hacía el tejado, comprobé que no salía humo de la chimenea. Pensé en llamar a la policía, pero, todo estaba tranquilo, decidí esperar un día más, para asegurarme, si allí había alguien o no. Esa noche, apenas dormí. Me levanté sobre las cinco, me asomé por la ventana, todo estaba oscuro y en silencio. Me preparé una manzanilla, cogí un libro y me senté cerca de la ventana del salón, la abrí un poco para poder respirar el agradable frescor de la mañana, y escuchar mejor a los pájaros, que ya estaban con su rutina de siempre, me gustaba oírlos. Abrí el libro por la página cuarenta y dos, empecé a leer: “No dejes escapar mi cariño, no permitas que se apodere de mí el silencio…y dime, que no me encuentro en un mundo desconocido, dime que no estoy viviendo sin la vida, no me dejes aquí, frente a una silla vacía y una taza de café ya frío”. Autoras Lola Román y Lola Barea.
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La gaviota y el faisán Fábula
06/06/2017
Fábula: “La gaviota y el faisán” Una gaviota observaba, la belleza del faisán, lo bien que vivía, una agradable y bonita granja, agua dulce, con verdes y frescas arboledas, un buen refugio, pero sobre todo comida abundante servido por aquel granjero. -Qué suerte tienes faisán. -Le dijo la gaviota al faisán- No te falta de nada, lo tienes todo, hasta la belleza posees. Sin embargo, yo, tengo que pescar todos los días, luchar contra los fuertes oleajes del mar, para poder sobre vivir, y para colmo hasta me suelen llamar la rata de los mares. -Mala suerte la tuya, gaviota. -Dijo el faisán- -Me has caído bien, y quiero hacer un trato contigo. -Yo tomaré tu puesto, y tú, te quedaras por una noche y un día en el mío. -Oh, gracias faisán, nunca olvidare tu buena acción conmigo. La gaviota se instaló inmediatamente en la granja, y el faisán rápidamente se alejó de ella. A la mañana siguiente unos cazadores tirotearon a los faisanes, entre ellos cayó la gaviota. Cuando ya acabó la temporada de caza…el faisán volvió a la granja. Moraleja: Obsesionarse con querer tener lo que otros poseen, es síntomas de envidia, y eso jamás nos dejara avanzar en la vida, y menos disfrutar, valorar lo que en ella cada uno tenemos. También nos quiere decir esta fábula: Jamás, nadie cambiará su miel por tu hiel. Autoras Lola Román, Lola Barea.
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"El nenúfar del cisne" Fábula.
06/06/2017
“El nenúfar del cisne” Fábula. Nadaba un cisne coqueto en el lago de nenúfares, tan blanco como glaciares y erguido cuello de abeto. Allí nada le faltaba su maíz por la mañana, paraíso que gustaba, de aire libre y sin ventana. La rutina le hizo mella aun teniendo lindas cosas llegó a pincharles las rosas, y sin ver brillar su estrella. Un día sin previo aviso le llevaron a otro lago, de flamencos y un galápago, y no al baño sin permiso. Empezó a sentir nostalgia que le hizo reflexionar, marchando a buscar su hogar. Plumas rotas y lumbalgia. Mil aventuras vividas en su camino de vuelta. Saltó hasta en paracaídas y alguna pelea suelta. Una vez llegado allí, su vivir lo modifica alegría e ilusión práctica, en su oasis de alelí. Moralejas: El hogar no crea rutina, nosotros creamos rutina en el hogar. El problema no está en la rutina, el problema está en ti si no la rompes. Recuperar lo que ya dábamos por perdido se disfruta y valora dos veces. Autores Lola Román, Lola Barea
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