"Treinta y ocho otoños de soledad" Relato.
06/13/2017
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“Treinta y ocho otoños de soledad” Relato.

Me gustaba vivir en mi antiguo barrio. Cuando me casé, me marché lejos, concretamente a Madrid, y aunque me divorcié al muy poco tiempo de casarme, no he vuelto, hasta ahora, treinta y ocho años después. Ahora he vuelto, al entierro de mi madre.

Hablar de mi antiguo barrió, es revivir mi niñez, mi juventud, y mi primer amor.
Mi barrio y mi gente, han estado perenne en mis pensamientos y dentro de mi corazón. Lo peor de todo, ha sido, no haber hecho nada por arreglar esa carencia, la que he arrastrado siempre conmigo…ya convertida en una grave nostalgia.

Reconocía a mis vecinos del barrio hasta cuando los veías de espaldas, o simplemente por su voz.

Cuando me llegaba el olor a puchero de la tía Angelita, yo sabía que en una hora a más tardar, tía Angelita, estaba en mi casa, pidiéndole hierbabuena a mi madre, y ofreciéndole un tazón de caldo para mi abuela.

Recuerdo la frutería de la esquina, del simpático Aitor, el francés, a pocos metros estaba el despacho de pan de Carmela, la taberna de Frasco, con tres barriles en la puerta que hacían de mesas. Justo enfrente de la taberna, estaba la pequeña floristería de Manoli.
A cada lado de la entrada a la tienda, solía poner los cubos con las flores frescas, haciendo una especie caminito, dentro, las flores disecadas, jarrones y los adornos para las bodas, navidad, y las coronas para los difuntos.
Me gustaba pasar muy cerca de aquellos cubos, con la intención de rozarme por las rosas y los claveles, para que se me quedaran sus perfumes en mi vestido.

Rosarito la viuda, nuestra vecina, era como si fuese de la familia. Cada mes, cuando cobraba su pensión de viudedad, me mandaba a la floristería de Manoli, a comprar un ramo de flores. Yo siempre la acompañaba hasta el cementerio, que estaba a las afueras del pueblo.

Por el camino, le llevaba su pequeño cubo azul con una bayeta amarilla dentro, ella, llevaba el ramo de claveles rojos, y diminutas margaritas blancas.

Cuando llegábamos frente a la tumba de su marido, yo le sujetaba el ramo de flores, mientras que Rosarito, quitaba los claveles secos, limpiaba el mármol y ponía los claveles frescos.

Una vez terminada, decía una oración, nunca entendí su significado, cogía un clavel, le cortaba el tallo, y lo guardaba en el bolsillo de su vestido ancho y negro.
Un día que íbamos de vuelta hacia el barrio, le pregunté, por qué le quitaba un clavel al ramo, ella me dijo, cuando estaba en su casa se ponía el clavel en su pecho, para no notar la ausencia de su marido y no sentir la pena de su pérdida.

Desde entonces, acompañaba a mi abuela cuando visitaba a Rosarito, con la intención de verla con el clavel en su pecho.
Mientras mi abuela y Rosarito hablaban, yo me acercaba a la mesita de noche, donde siempre había un clavel en un vaso con agua, una vela encendida y un retrato de su marido.

Ya no me apetecía ir al cementerio. Yo pensaba hacer como Rosarito, cuando mi abuela o mi madre muriesen, cogería un clavel de sus tumbas y lo llevaría conmigo, aquella magia, la que curaba las penas, se esfumó, a no verle la flor puesta en su pecho.

La última vez que la acompañé, fue por petición de mi madre.
Cuando acabó su rara oración, cogió un clavel, le cortó el tallo, me miró a los ojos, y sin decir nada, se lo puso en su pecho. En ese momento, aquella bonita magia, volvió de nuevo hasta mí.

Cuando íbamos llegando al barrio, Rosarito se quitó el clavel de su pecho y se lo guardó en el bolsillo de su vestido, ancho y negro. Detuvo sus pasos por un momento, me miró y me dijo, no puedo llevar el clavel delante de la gente, pueden malpensar…o lo que es peor, que hablen mal de mí.

Lo comprendí a la primera.
Con su cubo colgado en su brazo derecho, como si fuese un bolso, Rosarito, entró en su casa y yo entré la mía.

La tarde empieza a caer, los que han venido al entierro de mi madre, ya se han ido. He buscado la tumba que tantas veces visité, allí, estaba enterrada Rosarito, junto a su marido.
Oscurecía cada vez más, el sepulturero con toda la paciencia del mundo, me esperaba. Yo seguía allí, intentando recordar aquella rara oración de Rosarito, y con un clavel rojo en mi pecho.

Lola Barea Barrera.

Literary: Other
cuentos
sonetos
antología poética
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Lola Barea Barrera
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Title "Treinta y ocho otoños de soledad" Relato.
“Treinta y ocho otoños de soledad” Relato.

Me gustaba vivir en mi antiguo barrio. Cuando me casé, me marché lejos, concretamente a Madrid, y aunque me divorcié al muy poco tiempo de casarme, no he vuelto, hasta ahora, treinta y ocho años después. Ahora he vuelto, al entierro de mi madre.

Hablar de mi antiguo barrió, es revivir mi niñez, mi juventud, y mi primer amor.
Mi barrio y mi gente, han estado perenne en mis pensamientos y dentro de mi corazón. Lo peor de todo, ha sido, no haber hecho nada por arreglar esa carencia, la que he arrastrado siempre conmigo…ya convertida en una grave nostalgia.

Reconocía a mis vecinos del barrio hasta cuando los veías de espaldas, o simplemente por su voz.

Cuando me llegaba el olor a puchero de la tía Angelita, yo sabía que en una hora a más tardar, tía Angelita, estaba en mi casa, pidiéndole hierbabuena a mi madre, y ofreciéndole un tazón de caldo para mi abuela.

Recuerdo la frutería de la esquina, del simpático Aitor, el francés, a pocos metros estaba el despacho de pan de Carmela, la taberna de Frasco, con tres barriles en la puerta que hacían de mesas. Justo enfrente de la taberna, estaba la pequeña floristería de Manoli.
A cada lado de la entrada a la tienda, solía poner los cubos con las flores frescas, haciendo una especie caminito, dentro, las flores disecadas, jarrones y los adornos para las bodas, navidad, y las coronas para los difuntos.
Me gustaba pasar muy cerca de aquellos cubos, con la intención de rozarme por las rosas y los claveles, para que se me quedaran sus perfumes en mi vestido.

Rosarito la viuda, nuestra vecina, era como si fuese de la familia. Cada mes, cuando cobraba su pensión de viudedad, me mandaba a la floristería de Manoli, a comprar un ramo de flores. Yo siempre la acompañaba hasta el cementerio, que estaba a las afueras del pueblo.

Por el camino, le llevaba su pequeño cubo azul con una bayeta amarilla dentro, ella, llevaba el ramo de claveles rojos, y diminutas margaritas blancas.

Cuando llegábamos frente a la tumba de su marido, yo le sujetaba el ramo de flores, mientras que Rosarito, quitaba los claveles secos, limpiaba el mármol y ponía los claveles frescos.

Una vez terminada, decía una oración, nunca entendí su significado, cogía un clavel, le cortaba el tallo, y lo guardaba en el bolsillo de su vestido ancho y negro.
Un día que íbamos de vuelta hacia el barrio, le pregunté, por qué le quitaba un clavel al ramo, ella me dijo, cuando estaba en su casa se ponía el clavel en su pecho, para no notar la ausencia de su marido y no sentir la pena de su pérdida.

Desde entonces, acompañaba a mi abuela cuando visitaba a Rosarito, con la intención de verla con el clavel en su pecho.
Mientras mi abuela y Rosarito hablaban, yo me acercaba a la mesita de noche, donde siempre había un clavel en un vaso con agua, una vela encendida y un retrato de su marido.

Ya no me apetecía ir al cementerio. Yo pensaba hacer como Rosarito, cuando mi abuela o mi madre muriesen, cogería un clavel de sus tumbas y lo llevaría conmigo, aquella magia, la que curaba las penas, se esfumó, a no verle la flor puesta en su pecho.

La última vez que la acompañé, fue por petición de mi madre.
Cuando acabó su rara oración, cogió un clavel, le cortó el tallo, me miró a los ojos, y sin decir nada, se lo puso en su pecho. En ese momento, aquella bonita magia, volvió de nuevo hasta mí.

Cuando íbamos llegando al barrio, Rosarito se quitó el clavel de su pecho y se lo guardó en el bolsillo de su vestido, ancho y negro. Detuvo sus pasos por un momento, me miró y me dijo, no puedo llevar el clavel delante de la gente, pueden malpensar…o lo que es peor, que hablen mal de mí.

Lo comprendí a la primera.
Con su cubo colgado en su brazo derecho, como si fuese un bolso, Rosarito, entró en su casa y yo entré la mía.

La tarde empieza a caer, los que han venido al entierro de mi madre, ya se han ido. He buscado la tumba que tantas veces visité, allí, estaba enterrada Rosarito, junto a su marido.
Oscurecía cada vez más, el sepulturero con toda la paciencia del mundo, me esperaba. Yo seguía allí, intentando recordar aquella rara oración de Rosarito, y con un clavel rojo en mi pecho.

Lola Barea Barrera.
Work type Literary: Other
Tags cuentos, sonetos, antología poética, otros., fábulas, relatos

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Identifier 1706132601366
Entry date Jun 13, 2017, 6:42 PM UTC
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Author. Holder Lola Barea Barrera. Date Jun 13, 2017.


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