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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
10/21/2018
ENCUENTRO ENTRE WILLIAM Y GERMAN William estaba al final de la calle, cuando vio bajarse de un taxi a un chico joven, con una maleta marrón. William se acercó a él. —Hola, ¿eres Germán? —Sí, usted debe de ser William. Los dos hombres se saludaron, Germán le entregó un sobre con dinero, William lo abrió, vio la cantidad acordada, después sin decir nada se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta, y echó a caminar hacia la casa. El chico arrastrando la pesada maleta lo siguió. Una vez arriba en el piso, Germán se instaló en la habitación vacía. Todavía no eran las siete de la mañana, cuando el nuevo huésped, se levantó y salió al salón, buscando el baño y más tarde la cocina. Dawn enseñó los dientes y le gruñía, al que para él era extraño e intruso. Su dueño lo tranquilizó, le hizo ver que era buena persona y que por una semana viviría con ellos. —Buenos días William, usted también madruga. —Buenos días, yo trabajo por la noche y duermo de día, así que ahora me toca dormir a mí. —Yo voy a salir a la calle, a conocer los alrededores, a desayunar y a buscar trabajo. —Muy bien, una cosa importante, Germán, no diga que le he alquilado una habitación, yo estoy de alquiler, es ilegal que yo alquile algo que no es mío, ¿comprendes lo que le digo? —Sí, William, comprendo perfectamte. Eran las seis de la tarde cuando Germán volvió de la calle, en su rostro se reflejaba la tristeza y el descontento con la vida. Dawn, parecía adivinar el estado del chaval, lloritando se escondió detrás del sofá. —Que tal, ¿cómo te ha ido, has encontrado trabajo? —No, no he encontrado nada, he preguntado en varios comercios, pero nada. —El trabajo está mal, Germán, por eso me voy de aquí, en unos días salgo para Escocia, allí me han dicho que encontraré trabajo. —Pues a mí no me importaría irme a Escocia, total, en España ya no tengo nada que hacer. —A mí no me importaría llevarte, Germán, pero se necesita dinero para viajar. — ¿Cuánto se necesita? —Mínimo, tres mil quinientos euros. —Te puedo dar cuatro mil euros. —Pues entonces, Germán bienvenido al viaje hacía Escocia. —Mañana voy a ver a mi amiga Aixa, cuando vuelva me das el dinero y en unos días salimos con rumbo a Escocia. —Ok, mañana tendrás los cuatro mil euros en tus manos. Al día siguiente William fue a casa de su amiga Aixa, para comunicarle se marchaba de España, con la intención de llegar hasta Escocia, a buscar una mejor vid La luz que se colaba por la ventana despertó a Aixa. Solo habían pasado veinticuatro horas que se celebró el juicio, en el cual, Aixa perdió a sus hijos para siempre. Le parecía una eternidad. Lanzó la botella de whisky contra la puerta del pequeño apartamento. Se acercó al balcón de una octava planta, un salto al vacío y acabaría con su eterno sufrir, es la única salida que la muchacha veía. En ese preciso momento sonó el timbre de la puerta. No quería abrir. No deseaba ver a nadie, ni nadie la viese en su estado, apestaba a alcohol. Pero Aixa pensó, podría ser su abogado con buenas noticias. Abrió la puerta. William entró y cerró de un portazo. — ¿Aixa, por qué no me coges el teléfono? — ¡William, me han quitado a mis hijos para siempre, sin ellos no quiero vivir! William cogió una botella del suelo y la puso delante del rostro de Aixa. — Sé que no soy el más indicado para darte clases de conducta, ¿pero tú piensas que con esto vas a recuperar a tus hijos, emborrachándote? —Ya he agotado todos los recursos, ya no me queda ni un euro, nada, y el viernes tengo que abandonar el apartamento. Estoy desesperada, ya no sé qué hacer. Estoy viviendo los días más grises de mi vida, quiero morirme. —No debes darte por vencida, tienes que luchar por ti y por tus hijos. Por el apartamento, no te preocupes, yo también tengo que abandonar el mío, hace meses que no puedo pagar el alquiler, así que me voy a Escocia, —dijo William preocupado por su situación y por la de su amiga. — ¿Y cómo lo vas hacer, si no tienes dinero? AUTORAS: LOLA´S ROMAN Y BAREA
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Ciclo de tres canciones para canto y piano, basadas en el poema "los sonetos de la muerte" de Gabriela Mistral.
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Si pudiera dejar de esperarte
04/22/2018
“Si pudiera dejar de esperarte” Me canse de esperarte, solo te quedaste como fantasma en mis noches. Aunque… que martirio mis desvelos intentando no pensarte. Sí, amargo son mis sueños. ¿Cuál rayo rompió nuestra aventura sin cansancio? dejándome desconsolada en una vereda silenciosa. No hay más cruel castigo que quitarte las rosas regaladas, dejando solo las espinas. Que profundo son los cimientos de aquel malestar que sentí y sigo sintiendo sin parar, aun sabiendo que, es una causa perdida se va quemando entera las ansias de amar… y por qué no decirlo, me traga el aburrimiento. Y pienso sin pensar en la razón ni en el desamor: Que decencia por tu parte ha sido tu ausencia, tu marcha se llevó la ilusión y sin dar una explicación, sin dejar una caricia, una mirada, una despedida, ni un adiós a media sonrisa. ¿Qué mal viento arrancó de cuajo la alegría? dejando mis lunas suspirando en esas noches de espera, frías y tan heridas. ¿Qué camino es el que recorro sin ver ni una sola flor? lento van mis pasos queriendo encontrar lo dulce y solo me lleva por amargos caminos. Hoy pido, en silencio, me lleve de una vez por todas a esas aguas de transparentes gozos para llegar a mi lecho de ilusiones y por fin descansar y abrazarme a mis sueños, dejando atrás todos los espinos. Si pudiera dejar de esperarte. Lola
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Para ti" Adiós año viejo"
04/22/2018
“Para ti” ¡Para ti! primavera luminosa, florida, perfumada, femenina, cambiante, gentil hada milagrosa que con tu sola presencia termina el sueño, cuanto en él reposa; contigo la nueva vida germina. Te quiero eterna, dulce, seductora, siento en mi ser tu acción benefactora. Adiós año viejo” Ya se encienden las estrellas alumbrando el año que entra La gente en las calles lo festeja, con el “din don” de las campanadas con la uvas de la suerte y el brindis del cava. Y, allá a lo lejos se escucha el tik tak del reloj anunciando la marcha del año viejo.
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Pintura: Impresionismo
04/08/2018
Pintura: Impresionismo” ** Llevo tu presencia en mi memoria, Y tus bellos colores se han instalado en mi mirada. Ahora se ha convertido en un paisaje de pinceladas extraordinariamente acertadas, que las cuales quedaran por los tiempos bien marcadas, y ningunas manos las iguala. ** Lola Barea Barrera.
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Por la colina viene bajando
04/08/2018
Por la colina viene bajando, una lunita vieja, trae mirada degastada, por triste cambio, que realizó. Tú que nadabas en oro, acabaste en un baño de plata, baño que te llevó al dolor. No llores luna, no, ni derrames sobre el valle tus saladas lágrimas, que contagias a las flores con tu amarga nostalgia. No llores lunita vieja, no llores lunita de amor, que no se merece tus lágrimas aquel que te engañó. No llores lunita buena, no llores por compasión, que arrastra contigo a todos los que te dan verdadero amor. No llores lunita más, y dime si es verdad, por qué marchaste, sin hablar y sin mirar, ahora reclamas aquello que ayer te dieron, lo dejaste marchar, y hoy quiere recuperar. * Lola Barea
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Madrigal "Rosa, polen y abeja"
04/08/2018
(Madrigal) "Rosa, polen y abeja" Desnudé tu interior, hallé lo que buscaba, rebuscando en la historia de la rosa. Tropecé en el amor, Sintiendo placeres de mariposa. Soñé, soñé y soñé, Con la mar, el barco, el iris y el pez, la luna de papel. El viento jugaba a quemar mi piel Probé néctar de frutos, en pétalos de miel. * Lola Barea.
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Siento miedo" Texto reflexivo
04/08/2018
Siento miedo" Texto reflexivo Me da miedo la soledad, sobre todo la de un sábado por la noche. Escucho la algarabía, la que forman las chicas y chicos de la casa de al lado, se ve que se divierten. Yo en el ordenador, intentando escribir algo. Cierro las ventanas, echo las persianas, busco silencio, y cuando lo consigo, siento miedo del silencio. Tengo miedo que suene el teléfono, o se enciendan las farolas de la plaza. A la gente sin palabras también le tengo miedo. Es espantoso el frío de las nevadas, el calor del desierto, me espanta el tiempo tatuado en el tronco del árbol del jardín de mi casa. Siento miedo de la monotonía, de la ridiculez y de hacer lo mismo todos los días. No tomo una decisión porque me da miedo, me da miedo los cambios, la novedad, lo extraño, cambiarme de lugar. Siento miedo de está despierta para luego dormir, no quiero agotar mi tiempo. Tengo miedo a la vida y la muerte, a lo viejo y lo joven, al pequeño y al grande, sobre todo al grande. Soy tan diminuta al lado de los gigantes, hasta siento sus pisadas sobre mí, me aplastan, y ya reventada de miedo me muero de miedo. Lola Román Lola Barea
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La aguja" Relato
03/31/2018
"La aguja" Relato TERCERA PARTE Hubo unos minutos de silencio, Vito mantenía la carta doblada en su mano, no se atrevía a dársela, sentía pena por la situación que estaba viviendo la joven. En aquella carta estaba escrito su adiós para siempre. —Gracias por quedarte, Vito —dijo la joven mientras le tomaba la mano, el joven no le rechazó. —Blanca, yo, yo sigo pensando en marcharme a Argentina, mi vuelo sale mañana. Allí empezaré una nueva vida. —Vito, estoy ciega por tu culpa. —No digas eso Blanca, no me culpes de algo que no he hecho. — ¡Sí Vito! He llorado hasta agotar las lágrimas, mis ojos se han secados, eso ha sido la causa de mi enfermedad. —Lo siento mucho Blanca, lo único que puedo hacer es anular mi vuelo, quedarme hasta que te recuperes de la vista. — ¿Harías eso por mí, Vito? —Sí, Blanca, pero con una condición. —Con la que tú quieras, Vito. —Seremos amigos, nada más que amigos. —Lo respetaré, Vito. Doña Daniela salió de la cocina, en silencio se dirigió a la chimenea, movió los rescoldos y se sentó cerca del fuego. La mujer miró a los jóvenes y sin decir nada cogió las agujas y la lana y se puso a terminar una bufanda. —Madre, prepara la habitación de invitados, Vito se queda. —No hace falta, tengo habitación en el hostal. —No voy a permitir que te quedes en un hostal, Vito. —Está bien, solo por esta noche. —Prepararé una cena rica y rápida —dijo Daniela con rostro serio. —Yo, con vuestro permiso voy a asearme un poco para la cena —dijo el joven mientras se dirigía hacia la habitación de invitados. —Adelante, Vito, ya conoces el camino, estás en tu casa —dijo Blanca satisfecha de su logro. En media hora estará la cena —dijo Daniela. —Mamá, prepara unos macarrones es rápido y a Vito les encantan. — ¿Qué estás tramando, Blanca? —No preguntes, madre y prepara la cena para Vito y para mí. — ¡Quítate inmediatamente esa estúpida venda de los ojos! — ¡Déjame madre, se lo que hago, no te metas en mis cosas! —En cuanto baje Vito le diré la verdad, todo es una falsa, tus ojos están perfectos, sanos. —No pienso perder a Vito, aunque tenga que mentirle, chantajearle. —Y yo no pienso ser cómplice de una mentira tan horrenda. ¡No estás ciega, Blanca! — ¡Si cuentas mi secreto perderé a Vito! —Prefiero que te deje Vito antes de ser cómplice de tu falsa. — ¡No te imaginas lo que soy capaz de hacer por retener a Vito! —amenazaba Blanca mientras se diría al costurero de Daniela. — ¿Blanca que vas hacer? Suelta la aguja ¡Vito, Vito! — ¡Cállate madre, cállate! — ¡Ayuda, socorro, Vito, Vito! Vito escuchó los gritos desesperados de las dos mujeres. Entró en el salón. La escena era macabra. Madre e hija estaban enlazadas en una terrible lucha, sus manos sangraban. Vito se acercó a las mujeres para separarlas. Daniela no pudo evitar lo inevitable, la mujer lloraba mirando a su hija. Vito se quedó aterrorizado al ver a Blanca con la aguja clavada en el ojo derecho. — ¡Qué has hecho, Blanca! —gritó aterrado Vito. —Lo he hecho por ti, Vito ¡Estoy ciega, Vito, estoy ciega! Autoras: Lola Román Lola Barea
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La aguja" Relato
03/31/2018
"La aguja" Relato SEGUNDA PARTE Ante la insistencia de doña Daniela, Vito entró en la casa, cruzó el umbral rompiendo un juramento que hacia unas semanas se hizo “jamás volveré a cruzar ese umbral”. Doña Daniela abrió la puerta del salón, la joven estaba sentada en su sillón frente a la chimenea, con dificultad la joven se puso de pie, se dio media vuelta dirigiendo su cara hacía la puerta. — ¿Ere tú Vito? —Sí, soy yo —contestó el joven impactado al ver a Blanca con los ojos vendados. —Pasa, Vito y acércate, siéntate aquí a mi lado—dijo Blanca extendiéndole su mano. — ¿Qué te ha pasado Blanca? ¿Qué le ha sucedido a tus ojos? —preguntaba el joven a sombrado ante aquella situación, mientras se acomodaba en un sillón al lado Blanca. —No te preocupes Vito. Hace tres días que me han operado, ha sido una operación difícil, pero tengo confianza en los doctores, aunque ellos dicen… — ¿Que te han dicho ellos, los doctores? —Según ellos quedaré ciega, no querían operarme pero yo insistí que se hiciera la operación. — ¡Pero hija! ¡No! —Madre, por favor, vete a la cocina y prepara té o café. —Lo siento mucho Blanca, si yo puedo hacer algo por ti, no dudes en pedírmelo —dijo el chico apenado. —Vito, lo que yo te pediría es que sigamos siendo novios. —No, Blanca, pídeme lo que tú quieras menos eso, ya he tomado la decisión, lo siento. —Solo los cobardes ofrecen lo que no van a cumplir. —Será mejor que me vaya, Blanca, he venido en son de paz —dijo el joven mientras se levantaba del sillón. — ¡No te vayas Vito! Perder mi vista, ha hecho que cambien mi estado de ánimo, me he vuelto más arisca, solitaria y rencorosa. Siéntate, por favor. — ¿Cómo has adivinado que me he puesto de pie? —Querido Vito, estoy ciega pero no sorda, he escuchado el ruido de tu movimiento. —Vito, ¿qué te apetece café o té? —le ofreció Daniela al notar tanta tensión entre su hija y Vito, su exnovio. —Nada, doña Daniela. — ¿Prefieres una limonada, Vito? —No, gracias doña Daniela —contestaba el joven sin separar su vista de Blanca. —Mamá, no sigas, si Vito le apetece algo sin dudas lo pedirá ¿verdad Vito? —O, sí, claro que sí. — ¿Lo has oído, madre? —Sí hija, lo he oído y lo siento, solo pretendía ser amable con Vito, para que se sienta cómodo en casa. —Pues te pasas con tu amabilidad y eso molesta…madre. —Creo que es mejor que me vaya, mañana tengo que madrugar, mi vuelo sale muy temprano. — ¿Ves lo que has conseguido, madre? Ahora Vito se siente incómodo por tu culpa. —No Blanca, tu pobre madre no hace que me sienta incómodo. —Te acompaño hasta la puerta Vito —dijo Daniela a la vez que le acercaba su chaqueta al muchacho. —Madre, déjanos solos, por favor. —Si me necesitáis estaré en la cocina —dijo la mujer mientras sus pasos se dirigían hacia la cocina. Autoras: Lola Román Lola Barea
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La aguja" Relato
03/31/2018
“La aguja” Relato PRIMERA PARTE La alegría se reflejó en el rostro de Blanca al escuchar el nombre de Vito en boca de su madre. —Buenas tardes doña Daniela. —Buenas tardes Vito, pero pasa muchacho y no te quedes en la puerta. —No quiero molestar, doña Daniela, solo vengo a dejar esta carta para Blanca —dijo el joven mientras a largaba la mano con la carta hacia la mujer. —Tú nunca molesta Vito, pasa y toma un café con Blanca, está en el salón, habláis de lo que tengáis que hablar y si luego te parece bien le entregas la carta en su propia mano. Autoras: Lola Román Lola Barea
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Hilachas de silencio.doc
02/12/2018
Es un libro de poemas bastante voluminoso (361 páginas ) que contiene una gran variedad de combinaciones estróficas y abarca todos los temas que constituyen la experiencia humana
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Enjambre de avispas
01/04/2018
“Enjambre de avispas” No puedo creer donde he acabado. En un edificio espantoso. Las paredes estaban descascarilladas y pintorreadas. Allí estaba yo, frente a la puerta mohosa y con un clique pegajoso introducido en la cerradura. Sí, ahí mismo estaba yo. Con una maleta y un bolso de mano. Aquello parecía un enjambre de avispas rabiosas. Niños mal educados y padres peores. Un chaval de unos diez años, me tiró un balonazo en mi cabeza. Casi me tira para atrás. El padre, en vez de corregirlo, se partía de la risa, cuando vio mi frente roja como un tomate. Unos goterones de agua empezó a caerme encima de mí. No, no era que llovía, era ropa tendida fuera de la terraza. Entré en el portal. En el hueco de la escalera, había un chico y una chica. Se estaban dando el lote. ¡Eran niños, por Dios! Donde estarían sus padres. Los chicos me miraron y me amenazaron con tirarme algo, a la vez que me gritaban ¡Que mierda hacia allí mirándolos! Cogí mi equipaje y empecé a subir la escalera sin mirar atrás. Cada escalón que subía, me iba acercando al centro del avispero. De una puerta, salía un horrible cante…no sé quién lo dejaba salir de su boca. De otra puerta, espantosos gritos de hombre y mujer, era una monumental pelea entre la pareja, él la ponía de puta y media, ella lo ponía de vago, maricona y de carbón. De otra, frente a la mía, salían unos llantos, desesperados, eran de bebés. Lola R Barea
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I Los archivos de los muertos
11/04/2017
Los archivos de los muertos (La maldición de Ellos) William le cogió la mano a la joven y se la besó. Ella le dio las gracias y amable le ofreció más té, él aceptó. Blaise, el mayordomo, entró con la tetera humeante y unas salchichas para el perro, el hombre en silencio retiró la anterior ya fría y salió del salón. Dawn, se acercó a la mesa donde estaban los jóvenes, Corinne le puso el plato de las salchichas en el suelo. —Yo tuve un perro igual a Dawn, también era un precioso pastor alemán, —dijo la chica, mientras lo acariciaba y le peinaba los pelos con sus dedos. — ¿Y qué le pasó a tu perro? —Un día, íbamos paseando cerca de la carretera, el perro la atravesó, en ese preciso momento pasaba un camión, con tan mala suerte que lo atropelló. —Lo siento mucho Corinne, para ti debió ser terrible. —Lo fue, lo pasé muy mal, quería mucho a mi perro Doux. Corinne se levantó y se fue hacia una vitrina, abrió la puerta y sacó un precioso collar de su perro muerto. El collar era de un cuero negro brillante, adornado con estrellas de plata, y en cada estrella llevaba una piedra preciosa color morada. La joven se volvió a la mesa y se lo enseñó a William. —Es un collar precioso, ¿es auténtica plata, y las piedras? —Sí, es plata de ley, las piedras son auténticas, ¿crees que le gustará a Dawn? —le preguntó la joven. —Dawn se sentirá orgulloso llevándolo el collar, y yo muy agradecido. Corinne se acercó al perro de William, y le puso en el cuello el valioso collar, después volvió a la mesa. El mayordomo entró en el salón. — ¿Señorita Corinne, el señor se quedará a la comida? — ¿Le apetece quedarse a comer conmigo, William? —Por mí encantado, pero no quiero ser una molestia. —No es ninguna molestia, al contrario, William, me gusta estar acompañada en la mesa y hace mucho tiempo que estoy sola. —Eres muy amable y se está muy bien en tu compañía. Sí, acepto la invitación. —Blaise, ponga un cubierto más, él señor se queda, y prepare un plato exquisito para Dawn. —Sí señorita Corinne. El mayordomo volvió a salir del salón con cara de pocos amigos. —Acompáñame William, quiero que veas algunos cuadros. William siguió a Corinne hasta la biblioteca. Los ojos del joven, fueron atrapados por aquellas maravillosas pinturas. Allí había cantidad de libros antiguos, su especialidad. —Veo que te gustan los libros. —Mucho, soy periodista y me encanta escribir, sobre todo leer, todo aquello que tenga que ver con la información, y por norma general, la información están en los libros. William buscaba en los libros las fechas más antiguas, eligió uno del siglo XVIII, los jóvenes se sentaron y empezaron a mirarlo. Lola, s Román y Barea
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2 Los archivos de los muertos
11/04/2017
"Los archivos de los muertos ( La maldición de Ellos) Continuación de la novela Todavía no eran las siete de la mañana, cuando el nuevo huésped, se levantó y salió al salón, buscando el baño y más tarde la cocina. Dawn enseñó los dientes y le gruñía, al que para él era extraño e intruso. Su dueño lo tranquilizó, le hizo ver que era buena persona y que por una semana viviría con ellos. —Buenos días William, usted también madruga. —Buenos días, yo trabajo por la noche y duermo de día, así que ahora me toca dormir a mí. —Yo voy a salir a la calle, a conocer los alrededores, a desayunar y a buscar trabajo. —Muy bien, una cosa importante, Germán, no diga que le he alquilado una habitación, yo estoy de alquiler, es ilegal que yo alquile algo que no es mío, ¿lo comprende? —Sí, William, lo comprendo. Eran las seis de la tarde cuando Germán volvió de la calle, Dawn se escondió detrás del sofá. —Que tal, ¿cómo te ha ido, has encontrado trabajo? —No, no he encontrado nada, he preguntado en varios comercios, pero nada. —El trabajo está mal, Germán, por eso me voy de aquí, en unos días salgo para Escocia, allí me han dicho que encontraré trabajo. —Pues a mí no me importaría irme a Escocia, total, en España ya no tengo nada que hacer. —A mí no me importaría llevarte, Germán, pero se necesita dinero para viajar. — ¿Cuánto se necesita? —Mínimo, tres mil quinientos euros. —Te puedo dar cuatro mil euros. —Pues entonces, Germán bienvenido al viaje hacía Escocia. —Mañana voy a ver a mi amiga Aixa, cuando vuelva me das el dinero y en unos días salimos con rumbo a Escocia. —Ok, mañana tendrás los cuatro mil euros en tus manos. Al día siguiente William fue a casa de su amiga Aixa, para comunicarle que se marchaba de España, con la intención de llegar hasta Escocia, a buscar una mejor vida. La luz que se colaba por la ventana despertó a Aixa. Solo habían pasado veinticuatro horas que se celebró el juicio, en el cual, Aixa perdió a sus hijos para siempre. Le parecía una eternidad. Lanzó la botella de whisky contra la puerta del pequeño apartamento. Se acercó al balcón de una octava planta, un salto al vacío y acabaría con su eterno sufrir, es la única salida que la muchacha veía. En ese preciso momento sonó el timbre de la puerta. No quería abrir. No deseaba ver a nadie, ni nadie la viese en su estado, apestaba a alcohol. Pero Aixa pensó, podría ser su abogado con buenas noticias. Abrió la puerta. William entró y cerró de un portazo. — ¿Aixa, por qué no me coges el teléfono? — ¡William, me han quitado a mis hijos para siempre, sin ellos no quiero vivir! William cogió una botella del suelo y la puso delante del rostro de Aixa. — Sé que no soy el más indicado para darte clases, ¿pero tú piensas que con esto vas a recuperar a tus hijos, emborrachándote? —Ya he agotado todos los recursos, ya no me queda ni un euro, nada, y el viernes tengo que abandonar el apartamento. Estoy desesperada, ya no sé qué hacer. Estoy viviendo los días más grises de mi vida, quiero morirme.
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I Los archivos de los muertos
10/08/2017
“Los archivos de los muertos” Principio de la Novela. "Los archivos de los muertos (La maldición de Ellos) Mi nombre es William Focter, tengo treinta y siete años, de padre escocés y madre española. Siempre he vivido en Inglaterra, excepto los últimos tres años en Madrid, España. Yo solo pretendía llegar hasta Escocia para encontrar una vida mejor. Pero nada de eso importa ahora, cuando me encuentro atrapado en un subterráneo, a unos tres metros y medio bajo tierra, es una especie de pasillo que conduce al infierno. Por encima de mí, hay un viejo y apartado cementerio, donde solo están enterrados los que se suicidaron, o aquellos por muertes extrañas y sin resolver. No sé las horas que he estado inconsciente, el frio está llegando a mis huesos, creo que tengo el hombro izquierdo roto. Alumbro con mi linterna el agujero de la tumba por donde he caído, es de noche y se ve caer copos de nieve, tengo miedo que la nieve tape el agujero por el cual recibo el oxígeno. Mi perro Dawn sigue allí arriba, escucho sus ladridos. Con mi mano derecha, amontono unas cuantas tablas del ataúd caído junto conmigo. He conseguido hacer un pequeño fuego, el humo es molesto, pero necesito entrar en calor. La bufanda me la he puesto en el cuello y he sujetado mi brazo. sé que de aquí no voy a salir, la muerte está más cerca de mí que de cualquier mortal, la percibo y la huelo. No las veo pero si las escucho, son ratas hambrientas, están a la espera de un descuido mío para devorarme, como los buitres acechan en el desierto su presa, ellas acechan bajo tierra. Es increíble, cuando trabajaba para el periódico, no encontré ni una sola historia que me la comprase. Ahora les podría ofrecer una, la que todos los periódicos pagarían una fortuna por ella. Pero, me temo que se la comerán los gusanos junto con mi cuerpo. Empezaré desde el principio, como y porque he llegado hasta aquí, y a esta maldita y terrorífica situación. De mis compañeros, les juro que, ojala no los hubiese conocido nunca. Nueve meses antes de lo sucedido… ¡Por todos los muertos que tiene el viejo escocés, ahí está en la puerta de mi casa! Ya le he dicho que le pagaré el puto alquiler en cuanto tenga dinero pero no quiere escucharme. ¡Dawn, atácale! — ¡Te voy a denunciar William Focter, por no pagarme y por mandar a tu perro a que me ataque y por llevarlo sin bozal! —Ya le he dicho que me han despedido del periódico, en cuanto me liquiden todo lo que me deben yo iré a su casa y allí le pago. —Le doy dos semanas Focter, ni un día más, y no lleve ese perro salvaje. — ¡Iré con mi perro si me da la gana, y cuidado que no te ponga el bozal a ti! —Écheme el sobre con el dinero por debajo de mi puerta, porque ni su perro es de confianza y usted mucho menos. — ¡Maldito viejo! ¿Acaso te vas a llevar el dinero a la tumba? Eliot se hizo el sordo y se encerró en su casa, el perro llegó ladrando hasta la puerta del viejo. William llamó a su perro pastor alemán y entraron en la suya. Dawn, mi fiel perro, tampoco te tomes mi palabra al pie de la letra, casi te cargas al viejo Eliot de un susto. Después de lo ocurrido necesito otra copa, y tú también te has ganado tu plato y un sorbito de whisky. La nevera está vacía, solo hay cuatro huevos, media lechuga para tirar, un poco de leche, un limón y un paquete de salchichas, Dawn, tres salchichas para mí y cuatro para ti, no te quejarás con las particiones, sales ganando. Ay, Dawn, Dawn, que puedo hacer para ganar dinero, no tengo ni para el veterinario ni tu vacuna. ¿Qué te parece si pongo un anuncio y alquilo las dos habitaciones que no usamos? Mañana es lo primero que voy hacer, eso nos ayudará un poco. Bien temprano William salió a poner el anuncio, y de paso preguntó en la redacción del periódico si necesitaban un periodista. —Si nos traes buena información, noticias o alguna historia interesante te pasas por aquí, la valuaremos y si nos interesa hablamos de dinero. —Gracias, lo intentaré. Eso hizo que viese una pequeña luz de esperanza. Salí a la calle y empecé a caminar con rumbo a mi casa. Miré en el bolsillo del pantalón y saqué unos euros, compré una barra de pan y dos latas de cerveza, una para mí y otra para mi perro. Cuando entraba en mi portal mi vecina Herminia salía a tirar la basura. Yo sabía que Herminia se solía dejar su puerta abierta, aligeré el paso y así fue, entre y registré los tres primeros cajones del mueble del salón, no encontré nada, cogí las llaves de su puerta y rápido me salí de allí. Cuando entré en mi casa Dawn me recibió como si hiciera un mes que no me veía. L y L
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Los archivos de los muertos
09/23/2017
Germán, personaje de la NOVELA " LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS( LA MALDICIÓN DE ELLOS) Hacía poco tiempo que Germán marchó de la pequeña aldea donde siempre vivió. Allí su futuro era tan negro como el carbón que producía junto a su padre. El carbón era el sustento de toda la familia. El día antes de marcharme le comentó a su padre. —Un día de estos me voy de aquí, padre, esto no es vida, veo en la tele y en el periódico como viven en otros sitios, viven mucho mejor que nosotros y trabajan menos que nosotros. —No hables tonterías, ¿A dónde vas a ir tú, si no tienes estudio, ni carnet de conducir? —Tengo veintinueve años, buena presencia y muchas ganas de cambiar a una vida mejor, creo que eso es todo lo que necesito. — ¡Germán hijo, ya deja de hablar cosas incoherentes, estás casado con Adela y tienes tres hijos pequeños, de cinco de tres y de uno, tienes que alimentarlos, tú los ha hecho y ahora apechugas con ellos y con la mujer que te ha tocado! —Padre, la Adela quería pillarme y hasta que no lo consiguió no paró. —Ella no te puso un cuchillo en el cuello. —No, pero me emborrachó y me puso otra cosa, borracho no supe rechazar. —Vale, el primero puede que fuese así, ¿pero y los otros dos hijos? —Un tanto de lo mismo, padre. —O sea que eres un facilón con las mujeres, o sea que eres bueno en la cama. —Así es padre, por eso me quiero ir y tener mujeres guapas de esas que salen en las revistas, Adela ya no me atrae sexualmente y aquí en la aldea no tengo donde escoger, no hay nada que merezca la pena. —Hijo, conociéndote como te conozco, sé que te vas a ir, ya se te ha metido en la cabeza y hasta que no lo consigas no vas aparar, pero antes de irte habla con Adela, y cuéntale que vas a buscar un futuro mejor y cuando estés con trabajo, vivienda te la llevarás a ella y a los niños. —No, padre, no le voy a contar nada de lo que no voy a cumplir. —Hijo, no hagas las cosas mal, yo ya soy viejo y no puedo hacerme cargo de tu familia, ya cumplí con la mía. —Por eso no quiero acabar como tú, ha sido un hombre que entregaste tu vida al servicio de otros, ¿y dime padre, que ha conseguido? Nada, mírate, estás viejo y enfermo, hasta tus mocos son negros, y Adela le da asco lavarte los pañuelos, pero no le da asco del dinero que le das por lavarte la ropa y hacerte la comida. ¿Quiere que tu hijo, o sea yo, acabe así? —Germán, hijo, dicho así. —Pues padre, no se hable más del tema. —Si te vas ya no te veré hijo mío. —Alégrate por mí padre, estaré mejor, y por fin seré feliz. Esa noche apenas durmió, se levanté a las cinco de la mañana, Adela ya estaba en la cocina preparando los desayunos de toda la familia. Le miró de arriba abajo, y le preguntó. — ¿Por qué no te has puesto la ropa del trabajo, y donde vas tan bien vestido? —Voy a una revisión médica. —Germán, llevo los niños con mi madre y voy contigo. — ¡No! Digo, no hace falta Adela, yo are autoestop y cualquier coche me recoge, y en una mujer no está bien visto eso. Tú sigue con tus quehaceres y déjame a mí que haga lo que tengo que hacer. Era de noche cuando llegó a la estación de Atocha, Madrid, cogió un periódico que estaba abandonado en un asiento, se sentó y empezó a leer la parte de los alquileres, había una habitación que se alquilaba por ciento setenta euros, en un piso compartido, con derecho a cocina y baño. Llamó, le contestó un chico con acento inglés. —Buenas noches, perdone que le llame a esta hora, pero he visto en el periódico el anuncio que se alquila una habitación y me interesa, perdón, mi nombre es Germán. — ¿Pero de donde ha sacado el periódico?, hace más de ocho meses que puse el anuncio. Lo siento pero ya no la alquilo, en una semana dejo el piso. —Aunque sea por una semana me interesa alquilar la habitación, pagaré lo que me pida, no conozco a nadie en Madrid y no me gustaría dormir en la estación. — ¿Qué le parece doscientos euros por una semana? — Me parece bien, se los entregaré en cuanto llegue. Pues coja un taxi y que lo lleve a la calle Tíscar, yo le esperaré abajo en la esquina de la calle, por cierto mi nombre es William Foster, también me puede llamar Guillermo, que conste que le hago este favor porque necesito el dinero. —Gracias William, voy para allá. Autoras Lola´s Román y Barea
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PARTE diez DE LA NOVELA
08/15/2017
10 de la novela: "Flor y música para el funeral de Elisa". Emoción, amor y suspense. Me puse delante de él y le dije: “Sé que lo que hemos hecho yo y Anselmo no está bien, le pido disculpa y le aseguro que no va a ocurrir más, ¿sigue usted pensando en contárselo a doña Elvira? “Por supuesto que sí, en cuanto baje le informo de lo sucedido”. “Yo le contesté al testarudo y viejo Arnau, pues, entonces me veré obligada a enseñarle a mi novio Anselmo esto, le aseguro que no le va a gustar que, su mamaíta se revolcara en la cama con un cliente, y por las fechas, su papaíto estaba vivo y cornudo, y lo que es peor, los cuerdo eran puestos bajo su propio techo, y aún mucho más peor, el ignorante cornudo, le servía carajillos y puros al amante de su mujer”. El viejo se le cambió el color de la cara. En ese momento hicimos un trato, él no diría nada a doña Elvira y yo le entregue sus amarillentas cartas, pero le dije: “Si se va de la lengua, tengo copias de sus cartas”. Yo no tenía copias de las cartas, solo quería asegurarme que el viejo Arnau, no le contase nada a doña Elvira. “Madre mía, con solo diecisietes años y que astuta y valiente fuiste” exclamó Genoveva. “Así se hace Montserrat, tu novio se comportó como un cobarde pero tú fuiste valiente”, dijo Fabrizia a la vez que rellenaba las tres copas. Montse siguió contando su historia. Anselmo y yo nos seguimos viendo a escondidas, pero tomábamos más precaución, solo nos veíamos en las habitaciones que estuviesen vacías, sin clientes. La relación entre yo y Anselmo, se iba debilitando, aquello me preocupaba, quizá me entregue demasiado a mi novio, y eso hizo que, se fuese cansando de mí. Aunque él, me prometió que hablaría con su madre, para que nos diera permiso para casarnos. Cosa que lo veía difícil, doña Elvira no me quería, ella buscaba una mujer con dinero para su hijo. Una mañana, ayudaba a doña Elvira en la cocina, estaba desollando unos conejos para guisarlos. Me entró nauseas, tuve que irme al baño a vomitar. Cuando volví, Elvira me ordenó para que me sentara, y sin darse rodeos me dijo: “Tú estás preñada, ahora mismo me dices de quién es ese niño”. “Yo le dije, es de tu hijo Anselmo, y será tu nieto”. La reacción de Elvira fue, guantazo con todas sus fuerzas, mi mejilla me ardía de dolor. Me puse de pie y le dije: “No vuelvas a tocarme o se arrepentirá”. Elvira me echó de la cocina, me dijo que saliera de su hostal y no volviera nunca jamás. Yo le dije: “Me voy a ir, pero antes le voy a enseñar a tu hijo Anselmo, todas las cartas de amoríos, que tuviste con el señor Arnau, y lo bien que te lo pasabas, cuando te metías en la cama de tu amante, mientras el infeliz de tu esposo, te esperaba para recoger unas sobras de tu falso amor hacia él. Antes que doña Elvira abriera su boca, le dije, tengo copias de esas cartas, y de las notas que le escribías para vuestras citas, a espalda de tu marido. Todo eso, te aseguro que no le va a gustar a tu hijo, y ante la duda de quién será su verdadero padre, lo volverá loco, y te odiará por ello. A los tres meses de aquello, Anselmo y yo nos casamos, y por desgracia, mi bebé lo perdí, antes que naciera. Fue un duro golpe para mí y Anselmo, nos habías hecho muchas ilusiones. Pasaron los años y nuca más quedé embarazada”. A Montse se le saltaron las lágrimas. Genoveva y Fabrizia se abrazaron a su amiga. Montse continuó. “El señor Arnau murió, y al poco tiempo murió doña Elvira, yo y Anselmo seguimos con el hostal, hasta hace cuatro años que, Anselmo me dejó por una chica de veinte años. Un día, llegó aquí, buscando trabajo, yo la contraté. Anselmo, volvió a repasar y a probar otra vez las habitaciones, pero esta vez fue con una chica nueva y nueva para él, lo volvió loco. Eché a la chica y Anselmo se fue con ella. El divorcio fue rápido, él se quedó con dos pisos en el centro, a mí me dejó el hostal. Y aquí me tenéis, hecha una vieja, con cincuenta años, gorda, sola y borracha”. “Primero, con cincuenta años no eres vieja, los kilos los puedes perder si te lo propones, y sola no estás, nos tiene a nosotras, le dijo Genoveva. “La última copa y nos vamos a dormir”, dijo Montse rellenando las copas. Fabrizia se decidió a contar la historia de su vida.“Solo voy a contar las cosas que hicieron cambiar mi vida. Seré breve. Nací en un pueblito que pertenece a Lombardía, Italia. Yo no recuerdo aquel lugar, pues, cuando tenía unos cinco años, mis padres, vendedores ambulante, se mataron en un accidente de coche, yo me salvé, gracias a los bultos de ropas que me protegieron. Autor Lola Román y Barea.
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PARTE nueve DE LA NOVELA
08/15/2017
Parte 9 "Flor y música para el funeral de Elisa". El taxi dejó a las tres mujeres, en la puerta de una sala de baile. La música sonaba fuerte y alegre. Montse compró tres entradas. “Esta noche invito yo” dijo Montse. “La próxima vez invitó yo”, le dijo Genoveva. “Pues yo pagaré la tercera, con esa escusa volvemos a bailar” contestó Fabrizia. A la vez que su cuerpo se movía con la música. La sala estaba llena, de un público de hombres y mujeres, entre cuarenta, cincuenta y sesenta años. La pista estaba completa, en esos momentos sonaba Shakira, todos intentaban coger el ritmo con sus cuerpos. “Vámonos, las tres mosqueteras, a la barra para tomar un trago” dijo Montse riendo. Dos horas más tarde, las tres mosqueteras, así se bautizaron ellas mismas, tomaron unas copas, reían y bebían, las tres intentaban hablar, pero se les hacía imposible, con el ruido de la música y la gente. Salieron del local, las tres iban mareadas, casi borrachas. Se volvieron a montar en un taxi y se fueron al hostal. Una vez allí, Montse, encendió la luz de su bar, cogió unas botellas de la estantería y tres copas, con dificultad, por culpa del estado de embriaguez que las tres mujeres arrastraban, llevaron botellas y copas hasta una mesa y por fin consiguieron sentarse. “Una última copa y adormir, como niñas buenas”, dijo Montse queriendo mostrarse formal, pero sin conseguirlo, sus risas se juntaros con las de Genoveva y Fabrizia. “Yo no quiero ser buena Montse, una vez lo fui una chica buena, se aprovecharon de mí, me hicieron mucho daño”, contestó Genoveva, esta vez sin sonreír. “Tienes toda la razón, amiga, yo también fui una mujer buena y se burlaron de mí”, dijo Montse con los ojos a punto de llorar. “Yo fui una niña buena, y un mal nacido se aprovechó de mí, me hizo mucho daño”, dijo Fabrizia, apenas sin voz y llorando. “¡Oh Dios mío, Fabrizia, nunca contaste eso!”, exclamó Genoveva abrazando a su amiga. Montse se unió aquel enternecedor abrazo. “Y no me preguntéis, no pienso hablar de aquello”, aseguró Fabrizia con un rotundo no. “Montse rellenó las copas de un licor dulce y seco, licor que se colaba fácil por la garganta. Montse tomó un trago y empezó hablar. “Mi niñez, no fue ni bien ni mal, o sea, regular. Mi madre era extremeña, y mi padre catalán. No me preguntéis como se conocieron, porque no lo sé, nunca se habló en casa de eso. Vivíamos en Cáceres, mi padre era un buen albañil, todos comíamos con su sueldo. Un día, le salió trabajo en su añorada tierra, Cataluña. Primero se vino él, y al mes arrastró con su mujer y sus cinco hijos, yo era la mayor de todos. Para mí fue un duro golpe, con catorce años me costó adaptarme aquí. A los diecisiete años dejé los estudios y me puse a trabajar, en esta misma pensión, le ayudaba en la cocina a doña Elvira, también le ayudaba a su único hijo Anselmo. Anselmo, solo era cuatro años mayor que yo, era guapo, y algún día no muy lejano, seria propietario del hostal, eso me gustaba, estaba cansada de ser pobre, y por aquel tiempo, el hostal daba mucho dinero. Para Anselmo fui una presa fácil, me enamoró rápido, aún más rápido caí en sus brazos. Me hizo suya. Fue fácil llevar en secreto nuestra relación. A la vez que arreglábamos las habitaciones, hacíamos el amor como dos locos inconscientes. Hasta que un día, llegó el señor Arnau, entró en su habitación, y nos pilló desnudos y metidos en su cama”. A Montse les brillaban sus ojos como si estuviese viviendo aquellos felices momentos del pasado. Se detuvo un momento, dio un suspiro y sonrió, Genoveva y Fabrizia sonrieron con ella. Montse levantó su copa, Genoveva y Fabrizia levantaron también las suyas, el sonido del cristal sonó suave como las alas de un ángel. Montse siguió con el relato de su vida, sus dos amigas eran todo oídos para ella. “El señor Arnau, no tenía donde vivir, así que era el mejor cliente del hostal. Doña Elvira y el señor Arnau, eran como uña y carne. Siempre pensé, aquellos dos guardaban algún secreto. El viejo Arnau, se dio media vuelta relatando, lo más bonito que nos llamaba era, “vaya par de sinvergüenzas” envolví mi cuerpo con la sábana y corrí tras de él, le rogué que no contara nada a doña Elvira, me despediría y mi familia dependía de mi sueldo. El viejo no escuchaba mis suplicas, solo decía: “Cúbrete pecadora del demonio, desvergonzada”. El cobarde de Anselmo, se fue corriendo escaleras abajo, y se puso en el bar a ordenar vasos y botellas, como si no fuese pasado nada. Yo, fui más lista que él, me volví a la habitación del viejo Arnau, registré cajones del armario y de la mesita de noche, no había nada importante, miré en un pequeño escritorio, allí había muchas cartas amarillentas, y notitas escritas en servilletas de papel. Miré algunas de aquellas cartas, destinatario Arnau, y remitente Elvira. Rápida me vestí, cogí las cartas y busqué al señor Arnau, aunque era fácil encontrarlo, siempre estaba en la mesa cerca de la tele, en efecto, allí estaba el viejo Arnau. CONTINUA... Autor Lola Barea
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PARTE OCHO DE LA NOVELA
08/15/2017
Parte ochode la novela: "Flor y música para el funeral de Elisa". Novela llena de emoción, intriga , amor y suspense. Las Ramblas de Barcelona, cuatro menos diez de la tarde. Genoveva estaba esperando en el puesto de flores, donde había quedado con Fabrizia. Unos minutos más tardes llegó la italiana, se saludó con su amiga, y se puso a llamar al propietario del apartamento, en ese preciso momento, llegó un hombre, de unos sesenta años, con aspecto de hacer deportes. “Me llamo Damián”, se presentó el hombre. “Soy Fabrizia, que tal”. ”Yo Genoveva, encantada”. “El apartamento está a diez minutos de aquí andando”. “Sin problemas, nos gusta caminar,” contestó Fabrizia sonriendo. “¿Os puedo preguntar de dónde sois?, bueno, usted se le nota un pequeño acento italiano”, afirmó el hombre. “Soy italiana, pero llevo muchos años en España, y me gusta vivir aquí”. “Yo soy de un pueblo del sur de España”, dijo Genoveva. “Pues yo soy de Zaragoza, pero llevo toda mi vida en Cataluña” Las dos mujeres y el hombre llegaron al edificio, donde estaba el apartamento. “Es un edificio antiguo pero muy cuidado, lo mejor que tiene este edifico, sus vecinos. No lo alquilo a cualquiera”, dijo el hombre mientras abría el portal. La entrada era muy amplia. El suelo de mármol color crema, las paredes blancas y con espejos. El ascensor era nuevo, se detuvo en la tercera planta, el rellano estaba muy iluminado. “La puerta es blindada”, dijo Damián mientras la abría. “Eso está muy bien”, contestó Genoveva. En el recibidor había dos puertas, por una se entraba al salón, en el salón estaba la cocina americana y un pequeño balcón. La otra puerta era la del pasillo, donde había tres puertas más, la de los dos dormitorios y la del baño, los suelos eran de parquet oscuro. “Bueno, esto es lo que hay, su precio ya lo hablamos por teléfono. Son quinientos euros, la luz y el agua es aparte”, dijo el dueño del apartamento. Fabrizia y Genoveva se miraron. “A mí me gusta”, dijo Fabrizia. “Me gusta la zona, el apartamento, y el precio es justo”, dijo Genoveva. “Los electrodomésticos son nuevos, el piso está equipado con todo lo necesario”, recalcó el hombre. “Nos lo quedamos”, dijeron las dos mujeres. “El contrato lo traigo preparado para firmar, serian mil euros, quinientos quedaran de fondo”, dijo el hombre. “Hasta el lunes no puedo hacer el ingreso”, dijo Fabrizia. “Yo traigo el dinero”, dijo Genoveva sacó los mil euros del bolso. Las dos mujeres firmaron el contrato de alquiler, entregaron el dinero y Damián les entregó las llaves. “Si me necesitáis, sabéis donde encontrarme, por las mañanas estoy en la gestoría y por la tarde mi hermana. También os he apuntado mi número de teléfono en el contrato. “Todo está perfecto, gracias”, contestó Fabrizia. “Gracias por todo”, dijo Genoveva. Gracias a vosotras”, se despidió el hombre. Cuando Damián se había ido y las dos mujeres quedaron a solas en el apartamento, dieron un salto y a la vez un grito de vitoria. Se fueron cada una a un dormitorio, luego salieron al pasillo y riendo decían. “¡Me pido este!” gritó Fabrizia. ¡Yo me pido este!” gritó Genoveva. Las dos se fueron corriendo al salón, tocándolo todo, probándolo todo. Como dos niñas con sus mejores reyes. “Esta noche nos quedamos aquí”, dijo Genoveva. “Mañana es domingo y tenemos todo el día para la mudanza”, dijo Fabrizia. “Solo tenemos que traer dos maletas y dos bolsos” contestó Genoveva. “Dos maletas que están vacías, las cosas están esparcidas por la habitación, hay que recogerlas”, dijo Fabrizia. “Tienes razón, estás cansada, mañana temprano traeremos nuestras cosas”, dijo Genoveva. Las dos mujeres salieron del apartamento. Cerraron la puerta y pusieron rumbo al hostal. Jorge, el camarero, estaba preparando las mesas para la cena. “Hola Jorge, ¿y Montse dónde está?” “Creo que está en la cocina”. Montserrat salió de la cocina. Hola chicas, ¿qué tal ha ido todo? Genoveva sacó las llaves del apartamento, y las balanceó en el aire, a la vez que sonreía. Montse, no necesitó palabras, para saber que todo había ido bien. Las tres mujeres y ya amigas se abrazaron feliz. “Aunque me da pena que os valláis, pero me alegro por vosotras, y hay que celebrarlo vuestros triunfos conseguido”, dijo Montse emocionada. “Después de cenar salgamos a tomar unas copas”, propuso Fabrizia. “Yo a las diez he terminado en la cocina, Jorge se encargará del resto”, dijo Montse. “Pues no se hable más y pongámonos en marcha”, dijo Fabrizia feliz. Eran las once menos cuarto, cuando las tres mujeres iban en un taxi camino al centro. “Montse será nuestra guía”, dijo Fabrizia riendo. “¿Y dónde nos vas a llevar Montse? Preguntó risueña Genoveva. “A un lugar donde no existen las penas”, contestó riéndose.
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