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Sonetos Silvestres Carmen Silza: Gotitas de alegría
01/30/2019
Carmen Silza
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Sonetos Silvestres Carmen Silza: Gotitas de alegría
01/29/2019
Carmen Silza
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Sonetos Silvestres Carmen Silza: Gotitas de alegría
01/29/2019
Carmen Silza
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Sonetos Silvestres Carmen Silza: Gotitas de alegría
01/28/2019
Carmen Silza
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Sonetos Silvestres-Me voy a ese universo
01/07/2019
Carmen Silza
Me voy a ese  universo Refugio de todo lo amanecido Atalaya de algodón en nido Voy con mi sentir inmerso Ceñida al fluir del verso Mi pájaro escapa, ha partido Canta con su alegre tañido Con su balbuceo disperso Como el candor de una rosa De bella y delicada orfebrería Que de la pobreza brota olorosa Alejada de la dura gritería Del obcecado que bien lía La esencia que en el suelo posa Carmen Silza
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
CONTANDO DESDE EL FINAL 10 —Pues pongámonos manos a la obra —dijo el chico mientras quitaba los platos y tazas para limpiarlos. —Dela los platos en el fregadero, John, y siéntate delante. Te voy a necesitar para que vigiles la carretera y mires el mapa, si fuese necesario. —Eso está hecho, William, salgamos de aquí. William apagó de un soplido la vela, y se sentó frente al volante, John hizo lo mismo ocupando el asiento a su lado. Puso en marcha el motor y metió la primera marcha, despacio fue saliendo de allí. La carretera tenía poca visibilidad, causado por una espesa neblina. —Le temo más a la neblina que a la lluvia; la neblina nos deja cegato —dijo William sin apartar la vista de la carretera. —Ha dejado de llover, pero se ha levantado una densa neblina. La visibilidad es casi nula. Ni con las luces largas encendidas consigue atravesarla. —Así es John. Detrás de esta neblina llegará la nieve, por eso quiero conducir toda la noche, y llegar pronto a nuestro destino. —Estoy deseando llegar, William. Ya me siento feliz, solo con pensar, voy a empezar una nueva vida. —Llegaremos a nuestro destino, no lo dudes. No es fácil, ¿sabes, John? Salí de España antes de navidad, y estamos a mediados de enero. — ¿Qué? No puede ser, William. Te fuese dado tiempo de darle la vuelta a medio mundo. —No te hagas el listo, John. Me han pasado cosas horrendas durante el viaje. ¡Ni te imaginas, chaval! —Algún día, me contarás todo lo ocurrido, desde que saliste de España. —Sí, John, algún día te contaré todo mi calvario vivido. He tenido que hacer paradas forzosas, incluso, en un monasterio por enfermedad. He conocido personas maravillosas…y otras, otras te puedo asegurar que eran, horrendas y muy peligrosas. —Cuéntame primero de las maravillosas —pedía el chico con ganas de saber y curiosidad. —Una de ellas…fue, cuando conocí a Corinne; la muchacha más bella que, he tenido en mi vida, y entre mis brazos. Fue breve nuestro encuentro, una mujer apasionada, sensual y dulce a la vez. ¡La mujer perfecta! John escuchaba boquiabierta, impresionado y emocionado con la historia que le estaba contando su amigo. — ¿No me crees, John? —Le preguntó William para hacer una pausa y darle más emoción al asunto. — ¡Sí, sí, claro que te creo! Sigue contando William —contestó el chaval sin querer interrumpirlo. — ¿Te has fijado en el collar que lleva puesto Dawn? —Sí, y bien bonito que es. —Ese collar, se lo regaló la bella Corinne. — ¡Qué suerte tienes, William! —Camille no pensaba igual que tú. Me contó la historia de la joven, según Camille, Corinne, llevaba décadas muerta —en ese momento, William, se puso melancólico y pensativo. — ¿Camille? ¿Esa quién es otra hembra? —preguntó John con la curiosidad de saber. — ¡No, muchacho, Camille es una amiga mía! Ella es médium, una experta en muertos. La mujer puede tener unos cincuenta años arriba o abajo. Es mayor para mí, solo es una buena amiga —le confirmó al joven. De pronto, algo se atravesó por delante del auto caravana. William, hizo un giro con el volante. Eso provocó, se saliera de la estrecha carretera. Quedando la parte delantera del auto en la carretera, y la parte de atrás fuera de ella. — ¡Era un enorme ciervo, lo he visto William! ¡Al principio, pensé que era un caballo por su tamaño, pero es un ciervo grandísimo! ¡Ostias, si no lo veo no lo creo! — ¡Pues nos ha hecho una putada, el ciervo de los cojones! ¡Maldita sea! —O puede que fuese un gigantesco jabalí, o una vaca de alguna granja cercana. Hemos estado a punto de volcar. Menos mal que no se ha volcado la caravana, William. — ¡Es igual el bicho que fuese! Por su culpa, nos hemos metido en un hoyo repleto de agua. ¡Estamos atascados, atascados hasta el cuello! —Saldremos de aquí. —Pues claro que vamos a salir de aquí John. Le pondremos unos troncos y ramas delante de cada rueda. Eso hará que salgamos del atasco. —Pues debemos darnos prisa, William. Porque de nuevo empieza a llover —dijo el chico mientras se ponía el impermeable y las botas de agua. — ¡vamos John, saquemos todas nuestras fuerzas, la vamos a necesitar para sacar el auto del barro! ¡Coge la linterna John! — ¡ahora mismo voy a por ella! Los dos se bajaron del auto, para ver donde se había metido las dos ruedas traseras.
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
FINAL 9 — ¡Hay que buscar troncos y ramas, John, para cubrir los agujeros! Las ruedas pasaran por encima de los trocos. ¿Comprende lo que te digo? —Claro que sí. Lo he comprendido a la primera —le decía el joven a la vez que iba acercando algunas ramas. —Muy bien. Debemos darnos prisa, John, no sea que nos encuentren. — ¿Quién nos va a buscar por este mundo perdido de Dios? —Los que nos están buscado; la policía, John, la policía. Tengo la sensación de que me está pisando los talones. —Somos tan pobres, tan pobres que, ya no les importamos a la sociedad. Por lo tanto, no nos busca nadie. —No hables así, John, no seas negativo. No quiero tener a mi lado una persona negativa; porque me traen mala suerte. ¡No me gusta! ¡Yo no pienso morirme pobre, y mientras estés conmigo tú tampoco lo serás! William y John, pusieron delante de las ruedas, piedras y unos pequeños troncos, con todo eso, saldría del barro. — ¡John, voy a poner en marcha la caravana, intentaré sacarla! — ¡Ok, William, adelante! William aceleró un par de veces sin resultados. Se volvió a bajar del auto y miró los soportes que habían puesto. John estaba todo embarrado. —Las ruedas me han bañado en barro, parezco un muñeco de chocolate —decía el chico sonriendo, mientras se sacudía sus cabellos rizados cubiertos de barro. —No te pongas detrás de las ruedas, John, corres peligro. —Puedo empujar, William. —No hace falta que empujes John, lo único que tienes que decirme si las ruedas pisan los troncos; no tienes que hacer nada más. Lo intentaré otra vez —dijo William mientras se dirigía al volante, ponía en marcha el motor e intentaba acelerar para salir de allí. William miraba por el espejo retrovisor, vio al joven en la parte trasera del auto, empujando la caravana. William sacó la cabeza por la ventanilla y le ordenó que se apartara. — ¡John! ¡Maldita sea, apártate de ahí! — ¡Acelera William, Acelera! ¡Vamos dale William, tú puedes! El nuevo intento fue en vano. El auto caravana se le fue para atrás. Al mismo tiempo, John resbaló en el barro, cayendo hacía tras. William, miró por el espejo, la lluvia impedía ver al joven. Sacó su cabeza por la ventanilla, solo veía medio cuerpo del joven. Estaba tumbado en el suelo. A William le dio un vuelco el corazón, se temió lo peor. Dejó el volante y salió corriendo para auxiliar a John. Cuando llegó donde estaba el chico, vio que la cosa era bastante seria, y muy delicada. John estaba atrapado por la cintura. Una de las ruedas traseras, la tenía encima, en su estómago. Dejándolo en forma de u. William, sabía que la rueda le había partido la columna. La respiración del joven era dificultosa. Un ronquido se le oía en su pecho, y salía por la garganta con mucha dificultar. En el estado que se encontraba John, William temía se le parase el corazón. Aguanta, John, por favor no te mueras. Tú y Dawn, sois mis mejores amigos; sois mi única familia. Te voy a sacar de ahí abajo; aunque sea lo último que haga en mi vida. Te llevaré al pueblo más cercano, buscaré el mejor doctor y te curará. ¡Se fuerte y valiente, John! —Solo deseaba encontrar un lugar agradable para establecerme, y crear una familia. Tú, William, hubiese sido un miembro muy importante en esa familia, en mi familia.
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
FINAL 8 — ¡Resiste John, te sacaré de ahí! Te montaré en el coche y llegaremos a ese lugar. No te duermas, ahora no. ¡Despierta muchacho! Yo no quería que pasara esto. ¿Me escucha John? ¡Contéstame, por favor, contéstame! William, alumbró con la linterna la cara del chico, sus ojos estaban abiertos sin pestañear. Un grueso hilo de sangre le salía de su boca, juntándose con el agua de la lluvia. Aquel maldito auto caravana había reventado al joven John. William, soltó la cabeza del muchacho y le cerró los ojos. Se puso al volante, y aceleró hasta sacar el vehículo de allí. Se volvió a bajar del auto y fue donde estaba el cuerpo del joven. Lo arrastró hasta sacarlo del agua. Se sentó junto a él. Hubo un silencio, un silencio que solo es provocado por la muerte. William, permaneció sentado más de una hora, en aquella encharcada tierra y bajo la lluvia. Con el cuerpo sin vida de John entre sus brazos. La lluvia era una cortina de agua, la cual ya no le afectaba al desafortunado de John. Los aullidos de Dawn, hicieron reaccionar a William, lo sacó del estado de shock. Él no quería que aquello hubiese ocurrido. No fue su culpa, se repetía en voz alta, una vez y otra vez. — ¡Ha sido un accidente, John! ¡Debiste usar tus reflejos! Salir corriendo John, y quitarte del peligro. William tomó el cuerpo en sus brazos, lo depositó con cuidado bajo un árbol, besó los labios del joven. Desabrochó su chaqueta y le sacó del bolsillo el dinero que llevaba. Se la volvió a cerrar y cubrió su cuerpo con una manta. Dawn, permanecía a su lado, de vez en cuando aullaba. —Vamos Dawn, ya no podemos hacer nada por él —dijo William a la vez que levantaba sus rodillas del suelo, y se iba hacia el auto caravana. El perro siguió a su amo. Puso el motor en marcha, y sin prisa se fue alejando de allí. Unas lágrimas se le derramaban. Dawn, llevaba su cabeza, entre el asiento del conductor y del copiloto. — ¡Ay, Dawn! Ha sido una desgracia. Yo quería a ese muchacho. Yo, pensaba compartir mi fortuna con el joven John. Yo quería hacer de él, un hombre valiente, sobre todo, sin miedo a nada ni a nadie. William permanecía al volante, conducía en silencio. De vez en cuando, se restregaba la cara con su mano, para quitarse las lágrimas y poder ver mejor la carretera. Hacía un par de horas que había dejado de llover. Llegaba el alba y con ella una espesa niebla con ganas de nevar. Vio una pequeña luz a unos metros, a su izquierda, era una área de descanso. William, puso el intermitente y entró en ella. Lo primero que hizo, fue poner gasolina, luego aparcó en un rincón, donde no molestar y no ser molestado. Quería emborracharse, descansar y olvidar todo lo sucedido. Buscó en la maleta una botella de whisky, de las que le había quitado al viejo Eliot. —Mi querido Dawn, no te alejes de mí, no quiero perderte a ti también. ¿Tú también necesitas un trago? Yo lo necesito más que el comer. William le puso un chorreón de whisky en el plato del perro. Luego se sentó en el borde de la cama, con la botella y un vaso, el primero vaso de whisky, casi se lo tomó de un trago, el segundo lo fue tomando más lento. Hubo un momento donde William, sentía que su vida no tenía sentido, se le había paralizado, lo que era aún peor, estaba viviendo una pesadilla espantosa en la realidad. Bebió hasta que el efecto del alcohol lo dejó rendido.
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
FINAL 7 Unas cuantas horas después, el perro lo despertó a lametazo. William se sentó en la cama; le dolía la cabeza y todo su cuerpo. Se restregó las manos por su cara, y por un buen rato estuvo meditando. Lo mejor que hacía era, no pensar en nada de lo sucedido. Porque si quería avanzar, lo mejor que podía hacer era olvidar por completo el pasado. Debía concentrarse en su objetivo, su meta. Por cierto, debería estar muy cerca del lugar, donde le esperaba su tesoro, el cual le cambiaría por completo su vida. Se puso de pie y se preparó un café. Abrió el mapa de Eliot y lo extendió en la mesa. Estaba cercan muy cerca para llegar a su destino. Con su dedo índice, fue recorriendo toda la línea ya marcada por el viejo Eliot. Llegó con su dedo al punto final, dejando el dedo recto en la pequeña cruz pintada con rotulador en rojo. — ¡Aquí, Dawn, aquí está la finca del viejo escocés! Lord Eliot Round. En pocas horas, estaremos allí. Pero debemos tener máxima precaución. Después de todo lo que he vivido y sufrido, para llegar hasta aquí, no pienso meter la pata cometiendo un error, no voy a permitir que nos cojan y nos detengan. Así que mi querido Dawn, saldremos al anochecer. Estoy a punto de conseguir llegar a mi meta. William puso el radio. Necesitaba saber el tiempo climático para la noche. Una voz femenina, advertía el fuerte temporal de nieve que se presentaría a lo largo de la tarde, empeorando con la llegar de la noche. Aconsejaba permanecer en sus casas. En caso que tuviesen que salir por una urgencia, tomaran la máxima precaución. Eran las tres y media, William quería salir sobre las cinco o seis, cuando la carretera estuviese solitaria. Se tomó una pastilla para su dolor de cabeza, se sentó en el pequeño sofá, se cubrió con una manta y recostó su cabeza en la mesa. Se quedó dormido. El viento golpeaba los árboles, los cuales parecían vomitas sus ramas secas. Una de ella, cayó en el techo de la caravana, un tremendo ruido hizo al chocar con la chapa. William dio un salto de la cama, sus palpitaciones se aceleraron al escuchar el impacto. Se puso de pie y se acercó a la ventanilla. Apartó la pequeña cortina miró a través de ella. El panorama no pintaba bien. Ya oscurecía y nevaba con intensidad. Dawn, al ver a su dueño también se levantó de su acogedor rincón. Se acercó a su dueño, este lo acarició. — ¿Tienes hambre Dawn? Prepararé algo de comer para ti y para mí. He dormido horas, un sueño reparador el cual me ha hecho muy bien. — ¿Sabes una cosa mi fiel Dawn? Cuando nos hagamos con nuestro tesoro, voy hacer un cambio. Vestiré elegante, comeré como un rey, y seré quien manda y ordene en mis negocios. Todos me llamaran, Lord William Focter. Aré una verdadera metamorfosis en mi vida y en m misma persona. ¿Qué te pareces, Dawn, tú seguirás mis pasos? Nadie sospechará que un día fui un auténtico cabeza loca, y tú me vas a guardar mi secreto, ¿verdad que sí? Seré un caballero, elegante y cortes. Voy a llevar el título de Lord. Tengo que entrar en el círculo de los grandes, hay que dejar atrás el pasado; lo enterraremos. Eran las ocho y media cuando William se puso al volante. Puso en marcha el motor y salió de su escondite. Empezó a conducir por aquella solitaria y peligrosa carretera. La conducción era lenta por la nieve caída. William tenía paciencia, lo último que deseaba era salirse de la estrecha carretera. El frío se estaba haciendo insoportable. De nuevo le empezó a doler todos sus huesos, la espalda y el pecho. Intentó poner la calefacción del auto; la cual volvió a dejar de funcionar. Recordó las palabras del doctor Amadeus: «La recaída de tu enfermedad, suele ser peligrosa» Cogió la manta que llevaba en el espaldar de su asiento, se la echó por los hombros. Eso le ayudaría a sobrellevar un poco el frío, el frío infernal que había fuera y dentro del auto caravana. William, llevaba apenas dos horas conduciendo, y sentía que sus músculos se les agarrotaban cada vez más. Pero no quería parar, ni encontraba un sitio adecuado donde detenerse. ¿Por qué se sentía tan mal? Se preguntaba William. Ya iba a llegar a su destino.
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
FINAL 6 Tenía que resistir, se repetía una y otra vez. Solo le quedaban unas cuantas de horas. Estaría en la finca de Eliot, antes que llegase el amanecer. La tos y la fiebre hacia que William tiritase de frío y de dolor en su pecho. Un olor a barro y sangre le llegó del asiento del copiloto. Aquello hizo que William girase su cabeza. No podía creer lo que estaba viendo. — ¡No, no, no! Por los clavos de cristo y los cuernos del diablo, no. No me hagas esto, John, tú no. Estás muerto, ¡márchate, estás muerto! —suplicaba temblando William, cuando vio al joven John envuelto en barro y sangre, sentado a su lado y mirándolo. — «A mí no me tengas miedo, William, estoy aquí para advertirte, debes tenle miedo a ellos, vienen a por ti» La figura del joven John (ya muerto) desapareció de la vista de William. — ¡John, donde estás, John! ¡No te tengo miedo, por favor vuelve! Dime, ¿de quién me tengo que cuidar? ¿De la policía? ¡Maldita sea, John, dime! William escuchó gruñir a Dawn. El perro salió de su acogedor rincón y se fue con su amo. Metió su cabeza entre los dos asientos, para tener contacto físico con su dueño. William le invitó a que se pusiese en el asiento del copiloto. Dawn se puso delante, pero eso no evitaba que mirase hacia la parte detrás y ladrase, una y otra vez. William conocía muy bien a su perro. Él sabía que, aquel ladrido era para avisarle de algún peligro. — ¿A quién le ladras Dawn? Dawn, acabo de ver al joven John, donde estás sentado tú, ahí, ahora. ¿Tú también le has visto? ¿Le ladras a él? ¿Sabes lo que me ha dicho? que le tenga miedo a ellos, vienen a por mí. Y te juro que no ha sido efecto de la fiebre que tengo, le he visto y le he oído tan real como te estoy viendo a ti. ¡Te lo juro, Dawn, créeme! El perro no dejaba de ladrar a la vez que miraba hacia la parte de atrás del auto. William, levantó un poco la cortina, la cual separaba la parte de atrás con la del conductor. Dentro estaba oscuro. Encendió la pequeña luz lateral. Solo se colaba un hilo de claridad, intuyó que detrás había alguien. Cogió la linterna que tenía a su lado. La encendió y alumbró la parte de atrás. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Tragó saliva, se pasó su mano por sus asustados ojos. Un frío estremecedor recorrió todo el cuerpo de William. Se volvió a refregar sus dedos por sus ojos. Allí estaban ellos, mirando y en silencio. Le echó la luz de la linterna a una figura. Era la de Aixa, las facciones de su cara, estaban descompuestas y pálida, sus ojos de vidrios opacos, puestos en los aterrorizados de William. Nervioso y asustado, miró hacia delante, estuvo a punto de salirse de la estrecha carretera. — ¡Dios mío, Dawn! ¡Son ellos y vienen a por mí! Era lo que John vino a decirme. ¡No permitas que me hagan daño, Dawn, atácale, atácale, échalos de aquí! El perro ladraba sin parar. William perdió el control del auto-caravana, dando un giro involuntario hacia la derecha, el auto dio media vuelta y quedó volcado en la cuneta. — ¡Dawn, tenemos que salir de aquí! ¡Corremos peligro! Como pudo, William cogió su mochila y el mapa. Logró salir por la ventanilla del copiloto, Dawn salió detrás de su dueño. Intentó tranquilizarse, necesitaba orientarse, para caminar hacia el sitio adecuado. No estaba lejos de su destino. Solo debía tomar la dirección correcta, la cual lo llevaría hasta la finca del viejo escocés. Se alejó de la caravana unos metros, se detuvo para coger aire en sus pulmones. Una punzada dolorosa le atravesaba el pecho y la espalda. El perro permanecía al lado de su dueño, dirigiendo sus ladridos hacia la caravana. William sacó de su mochila la linterna, echó su luz hacía donde estaba la caravana volcada. Allí estaban ellos, ahilados, Germán, Aixa, Rachel y la niña Abigail. Todos ellos estaban muertos, ¡muertos! Todos ellos con sus rostros demacrados y en silencio, perseguían al asustado y enfermo William.
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
FINAL 5 La noche estaba oscura, silbaba el viento y no dejaba de nevar. William empezó a caminar por la linde, la que separaba el bosque de la carretera. Entrar en el espeso bosque, en una noche infernal, enfermo y perseguidos por muertos vivientes, fantasmas o zombis, (llámenle como queráis) era firmar con sangre su propia muerte, y la de su perro Dawn, pues, se escuchaba y no muy lejos de allí, aullidos de lobos hambrientos. William trataba dominar el pánico, era la única manera de poder dar pasos hacia delante. Llevaba una hora aproximada caminando, se detuvo un momento para reponer fuerza. Sus rodillas les fallaron y dio con ellas al suelo, se agarró a su perro para sujetarse, y con dificultad, volvió a ponerse de pie. Se acercó hasta el árbol que estaba a unos metros de la fuente, y se sentó bajo del mismo. Recostó la espalda y su cabeza en el tronco. Dawn, se echó a su lado. William sacó de su mochila el mapa, lo alumbró con su linterna. Según el mapa, estaba muy cerca de la finca. De la fuente hasta la vivienda, podría haber unos seiscientos o novecientos metros. Suspiró aliviado, ya le queda poco para llegar a su destino. Acarició a su perro para trasmitirle su ansiada victoria, le advirtió que no ladrase, pues los lobos andaban cerca. William echó la luz de su linterna hacia la fuente. Un sudor frío helaba sus carnes y su sangre. Allí estaban los muertos, mirándolo con los ojos cada vez más hundidos, y sus rostros descompuestos y agrietados. William tembloroso fue alumbró uno por uno. A Germán le faltaba la manga de la chaqueta, su carne la tenía amoratada y agrietada, de su mano le faltaban algunos dedos, pero no sangraba por ellos. La niña Abigail, le sonreía, con sus ojos blancos y hundidos. Aixa lo miraba sería, había perdido parte de su cabello, y el poco que le quedaba lo tenía congelado. A Rachel no le veía el rostro con la capucha puesta, pero William no tenía dudas, era él. A pasos lentos, aquella cosa en grupo, empezaron a caminar hacia William. — ¡Malditos seáis! ¿Qué queréis de mí? Dejadme en paz ¡Dawn, tenemos que seguir! ¡Vamos Dawn, rápido! Mis pasos se hundían en la nieve, se me hacía muy difícil caminar y menos correr. Dawn seguía a mi lado, de vez en cuando volvía su cabeza, para ladrar a los monstruos que nos pisaban los talones. Busque la linde, por donde estaba menos nevado. Pude aligerar el paso hasta llegar a un muro de piedras; el muro me llegaba a la cintura, con dificultad salté al otro lado. El muro me haría ganar tiempo. Seguí avanzando hasta acercarme a una tapia, la fui rodeando hasta encontrar la entrada, la puerta de madera estaba recostada sobre la pared. Entré allí. Era una pequeña casa en ruina, más bien parecía un salón con dos puertas, una por la que entre y la otra estaba enfrente. Del salón de arriba solo quedaba la escalera. Solo tenía las paredes de pie, la mayor parte del techo estaba derrumbado. Fui alumbrando su interior, no había nada de muebles, solo había debajo del hueco de la escalera una estantería con carpetas, casi cubiertas por escombros, hojas secas y por telarañas. Estar allí no me daba confianza, decidí salir de aquel lugar. Volví hacia la entrada por la que entré, alumbré el exterior. Había dejado de nevar. Repasé fuera todo lo que alcanzaba con la luz, las palpitaciones empezaron acelerarse cada vez más, pensé morirme de un infarto. Allí estaban a unos metros de la entrada de aquella ruinosa casa. Busqué con la luz la puerta de madera que antes había visto, la cogí y la puse en la entrada. La aseguré con unas vigas que estaban esparcidas por el suelo, habían caído del techo. Me fui hacia la otra puerta de enfrente, esa puerta era más estrecha y tenía una alcáncela a media altura. Alumbré el exterior. ¡Era un cementerio! Las lapidas estaban descuidadas, muchas cruces estaban caídas. La vegetación había crecido salvaje, como si quisieran proteger el sueño eterno de los muertos, de aquellos cuerpos, un día fueron enterrados en aquel cementerio. Me fui debajo de la ruinosa escalera, me sujeté con la estantería y me fui dejando caer hasta sentarme en el suelo. Algunas carpetas cayeron junto a mí. Aquellos papeles me podrían servir para calentar mis manos. Abrí una de ellas, alumbré con la linterna los amarillentos papeles,sus letras se podían leer muy bien. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me sentía muy mal. Cuando tenía en mis manos aquellos documentos: Los archivos de los muertos. Mis manos temblaron, a la vez que una gran curiosidad me atrapaba. Las ganas de saber no me dejaban reflexionar. Me preguntaba a mí mismo ¿Quién se esconde detrás de este escrito, me atrapa como un imán? Por unos momentos pensé. Yo no debería estar aquí, y menos registrando estos archivos, aunque estén abandonados son privados.
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
FINAL 4 Total a estas alturas, todo me da igual. Seguí leyendo: Varón de veintitrés años, nombre: Germán Navarro. Causa de la muerte, por ahorcamiento, muerte voluntaria. Nombre: Aixa Green. Causa de su muerte voluntaria. Varón…Nombre: Romín Rachel. Muerte voluntaria…Abigail Rachel. Causa de su muerte, asesinada. Lord. Eliot Round. Causa de su muerte, asesinato sin resolver. ¡Son ellos, son ellos! ¿Qué lugar es este? Tres años de mi vida he estado rodeado de personas muertas, menos el joven John, John estaba lleno de vida, nunca debí traerlo conmigo. Aunque ahora sé, han sido ellos quien provocó el accidente. Nada de lo sucedido ha estado bajo mi control. He llegado hasta aquí guiado por un mapa…y guiado por ellos, por muertos. Aquí no hay ninguna finca ni tesoro, es un cementerio abandonado, un rincón perdido del mundo. ¡Aquí no hay vida, aquí solo está la muerte! La luz de la linterna había disminuido, soltó a un lado aquellos archivos y apagó la linterna, para que no se agotasen las pilas. Pensó que era sus últimos minutos de vida, William estaba preso de terror y estaba muriéndose del propio susto. Aquel terrorífico grupo se acercaban. Se arrinconó aún más en el hueco de la escalera. Allí en aquel rincón, sería atrapado como una rata, por aquellos muertos, zombis o fantasmas. Llámenle como queráis, aquella cosa en un grupo de cuatro, con los rostros desechos por la muerte, venían a por él. Todo lo que le rodeaba a William, estaba negro y un frío le calaba hasta sus huesos, tiritaba de frío. Escuchaba cerca de él un murmullo de quejidos, eran de ellos. El miedo y la oscuridad, le impedían ver lo que había allí. Estaba seguro, que era aquella cosa horrenda, eran ellos, los muertos. Lo cuales, se convirtieron en un punzón llamado miedo. Las palpitaciones del corazón de William, aumentaban cada vez más fuertes, le estremecía toda su cabeza. Volvió a encender la linterna, la luz era débil, alumbró hacía la puerta. Allí estaban ellos, en la parte dentro, mirando hacia donde estaba William. Dawn empezó a ladrar a aquella cosa. William se levantó del suelo y se fue hacia la otra puerta, saltó la pequeña alcáncela. Corría casi a oscuras entre las cruces y las lapidas, algunas se mantenían de pie, otras, estaban volcadas o caídas. William, estaba seguro que los muertos estaban cerca de él. Intentó esconderse entre los ramajes y tumbas abiertas, buscando protegerse de aquellos monstruos. Dawn seguía al lado de su amo, y sin dejar de ladrar a los muertos vivientes. William divisó con la luz un panteón, se fue hacia allí y entró. La puerta era una reja casi cubierta de ramajes, estaba media abierta, intentó cerrarla pero no pudo. Alumbró hacía los lados y el techo, no tenía techo, el tiempo y el abandono lo había destruido. En el suelo había una tumba con la loza de mármol, estaba rota en dos pedazos, le fue fácil quitarlos. Dentro había un ataúd y dentro del ataúd los huesos de un muerto. William los sacó y los echó en un rincón del panteón. Le ordenó al perro que entrase, Dawn se negó a ello. El perro siguió con su misión, la cual era ladrar a los muertos y defender a su dueño de ellos. William, los alumbró por última vez antes que se metiera dentro del ataúd. Cada vez se acercaban más al panteón. Los muertos estaban tan cerca de él, pudo verlos bien, tal como eran. La expresión de sus rostros, estaban fuera de todo ser humanos. El pánico se apoderó de William, se metió en el ataúd, intentó poner un trozo de loza para cubrirse. Aquel fondo no pudo soportar el peso de la media loza y el cuerpo de William. Cayendo hacía bajo. Un grito rompió el silencio de aquel hueco bajo tierra. Fue lo último que dijo William, antes de desmayarse, llamar a su perro, pedirle ayuda. Dawn asomaba de vez en cuando su cabeza por el agujero que había caído su dueño. Los fuertes ladridos espabiló a William.
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
FINAL 3 — ¡Dawn ayúdame! Dawn, me he quedado sin fuerzas, el frío me está congelando. Busca ayuda, ¡Dawn, me estoy muriendo! Hay un silencio muy extraño, no escucho tus ladridos, ¿dónde estás? No me abandones, mi fiel perro y mi único amigo. He intentado trepar hasta agotar por completo mis fuerzas, arañé los muros hasta dejarme parte de mis uñas pegadas en ellos. La muerte me sujeta, lo sé, siento su apretamiento en mi garganta y en mi pecho. El miedo me hace llorar, siento rodar mis lágrimas por mis mejillas deteniéndose en mis secos labios, están saladas, con ellas me duelen aún más las grietas que se me han hecho alrededor de mi boca. Tengo frío; ya no siento mis pies ni mis manos. Todo yo tiemblo, por los escalofríos y la fiebre alta posada dentro de mí, a veces me quema, a veces me congela. El terror se ha apoderado de mí. Sé que estoy en la fase de la agonía. El silencio vuelve otra vez. Hace horas que he dejado de escuchar a Dawn, mi perro, ¿me habrá abandonado él también? Quizá debería arrepentirme de las cosas malas que hecho; puede ser que si me arrepiento, mi muerte será más leve; menos dolorosa. Si al menos perdiera la conciencia, esa sería mi última esperanza. Sí, esa es mi última esperanza, acabar pronto mi interminable agonía. — ¡Me arrepiento, Señor Jesús, de todo lo malo que haya hecho! ¡Ay, me duele todo mi cuerpo, ayuda! ¡Si es verdad que tienes tanto poder y lo puedes todo, demuéstramelo ahora! Ten piedad señor, de este pecador, si me das una muerte digna, te prometo, seré tu siervo fiel el resto de mi vida ¡Pero hazlo ahora! ¡Mátame o sácame de aquí sano y salvo! ¡Maldito sea todo! ¡Todo y todos! ¡Por qué me quiero engañar, si todo es una puerca mentira! ¡Es mejor hacer un pacto con el diablo! Él tiene más poder. Sí, eso aré. Me retracto de todo lo dicho anterior. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. ¡Maté aquella mujer, a Herminia! Fue porque la vieja no me dejó otra opción. La sociedad me había abandonado, dejaron de contar conmigo, ya no era nada para ellos. Creo que es lo mejor que he podido hacer en mi vida. Hacer un pacto con el diablo. Me he convertido en uno de sus siervos, eso hace que me encuentre bien, ahora no me duele nada. No sé qué me va a pedir a cambio de mi bienestar, tendré que cumplir su mandato. El mandato del diablo, mi jefe. — ¡Estoy escuchando el ruido de la sirena, es de coche policía! Suenan lejos. Espero que no pasen de largo. Encenderé la linterna, alumbraré por el agujero para que así vean la luz y me saquen de aquí. ¡Sí, sí, escucho los ladridos de Dawn! Es mi perro. ¡Ayuda, estoy debajo de la tumba del panteón! ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Sí, veo la luz de la policía acercarse al panteón! Escucho la voz de dos hombres, traen potentes linternas, me están buscando. Escucho sus pisadas acercándose, las escucho crujir en la nieve ¡Estoy aquí! Por favor ayúdenme ¡Dawn, diles donde estoy! ¿Qué? ¿Pero, quién es? Esa voz la conozco… ¡Es Camille la médium! Su voz es inconfundible, viene con la policía y su marido Philip. ¡Aquí abajo! ¿Acaso es que no escucháis mi voz?
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1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
01/02/2019
FINAL 2 — ¡Comisario, Renke, alumbre en ese panteón! El perro ladra hacia abajo —pidió Camille al comisario jefe. — ¡Agente, abra bien la alcáncela del panteón! —le ordenó el comisario. — ¡William, estás ahí! ¡William, contesta muchacho! —gritaba Camille con rodillas en el suelo y metiendo su cabeza por el agujero. — ¡Señora, tenga cuidado, todo esto está en ruina y es peligroso! —le advertía el comisario jefe a la mujer. — ¡Ya has oído al señor, Camille! Todo está en ruina—le repetía las mismas palabras su marido Philip. — ¡No estoy sorda, Philip! —contestó Camille a la vez que vigilaba los movimientos del perro, marcando donde estaba William, su dueño. — ¡ahí está, comisario, ya le veo, es él, William! —gritaba Camille al ver a su amigo. — ¡Sí, ya le veo! —le contestó el comisario a Camille. — ¡Jefe, habrá que quitar todo el mármol, para hacer el agujero más grande, y así poder sacarlo mejor! —Estoy de acuerdo con usted, agente Troy, trae la pala y el pico para dejar la salida libre. — ¿William, me escuchas? te vamos a sacar de ahí ¡Contéstame, William! ¿Estás bien? Los dos agentes, Philip y Camille, despejaron la salida. Le echaron una escalera hecha de soga. —Su cuerpo está tendido en el suelo, no se mueve, ¿cree usted que está muerto, jefe? —preguntó el agente Troy alumbrándolo con su linterna. —Sí, creo que está muerto —le contestó el comisario Renke. — ¡No, no sabemos si está muerto o solo está desmayado! Ya otra vez, mi marido decía lo mismo que vosotros y al final, lo encontré y le salvé la vida. Ahora será igual. ¡Volveré a salvar a William! —le decía Camille a la policía. —Déjelo, señora. Está muerto —repitió el comisario. — ¿Y la ambulancia, cuando llega? —Preguntaba Camille con sus palabras angustiadas. —Llegaran pronto. Nosotros no tenemos los preparos necesarios para sacarlo de ahí. Tendremos que pedir refuerzos, a especialistas que están preparados para casos como estos, aunque, casos como este hay pocos —decía el comisario intentando convencer a Camille, la médium. —Usted y yo, sabemos que no hay tiempo, los refuerzos llegarán mañana, si lo dejamos ahí, hasta que la ayuda llegue, será demasiado tarde. Por favor, yo puedo bajar, pongo su cuerpo en la escalera de soga, y vosotros tres le sacáis —decía Camille dispuesta a salvar la vida de William. — ¡cuando mi mujer dice algo, lo dice y lo hace! —dijo Philip reforzando las palabras y la decisión de su mujer. — Agente Troy, baje y compruebe el cuerpo, y rápido. No vamos a estar toda la noche aquí —le ordenó el comisario. — ¡William, despierta, van a bajar para sacarte de ahí! ¡Se fuerte! —le gritaba Camille. — ¡Está muerto! —gritó el agente Troy. — ¡Acerque su oreja a la boca del chico y compruebe que respira! Aunque, es mejor que lo suba —recomendó Camille enfadada con el agente, cuando le escuchó dar un diagnostico tan rápido y seguro. El agente puso el cuerpo de William en la camilla, los dos hombres y Camille, desde arriba fueron tirando de la soga. El agende Troy, desde abajo, fue ayudando todo lo que pudo. El cuerpo de William, estaba fuera de aquel agujero mortal. En ese momento llegó la ambulancia. Subieron el cuerpo en ella, lo cubrieron con mantas térmicas. Camille se sentó al lado de William, intentando darle calor, el médico la apartó del cuerpo, necesitaba espacio para examinarlo. Mientras tanto, Philip intentó coger al perro y llevarlo con él. Dawn, no se lo puso fácil, el animal se alejó de allí, perdiéndose en la oscuridad. El agente Troy, se sentó al volante y puso el coche en marcha, el comisario se sentó al lado del conductor, Philip se sentó en el asiento de atrás. La ambulancia y el coche policía salieron de aquel horrible lugar. —Jefe, ¿nos dirigimos a Glasgow? —preguntó el agente. —Sí. Pero antes esperaremos en Caledonia, hasta que lleguen los médicos forenses. Ellos se encargarán del caso, y decidirán donde llevar el cuerpo—le contestó el comisario. —Está muerto —dijo el doctor una vez examinado el cuerpo de William. —No, no puede estar muerto —contestó Camille. — ¿Señora, es su hijo? —le preguntó el doctor. —No, doctor, no es mi hijo, pero como si lo fuese —le contestó Camille. —lo siento, pero ya no se puede hacer nada por él —añadió el doctor. El médico se pasó a la parte de delante y se acomodó al lado del conductor. Camille se acercó al cuerpo de William, le tocó con sus manos el frío rostro del muchacho. —Lo siento, William, esta vez he llegado tarde. He colaborado con la policía para encontrarte, yo prefería verte en la cárcel y no muerto. Espero que no te enfades conmigo; yo sabía que los que te acompañaban en tu viaje eran muertos y venían a por ti. Quise advertirte, pero tú estabas empeñado en ese maldito viaje. Adiós William, te deseo un descanso en paz —dijo Camille, depositándole un beso en la frente.
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01/02/2019
Desde el final. La ambulancia y el coche de policía, se detuvieron en el tanatorio de las afueras de Glasgow. Sacaron el muerto y lo llevaron dentro del centro. Philip, se acercó a su mujer. —Camille, aquí ya no podemos hacer nada. El chico, William está muerto, nosotros debemos volver a casa —le dijo el hombre a su mujer. —Sí, Philip, volvemos a casa, nos llevamos las pertenencias de William y a Dawn con nosotros. —El perro no se dejó coger; le llamé varias veces, pero se marchó como alma que lleva el diablo, y se perdió en la oscuridad —le explicaba Philip a su mujer. —A William le hubiese gustado que el perro estuviese con nosotros. —A William le darán sepultura aquí una vez que le hayan hecho la autopsia. Al final, ese muchacho ha tenido suerte, la muerte lo ha librado de la cárcel, y también, suerte para nosotros, por fin dejaremos de buscarlo. No olvides, Camille, que fue un asesino. Mató a una pobre anciana, a un desgraciado borracho, y lo peor de todo, le robó armas y dinero al chico de la gasolinera, luego lo secuestró. No hay que olvidar que era un menor. A saber que hizo con el pobre chico antes de pisarlo con la rueda del auto caravana hasta reventarlo. John, murió y lo dejó abandonado como a un perro —le decía Philip a su mujer mientras se dirigía hasta su coche. —Intentaré contactar con William, para saber toda su verdad — ¿Has dicho que vas a contactar con William?—le preguntó Philip a su mujer mientras habría el coche y se ponía al volante. —O puede ser que él contacte conmigo. Vámonos a casa, Philip, ya he cumplido con mi deber —dijo Camille a su marido. —No lo hagas, Camille, no olvides que era un ladrón y un asesino. —Y yo te aconsejo, Philip, no te hagas enemigo de William, él tiene un poder increíble —dijo Camille convencida de ello. —Ese poder del que hablas, señora mía, ya se lo arrebató la muerte —dijo Philip con tono burlesco. — ¿Y si es todo lo contrario? También puede pasar, marido mío, que la muerte le refuerce aún más su poder —después de su comentario, Camille guardó silencio, un silencio que contagió a Philip. Un silencio interrumpido por un escalofrío recorriendo los cuerpos de la pareja. —La calefacción no funciona, Camille —dijo Philip mientras manipulaba los botones de la misma. Camille guardó silencio, giró su cabeza hacia la parte de atrás del auto. — ¿William, eres tú? Sé que estás cerca; siento tu presencia. ¡William, dime algo, manifiéstate! — ¡cállate Camille! Me estás poniendo nervioso ¡Vamos a tener un accidente por tu culpa! —Le gritó Philip a su mujer. —Querido William, contactaré contigo cuando llegue a casa, a solas —dijo Camille ante el enfado y el miedo que sentía Philip a los muertos. En ese preciso momento en el subterráneo del cementerio… William abrió los ojos con dificultad. —Creo que me he vuelto a desmayar —dijo William a la vez que se incorporaba de aquel frío suelo, llamaba desesperado a su perro Dawn. El animal no se hizo esperar y contestó a su dueño con sus habituales ladridos. ¡Ya te escucho Dawn, sigues ahí! Voy a salir de aquí y encontraré lo que estoy buscando. ¿Sabes una cosa Dawn? He tenido una pesadilla. Camille y su marido Philip me habían delatado. La policía nos había encontrado y sacaron mi cuerpo de este agujero. Mi fiel perro, Dawn, no te has ido, has preferido quedarte conmigo. Buscaremos otro lugar; no pienso estar aquí, vagando entre tumbas. Necesito usar una persona viva para que me ayude a seguir buscando el tesoro de Lord. Eliot Round, el viejo escocés. He pensado en Camille, la médium, ella sabe cómo manejar mi situación, estoy seguro que Camille será mi cómplice, pero su marido Philip, será un obstáculo en mi objetivo. Voy a pensar que hacer con él. Mientras tanto... La lluvia golpeaba los cristales de una casa en las afueras de Londres. Eran las cuatro de la madrugada, cuando un hombre despertaba de su sueño. Abrió sus ojos y miró a su alrededor. La habitación estaba oscura. Por un instante, un relámpago iluminó la estancia. Sus ojos buscaron algo o alguien. Estaba solo. El hombre se sentó en el borde de la cama, encendió la pequeña lámpara de la mesilla de noche.
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Rastro blanco PAPEL
12/24/2018
Del muro viejo cuelgan racimos, dorados, melosos y arrugados, rayos de sol con ellos jugando. En esta tarde brillante y moribunda, báñame con tu dulce caldo de uvas. Y con una voz profunda, tráeme un necesario rastro blanco, en este silencio nostálgico y agrio. De cal el rancho, cobrizo el árbol, dentro la chimenea donde nacieron historias y versos hechos cantos. Todo trascurre por estrecha vereda, amarillenta, casi cubierta de pastos, el gigante eucalipto sigue en la puerta. Tierra fecunda de olivares de adultos y grises troncos, en medio de hileras de olivos lucen jaramagos amarillos. Una silla entre los geranios, un feliz corazón palpitando. Ramillete de jazmín en su pelo, Pajarillos, para mí, cantando. Lola Barea.
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Un año más
12/24/2018
“Un año más…un año menos” PUESTO ENTRE MAR Y MONTAÑA, Trescientos sesenta y cinco soles acaban de apagarse. Paciencia en la espera que todo se ha vuelto oscuro. El mal se ríe y se fortalece la mentira. La vida sigue porque gira el mundo. Llega la primavera y con ella las flores, el polen manjar para las abejas fastidio para los alérgicos. La sangre sigue su ritmo por las venas. El niño ríe y juega, el joven crece… el anciano aún más envejece. Bendito invierno, bendito todo lo que avanza. Todo sigue, todo acaba. El león espera que baje del árbol su presa. Autor: Lola Barea.
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3- Sonetos Silvestres
12/04/2018
Carmen Silza
                                                                      Duele la voz de su mano El giro y dibujo de su huella En el alma incrusta una mella Con tal desprecio al hermano. Cuesta a veces ver lo llano Sin querer entrar a querella Lejos del brillo de la estrella Aislado del código cristiano. Insatisfecho nada entrega Se siente cuál esencia fina No reconoce y reniega  El izar de mariposa alpina Alma que no sale de rutina Y en el hastío se refriega Carmen Silza
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Hilachas de silencio
11/24/2018
Es un libro de poesía bastante voluminoso , de unas 400 páginas , en la cual me ocupo de prácticamente todos los temas de la experiencia humana usando diversas formas estróficas , aunque abunden los sonetos .
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10/21/2018
NOVELA: EL ENCUENTRO ENTRE WILLIAM Y CORINNE La niebla se fue apartando, dejando ver una enorme casona, con la fachada de piedras, imitando a un castillo. Conforme se iba aproximando, William se dio cuenta que era una maravillosa mansión, se veía bella y cuidada. William se detuvo en el avallado, el cual rodeaba la inmensa finca. El perro se coló entre los barrotes, llegando hasta el jardín de la fachada principal. William le llamó, le silbó para que regresase junto a él; pero sin resultado. En ese momento, un hombre delgado y pálido, con una escopeta de caza, intentó cortar el paso al pastor alemán. — ¡No, no dispare, es mi perro! —le gritó William al individuo armado. William perdió de vista al perro, eso lo fue poniendo muy nervioso, el joven se fue hacía la puerta de barrotes de hierro, desde allí vio a Dawn. No estaba solo, lo acariciaba una preciosa muchacha de veinte a veintitrés años. El aspecto de la joven tranquilizó a William, se veía pacífica y con cara de ser buena gente. El aire peinaba su cabello rubio hacía un lado, parecía haberse salido de un cuadro, su vestido largo de terciopelo de un azul cobalto, y un chal blanco echado por los hombros. —Baje el arma Blaise, — le ordenó la joven al hombre alto y delgado. —Yes, Miss Corinne, —obedeció el hombre bajando el arma. —Es inofensivo, señorita, —dijo William desde el otro lado de la entrada. La joven se fue acercando a la entrada, el perro caminaba a su lado, y en el otro caminaba el hombre, permaneciendo en actitud vigilante. — ¿Cómo se llama? —preguntó la bella Corinne. — ¿Quién, yo o el perro? —le contestó William sonriendo. —Dígame el nombre de los dos, —dijo la joven sin perder la sonrisa de su rostro. —Yo me llamo William Focter y mi perro Dawn Focter, —dijo el muchacho, introduciendo entre los barrotes la mano para saludar a la joven. —Muy original, le has puesto a tu mascota Focter, tu apellido. Yo me llamo Corinne Grand —dijo la joven correspondiendo el saludo. —Siento haber molestado señorita Corinne, voy de viaje, solo he parado para descansar unas horas, y sacar a mi perro. —No molesta William, ¿puedo preguntarle hacia donde se dirige? —A Escocia. — ¿Alguna cuidad en particular? —La verdad, voy a varias ciudades, Glasgow, Edimburgo y también Dunbar. Tengo que mirar unos trabajos. Luego, voy a visitar a unos familiares, dijo William, con la intención de no decir la verdad. No quería dejar pistas a la policía, en caso que se descubriese el asesinato de su vecina Herminia. —Aún le queda un largo camino para llegar a Escocia, y la nieve se lo va aponer más difícil todavía. —Lo sé, pero voy despacio y con mucha precaución. — Blaise, prepare el té, ¿le apetece tomar un té, William? —Acepto su invitación, una taza de té me sentará muy bien. Gracias Corinne. El mayordomo abrió la verja de hierro, William entró en la finca. Los dos jóvenes caminaban hacia la entrada de la vivienda, hablando como si se conociesen desde siempre. William se limpió los zapatos antes de cruzar el umbral. El recibidor estaba adornado en verde y oro, seguido, un salón con grandes ventanales y el techo muy alto, unos rayos de luz se colaban. Con aquella claridad, se veía unos enormes cuadros adornando las blancas paredes. William quedó impresionado, observaba todos los detalles de las pinturas, aquellos cazadores celebrando el triunfo de sus cacerías. Se detuvo frente a la chimenea, allí estaba el más bello de los cuadros. Una elegante dama, de piel clara y ojos verdes, tenía cierto parecido a Corinne, pero no mucho. Aquella mirada de la dama del cuadro se juntaba con quien observaba la pintura. — Son mis antepasados, —dijo Corinne. —Unos óleos maravillosos, ¿y esa dama tan bella? —Era mi madre, madame Marie Victorie Grand. —Tú eres también bella Corinne, pero dos bellezas diferentes. Aquel hombre pálido entró con la bandeja del té, la dejó en la mesa pequeña, avivó el fuego de la chimenea, y sin decir nada, se dio la vuelta y salió del salón. William se sentó después que Corinne se sentase. La joven sirvió el té en tazas de porcelana. Dawn estaba adormecido delante de la chimenea. El ambiente era agradable, hacía tiempo que William no sentía un bienestar así. — ¿Te puedo hace una pregunta Corinne? —Sí, puedes preguntar William. — ¿Qué hace una chica tan joven, guapa y viviendo sola en esta inmensa mansión? AUTORAS: LOLA´S ROMAN Y BAREA
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