La tristeza embargaba a la perrita, quedarse sin su caminata vespertina por la cubierta principal…
Fran, a pesar del cansancio que arrastraba por tener que trabajar en tremendo temporal, no fue capaz de dejarla sin su paseo, eso sí, por los interiores del buque, le puso el collar de esparto, le colocó la improvisada correa en el arnés y a pasear por todos los corredores , al estar el barco al socaire del viento, más los motores moderados, apenas se movía; un par de vueltas de babor a estribor, ella no iba muy a gusto, pues cuando la controlaban en sus correterías a través de la correa, no le hacía mucha gracia, pero Fran después de lo ocurrido con el Isidoro, no la dejaba sola ni a sol ni a sombra, así que lo de deambular a su libre albedrío por el buque, estaba prohibido de momento para ella…
Aquel día no fue lo mismo, le faltaba a la perrita aquel estimulante natural que constituían aquellas carreras por la cubierta principal, eran las mismas una manera muy significante de originarle el apetito…
Aquella noche los comedores se despoblaron a una hora muy temprana, apenas se dio la cena, desfilaron todos lo mochuelos a sus olivos…
Comió con algo de desgana, se retiraba del plato y luego volvía, pero no como los días anteriores que apenas veía su cena, esta desaparecía en un santiamén…
Fran se fue a la cama algo más temprano que de costumbre, pues tener que aguantar el temporal de pie trabajando, es bastante cansino, al más fuerte tumba; esperó que la perrita hiciera sus necesidades, apagó todas las luces del camarote menos la de su cabecera y esperó que la perrita entrara en su garita…
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