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Capítulo 6 – El Legado de los Espíritus Autora: Marta Digat (Cuando el más allá exige justicia) 6. La Niña del Espejo – Una visión de su infancia conecta con una de sus vidas antiguas en Asia Giselle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué dijiste, Aurora? —preguntó en voz apenas audible—. ¿Hera se quitó la vida? Aurora asintió con los ojos nublados de tristeza. —Sí… no pudo con tanto dolor. Amaba profundamente a Arnel. Cuando él murió… su mundo se derrumbó. Antes de marcharse, me dejó esto —dijo, abriendo el álbum de fotografías y sacando un sobre envejecido—. Me pidió que te lo entregara solo cuando estuvieras lista… o cuando la verdad comenzara a salir a la luz por sí sola. Aurora colocó en las manos de Giselle una carta sellada, junto a una pequeña libreta de tapas negras. Giselle la reconoció de inmediato. —¡Esta es la libreta que Hera me entregó en la morgue! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¡Pero... si ella estaba muerta…! Una oleada de frío la envolvió, como si de pronto todas las piezas del rompecabezas se alinearan. —Entonces… fue su espíritu el que me visitó —susurró—. Hera… está muerta. Aurora la observaba en silencio, dejando que digiriera lo inverosímil de aquella revelación. —Hija… lo que viviste no fue una ilusión. Hera regresó porque algo quedó inconcluso. Ella lo sabía. Y te eligió a ti para que terminaras lo que ella no pudo. Giselle temblaba, pero no de miedo. Era una mezcla de vértigo, incredulidad… y responsabilidad. Abrió la libreta con manos temblorosas. En su interior, escritas con una caligrafía firme y clara, había fechas, nombres de hombres adinerados, lugares, detalles de herencias, testigos que desaparecieron... y en cada página, una señal inequívoca que apuntaba hacia una sola persona: Annette Brigitte Bourbon. Su supuesta abuela.
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Capítulo 6 – El Legado de los Espíritus Autora: Marta Digat (Cuando el más allá exige justicia) 6. La Niña del Espejo – Una visión de su infancia conecta con una de sus vidas antiguas en Asia Giselle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué dijiste, Aurora? —preguntó en voz apenas audible—. ¿Hera se quitó la vida? Aurora asintió con los ojos nublados de tristeza. —Sí… no pudo con tanto dolor. Amaba profundamente a Arnel. Cuando él murió… su mundo se derrumbó. Antes de marcharse, me dejó esto —dijo, abriendo el álbum de fotografías y sacando un sobre envejecido—. Me pidió que te lo entregara solo cuando estuvieras lista… o cuando la verdad comenzara a salir a la luz por sí sola. Aurora colocó en las manos de Giselle una carta sellada, junto a una pequeña libreta de tapas negras. Giselle la reconoció de inmediato. —¡Esta es la libreta que Hera me entregó en la morgue! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¡Pero... si ella estaba muerta…! Una oleada de frío la envolvió, como si de pronto todas las piezas del rompecabezas se alinearan. —Entonces… fue su espíritu el que me visitó —susurró—. Hera… está muerta. Aurora la observaba en silencio, dejando que digiriera lo inverosímil de aquella revelación. —Hija… lo que viviste no fue una ilusión. Hera regresó porque algo quedó inconcluso. Ella lo sabía. Y te eligió a ti para que terminaras lo que ella no pudo. Giselle temblaba, pero no de miedo. Era una mezcla de vértigo, incredulidad… y responsabilidad. Abrió la libreta con manos temblorosas. En su interior, escritas con una caligrafía firme y clara, había fechas, nombres de hombres adinerados, lugares, detalles de herencias, testigos que desaparecieron... y en cada página, una señal inequívoca que apuntaba hacia una sola persona: Annette Brigitte Bourbon. Su supuesta abuela. La mujer que ahora se alzaba como el epicentro de una red de misterios, muertes y engaños. —¡Todo está aquí! —exclamó Giselle—. Hera lo sabía todo… y lo documentó. Aurora abrió lentamente la carta, tragando saliva con dificultad. —Nunca la leí. No tuve el valor. Pero… creo que es hora. La desplegó, y comenzó a leer en voz alta: “Querida Aurora, Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy. No me llores. Cumplí mi misión… pero la verdad no puede morir conmigo. La mujer a la que llamaban Annette no solo destruyó la vida de Arnel, también me robó la mía. Sé que tú verás la pureza en los ojos de Giselle. Es como su abuelo. Noble. Justa. Ella es la única que podrá sacar a la luz lo que tanto tiempo fue enterrado. Cuídala. Protégela. Porque cuando comience a destapar la verdad, no estará a salvo. Con amor eterno, Hera” Aurora rompió en llanto, por fin. Giselle la abrazó en silencio, con la libreta apretada contra su pecho. —Ella nunca se fue —dijo, entre lágrimas—. Solo estaba esperando el momento justo para hablar. Y ese momento… ya había comenzado. Entonces Giselle lanzo una pregunta estremeciendo los recuerdos de Aurora ¿Aurora cuéntame del tío que fue de su vida, donde puedo hablar con él? ¿Porque nadie hablo nunca de él, porque no existen fotografías familiares ni nada que muestre que existió? Esa es una historia larga de contar respondió Aurora, solo puedo decirte que tu tío a formado un papel muy importante en tu vida y crianza y en tu vida Pero no me corresponde revelarte esta historia, debes de hablar con tu padre, él puede responder tus preguntas y que fue de su novia la aristócrata vuelve a preguntar Giselle ansiosa por saber más secretos familiares? Discúlpame Giselle no puedo decirte nada más, no ahora, necesito tiempo para develar el pasado exclamo Aurora, he vivido muchos años cargando estos secretos y no sé cómo romper el silencio, años enteros viviendo a atormentada, cargando una gran caja de pandora que esta al punto de estallar Me asustas Aurora Dijo Giselle mostrando asombro, es tan grave lo que atormenta tu alma que no puedes contarlo, ¿porque callar por tantos años que escondes? Debes de liberar tu alma, rompe con ese lastre que cargas y atormenta tu vida, he notado que sufres Aurora ¿Tengo muchas dudas, ese amor platónico con un escritor, porque no me cuentas? ¿Acaso ese hombre que amaste en secreto fue mi abuelo? Responde Aurora confía en Mí, ¿que impide que me cuentes la verdad de tu historia y de ese amor secreto piensas llevártelo a la tumba? Tienes que liberarte y cuando llegue el final de tus días partir con todos tus problemas resueltos para que puedas descansar en paz, y tu alma no ande vagando sin descanso como le pasa a Hera, Hera tiene que descansar en paz, ayúdala Ayúdame ágamos justicia, por Hera, por El abuelo, cuéntame por favor Aurora respiro profundo y con voz firme y resuelta exclamo solo diré algo más por hoy
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La Niña del Espejo (Una visión desde el alma)
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La Niña del Espejo (Una visión desde el alma) Esa noche, mientras el silencio envolvía la casa como un velo de misterio, Giselle cayó en un sueño profundo, más allá del sueño. Su cuerpo permanecía en la cama, pero su espíritu flotaba libre, liviano como un suspiro. Atravesó el techo sin esfuerzo, luego las nubes, hasta encontrarse en un vasto espacio de niebla dorada. Allí, un espejo antiguo de marcos tallados con dragones de jade parecía esperarla. La superficie del espejo comenzó a ondular como agua… y entonces la vio. Una niña de ojos rasgados y tristes la observaba desde el otro lado. Vestía un kimono blanco con flores de cerezo bordadas, y su cabello oscuro caía en una trenza adornada con cuentas rojas. Estaba sentada sobre una piedra lisa, junto a un cerezo en flor. Parecía sola. Parecía… olvidada. Giselle quiso hablar, pero no podía. Solo sentía. Y lo que sentía era un vínculo inexplicable. Profundo. Sagrado. La niña levantó lentamente la mano, como si la reconociera, y al tocar el cristal del espejo, Giselle sintió una corriente cálida recorrerle el pecho. Sus dedos coincidieron con los de la niña, y en ese instante, una ráfaga de memorias olvidadas la invadió: Un templo en las montañas… Un incendio bajo una luna roja… Un amor prohibido… Una promesa rota. Una muerte trágica. Y una vida incompleta. La niña la miró con lágrimas brillando en sus ojos oscuros. No dijo una palabra, pero Giselle lo comprendió todo. —Fuiste yo… en otra vida —murmuró conmovida—. Y aún estás atrapada en el espejo del tiempo. Entonces, el cerezo detrás de la niña comenzó a desprender sus pétalos. Uno a uno, volaron hacia Giselle como mariposas de luz, posándose en su pecho. Y en ese instante… comprendió por qué podía ver lo que otros no. Comprendió que su alma llevaba siglos buscando cerrar un ciclo. La niña sonrió. Solo un instante. Y se desvaneció en una nube blanca que flotó hacia el cielo. Giselle despertó jadeante. Aún podía sentir el perfume del incienso, el tacto del kimono de seda, y el sabor dulce de un recuerdo milenario. Miró al espejo de su habitación… Y por un segundo, la vio allí. A la niña. A ella misma. Reflejada desde otro tiempo.
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Capítulo 5 – Voces del Silencio Susurros de Amor Capitulo 5 De Marta Digat
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Capítulo 5 – Voces del Silencio Susurros de Amor Capitulo 5 De Marta Digat El Collar de Jade – Encuentra un objeto antiguo en una autopsia que despierta recuerdos Autora: Marta Digat (Ecos de una verdad sepultada) La lluvia golpeaba los ventanales del hospital mientras Giselle hojeaba nuevamente el libro de su abuelo durante una noche de guardia solitaria. Las palabras del capítulo tres, "El sendero de las sombras ancestrales", resonaban con fuerza en su mente: “Las almas que no fueron redimidas por la verdad, regresan una y otra vez reclamando justicia. Nada queda oculto por siempre. El pasado... siempre regresa.” Esa noche, en un pasillo poco transitado del hospital, una mujer joven se presentó ante Giselle. Tenía el rostro pálido, ojos intensos y una mirada firme. —Necesito hablar con usted. Es sobre su abuelo… y su abuela —dijo la joven. Giselle se sorprendió. —¿Cómo sabes…? —preguntó en voz baja, sin poder ocultar el temblor en su pecho. —No todo es lo que parece —respondió la mujer—. Trabajé hace años en la casa de su abuelo. Yo era ama de llaves. Pero antes de eso… serví en otra casa. En la de un hombre muy poderoso. Un millonario que murió misteriosamente tras caer por una escalera. Hera sacó de su bolso una fotografía amarillenta. En ella aparecía una mujer altiva, elegante, con un aura de misterio... y de peligro. Estaba junto al hombre que, según Hera, murió en circunstancias nunca aclaradas. —Ella estaba con él cuando ocurrió el “accidente”. Luego heredó todo. Meses después desapareció… y volvió a aparecer en la vida de su abuelo como si fuera otra mujer. Con otro nombre. Otra historia. Pero yo la reconocí… siempre lo hice. El corazón de Giselle latía con fuerza. Las piezas comenzaban a encajar. Esa mujer —la cantante de ópera a la que siempre llamó “abuela”— podría no haber sido quien decía ser. Y peor aún… podría haber sido una cazafortunas. Una asesina serial. —¿Está segura de todo esto, Hera? —Lo estoy. Y hay más... Ella no está muerta. Se hizo pasar por muerta. Cambió de identidad. Está viva… en algún lugar del Caribe. Lo sé porque una amiga mía —también sirvienta— la vio hace tres años. Con otro nombre. Otro rostro. Pero la misma mirada. Giselle sintió que la tierra se tambaleaba bajo sus pies. —Necesito saber toda la verdad, Hera. Ayúdame a descubrirla. Porque siento que… todo esto tiene que ver conmigo. Con lo que estoy viviendo. Con lo que el libro me está mostrando. Hera asintió. Sacó una pequeña libreta del bolso y la puso en las manos de Giselle. —Aquí escribí todo lo que recuerdo: nombres, lugares, fechas, sospechas. Comencemos por ahí. Pero tenga cuidado… esa mujer no se detiene fácilmente. Giselle guardó la libreta como si fuera un mapa sagrado. Ya no había marcha atrás. El pasado había comenzado a hablar… y su voz no podía ser silenciada. (Escena en la biblioteca – en casa) De regreso en su hogar, Giselle se sentó tras el escritorio en la biblioteca. Aurora la miró con ternura desde la puerta. —Hija… ¿no vas a cenar? Giselle negó con un leve movimiento de su hermosa cabellera. —Ven, Aurora, siéntate. Tenemos que hablar. Necesito hacerte unas preguntas y espero que puedas ayudarme. ¿Qué puedes decirme de mi abuela? ¿Dónde la conoció el abuelo? Hizo una pausa antes de continuar: —Nunca sentí cariño de su parte. Siempre me pareció distante, como si existiera un muro invisible entre nosotras. Una vez, cuando era niña, escuché sin querer una conversación telefónica. Hablaba sobre un collar de jade muy costoso, robado de la caja fuerte del abuelo. Decía que lo guardaba para alguien que fue… o era… muy importante en su vida. —Ese collar desapareció poco tiempo después —continuó Giselle—. Recuerdo que acusaron a una joven de la servidumbre. El abuelo se negó a aceptarlo y pagó un abogado para que la liberaran. Pero mi abuela la envió a prisión... y esa muchacha nunca regresó. Desapareció como por arte de magia. Miró a Aurora con firmeza: —Tengo muchas preguntas y necesito respuestas. ¿Quién fue realmente mi abuela? Aurora bajó la mirada. —Quisiera contarte muchas cosas… pero no quiero ponerte en peligro, hija. —¿En peligro? —preguntó Giselle, alarmada—. ¿Qué estás diciendo, Aurora? ¿Alguien me está acosando? ¿Qué sabes tú? Aurora tembló. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sus manos también. —Recuerdo que la policía me interrogó en varias ocasiones. También lo hicieron con la servidumbre. Quizás ya sospechaban… quizás no era quien tú creías que era. Tomó las manos de Giselle con cariño. —Te prometo que te ayudaré. Solo necesito un poco de tiempo. Cuando esté lista… te contaré muchas cosas. Ya es momento de que conozcas la verdad. Pero ahora… ahora no puedo. Son secretos, hija. Secretos familiares oscuros. Habla con tu madre… quizás ella pueda darte respuestas. Si ella no lo hace… lo haré yo.
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Continuación – Capítulo 5: Voces del Silencio Giselle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué dijiste, Aurora? —preguntó en voz apenas audible—. ¿Hera se quitó la vida? Aurora asintió con los ojos nublados de tristeza. —Sí… no pudo con tanto dolor. Amaba profundamente a Arnel. Cuando él murió… su mundo se derrumbó. Antes de marcharse, me dejó esto —dijo, abriendo el álbum de fotografías y sacando un sobre envejecido—. Me pidió que te lo entregara solo cuando estuvieras lista… o cuando la verdad comenzara a salir a la luz por sí sola. Aurora colocó en las manos de Giselle una carta sellada, junto a una pequeña libreta de tapas negras. Giselle la reconoció de inmediato. —¡Esta es la libreta que Hera me entregó en la morgue! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¡Pero... si ella estaba muerta…! Una oleada de frío la envolvió, como si de pronto todas las piezas del rompecabezas se alinearan. —Entonces… fue su espíritu el que me visitó —susurró—. Hera… está muerta. Aurora la observaba en silencio, dejando que digiriera lo inverosímil de aquella revelación. —Hija… lo que viviste no fue una ilusión. Hera regresó porque algo quedó inconcluso. Ella lo sabía. Y te eligió a ti para que terminaras lo que ella no pudo. Giselle temblaba, pero no de miedo. Era una mezcla de vértigo, incredulidad… y responsabilidad. Abrió la libreta con manos temblorosas. En su interior, escritas con una caligrafía firme y clara, había fechas, nombres de hombres adinerados, lugares, detalles de herencias, testigos que desaparecieron... y en cada página, una señal inequívoca que apuntaba hacia una sola persona: Annette Brigitte Bourbon. Su supuesta abuela. La mujer que ahora se alzaba como el epicentro de una red de misterios, muertes y engaños. —¡Todo está aquí! —exclamó Giselle—. Hera lo sabía todo… y lo documentó. Aurora abrió lentamente la carta, tragando saliva con dificultad. —Nunca la leí. No tuve el valor. Pero… creo que es hora. La desplegó, y comenzó a leer en voz alta: “Querida Aurora, Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy. No me llores. Cumplí mi misión… pero la verdad no puede morir conmigo. La mujer a la que llamaban Annette no solo destruyó la vida de Arnel, también me robó la mía. Sé que tú verás la pureza en los ojos de Giselle. Es como su abuelo. Noble. Justa. Ella es la única que podrá sacar a la luz lo que tanto tiempo fue enterrado. Cuídala. Protégela. Porque cuando comience a destapar la verdad, no estará a salvo. Con amor eterno, Hera” Aurora rompió en llanto, por fin. Giselle la abrazó en silencio, con la libreta apretada contra su pecho. —Ella nunca se fue —dijo, entre lágrimas—. Solo estaba esperando el momento justo para hablar. Y ese momento… ya había comenzado.
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Capítulo 5 – Voces del Silencio El Collar de Jade – Encuentra un objeto antiguo en una autopsia que despierta recuerdos Autora: Marta Digat (Ecos de una verdad sepultada) La lluvia golpeaba los ventanales del hospital mientras Giselle hojeaba nuevamente el libro de su abuelo durante una noche de guardia solitaria. Las palabras del capítulo tres, "El sendero de las sombras ancestrales", resonaban con fuerza en su mente: “Las almas que no fueron redimidas por la verdad, regresan una y otra vez reclamando justicia. Nada queda oculto por siempre. El pasado... siempre regresa.” Esa noche, en un pasillo poco transitado del hospital, una mujer joven se presentó ante Giselle. Tenía el rostro pálido, ojos intensos y una mirada firme. —Necesito hablar con usted. Es sobre su abuelo… y su abuela —dijo la joven. Giselle se sorprendió. —¿Cómo sabes…? —preguntó en voz baja, sin poder ocultar el temblor en su pecho. —No todo es lo que parece —respondió la mujer—. Trabajé hace años en la casa de su abuelo. Yo era ama de llaves. Pero antes de eso… serví en otra casa. En la de un hombre muy poderoso. Un millonario que murió misteriosamente tras caer por una escalera. Hera sacó de su bolso una fotografía amarillenta. En ella aparecía una mujer altiva, elegante, con un aura de misterio... y de peligro. Estaba junto al hombre que, según Hera, murió en circunstancias nunca aclaradas. —Ella estaba con él cuando ocurrió el “accidente”. Luego heredó todo. Meses después desapareció… y volvió a aparecer en la vida de su abuelo como si fuera otra mujer. Con otro nombre. Otra historia. Pero yo la reconocí… siempre lo hice. El corazón de Giselle latía con fuerza. Las piezas comenzaban a encajar. Esa mujer —la cantante de ópera a la que siempre llamó “abuela”— podría no haber sido quien decía ser. Y peor aún… podría haber sido una cazafortunas. Una asesina serial. —¿Está segura de todo esto, Hera? —Lo estoy. Y hay más... Ella no está muerta. Se hizo pasar por muerta. Cambió de identidad. Está viva… en algún lugar del Caribe. Lo sé porque una amiga mía —también sirvienta— la vio hace tres años. Con otro nombre. Otro rostro. Pero la misma mirada. Giselle sintió que la tierra se tambaleaba bajo sus pies. —Necesito saber toda la verdad, Hera. Ayúdame a descubrirla. Porque siento que… todo esto tiene que ver conmigo. Con lo que estoy viviendo. Con lo que el libro me está mostrando. Hera asintió. Sacó una pequeña libreta del bolso y la puso en las manos de Giselle. —Aquí escribí todo lo que recuerdo: nombres, lugares, fechas, sospechas. Comencemos por ahí. Pero tenga cuidado… esa mujer no se detiene fácilmente. Giselle guardó la libreta como si fuera un mapa sagrado. Ya no había marcha atrás. El pasado había comenzado a hablar… Y su voz no podía ser silenciada. (escena en la biblioteca – en casa) De regreso en su hogar, Giselle se sentó tras el escritorio en la biblioteca. Aurora la miró con ternura desde la puerta. —Hija… ¿no vas a cenar? Giselle negó con un leve movimiento de su hermosa cabellera. —Ven, Aurora, siéntate. Tenemos que hablar. Necesito hacerte unas preguntas y espero que puedas ayudarme. ¿Qué puedes decirme de mi abuela? ¿Dónde la conoció el abuelo? Hizo una pausa antes de continuar: —Nunca sentí cariño de su parte. Siempre me pareció distante, como si existiera un muro invisible entre nosotras. Una vez, cuando era niña, escuché sin querer una conversación telefónica. Hablaba sobre un collar de jade muy costoso, robado de la caja fuerte del abuelo. Decía que lo guardaba para alguien que fue… o Hera… muy importante en su vida. —Ese collar desapareció poco tiempo después —continuó Giselle—. Recuerdo que acusaron a una joven de la servidumbre. El abuelo se negó a aceptarlo y pagó un abogado para que la liberaran. Pero mi abuela la envió a prisión... y esa muchacha nunca regresó. Desapareció como por arte de magia. Miró a Aurora con firmeza: —Tengo muchas preguntas y necesito respuestas. ¿Quién fue realmente mi abuela? Aurora bajó la mirada. —Quisiera contarte muchas cosas… pero no quiero ponerte en peligro, hija. —¿En peligro? —preguntó Giselle, alarmada—. ¿Qué estás diciendo, Aurora? ¿Alguien me está acosando? ¿Qué sabes tú? Aurora tembló. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sus manos también. —Recuerdo que la policía me interrogó en varias ocasiones. También lo hicieron con la servidumbre. Quizás ya sospechaban… Quizás no era quien tú creías que era. Tomó las manos de Giselle con cariño. —Te prometo que te ayudaré. Solo necesito un poco de tiempo. Cuando esté lista… te contaré muchas cosas. Ya es momento de que conozcas la verdad. Pero ahora… ahora no puedo. Son secretos, hija. Secretos familiares oscuros. Habla con tu madre… quizás ella pueda darte respuestas. Si ella no lo hace… lo haré yo. —Está bien, Aurora —dijo Giselle con voz suave—. No te voy a presionar. Pero entiéndeme… es muy importante para mí.
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Sombras en la morgue capitulo 4 final autora Marta Digat
08/02/2025
marta vazquez digat
Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973. Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? *Hoy, mientras ordenaba algunas cosas antes de irme al hospital, decidí revisar de nuevo el libro de mi abuelo. Y entre sus páginas… algo sobresalía. Un papel suelto, manuscrito. Tinta sepia. Caligrafía elegante. Al abrirlo, el perfume del pasado se hizo presente. Era un poema. Y su dedicatoria era clara: para Aurora. Lo leí con el corazón palpitando. Amor eterno Poema del abuelo, dedicado a Aurora Si la luna, la aurora y los ocasos, si la infinita noche constelada, ha de alumbrar desnudo tu regazo cuando incauta descanses en la almohada... Si un rayo de luna enamorada, al mirarte, hace asomar mis ojos, es el caudal de amor que me rebasa, y al querer contenerlo... brota. Y si he de mirar el sol saliente deslizarse por las trenzas de la aurora, escuchando el reloj que marca sigiloso la hora... Si la alborada me sorprende desvelado, contemplando tu rostro, enajenado, es tu silueta que me tiene hipnotizado con el embrujo de tu piel iluminada. Si ha de morir el día y la noche, si han de morir las rosas disecadas... Si el pasto verde perecerá en invierno, y las hojas caerán en el otoño, si los retoños de tu pelo encanecerán plateando tu negra cabellera, si nuestra juventud será solo una quimera y nuestro amor, una utopía...
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Capítulo 5 – Voces del Silencio Autora: Marta Digat (Ecos de una verdad sepultada) La lluvia golpea los ventanales del hospital mientras Giselle hojea de nuevo el libro de su abuelo durante una noche de guardia solitaria. Las palabras del Capítulo 3 “El sendero de las sombras ancestrales” resuenan con fuerza en su mente: “Las almas que no fueron redimidas por la verdad, regresan una y otra vez, reclamando justicia. Nada queda oculto por siempre. El pasado... siempre regresa.” Esa noche, en un pasillo poco transitado del hospital, una mujer joven se presenta ante Giselle. Tiene el rostro pálido, ojos intensos, mirada firme. Su nombre: Hera. —Necesito hablar con usted. Es sobre su abuelo y... su abuela. Giselle se sorprende. —¿Cómo sabes...? —pregunta en voz baja, sin poder ocultar el temblor en su pecho. —No todo es lo que parece. Trabajé hace años en la casa de su abuelo. Yo era ama de llaves. Pero antes de eso... serví en otra casa. En la de un hombre muy poderoso. Un millonario que murió misteriosamente tras caer por una escalera. Hera saca de su bolso una fotografía amarillenta. En ella aparece una mujer altiva, elegante, con un aura de misterio... y de peligro. Está junto al hombre que, según Hera, murió en circunstancias nunca aclaradas. —Ella estaba con él cuando ocurrió el accidente. Luego heredó todo. Meses después desapareció... y volvió a aparecer en la vida de su abuelo como si fuera otra mujer. Con otro nombre. Otra historia. Pero yo la reconocí... siempre lo hice. El corazón de Giselle late con fuerza. Siente que las piezas comienzan a encajar. Esa mujer, la cantante de ópera a la que siempre llamó abuela, podría no haber sido quien decía ser. Y peor aún... podría haber sido una cazafortunas. Una asesina serial. —¿Está segura de todo esto, Hera? —Lo estoy. Y hay más. Ella no está muerta. Se hizo pasar por muerta. Cambió de identidad. Está viva... en algún lugar del Caribe. Lo sé porque una amiga mía, también sirvienta, la vio hace tres años. Con otro nombre. Otro rostro. Pero la misma mirada. Giselle siente que la tierra se tambalea bajo sus pies. —Necesito saber toda la verdad, Hera. Ayúdame a descubrirla. Porque siento que... todo esto tiene que ver conmigo. Con lo que estoy viviendo. Con lo que el libro me está mostrando. Hera asiente. Saca una pequeña libreta del bolso y la pone en las manos de Giselle. —Aquí escribí todo lo que recuerdo. Nombres. Lugares. Fechas. Sospechas. Comencemos por ahí. Pero tenga cuidado... esa mujer no se detiene fácilmente. Giselle guarda la libreta como si fuera un mapa sagrado. Ya no hay marcha atrás. El pasado ha comenzado a hablar... Y su voz no puede ser silenciada. (Continuará...)
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Amor eterno poema de Marta Digat
08/02/2025
marta vazquez digat
¨Amor eterno poema¨ Compositora y poeta Marta Digat Si la luna la aurora y los ocasos Si la infinita noche constelada Ha de alumbrar desnudo tu regazo Cuando incauto descanses en la almohada Si un rayo de luna enamorada al mirarte Mis ojos asoman es el caudal de amor Que me rebaza y al querer contenerlo brota Si he de mirar el sol saliente, deslizarse por Las trenzas de la aurora, escuchando el Reloj que lentamente va marcando sigiloso la hora Si la alborada me sorprende desvelada contemplando Tu rostro enajenada, es tu silueta que me tiene hipnotizada Con el embrujo de tu piel hidrolatada , si ha de morir el día Y la noche, si ha de morir las rosas disecadas Si el pasto verde perecerá en invierno, y las hojas Se caerán en el otoño, si los retoños de tu pelo Encaneciendo ha de platear tu negra cabellera Si nuestra juventud será una quimera y nuestro Amor será una utopía, si ha de llegar el día en que hacernos El amor será un espejismo, si ha de cambiar nuestra apariencia Si nuestra mente no tendrá conciencia Si nuestra juventud será una quimera y nuestro amor será Una utopía si ha de llegar el día en que hacernos el amor Sea un espejismo, si ha de cambiar nuestra apariencia Si nuestra mente no tendrá conciencia, si nuestro amor Sera un mito, si hemos de partir un día al viaje que no Tiene regreso, quiero que me lleves junto a ti a la fosa Si la flor de nuestra carne se deshoja, si en polvo Hemos de convertirnos un día, en nuestra lapida escrito Habrá una leyenda, más allá de la vida te seguiré amando Si la alborada me sorprende desvelada contemplando tu rostro Enajenada es que en vida junto a ti nada me falta
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Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Me quedé pensando en sus palabras, en ese nombre que nunca quiso decir. Esa noche, antes de irme al hospital, volví a mirar una foto antigua del abuelo. En su mano, sostenía una rosa... Y junto a él, una mujer muy parecida a Aurora, pero más joven. ¿Podría ser ella? ✨ Continuación – Capítulo 4: Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973 Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción?
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Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Me quedé pensando en sus palabras, en ese nombre que nunca quiso decir. Esa noche, antes de irme al hospital, volví a mirar una foto antigua del abuelo. En su mano, sostenía una rosa... Y junto a él, una mujer muy parecida a Aurora, pero más joven. ¿Podría ser ella? ✨ Continuación – Capítulo 4: Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973 Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción?
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Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? *** Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: Agosto de 1973. Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? *** Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción? ¿Quién era esta mujer… y por qué su cuerpo lleva una marca que solo existe en mis sueños? *** Esa madrugada, por primera vez… Sentí que no estaba sola con los muertos. Había algo más. Una presencia. Un mensaje. Y yo… estaba destinada a descubrirlo.
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Capítulo 3 – Fragmentos del Tiempo Giselle ha comenzado a escribir lo que sueña: personas, lugares, objetos... y símbolos que se repiten constantemente. Esa sensación de ser perseguida, vigilada… de ser arrastrada por un agujero en forma de remolino que la transporta a situaciones distintas, como si viajara sin boletos a través del tiempo y el espacio. Todo ocurre como una danza ejecutada por hechiceros de sueños y pensamientos. Sueños que, aunque cargados de misterio, se han vuelto cotidianos, pues se repiten a cualquier hora del día o la noche, secuestrando su mente sin importar dónde esté: en la intimidad, en el trabajo o en público. Y siempre, esa voz... Esa voz que la estremece con una promesa susurrada al oído: "Te amaré… más allá del tiempo." Hoy desperté con una idea fija: buscar respuestas. Comencé a revisar el ático, los armarios, los baúles heredados de mis antepasados fallecidos. Objetos que para muchos no tienen valor y terminan desechando, pero que para mí son tesoros sagrados. Aunque soy joven físicamente, mi alma tiene la madurez de alguien que ha vivido muchas vidas. Contemplo las paredes blancas de mi lujosa mansión, ubicada en el exclusivo barrio Upper East Side de Nueva York. Es un lugar de élite, con mansiones y apartamentos de lujo. Soy hija única. Mi padre, un reconocido y multimillonario abogado. Mi madre, una científica brillante, admirada por sus descubrimientos en beneficio de la humanidad. Mis abuelos ya no están. Mi abuela fue cantante de ópera. Mi abuelo… un novelista apasionado por la ficción. Mis ojos se detienen en el título colgado en la pared: Doctora en Medicina Forense. Estudié en NYU, una de las universidades más prestigiosas del mundo, ubicada en el corazón vibrante de Nueva York. Fue allí donde me formé, donde descubrí que mi vocación era escuchar las voces silenciadas del cuerpo… y quizás, también, del alma. Camino hasta la gran biblioteca familiar. Una sala cargada de historia, de memorias, de sabiduría. Libros antiguos heredados por generaciones; algunos escritos por mis padres, otros por mis abuelos. En las paredes cuelgan retratos al óleo de mis antepasados, con marcos dorados que parecen haber sido tallados por el tiempo mismo. Me pregunto qué estoy buscando. ¿Qué espero encontrar? Mi mente está repleta de preguntas. Observo detenidamente los retratos, intentando leer en sus ojos lo que no dejaron escrito. —¿Fueron felices? —susurro—. ¿Qué temieron? ¿Qué evento marcó sus vidas? El silencio no responde. Entonces, mis ojos se posan sobre un libro muy antiguo, perfectamente conservado. Su título: "La danza de los siglos." Mi corazón se acelera. Fue escrito por mi abuelo. Me acerco con ternura y lo tomo entre mis manos. Una ola de recuerdos me invade: aquellas tardes de infancia en las que mi abuelo me contaba historias mágicas, llenas de ficción y enigmas. Él era un hombre de presencia imponente. Siempre impecable, elegante, de voz profunda y vocabulario refinado. Tenía una inteligencia brillante, casi mística. Su forma de hablar transmitía sabiduría, seguridad y un extraño poder que aún me estremece recordar. Abro el libro y comienzo a leer los títulos de los capítulos, como si una fuerza desconocida me guiara: - Capítulo 1: El flujo eterno de la vida y la muerte - Capítulo 2: La memoria del alma eterna - Capítulo 3: El sendero de las sombras ancestrales - Capítulo 4: La puerta del despertar - Capítulo 5: Tras la estela de recuerdos - Capítulo 6: El laberinto de las reencarnaciones - Capítulo 7: Ecos de un amor eterno - Capítulo 8: Las almas que se encuentran de nuevo - Capítulo 9: Unidos por hilos invisibles - Capítulo 10: El lazo del alma - Capítulo 11: La crisálida del tiempo - Capítulo 12: Renacer de las cenizas - Capítulo 13: Las máscaras de la memoria - Capítulo 14: Bajo la piel de otra vida - Capítulo 15: La danza de los siglos - Capítulo 16: El espejo del karma - Capítulo 17: El libro de las almas - Capítulo 18: El despertar de la conciencia Cada título me sacude. Siento que ya he vivido esto. ¿Por qué no lo había leído antes? Tal vez no era el momento. Tal vez ahora… es cuando debe revelarse. Este libro podría contener las respuestas que tanto he buscado: ¿Quién soy en realidad? ¿De dónde vienen mis sueños, mis miedos, mis memorias que no me pertenecen? ¿A quién pertenece esa voz que me susurra amor eterno? Esta noche, al volver del hospital… Lo leeré. Y quizás, al abrir sus páginas, despierte algo más que la memoria. Quizás… despierte mi alma.
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Capítulo 3 – Fragmentos del Tiempo Giselle ha comenzado a escribir lo que sueña: personas, lugares, objetos... y símbolos que se repiten constantemente. Esa sensación de ser perseguida, vigilada… de ser arrastrada por un agujero en forma de remolino que la transporta a situaciones distintas, como si viajara sin boletos a través del tiempo y el espacio. Todo ocurre como una danza ejecutada por hechiceros de sueños y pensamientos. Sueños que, aunque cargados de misterio, se han vuelto cotidianos, pues se repiten a cualquier hora del día o la noche, secuestrando su mente sin importar dónde esté: en la intimidad, en el trabajo o en público. Y siempre, esa voz... Esa voz que la estremece con una promesa susurrada al oído: "Te amaré… más allá del tiempo." Hoy desperté con una idea fija: buscar respuestas. Comencé a revisar el ático, los armarios, los baúles heredados de mis antepasados fallecidos. Objetos que para muchos no tienen valor y terminan desechando, pero que para mí son tesoros sagrados. Aunque soy joven físicamente, mi alma tiene la madurez de alguien que ha vivido muchas vidas. Contemplo las paredes blancas de mi lujosa mansión, ubicada en el exclusivo barrio Upper East Side de Nueva York. Es un lugar de élite, con mansiones y apartamentos de lujo. Soy hija única. Mi padre, un reconocido y multimillonario abogado. Mi madre, una científica brillante, admirada por sus descubrimientos en beneficio de la humanidad. Mis abuelos ya no están. Mi abuela fue cantante de ópera. Mi abuelo… un novelista apasionado por la ficción. Mis ojos se detienen en el título colgado en la pared: Doctora en Medicina Forense. Estudié en NYU, una de las universidades más prestigiosas del mundo, ubicada en el corazón vibrante de Nueva York. Fue allí donde me formé, donde descubrí que mi vocación era escuchar las voces silenciadas del cuerpo… y quizás, también, del alma. Camino hasta la gran biblioteca familiar. Una sala cargada de historia, de memorias, de sabiduría. Libros antiguos heredados por generaciones; algunos escritos por mis padres, otros por mis abuelos. En las paredes cuelgan retratos al óleo de mis antepasados, con marcos dorados que parecen haber sido tallados por el tiempo mismo. Me pregunto qué estoy buscando. ¿Qué espero encontrar? Mi mente está repleta de preguntas. Observo detenidamente los retratos, intentando leer en sus ojos lo que no dejaron escrito. —¿Fueron felices? —susurro—. ¿Qué temieron? ¿Qué evento marcó sus vidas? El silencio no responde. Entonces, mis ojos se posan sobre un libro muy antiguo, perfectamente conservado. Su título: "La danza de los siglos." Mi corazón se acelera. Fue escrito por mi abuelo. Me acerco con ternura y lo tomo entre mis manos. Una ola de recuerdos me invade: aquellas tardes de infancia en las que mi abuelo me contaba historias mágicas, llenas de ficción y enigmas. Él era un hombre de presencia imponente. Siempre impecable, elegante, de voz profunda y vocabulario refinado. Tenía una inteligencia brillante, casi mística. Su forma de hablar transmitía sabiduría, seguridad y un extraño poder que aún me estremece recordar. Abro el libro y comienzo a leer los títulos de los capítulos, como si una fuerza desconocida me guiara: - Capítulo 1: El flujo eterno de la vida y la muerte - Capítulo 2: La memoria del alma eterna - Capítulo 3: El sendero de las sombras ancestrales - Capítulo 4: La puerta del despertar - Capítulo 5: Tras la estela de recuerdos - Capítulo 6: El laberinto de las reencarnaciones - Capítulo 7: Ecos de un amor eterno - Capítulo 8: Las almas que se encuentran de nuevo - Capítulo 9: Unidos por hilos invisibles - Capítulo 10: El lazo del alma - Capítulo 11: La crisálida del tiempo - Capítulo 12: Renacer de las cenizas - Capítulo 13: Las máscaras de la memoria - Capítulo 14: Bajo la piel de otra vida - Capítulo 15: La danza de los siglos - Capítulo 16: El espejo del karma - Capítulo 17: El libro de las almas - Capítulo 18: El despertar de la conciencia Cada título me sacude. Siento que ya he vivido esto. ¿Por qué no lo había leído antes? Tal vez no era el momento. Tal vez ahora… es cuando debe revelarse. Este libro podría contener las respuestas que tanto he buscado: ¿Quién soy en realidad? ¿De dónde vienen mis sueños, mis miedos, mis memorias que no me pertenecen? ¿A quién pertenece esa voz que me susurra amor eterno? Esta noche, al volver del hospital… Lo leeré. Y quizás, al abrir sus páginas, despierte algo más que la memoria. Quizás… despierte mi alma.
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Capítulo 3 – Fragmentos del Tiempo Giselle ha comenzado a escribir lo que sueña: personas, lugares, objetos... y símbolos que se repiten constantemente. Esa sensación de ser perseguida, vigilada… de ser arrastrada por un agujero en forma de remolino que la transporta a situaciones distintas, como si viajara sin boletos a través del tiempo y el espacio. Todo ocurre como una danza ejecutada por hechiceros de sueños y pensamientos. Sueños que, aunque cargados de misterio, se han vuelto cotidianos, pues se repiten a cualquier hora del día o la noche, secuestrando su mente sin importar dónde esté: en la intimidad, en el trabajo o en público. Y siempre, esa voz... Esa voz que la estremece con una promesa susurrada al oído: "Te amaré… más allá del tiempo." Hoy desperté con una idea fija: buscar respuestas. Comencé a revisar el ático, los armarios, los baúles heredados de mis antepasados fallecidos. Objetos que para muchos no tienen valor y terminan desechando, pero que para mí son tesoros sagrados. Aunque soy joven físicamente, mi alma tiene la madurez de alguien que ha vivido muchas vidas. Contemplo las paredes blancas de mi lujosa mansión, ubicada en el exclusivo barrio Upper East Side de Nueva York. Es un lugar de élite, con mansiones y apartamentos de lujo. Soy hija única. Mi padre, un reconocido y multimillonario abogado. Mi madre, una científica brillante, admirada por sus descubrimientos en beneficio de la humanidad. Mis abuelos ya no están. Mi abuela fue cantante de ópera. Mi abuelo… un novelista apasionado por la ficción. Mis ojos se detienen en el título colgado en la pared: Doctora en Medicina Forense. Estudié en NYU, una de las universidades más prestigiosas del mundo, ubicada en el corazón vibrante de Nueva York. Fue allí donde me formé, donde descubrí que mi vocación era escuchar las voces silenciadas del cuerpo… y quizás, también, del alma. Camino hasta la gran biblioteca familiar. Una sala cargada de historia, de memorias, de sabiduría. Libros antiguos heredados por generaciones; algunos escritos por mis padres, otros por mis abuelos. En las paredes cuelgan retratos al óleo de mis antepasados, con marcos dorados que parecen haber sido tallados por el tiempo mismo. Me pregunto qué estoy buscando. ¿Qué espero encontrar? Mi mente está repleta de preguntas. Observo detenidamente los retratos, intentando leer en sus ojos lo que no dejaron escrito. —¿Fueron felices? —susurro—. ¿Qué temieron? ¿Qué evento marcó sus vidas? El silencio no responde. Entonces, mis ojos se posan sobre un libro muy antiguo, perfectamente conservado. Su título: "La danza de los siglos." Mi corazón se acelera. Fue escrito por mi abuelo. Me acerco con ternura y lo tomo entre mis manos. Una ola de recuerdos me invade: aquellas tardes de infancia en las que mi abuelo me contaba historias mágicas, llenas de ficción y enigmas. Él era un hombre de presencia imponente. Siempre impecable, elegante, de voz profunda y vocabulario refinado. Tenía una inteligencia brillante, casi mística. Su forma de hablar transmitía sabiduría, seguridad y un extraño poder que aún me estremece recordar. Abro el libro y comienzo a leer los títulos de los capítulos, como si una fuerza desconocida me guiara: - Capítulo 1: El flujo eterno de la vida y la muerte - Capítulo 2: La memoria del alma eterna - Capítulo 3: El sendero de las sombras ancestrales - Capítulo 4: La puerta del despertar - Capítulo 5: Tras la estela de recuerdos - Capítulo 6: El laberinto de las reencarnaciones - Capítulo 7: Ecos de un amor eterno - Capítulo 8: Las almas que se encuentran de nuevo - Capítulo 9: Unidos por hilos invisibles - Capítulo 10: El lazo del alma - Capítulo 11: La crisálida del tiempo - Capítulo 12: Renacer de las cenizas - Capítulo 13: Las máscaras de la memoria - Capítulo 14: Bajo la piel de otra vida - Capítulo 15: La danza de los siglos - Capítulo 16: El espejo del karma - Capítulo 17: El libro de las almas - Capítulo 18: El despertar de la conciencia Cada título me sacude. Siento que ya he vivido esto. ¿Por qué no lo había leído antes? Tal vez no era el momento. Tal vez ahora… es cuando debe revelarse. Este libro podría contener las respuestas que tanto he buscado: ¿Quién soy en realidad? ¿De dónde vienen mis sueños, mis miedos, mis memorias que no me pertenecen? ¿A quién pertenece esa voz que me susurra amor eterno? Esta noche, al volver del hospital… Lo leeré. Y quizás, al abrir sus páginas, despierte algo más que la memoria. Quizás… despierte mi alma. Continuación capitulo 3
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Capítulo 3 – Fragmentos del Tiempo Giselle ha comenzado a escribir lo que sueña: personas, lugares, objetos... y símbolos que se repiten constantemente. Esa sensación de ser perseguida, vigilada… de ser arrastrada por un agujero en forma de remolino que la transporta a situaciones distintas, como si viajara sin boletos a través del tiempo y el espacio. Todo ocurre como una danza ejecutada por hechiceros de sueños y pensamientos. Sueños que, aunque cargados de misterio, se han vuelto cotidianos, pues se repiten a cualquier hora del día o la noche, secuestrando su mente sin importar dónde esté: en la intimidad, en el trabajo o en público. Y siempre, esa voz... Esa voz que la estremece con una promesa susurrada al oído: "Te amaré… más allá del tiempo." Hoy desperté con una idea fija: buscar respuestas. Comencé a revisar el ático, los armarios, los baúles heredados de mis antepasados fallecidos. Objetos que para muchos no tienen valor y terminan desechando, pero que para mí son tesoros sagrados. Aunque soy joven físicamente, mi alma tiene la madurez de alguien que ha vivido muchas vidas. Contemplo las paredes blancas de mi lujosa mansión, ubicada en el exclusivo barrio Upper East Side de Nueva York. Es un lugar de élite, con mansiones y apartamentos de lujo. Soy hija única. Mi padre, un reconocido y multimillonario abogado. Mi madre, una científica brillante, admirada por sus descubrimientos en beneficio de la humanidad. Mis abuelos ya no están. Mi abuela fue cantante de ópera. Mi abuelo… un novelista apasionado por la ficción. Mis ojos se detienen en el título colgado en la pared: Doctora en Medicina Forense. Estudié en NYU, una de las universidades más prestigiosas del mundo, ubicada en el corazón vibrante de Nueva York. Fue allí donde me formé, donde descubrí que mi vocación era escuchar las voces silenciadas del cuerpo… y quizás, también, del alma. Camino hasta la gran biblioteca familiar. Una sala cargada de historia, de memorias, de sabiduría. Libros antiguos heredados por generaciones; algunos escritos por mis padres, otros por mis abuelos. En las paredes cuelgan retratos al óleo de mis antepasados, con marcos dorados que parecen haber sido tallados por el tiempo mismo. Me pregunto qué estoy buscando. ¿Qué espero encontrar? Mi mente está repleta de preguntas. Observo detenidamente los retratos, intentando leer en sus ojos lo que no dejaron escrito. —¿Fueron felices? —susurro—. ¿Qué temieron? ¿Qué evento marcó sus vidas? El silencio no responde. Entonces, mis ojos se posan sobre un libro muy antiguo, perfectamente conservado. Su título: "La danza de los siglos." Mi corazón se acelera. Fue escrito por mi abuelo. Me acerco con ternura y lo tomo entre mis manos. Una ola de recuerdos me invade: aquellas tardes de infancia en las que mi abuelo me contaba historias mágicas, llenas de ficción y enigmas. Él era un hombre de presencia imponente. Siempre impecable, elegante, de voz profunda y vocabulario refinado. Tenía una inteligencia brillante, casi mística. Su forma de hablar transmitía sabiduría, seguridad y un extraño poder que aún me estremece recordar. Abro el libro y comienzo a leer los títulos de los capítulos, como si una fuerza desconocida me guiara: - Capítulo 1: El flujo eterno de la vida y la muerte - Capítulo 2: La memoria del alma eterna - Capítulo 3: El sendero de las sombras ancestrales - Capítulo 4: La puerta del despertar - Capítulo 5: Tras la estela de recuerdos - Capítulo 6: El laberinto de las reencarnaciones - Capítulo 7: Ecos de un amor eterno - Capítulo 8: Las almas que se encuentran de nuevo - Capítulo 9: Unidos por hilos invisibles - Capítulo 10: El lazo del alma - Capítulo 11: La crisálida del tiempo - Capítulo 12: Renacer de las cenizas - Capítulo 13: Las máscaras de la memoria - Capítulo 14: Bajo la piel de otra vida - Capítulo 15: La danza de los siglos - Capítulo 16: El espejo del karma - Capítulo 17: El libro de las almas - Capítulo 18: El despertar de la conciencia Cada título me sacude. Siento que ya he vivido esto. ¿Por qué no lo había leído antes? Tal vez no era el momento. Tal vez ahora… es cuando debe revelarse. Este libro podría contener las respuestas que tanto he buscado: ¿Quién soy en realidad? ¿De dónde vienen mis sueños, mis miedos, mis memorias que no me pertenecen? ¿A quién pertenece esa voz que me susurra amor eterno? Esta noche, al volver del hospital… Lo leeré. Y quizás, al abrir sus páginas, despierte algo más que la memoria. Quizás… despierte mi alma.
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Susurros de amor capitulo 3 Fragmentos del tiempo Autora Marta Digat
07/31/2025
marta vazquez digat
Capítulo 3 – Fragmentos del Tiempo Autora: Marta Digat Giselle ha comenzado a escribir lo que sueña: personas, lugares, objetos... y símbolos que se repiten constantemente. Esa sensación de ser perseguida, vigilada… de ser arrastrada por un agujero en forma de remolino que la transporta a situaciones distintas, como si viajara sin boletos a través del tiempo y el espacio. Todo ocurre como una danza ejecutada por hechiceros de sueños y pensamientos. Sueños que, aunque cargados de misterio, se han vuelto cotidianos, pues se repiten a cualquier hora del día o la noche, secuestrando su mente sin importar dónde esté: en la intimidad, en el trabajo o en público. Y siempre, esa voz... Esa voz que la estremece con una promesa susurrada al oído: "Te amaré… más allá del tiempo." Hoy desperté con una idea fija: buscar respuestas. Comencé a revisar el ático, los armarios, los baúles heredados de mis antepasados fallecidos. Objetos que para muchos no tienen valor y terminan desechando, pero que para mí son tesoros sagrados. Aunque soy joven físicamente, mi alma tiene la madurez de alguien que ha vivido muchas vidas. Contemplo las paredes blancas de mi lujosa mansión, ubicada en el exclusivo barrio Upper East Side de Nueva York. Es un lugar de élite, con mansiones y apartamentos de lujo. Soy hija única. Mi padre, un reconocido y multimillonario abogado. Mi madre, una científica brillante, admirada por sus descubrimientos en beneficio de la humanidad. Mis abuelos ya no están. Mi abuela fue cantante de ópera. Mi abuelo… un novelista apasionado por la ficción. Mis ojos se detienen en el título colgado en la pared: Doctora en Medicina Forense. Estudié en NYU, una de las universidades más prestigiosas del mundo, ubicada en el corazón vibrante de Nueva York. Fue allí donde me formé, donde descubrí que mi vocación era escuchar las voces silenciadas del cuerpo… y quizás, también, del alma. Camino hasta la gran biblioteca familiar. Una sala cargada de historia, de memorias, de sabiduría. Libros antiguos heredados por generaciones; algunos escritos por mis padres, otros por mis abuelos. En las paredes cuelgan retratos al óleo de mis antepasados, con marcos dorados que parecen haber sido tallados por el tiempo mismo. Me pregunto qué estoy buscando. ¿Qué espero encontrar? Mi mente está repleta de preguntas. Observo detenidamente los retratos, intentando leer en sus ojos lo que no dejaron escrito. —¿Fueron felices? —susurro—. ¿Qué temieron? ¿Qué evento marcó sus vidas? El silencio no responde. Entonces, mis ojos se posan sobre un libro muy antiguo, perfectamente conservado. Su título: "La danza de los siglos." Mi corazón se acelera. Fue escrito por mi abuelo. Me acerco con ternura y lo tomo entre mis manos. Una ola de recuerdos me invade: aquellas tardes de infancia en las que mi abuelo me contaba historias mágicas, llenas de ficción y enigmas. Él era un hombre de presencia imponente. Siempre impecable, elegante, de voz profunda y vocabulario refinado. Tenía una inteligencia brillante, casi mística. Su forma de hablar transmitía sabiduría, seguridad y un extraño poder que aún me estremece recordar. Abro el libro y comienzo a leer los títulos de los capítulos, como si una fuerza desconocida me guiara: Capítulo 1: El flujo eterno de la vida y la muerte Capítulo 2: La memoria del alma eterna Capítulo 3: El sendero de las sombras ancestrales Capítulo 4: La puerta del despertar Capítulo 5: Tras la estela de recuerdos Capítulo 6: El laberinto de las reencarnaciones Capítulo 7: Ecos de un amor eterno Capítulo 8: Las almas que se encuentran de nuevo Capítulo 9: Unidos por hilos invisibles Capítulo 10: El lazo del alma Capítulo 11: La crisálida del tiempo Capítulo 12: Renacer de las cenizas Capítulo 13: Las máscaras de la memoria Capítulo 14: Bajo la piel de otra vida Capítulo 15: La danza de los siglos Capítulo 16: El espejo del karma Capítulo 17: El libro de las almas Capítulo 18: El despertar de la conciencia Cada título me sacude. Siento que ya he vivido esto. ¿Por qué no lo había leído antes? Tal vez no era el momento. Tal vez ahora… es cuando debe revelarse. Este libro podría contener las respuestas que tanto he buscado: ¿Quién soy en realidad? ¿De dónde vienen mis sueños, mis miedos, mis memorias que no me pertenecen? ¿A quién pertenece esa voz que me susurra amor eterno? Esta noche, al volver del hospital… Lo leeré. Y quizás, al abrir sus páginas, despierte algo más que la memoria. Quizás… despierte mi alma.
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✨ Susurros de Amor – Capítulo 2: El Reencuentro Autora: Marta Digat La reencarnación, vista a través de un lente romántico y poético, se idealiza como una promesa eterna: el amor que trasciende el tiempo y el espacio. Es una danza del alma que busca reencontrarse con su esencia más pura a través de siglos de existencia, en la creencia de que el espíritu —en su viaje infinito de evolución y aprendizaje— se viste con nuevos cuerpos para continuar la experiencia… y el amor. A veces, el alma reconoce al instante a quien amó en otra vida. Otras veces, reconstruye el camino poco a poco, hasta lograr el reencuentro. Es el eterno retorno del amor inmortal. De regreso en mi hogar, la misma sensación de estar enamorada persiste, intensa. Contemplo la puesta del sol desde mi balcón. La brisa tibia acaricia mi cabello, esparciendo su perfume al viento, entrelazándolo con el aroma de las rosas de mi jardín. El sol, pícaro, despierta deseos dormidos en mi piel. Y entonces, como una caricia etérea, la voz del doctor vuelve a susurrarme… Esa voz varonil y estremecedora que sacude todas mis fibras, mis fantasías, mis recuerdos más ocultos. Caigo lentamente en un letargo, un remolino que me arrastra hacia el pasado. De pronto, estoy ahí... otra vez. En la trinchera. 1 de septiembre de 1939 – Viernes Polonia – Invasión nazi Nos encontramos rodeados por el enemigo. El doctor Moczar Wladyslaw está a cargo de una misión desesperada: trasladar a los soldados heridos a un centro médico habilitado, donde aún hay esperanza de estabilizarlos, operarlos… salvarles la vida. Yo soy enfermera del Hospital General San Lucas de Varsovia, pero aquí, en el campo de batalla, soy solo un cuerpo más entre el barro y el miedo. Nos arrastramos con dificultad entre escombros y tierra húmeda. El objetivo: llegar a la ambulancia oculta detrás del parqueadero. Las explosiones retumban, el cielo se oscurece con la sombra de los aviones alemanes. —Doctor… tengo mucho miedo —digo apenas en un susurro, con la voz entrecortada. Él extiende su mano y, palpando en la oscuridad, encuentra la mía. —Ven... abrázame —susurra tembloroso—. Quiero protegerte. No temas... Tira suavemente de mí hasta que mi cuerpo queda apretado contra su pecho. Me envuelve en un abrazo tibio, y por un instante, el tiempo se detiene. —Señorita Giselle… tengo que confesarle algo. —Dígame, Doctor Moczar… —Sé que no es el momento. Pero si muero hoy, no quiero llevarme este secreto a la tumba. Me enamoré de usted desde el primer instante en que la vi. Quería decírselo en otras circunstancias… pero tal vez no exista un mañana. Si usted me corresponde, este podría ser el día que el destino nos marcó para unirnos. Me apretó con fuerza. Nuestros labios se buscaron como si se recordaran desde siglos atrás. El beso fue ardiente… y melancólico. Las lágrimas brotaron de nuestros ojos, mezclándose en nuestras mejillas. —No quiero perderte —dijo él, con la voz quebrada—. Siento que eres mi alma gemela. Que hemos viajado a través de los siglos para reencontrarnos. Nuestro amor nunca morirá. Te reconozco de otras vidas… Giselle, prométeme que nunca dejarás de buscarme. Si muero hoy… quiero llevarme esa promesa a la eternidad. Yo estaré allí, siempre, esperándote. —También te he buscado intensamente —le respondí temblorosa—. Desde que te vi… mi alma supo que eras tú. Mi gemelo eterno. Te lo juro… nunca dejaré de buscarte. Él selló mis labios con un nuevo beso. Luego susurró, acariciándome el rostro: —Continuemos, Giselle. Tenemos una misión importante que cumplir. Nos arrastramos en silencio. Cada explosión que retumbaba cerca nos hacía cerrar los ojos con fuerza. El pensamiento era uno solo: podemos morir en cualquier momento. Finalmente, llegamos al área de ambulancias. Pero allí, recibimos una noticia devastadora: era imposible romper el cerco enemigo. La evacuación no se lograría. Nuestra misión, a partir de ese instante, sería simplemente mantener con vida a los heridos el mayor tiempo posible. Sin refuerzos. Sin garantías. Con fe. Y con amor. Capítulo 2 continuación Las horas se alargaron como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Entre el olor metálico de la sangre y el humo de la pólvora, el doctor y yo trabajábamos sin descanso. Las manos nos temblaban, no por la fragilidad de los cuerpos que atendíamos, sino por la incertidumbre de nuestro destino. Cada herida que limpiábamos, cada vendaje que aplicábamos, cada mirada de esperanza que sosteníamos en aquellos ojos jóvenes nos acercaba más el uno al otro. —Me pregunto… —musité mientras cerraba los ojos de un soldado que acababa de expirar—, ¿por qué en cada vida tenemos que sufrir la misma pérdida? ¿Por qué nos empeñamos en encontrarnos en tiempos de guerra? El doctor, enjugando el sudor de su frente con un paño que ya no distinguía de la sangre ajena, me miró con una ternura infinita.
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