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Capítulo 7 – Venecia, 1495 Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) El retrato de un amor imposible La niebla del Gran Canal acariciaba los adoquines como un velo de seda humedecido por el tiempo. Góndolas silenciosas se deslizaban entre las sombras, mientras las luces titilantes de las lámparas de aceite reflejaban sus secretos en las aguas turbias. La ciudad de los suspiros... La ciudad donde las máscaras ocultaban más que rostros: ocultaban historias, pasiones… y heridas no sanadas. Giselle abrió los ojos en medio de la visión. Ya no era ella. O quizá sí… en otra forma, en otro tiempo. Su cuerpo era joven, sus manos delicadas, y en su corazón latía un nombre que no podía pronunciar sin estremecerse: Lorenzo. Era una noble italiana, hija de una de las familias más influyentes de la República. Criada en palacios de mármol y educada en los secretos del arte, la música y la política. Pero su alma… su alma pertenecía a un pintor. Lorenzo di Bruni. Un artista sin títulos, sin fortuna, pero con la mirada más intensa que jamás había contemplado. Él la había visto… de verdad. No como la “prometida” de un duque, no como la hija de un senador, sino como un alma desnuda, con anhelos que ardían más que los candelabros del salón principal. Su retrato… fue el comienzo. El día en que posó para él en secreto, sellaron una historia destinada a la tragedia. Porque en Venecia, en 1495… El amor tenía precio. Y la traición, consecuencias. Giselle —o Isabella, como se llamaba en aquella vida— debía elegir entre la seguridad de un apellido… o el vértigo de un amor que desafiaría a toda una ciudad. Y mientras la pintura cobraba vida en el lienzo, también lo hacía la sombra que intentaría separarlos para siempre. Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia. Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro. Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio. En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella. Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible. Desde entonces, no dejaron de buscarse. Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache. La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón. Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda. Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto. —Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos. Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación. —¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos? Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse. El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez. Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno. Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia. El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma. (... Texto original corregido ...) Escena: “La noche del retrato prohibido” Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra.
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✨ Capítulo 8 – Cartago, 146 a.C. “El templo y la espada” (Donde el amor desobedeció a los dioses) El sol se alzaba sobre Cartago como un dios furioso, tiñendo de rojo las columnas del templo. El incienso flotaba en el aire como plegaria silente… y las vestales del culto a Tanit caminaban descalzas sobre losas ardientes, purificando su espíritu con cada paso. Ella se llamaba Amaranta. Era sacerdotisa del templo lunar, consagrada desde niña al misterio, al silencio… a la renuncia. Su voz solo se elevaba para entonar cánticos sagrados. Sus ojos, sin embargo, hablaban otro idioma… uno que ningún dios aprobaba. Porque cuando Lucius, centurión romano herido en batalla, fue llevado prisionero al puerto, fue a Amaranta a quien enviaron a curarlo. Y ella, al rozar su piel ensangrentada… reconoció su alma. No era un enemigo. Era él. El mismo que la había amado en sueños, en otras tierras, en otras tumbas. Su gemelo eterno. Los dioses exigían devoción. Roma exigía sangre. Pero sus cuerpos exigían volver a fundirse, como llamas que no saben vivir separadas. En una Cartago sitiada por la guerra, el templo se convirtió en cárcel. Y el amor, en traición. 🌄 Ambientación histórica y visual: Cartago, 146 a.C. (El esplendor antes de la caída) Cartago, la ciudad de los mil perfumes y los muros dorados… Se alzaba majestuosa frente al mar Mediterráneo como una joya esculpida por los dioses. Las calles estaban hechas de piedra pulida, los techos decorados con mosaicos color esmeralda, y en los mercados flotaban aromas de incienso, dátiles, canela, mirra y vino dulce. Los mercaderes hablaban en múltiples lenguas: fenicio, griego, latín, egipcio… porque Cartago era un nido de culturas, un faro de riqueza y sabiduría. En lo alto de la ciudad, como custodios del destino, se alzaban los templos de Tanit y Baal, donde las sacerdotisas caminaban en círculos rituales, ungidas en aceites sagrados, mientras los cánticos se mezclaban con el batir de los tambores y el crujir de antorchas. Era un tiempo de presagios. Los astros anunciaban tormentas, y desde el oeste, las naves romanas se acercaban con fuego en sus entrañas. El Senado cartaginés debatía con voz temblorosa, pero en los barrios más humildes, los corazones ya sabían: Roma no vendría a negociar… venía a destruir. En medio de ese clima de tensión, el destino tejía en silencio una historia que nada ni nadie podría impedir: la historia de una sacerdotisa sagrada… y un centurión enemigo. 🌙 La vida secreta de Amaranta Sacerdotisa de Tanit, diosa lunar del amor, la fertilidad y la guerra Amaranta no era una mujer común. Desde los cinco años fue consagrada a la diosa Tanit, madre celestial y guardiana de la luna. Fue separada de su familia y llevada al templo, donde las niñas destinadas al sacerdocio eran entrenadas en la obediencia, el silencio y la contemplación. 🔹 Al amanecer, Amaranta despertaba al sonido de los cuencos de bronce. Se bañaba en agua perfumada con pétalos de almendra y aceite de nardo. Su cuerpo era considerado un instrumento sagrado, y debía mantenerse puro para servir a la diosa. Sus vestidos eran blancos o azul profundo, con bordados en forma de luna creciente. En la frente llevaba un círculo de oro como símbolo de su voto sagrado. 🔹 Las mañanas eran de silencio ritual. Amaranta caminaba por los patios del templo esparciendo pétalos y humo de resina para “purificar el aire”. Luego se reunía con las otras sacerdotisas para cantar himnos antiguos escritos en fenicio, entonados con voces suaves y rítmicas, casi como un trance. 🔹 Las tardes se dedicaban a la sanación. Como hija de Tanit, debía atender a los heridos, dar consuelo a los moribundos, preparar ungüentos con lavanda, higos y vino caliente. Su mirada era tan serena que los soldados decían que bastaba verla para sentir alivio. 🔹 Las noches eran el tiempo de los secretos. Bajo la luna, Amaranta meditaba en el santuario interior. Encendía lámparas de aceite y ofrecía su sangre en una gota sobre la piedra del altar. A veces, entraba en trances inducidos por infusiones sagradas… y decía frases que no comprendía, como si hablara desde otra vida. Ninguna sacerdotisa debía amar. El amor humano era considerado una distracción. Pero Amaranta tenía sueños donde un hombre la abrazaba bajo una lluvia de fuego. Donde su piel ardía por un nombre que no conocía… Hasta que lo vio. Herido, atado, arrodillado… y supo que su vida sagrada jamás volvería a ser igual. 🌒 Escena: “El encuentro en las sombras” (Donde la luz tembló por primera vez) La noche había caído sobre Cartago con un silencio inquietante. En el puerto, los barcos dormían como bestias encadenadas, y las antorchas chispeaban contra el viento salino.
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) La niebla del Gran Canal acariciaba los adoquines como un velo de seda humedecido por el tiempo. Góndolas silenciosas se deslizaban entre las sombras, mientras las luces titilantes de las lámparas de aceite reflejaban sus secretos en las aguas turbias. La ciudad de los suspiros... La ciudad donde las máscaras ocultaban más que rostros: ocultaban historias, pasiones… y heridas no sanadas. Giselle abrió los ojos en medio de la visión. Ya no era ella. O quizá sí… en otra forma, en otro tiempo. Su cuerpo era joven, sus manos delicadas, y en su corazón latía un nombre que no podía pronunciar sin estremecerse: Lorenzo. Era una noble italiana, hija de una de las familias más influyentes de la República. Criada en palacios de mármol y educada en los secretos del arte, la música y la política. Pero su alma… su alma pertenecía a un pintor. Lorenzo di Bruni. Un artista sin títulos, sin fortuna, pero con la mirada más intensa que jamás había contemplado. Él la había visto… de verdad. No como la “prometida” de un conde, no como la hija de un senador, sino como un alma desnuda, con anhelos que ardían más que los candelabros del salón principal. Su retrato… fue el comienzo. El día en que posó para él en secreto, sellaron una historia destinada a la tragedia. Porque en Venecia, en 1495… El amor tenía precio. Y la traición, consecuencias. Giselle —o Isabella, como se llamaba en aquella vida— debía elegir entre la seguridad de un apellido… o el vértigo de un amor que desafiaría a toda una ciudad. Y mientras la pintura cobraba vida en el lienzo, también lo hacía la sombra que intentaría separarlos para siempre. (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia. Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro. Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio. En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella. Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible. Desde entonces, no dejaron de buscarse. Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache. La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón. Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda. Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto. —Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos. Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación. —¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos? Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse. El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez. Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno. Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia. El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma. Escena: “La noche del retrato prohibido” Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra.
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia. Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro. Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio. En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella. Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible. Desde entonces, no dejaron de buscarse. Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache. La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón. Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda. Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto. —Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos. Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación. —¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos? Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse. El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez. Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno. Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia. El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma. Escena: “La noche del retrato prohibido” Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra. Lorenzo la esperaba en su taller secreto, una buhardilla oculta en el corazón de Dorsoduro, con vista directa a los canales. La luz de la luna se colaba por los ventanales altos, iluminando los lienzos y el polvo dorado que flotaba en el aire como un hechizo suspendido. Cuando Isabella cruzó el umbral, Lorenzo se giró lentamente. Su mirada la recorrió sin palabras, como si la hubiese estado soñando. —Prometiste venir —dijo él, con voz baja y temblorosa. —Y aquí estoy —respondió ella, soltando la capa que cayó a sus pies como un suspiro de terciopelo. La luna la desnudó lentamente, vistiéndola de sombras y luz. Su piel blanca resplandecía como mármol tibio bajo la noche veneciana. Lorenzo dio un paso atrás, temblando ante tanta belleza. Tomó sus pinceles, pero su mano vaciló. —No puedo… es demasiado —murmuró—. Eres arte puro. —Entonces no pienses —susurró Isabella acercándose—. Solo siente. Se sentó en el diván cubierto con sábanas de lino. Posó con naturalidad, sin pudor, como si en otra vida ya hubiera sido pintada así mil veces. Sus ojos no se apartaban de los de él. Lorenzo empezó a pintar. Los trazos eran suaves, reverentes. Pintaba con el alma, con el pulso del amor latiendo en cada línea. Afuera, el agua del canal golpeaba suavemente las piedras, como un aplauso mudo de la historia que se escribía esa noche. Horas después, cuando el retrato comenzó a cobrar vida, Lorenzo dejó caer el pincel. Se acercó a ella, y con la punta de sus dedos recorrió la curva de su mejilla, su cuello, la clavícula… —Eres mi inspiración eterna, Isabella. Aunque me quiten la vida, jamás podrán arrancarte de mi alma. Ella lo envolvió con sus brazos, y sus labios se encontraron por fin. Fue un beso largo, dulce, desesperado. Una promesa sin palabras.
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) La niebla del Gran Canal acariciaba los adoquines como un velo de seda humedecido por el tiempo. Góndolas silenciosas se deslizaban entre las sombras, mientras las luces titilantes de las lámparas de aceite reflejaban sus secretos en las aguas turbias. La ciudad de los suspiros... La ciudad donde las máscaras ocultaban más que rostros: ocultaban historias, pasiones… y heridas no sanadas. Giselle abrió los ojos en medio de la visión. Ya no era ella. O quizá sí… en otra forma, en otro tiempo. Su cuerpo era joven, sus manos delicadas, y en su corazón latía un nombre que no podía pronunciar sin estremecerse: Lorenzo. Era una noble italiana, hija de una de las familias más influyentes de la República. Criada en palacios de mármol y educada en los secretos del arte, la música y la política. Pero su alma… su alma pertenecía a un pintor. Lorenzo di Bruni. Un artista sin títulos, sin fortuna, pero con la mirada más intensa que jamás había contemplado. Él la había visto… de verdad. No como la “prometida” de un duque, no como la hija de un senador, sino como un alma desnuda, con anhelos que ardían más que los candelabros del salón principal. Su retrato… fue el comienzo. El día en que posó para él en secreto, sellaron una historia destinada a la tragedia. Porque en Venecia, en 1495… El amor tenía precio. Y la traición, consecuencias. Giselle —o Isabella, como se llamaba en aquella vida— debía elegir entre la seguridad de un apellido… o el vértigo de un amor que desafiaría a toda una ciudad. Y mientras la pintura cobraba vida en el lienzo, también lo hacía la sombra que intentaría separarlos para siempre.
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Capítulo 6 – El Legado de los Espíritus Autora: Marta Digat (Cuando el más allá exige justicia) 6. La Niña del Espejo – Una visión de su infancia conecta con una de sus vidas antiguas en Asia Giselle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué dijiste, Aurora? —preguntó en voz apenas audible—. ¿Hera se quitó la vida? Aurora asintió con los ojos nublados de tristeza. —Sí… no pudo con tanto dolor. Amaba profundamente a Arnel. Cuando él murió… su mundo se derrumbó. Antes de marcharse, me dejó esto —dijo, abriendo el álbum de fotografías y sacando un sobre envejecido—. Me pidió que te lo entregara solo cuando estuvieras lista… o cuando la verdad comenzara a salir a la luz por sí sola. Aurora colocó en las manos de Giselle una carta sellada, junto a una pequeña libreta de tapas negras. Giselle la reconoció de inmediato. —¡Esta es la libreta que Hera me entregó en la morgue! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¡Pero... si ella estaba muerta…! Una oleada de frío la envolvió, como si de pronto todas las piezas del rompecabezas se alinearan. —Entonces… fue su espíritu el que me visitó —susurró—. Hera… está muerta. Aurora la observaba en silencio, dejando que digiriera lo inverosímil de aquella revelación. —Hija… lo que viviste no fue una ilusión. Hera regresó porque algo quedó inconcluso. Ella lo sabía. Y te eligió a ti para que terminaras lo que ella no pudo. Giselle temblaba, pero no de miedo. Era una mezcla de vértigo, incredulidad… y responsabilidad. Abrió la libreta con manos temblorosas. En su interior, escritas con una caligrafía firme y clara, había fechas, nombres de hombres adinerados, lugares, detalles de herencias, testigos que desaparecieron... y en cada página, una señal inequívoca que apuntaba hacia una sola persona: Annette Brigitte Bourbon. Su supuesta abuela.
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Capítulo 6 – El Legado de los Espíritus Autora: Marta Digat (Cuando el más allá exige justicia) 6. La Niña del Espejo – Una visión de su infancia conecta con una de sus vidas antiguas en Asia Giselle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué dijiste, Aurora? —preguntó en voz apenas audible—. ¿Hera se quitó la vida? Aurora asintió con los ojos nublados de tristeza. —Sí… no pudo con tanto dolor. Amaba profundamente a Arnel. Cuando él murió… su mundo se derrumbó. Antes de marcharse, me dejó esto —dijo, abriendo el álbum de fotografías y sacando un sobre envejecido—. Me pidió que te lo entregara solo cuando estuvieras lista… o cuando la verdad comenzara a salir a la luz por sí sola. Aurora colocó en las manos de Giselle una carta sellada, junto a una pequeña libreta de tapas negras. Giselle la reconoció de inmediato. —¡Esta es la libreta que Hera me entregó en la morgue! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¡Pero... si ella estaba muerta…! Una oleada de frío la envolvió, como si de pronto todas las piezas del rompecabezas se alinearan. —Entonces… fue su espíritu el que me visitó —susurró—. Hera… está muerta. Aurora la observaba en silencio, dejando que digiriera lo inverosímil de aquella revelación. —Hija… lo que viviste no fue una ilusión. Hera regresó porque algo quedó inconcluso. Ella lo sabía. Y te eligió a ti para que terminaras lo que ella no pudo. Giselle temblaba, pero no de miedo. Era una mezcla de vértigo, incredulidad… y responsabilidad. Abrió la libreta con manos temblorosas. En su interior, escritas con una caligrafía firme y clara, había fechas, nombres de hombres adinerados, lugares, detalles de herencias, testigos que desaparecieron... y en cada página, una señal inequívoca que apuntaba hacia una sola persona: Annette Brigitte Bourbon. Su supuesta abuela. La mujer que ahora se alzaba como el epicentro de una red de misterios, muertes y engaños. —¡Todo está aquí! —exclamó Giselle—. Hera lo sabía todo… y lo documentó. Aurora abrió lentamente la carta, tragando saliva con dificultad. —Nunca la leí. No tuve el valor. Pero… creo que es hora. La desplegó, y comenzó a leer en voz alta: “Querida Aurora, Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy. No me llores. Cumplí mi misión… pero la verdad no puede morir conmigo. La mujer a la que llamaban Annette no solo destruyó la vida de Arnel, también me robó la mía. Sé que tú verás la pureza en los ojos de Giselle. Es como su abuelo. Noble. Justa. Ella es la única que podrá sacar a la luz lo que tanto tiempo fue enterrado. Cuídala. Protégela. Porque cuando comience a destapar la verdad, no estará a salvo. Con amor eterno, Hera” Aurora rompió en llanto, por fin. Giselle la abrazó en silencio, con la libreta apretada contra su pecho. —Ella nunca se fue —dijo, entre lágrimas—. Solo estaba esperando el momento justo para hablar. Y ese momento… ya había comenzado. Entonces Giselle lanzo una pregunta estremeciendo los recuerdos de Aurora ¿Aurora cuéntame del tío que fue de su vida, donde puedo hablar con él? ¿Porque nadie hablo nunca de él, porque no existen fotografías familiares ni nada que muestre que existió? Esa es una historia larga de contar respondió Aurora, solo puedo decirte que tu tío a formado un papel muy importante en tu vida y crianza y en tu vida Pero no me corresponde revelarte esta historia, debes de hablar con tu padre, él puede responder tus preguntas y que fue de su novia la aristócrata vuelve a preguntar Giselle ansiosa por saber más secretos familiares? Discúlpame Giselle no puedo decirte nada más, no ahora, necesito tiempo para develar el pasado exclamo Aurora, he vivido muchos años cargando estos secretos y no sé cómo romper el silencio, años enteros viviendo a atormentada, cargando una gran caja de pandora que esta al punto de estallar Me asustas Aurora Dijo Giselle mostrando asombro, es tan grave lo que atormenta tu alma que no puedes contarlo, ¿porque callar por tantos años que escondes? Debes de liberar tu alma, rompe con ese lastre que cargas y atormenta tu vida, he notado que sufres Aurora ¿Tengo muchas dudas, ese amor platónico con un escritor, porque no me cuentas? ¿Acaso ese hombre que amaste en secreto fue mi abuelo? Responde Aurora confía en Mí, ¿que impide que me cuentes la verdad de tu historia y de ese amor secreto piensas llevártelo a la tumba? Tienes que liberarte y cuando llegue el final de tus días partir con todos tus problemas resueltos para que puedas descansar en paz, y tu alma no ande vagando sin descanso como le pasa a Hera, Hera tiene que descansar en paz, ayúdala Ayúdame ágamos justicia, por Hera, por El abuelo, cuéntame por favor Aurora respiro profundo y con voz firme y resuelta exclamo solo diré algo más por hoy
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La Niña del Espejo (Una visión desde el alma)
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La Niña del Espejo (Una visión desde el alma) Esa noche, mientras el silencio envolvía la casa como un velo de misterio, Giselle cayó en un sueño profundo, más allá del sueño. Su cuerpo permanecía en la cama, pero su espíritu flotaba libre, liviano como un suspiro. Atravesó el techo sin esfuerzo, luego las nubes, hasta encontrarse en un vasto espacio de niebla dorada. Allí, un espejo antiguo de marcos tallados con dragones de jade parecía esperarla. La superficie del espejo comenzó a ondular como agua… y entonces la vio. Una niña de ojos rasgados y tristes la observaba desde el otro lado. Vestía un kimono blanco con flores de cerezo bordadas, y su cabello oscuro caía en una trenza adornada con cuentas rojas. Estaba sentada sobre una piedra lisa, junto a un cerezo en flor. Parecía sola. Parecía… olvidada. Giselle quiso hablar, pero no podía. Solo sentía. Y lo que sentía era un vínculo inexplicable. Profundo. Sagrado. La niña levantó lentamente la mano, como si la reconociera, y al tocar el cristal del espejo, Giselle sintió una corriente cálida recorrerle el pecho. Sus dedos coincidieron con los de la niña, y en ese instante, una ráfaga de memorias olvidadas la invadió: Un templo en las montañas… Un incendio bajo una luna roja… Un amor prohibido… Una promesa rota. Una muerte trágica. Y una vida incompleta. La niña la miró con lágrimas brillando en sus ojos oscuros. No dijo una palabra, pero Giselle lo comprendió todo. —Fuiste yo… en otra vida —murmuró conmovida—. Y aún estás atrapada en el espejo del tiempo. Entonces, el cerezo detrás de la niña comenzó a desprender sus pétalos. Uno a uno, volaron hacia Giselle como mariposas de luz, posándose en su pecho. Y en ese instante… comprendió por qué podía ver lo que otros no. Comprendió que su alma llevaba siglos buscando cerrar un ciclo. La niña sonrió. Solo un instante. Y se desvaneció en una nube blanca que flotó hacia el cielo. Giselle despertó jadeante. Aún podía sentir el perfume del incienso, el tacto del kimono de seda, y el sabor dulce de un recuerdo milenario. Miró al espejo de su habitación… Y por un segundo, la vio allí. A la niña. A ella misma. Reflejada desde otro tiempo.
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Capítulo 5 – Voces del Silencio Susurros de Amor Capitulo 5 De Marta Digat
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Capítulo 5 – Voces del Silencio Susurros de Amor Capitulo 5 De Marta Digat El Collar de Jade – Encuentra un objeto antiguo en una autopsia que despierta recuerdos Autora: Marta Digat (Ecos de una verdad sepultada) La lluvia golpeaba los ventanales del hospital mientras Giselle hojeaba nuevamente el libro de su abuelo durante una noche de guardia solitaria. Las palabras del capítulo tres, "El sendero de las sombras ancestrales", resonaban con fuerza en su mente: “Las almas que no fueron redimidas por la verdad, regresan una y otra vez reclamando justicia. Nada queda oculto por siempre. El pasado... siempre regresa.” Esa noche, en un pasillo poco transitado del hospital, una mujer joven se presentó ante Giselle. Tenía el rostro pálido, ojos intensos y una mirada firme. —Necesito hablar con usted. Es sobre su abuelo… y su abuela —dijo la joven. Giselle se sorprendió. —¿Cómo sabes…? —preguntó en voz baja, sin poder ocultar el temblor en su pecho. —No todo es lo que parece —respondió la mujer—. Trabajé hace años en la casa de su abuelo. Yo era ama de llaves. Pero antes de eso… serví en otra casa. En la de un hombre muy poderoso. Un millonario que murió misteriosamente tras caer por una escalera. Hera sacó de su bolso una fotografía amarillenta. En ella aparecía una mujer altiva, elegante, con un aura de misterio... y de peligro. Estaba junto al hombre que, según Hera, murió en circunstancias nunca aclaradas. —Ella estaba con él cuando ocurrió el “accidente”. Luego heredó todo. Meses después desapareció… y volvió a aparecer en la vida de su abuelo como si fuera otra mujer. Con otro nombre. Otra historia. Pero yo la reconocí… siempre lo hice. El corazón de Giselle latía con fuerza. Las piezas comenzaban a encajar. Esa mujer —la cantante de ópera a la que siempre llamó “abuela”— podría no haber sido quien decía ser. Y peor aún… podría haber sido una cazafortunas. Una asesina serial. —¿Está segura de todo esto, Hera? —Lo estoy. Y hay más... Ella no está muerta. Se hizo pasar por muerta. Cambió de identidad. Está viva… en algún lugar del Caribe. Lo sé porque una amiga mía —también sirvienta— la vio hace tres años. Con otro nombre. Otro rostro. Pero la misma mirada. Giselle sintió que la tierra se tambaleaba bajo sus pies. —Necesito saber toda la verdad, Hera. Ayúdame a descubrirla. Porque siento que… todo esto tiene que ver conmigo. Con lo que estoy viviendo. Con lo que el libro me está mostrando. Hera asintió. Sacó una pequeña libreta del bolso y la puso en las manos de Giselle. —Aquí escribí todo lo que recuerdo: nombres, lugares, fechas, sospechas. Comencemos por ahí. Pero tenga cuidado… esa mujer no se detiene fácilmente. Giselle guardó la libreta como si fuera un mapa sagrado. Ya no había marcha atrás. El pasado había comenzado a hablar… y su voz no podía ser silenciada. (Escena en la biblioteca – en casa) De regreso en su hogar, Giselle se sentó tras el escritorio en la biblioteca. Aurora la miró con ternura desde la puerta. —Hija… ¿no vas a cenar? Giselle negó con un leve movimiento de su hermosa cabellera. —Ven, Aurora, siéntate. Tenemos que hablar. Necesito hacerte unas preguntas y espero que puedas ayudarme. ¿Qué puedes decirme de mi abuela? ¿Dónde la conoció el abuelo? Hizo una pausa antes de continuar: —Nunca sentí cariño de su parte. Siempre me pareció distante, como si existiera un muro invisible entre nosotras. Una vez, cuando era niña, escuché sin querer una conversación telefónica. Hablaba sobre un collar de jade muy costoso, robado de la caja fuerte del abuelo. Decía que lo guardaba para alguien que fue… o era… muy importante en su vida. —Ese collar desapareció poco tiempo después —continuó Giselle—. Recuerdo que acusaron a una joven de la servidumbre. El abuelo se negó a aceptarlo y pagó un abogado para que la liberaran. Pero mi abuela la envió a prisión... y esa muchacha nunca regresó. Desapareció como por arte de magia. Miró a Aurora con firmeza: —Tengo muchas preguntas y necesito respuestas. ¿Quién fue realmente mi abuela? Aurora bajó la mirada. —Quisiera contarte muchas cosas… pero no quiero ponerte en peligro, hija. —¿En peligro? —preguntó Giselle, alarmada—. ¿Qué estás diciendo, Aurora? ¿Alguien me está acosando? ¿Qué sabes tú? Aurora tembló. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sus manos también. —Recuerdo que la policía me interrogó en varias ocasiones. También lo hicieron con la servidumbre. Quizás ya sospechaban… quizás no era quien tú creías que era. Tomó las manos de Giselle con cariño. —Te prometo que te ayudaré. Solo necesito un poco de tiempo. Cuando esté lista… te contaré muchas cosas. Ya es momento de que conozcas la verdad. Pero ahora… ahora no puedo. Son secretos, hija. Secretos familiares oscuros. Habla con tu madre… quizás ella pueda darte respuestas. Si ella no lo hace… lo haré yo.
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Continuación – Capítulo 5: Voces del Silencio Giselle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué dijiste, Aurora? —preguntó en voz apenas audible—. ¿Hera se quitó la vida? Aurora asintió con los ojos nublados de tristeza. —Sí… no pudo con tanto dolor. Amaba profundamente a Arnel. Cuando él murió… su mundo se derrumbó. Antes de marcharse, me dejó esto —dijo, abriendo el álbum de fotografías y sacando un sobre envejecido—. Me pidió que te lo entregara solo cuando estuvieras lista… o cuando la verdad comenzara a salir a la luz por sí sola. Aurora colocó en las manos de Giselle una carta sellada, junto a una pequeña libreta de tapas negras. Giselle la reconoció de inmediato. —¡Esta es la libreta que Hera me entregó en la morgue! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¡Pero... si ella estaba muerta…! Una oleada de frío la envolvió, como si de pronto todas las piezas del rompecabezas se alinearan. —Entonces… fue su espíritu el que me visitó —susurró—. Hera… está muerta. Aurora la observaba en silencio, dejando que digiriera lo inverosímil de aquella revelación. —Hija… lo que viviste no fue una ilusión. Hera regresó porque algo quedó inconcluso. Ella lo sabía. Y te eligió a ti para que terminaras lo que ella no pudo. Giselle temblaba, pero no de miedo. Era una mezcla de vértigo, incredulidad… y responsabilidad. Abrió la libreta con manos temblorosas. En su interior, escritas con una caligrafía firme y clara, había fechas, nombres de hombres adinerados, lugares, detalles de herencias, testigos que desaparecieron... y en cada página, una señal inequívoca que apuntaba hacia una sola persona: Annette Brigitte Bourbon. Su supuesta abuela. La mujer que ahora se alzaba como el epicentro de una red de misterios, muertes y engaños. —¡Todo está aquí! —exclamó Giselle—. Hera lo sabía todo… y lo documentó. Aurora abrió lentamente la carta, tragando saliva con dificultad. —Nunca la leí. No tuve el valor. Pero… creo que es hora. La desplegó, y comenzó a leer en voz alta: “Querida Aurora, Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy. No me llores. Cumplí mi misión… pero la verdad no puede morir conmigo. La mujer a la que llamaban Annette no solo destruyó la vida de Arnel, también me robó la mía. Sé que tú verás la pureza en los ojos de Giselle. Es como su abuelo. Noble. Justa. Ella es la única que podrá sacar a la luz lo que tanto tiempo fue enterrado. Cuídala. Protégela. Porque cuando comience a destapar la verdad, no estará a salvo. Con amor eterno, Hera” Aurora rompió en llanto, por fin. Giselle la abrazó en silencio, con la libreta apretada contra su pecho. —Ella nunca se fue —dijo, entre lágrimas—. Solo estaba esperando el momento justo para hablar. Y ese momento… ya había comenzado.
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Capítulo 5 – Voces del Silencio El Collar de Jade – Encuentra un objeto antiguo en una autopsia que despierta recuerdos Autora: Marta Digat (Ecos de una verdad sepultada) La lluvia golpeaba los ventanales del hospital mientras Giselle hojeaba nuevamente el libro de su abuelo durante una noche de guardia solitaria. Las palabras del capítulo tres, "El sendero de las sombras ancestrales", resonaban con fuerza en su mente: “Las almas que no fueron redimidas por la verdad, regresan una y otra vez reclamando justicia. Nada queda oculto por siempre. El pasado... siempre regresa.” Esa noche, en un pasillo poco transitado del hospital, una mujer joven se presentó ante Giselle. Tenía el rostro pálido, ojos intensos y una mirada firme. —Necesito hablar con usted. Es sobre su abuelo… y su abuela —dijo la joven. Giselle se sorprendió. —¿Cómo sabes…? —preguntó en voz baja, sin poder ocultar el temblor en su pecho. —No todo es lo que parece —respondió la mujer—. Trabajé hace años en la casa de su abuelo. Yo era ama de llaves. Pero antes de eso… serví en otra casa. En la de un hombre muy poderoso. Un millonario que murió misteriosamente tras caer por una escalera. Hera sacó de su bolso una fotografía amarillenta. En ella aparecía una mujer altiva, elegante, con un aura de misterio... y de peligro. Estaba junto al hombre que, según Hera, murió en circunstancias nunca aclaradas. —Ella estaba con él cuando ocurrió el “accidente”. Luego heredó todo. Meses después desapareció… y volvió a aparecer en la vida de su abuelo como si fuera otra mujer. Con otro nombre. Otra historia. Pero yo la reconocí… siempre lo hice. El corazón de Giselle latía con fuerza. Las piezas comenzaban a encajar. Esa mujer —la cantante de ópera a la que siempre llamó “abuela”— podría no haber sido quien decía ser. Y peor aún… podría haber sido una cazafortunas. Una asesina serial. —¿Está segura de todo esto, Hera? —Lo estoy. Y hay más... Ella no está muerta. Se hizo pasar por muerta. Cambió de identidad. Está viva… en algún lugar del Caribe. Lo sé porque una amiga mía —también sirvienta— la vio hace tres años. Con otro nombre. Otro rostro. Pero la misma mirada. Giselle sintió que la tierra se tambaleaba bajo sus pies. —Necesito saber toda la verdad, Hera. Ayúdame a descubrirla. Porque siento que… todo esto tiene que ver conmigo. Con lo que estoy viviendo. Con lo que el libro me está mostrando. Hera asintió. Sacó una pequeña libreta del bolso y la puso en las manos de Giselle. —Aquí escribí todo lo que recuerdo: nombres, lugares, fechas, sospechas. Comencemos por ahí. Pero tenga cuidado… esa mujer no se detiene fácilmente. Giselle guardó la libreta como si fuera un mapa sagrado. Ya no había marcha atrás. El pasado había comenzado a hablar… Y su voz no podía ser silenciada. (escena en la biblioteca – en casa) De regreso en su hogar, Giselle se sentó tras el escritorio en la biblioteca. Aurora la miró con ternura desde la puerta. —Hija… ¿no vas a cenar? Giselle negó con un leve movimiento de su hermosa cabellera. —Ven, Aurora, siéntate. Tenemos que hablar. Necesito hacerte unas preguntas y espero que puedas ayudarme. ¿Qué puedes decirme de mi abuela? ¿Dónde la conoció el abuelo? Hizo una pausa antes de continuar: —Nunca sentí cariño de su parte. Siempre me pareció distante, como si existiera un muro invisible entre nosotras. Una vez, cuando era niña, escuché sin querer una conversación telefónica. Hablaba sobre un collar de jade muy costoso, robado de la caja fuerte del abuelo. Decía que lo guardaba para alguien que fue… o Hera… muy importante en su vida. —Ese collar desapareció poco tiempo después —continuó Giselle—. Recuerdo que acusaron a una joven de la servidumbre. El abuelo se negó a aceptarlo y pagó un abogado para que la liberaran. Pero mi abuela la envió a prisión... y esa muchacha nunca regresó. Desapareció como por arte de magia. Miró a Aurora con firmeza: —Tengo muchas preguntas y necesito respuestas. ¿Quién fue realmente mi abuela? Aurora bajó la mirada. —Quisiera contarte muchas cosas… pero no quiero ponerte en peligro, hija. —¿En peligro? —preguntó Giselle, alarmada—. ¿Qué estás diciendo, Aurora? ¿Alguien me está acosando? ¿Qué sabes tú? Aurora tembló. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sus manos también. —Recuerdo que la policía me interrogó en varias ocasiones. También lo hicieron con la servidumbre. Quizás ya sospechaban… Quizás no era quien tú creías que era. Tomó las manos de Giselle con cariño. —Te prometo que te ayudaré. Solo necesito un poco de tiempo. Cuando esté lista… te contaré muchas cosas. Ya es momento de que conozcas la verdad. Pero ahora… ahora no puedo. Son secretos, hija. Secretos familiares oscuros. Habla con tu madre… quizás ella pueda darte respuestas. Si ella no lo hace… lo haré yo. —Está bien, Aurora —dijo Giselle con voz suave—. No te voy a presionar. Pero entiéndeme… es muy importante para mí.
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Sombras en la morgue capitulo 4 final autora Marta Digat
08/02/2025
marta vazquez digat
Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973. Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? *Hoy, mientras ordenaba algunas cosas antes de irme al hospital, decidí revisar de nuevo el libro de mi abuelo. Y entre sus páginas… algo sobresalía. Un papel suelto, manuscrito. Tinta sepia. Caligrafía elegante. Al abrirlo, el perfume del pasado se hizo presente. Era un poema. Y su dedicatoria era clara: para Aurora. Lo leí con el corazón palpitando. Amor eterno Poema del abuelo, dedicado a Aurora Si la luna, la aurora y los ocasos, si la infinita noche constelada, ha de alumbrar desnudo tu regazo cuando incauta descanses en la almohada... Si un rayo de luna enamorada, al mirarte, hace asomar mis ojos, es el caudal de amor que me rebasa, y al querer contenerlo... brota. Y si he de mirar el sol saliente deslizarse por las trenzas de la aurora, escuchando el reloj que marca sigiloso la hora... Si la alborada me sorprende desvelado, contemplando tu rostro, enajenado, es tu silueta que me tiene hipnotizado con el embrujo de tu piel iluminada. Si ha de morir el día y la noche, si han de morir las rosas disecadas... Si el pasto verde perecerá en invierno, y las hojas caerán en el otoño, si los retoños de tu pelo encanecerán plateando tu negra cabellera, si nuestra juventud será solo una quimera y nuestro amor, una utopía...
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Capítulo 5 – Voces del Silencio Autora: Marta Digat (Ecos de una verdad sepultada) La lluvia golpea los ventanales del hospital mientras Giselle hojea de nuevo el libro de su abuelo durante una noche de guardia solitaria. Las palabras del Capítulo 3 “El sendero de las sombras ancestrales” resuenan con fuerza en su mente: “Las almas que no fueron redimidas por la verdad, regresan una y otra vez, reclamando justicia. Nada queda oculto por siempre. El pasado... siempre regresa.” Esa noche, en un pasillo poco transitado del hospital, una mujer joven se presenta ante Giselle. Tiene el rostro pálido, ojos intensos, mirada firme. Su nombre: Hera. —Necesito hablar con usted. Es sobre su abuelo y... su abuela. Giselle se sorprende. —¿Cómo sabes...? —pregunta en voz baja, sin poder ocultar el temblor en su pecho. —No todo es lo que parece. Trabajé hace años en la casa de su abuelo. Yo era ama de llaves. Pero antes de eso... serví en otra casa. En la de un hombre muy poderoso. Un millonario que murió misteriosamente tras caer por una escalera. Hera saca de su bolso una fotografía amarillenta. En ella aparece una mujer altiva, elegante, con un aura de misterio... y de peligro. Está junto al hombre que, según Hera, murió en circunstancias nunca aclaradas. —Ella estaba con él cuando ocurrió el accidente. Luego heredó todo. Meses después desapareció... y volvió a aparecer en la vida de su abuelo como si fuera otra mujer. Con otro nombre. Otra historia. Pero yo la reconocí... siempre lo hice. El corazón de Giselle late con fuerza. Siente que las piezas comienzan a encajar. Esa mujer, la cantante de ópera a la que siempre llamó abuela, podría no haber sido quien decía ser. Y peor aún... podría haber sido una cazafortunas. Una asesina serial. —¿Está segura de todo esto, Hera? —Lo estoy. Y hay más. Ella no está muerta. Se hizo pasar por muerta. Cambió de identidad. Está viva... en algún lugar del Caribe. Lo sé porque una amiga mía, también sirvienta, la vio hace tres años. Con otro nombre. Otro rostro. Pero la misma mirada. Giselle siente que la tierra se tambalea bajo sus pies. —Necesito saber toda la verdad, Hera. Ayúdame a descubrirla. Porque siento que... todo esto tiene que ver conmigo. Con lo que estoy viviendo. Con lo que el libro me está mostrando. Hera asiente. Saca una pequeña libreta del bolso y la pone en las manos de Giselle. —Aquí escribí todo lo que recuerdo. Nombres. Lugares. Fechas. Sospechas. Comencemos por ahí. Pero tenga cuidado... esa mujer no se detiene fácilmente. Giselle guarda la libreta como si fuera un mapa sagrado. Ya no hay marcha atrás. El pasado ha comenzado a hablar... Y su voz no puede ser silenciada. (Continuará...)
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Amor eterno poema de Marta Digat
08/02/2025
marta vazquez digat
¨Amor eterno poema¨ Compositora y poeta Marta Digat Si la luna la aurora y los ocasos Si la infinita noche constelada Ha de alumbrar desnudo tu regazo Cuando incauto descanses en la almohada Si un rayo de luna enamorada al mirarte Mis ojos asoman es el caudal de amor Que me rebaza y al querer contenerlo brota Si he de mirar el sol saliente, deslizarse por Las trenzas de la aurora, escuchando el Reloj que lentamente va marcando sigiloso la hora Si la alborada me sorprende desvelada contemplando Tu rostro enajenada, es tu silueta que me tiene hipnotizada Con el embrujo de tu piel hidrolatada , si ha de morir el día Y la noche, si ha de morir las rosas disecadas Si el pasto verde perecerá en invierno, y las hojas Se caerán en el otoño, si los retoños de tu pelo Encaneciendo ha de platear tu negra cabellera Si nuestra juventud será una quimera y nuestro Amor será una utopía, si ha de llegar el día en que hacernos El amor será un espejismo, si ha de cambiar nuestra apariencia Si nuestra mente no tendrá conciencia Si nuestra juventud será una quimera y nuestro amor será Una utopía si ha de llegar el día en que hacernos el amor Sea un espejismo, si ha de cambiar nuestra apariencia Si nuestra mente no tendrá conciencia, si nuestro amor Sera un mito, si hemos de partir un día al viaje que no Tiene regreso, quiero que me lleves junto a ti a la fosa Si la flor de nuestra carne se deshoja, si en polvo Hemos de convertirnos un día, en nuestra lapida escrito Habrá una leyenda, más allá de la vida te seguiré amando Si la alborada me sorprende desvelada contemplando tu rostro Enajenada es que en vida junto a ti nada me falta
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Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Me quedé pensando en sus palabras, en ese nombre que nunca quiso decir. Esa noche, antes de irme al hospital, volví a mirar una foto antigua del abuelo. En su mano, sostenía una rosa... Y junto a él, una mujer muy parecida a Aurora, pero más joven. ¿Podría ser ella? ✨ Continuación – Capítulo 4: Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973 Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción?
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