Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)
08/07/2025
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible

Autora: Marta Digat

(Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)

La niebla del Gran Canal acariciaba los adoquines como un velo de seda humedecido por el tiempo. Góndolas silenciosas se deslizaban entre las sombras, mientras las luces titilantes de las lámparas de aceite reflejaban sus secretos en las aguas turbias.

La ciudad de los suspiros...

La ciudad donde las máscaras ocultaban más que rostros: ocultaban historias, pasiones… y heridas no sanadas.

Giselle abrió los ojos en medio de la visión. Ya no era ella. O quizá sí… en otra forma, en otro tiempo. Su cuerpo era joven, sus manos delicadas, y en su corazón latía un nombre que no podía pronunciar sin estremecerse: Lorenzo.

Era una noble italiana, hija de una de las familias más influyentes de la República. Criada en palacios de mármol y educada en los secretos del arte, la música y la política. Pero su alma… su alma pertenecía a un pintor.

Lorenzo di Bruni.

Un artista sin títulos, sin fortuna, pero con la mirada más intensa que jamás había contemplado.

Él la había visto… de verdad.

No como la “prometida” de un conde, no como la hija de un senador, sino como un alma desnuda, con anhelos que ardían más que los candelabros del salón principal.

Su retrato… fue el comienzo.

El día en que posó para él en secreto, sellaron una historia destinada a la tragedia.

Porque en Venecia, en 1495…

El amor tenía precio.

Y la traición, consecuencias.

Giselle —o Isabella, como se llamaba en aquella vida— debía elegir entre la seguridad de un apellido… o el vértigo de un amor que desafiaría a toda una ciudad.

Y mientras la pintura cobraba vida en el lienzo, también lo hacía la sombra que intentaría separarlos para siempre.



(Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)

Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia.

Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro.

Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio.

En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella.

Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible.

Desde entonces, no dejaron de buscarse.

Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache.

La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón.

Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda.

Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto.

—Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos.

Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación.

—¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos?

Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse.

El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez.

Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno.

Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia.

El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma.


Escena: “La noche del retrato prohibido”



Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra.

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Title Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)
Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible

Autora: Marta Digat

(Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)

La niebla del Gran Canal acariciaba los adoquines como un velo de seda humedecido por el tiempo. Góndolas silenciosas se deslizaban entre las sombras, mientras las luces titilantes de las lámparas de aceite reflejaban sus secretos en las aguas turbias.

La ciudad de los suspiros...

La ciudad donde las máscaras ocultaban más que rostros: ocultaban historias, pasiones… y heridas no sanadas.

Giselle abrió los ojos en medio de la visión. Ya no era ella. O quizá sí… en otra forma, en otro tiempo. Su cuerpo era joven, sus manos delicadas, y en su corazón latía un nombre que no podía pronunciar sin estremecerse: Lorenzo.

Era una noble italiana, hija de una de las familias más influyentes de la República. Criada en palacios de mármol y educada en los secretos del arte, la música y la política. Pero su alma… su alma pertenecía a un pintor.

Lorenzo di Bruni.

Un artista sin títulos, sin fortuna, pero con la mirada más intensa que jamás había contemplado.

Él la había visto… de verdad.

No como la “prometida” de un conde, no como la hija de un senador, sino como un alma desnuda, con anhelos que ardían más que los candelabros del salón principal.

Su retrato… fue el comienzo.

El día en que posó para él en secreto, sellaron una historia destinada a la tragedia.

Porque en Venecia, en 1495…

El amor tenía precio.

Y la traición, consecuencias.

Giselle —o Isabella, como se llamaba en aquella vida— debía elegir entre la seguridad de un apellido… o el vértigo de un amor que desafiaría a toda una ciudad.

Y mientras la pintura cobraba vida en el lienzo, también lo hacía la sombra que intentaría separarlos para siempre.



(Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)

Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia.

Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro.

Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio.

En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella.

Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible.

Desde entonces, no dejaron de buscarse.

Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache.

La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón.

Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda.

Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto.

—Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos.

Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación.

—¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos?

Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse.

El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez.

Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno.

Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia.

El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma.


Escena: “La noche del retrato prohibido”



Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra.
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Tags poemas romanticos, temas ineditos de marta digat, poemas de amor

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Entry date Aug 7, 2025, 8:02 PM UTC
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Author 100.00 %. Holder marta vazquez digat. Date Aug 7, 2025.


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