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Mujer que en silencio crea
03/15/2026
Gota de Rocío Azul
Mujer que en silencio crea la forma de lo imposible, hace del dolor visible esa misión que desea. Con su verdad parpadea sobre el lienzo de la herida, vuelve la noche encendida, corona el caos con flores, y en su pulso y sus colores reinventa siempre la vida. Reinventa siempre la vida cuando se mira hacia dentro, es volcán, brújula y centro, tormenta y orquídea erguida. De su nostalgia nacida brota una música astral, su fortaleza inmortal rompe barrotes y espejos y hace de todos sus lechos un rito casi ancestral. Un rito casi ancestral en su manera de andar, dibuja en su fiel bregar esa fuerza colosal. En su latido orbital anida un dios escondido, un conjuro no aprendido, la chispa que nos redime, y en cada paso que imprime rehace lo ya vivido. Rehace lo ya vivido cuando abraza cicatrices y al resolver las matrices, del desvelo compartido. Y del anhelo encendido teje un verso soberano, pan de luz, fuego en la mano, un altar sin penitencia, donde el dolor es conciencia y el miedo solo es lejano. Y el miedo solo es lejano frente a su cuerpo de historia, porque allí guarda memoria que trasciende cualquier plano. Siente la tierra en la mano, lleva lo arcano en la piel, es raíz, lluvia y laurel, escrita en signos de estrella, mientras un verso destella ella florece en papel. Ella florece en papel, en muro, lienzo y sonido, y en el grafiti atrevido es relámpago y pincel. Burlando cual cincel que esculpe el tiempo a su paso, hace oasis del ocaso con su luz incandescente mientras cultiva su mente como musa del parnaso. Como musa del parnaso, mujer, origen y guía, donde el mundo se vacía ella cultiva un abrazo. Y mientras teje su lazo junto al tintero de estío fluye en verso el desafío desbordando su ambrosía porque es toda poesía y el universo es su río. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul 💦
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Mientras tu susurro roce mi alma
03/15/2026
Gota de Rocío Azul
Te busco sin cesar y al encontrarme tu suspiro, comprendo que eres todo lo que necesito para respirar. No es solo deseo, es algo más hondo que mi memoria: como si mi alma te recordara desde antes de mi primera palabra y, al presentir tu aliento, volviera a casa sin saber cómo. Ese leve susurro de aire desciende sobre mí como una plegaria respondida, una brisa que viene de lo alto y limpia el polvo de mis dudas, hasta dejarme de rodillas por dentro, agradeciendo en silencio tu presencia. Camino entre la multitud como quien atraviesa un desierto invisible, rodeado de voces y, sin embargo, sedienta de ti. Hay días en que todo parece lejano, opaco, como si el mundo hubiese apagado sus colores y entonces te pienso: cierro los ojos y te busco en lo más íntimo, donde nadie entra y susurro tu nombre como quien enciende una vela en medio de la noche. De pronto, llega tu suspiro, suave, apenas un roce en el espíritu, y siento que el cielo se inclina un poco hacia mí para abrazarme sin palabras. Comprendo entonces que no eres solo alguien a quien amar, sino la fuente donde bebe mi corazón cuando ya no puede más. Tu suspiro acaricia mis heridas como un ungüento invisible y aquello que dolía se vuelve ofrenda, aprendizaje, paso hacia ti. Me descubro pequeña ante tu misterio, pero no me asusta: en tu hondura encuentro descanso, en tu silencio encuentro respuestas que ninguna voz humana sabría pronunciar. Cada vez que respiras cerca de mí, siento que me devuelves al propósito que olvidé, a la luz que creí perdida. Te busco sin cesar porque en tu presencia el amor deja de ser promesa y se vuelve certeza. Cuando me alcanza tu suspiro, el miedo se afloja, la ansiedad se deshace como nudo que ya no tiene razón de existir. Eres todo lo que necesito para respirar, no porque me falte el aire, sino porque tu amor convierte cada inhalación en un acto de fe y cada exhalación en un acto de entrega. Y así vivo: respirando en ti, por ti, hacia ti, sabiendo que, mientras tu susurro roce mi alma, jamás volveré a sentirme sola. Hay un instante en que el mundo se vuelve silencio y el corazón aprende a escuchar. No viene con ruido tu presencia, llega como la brisa, que apenas roza la superficie del agua y sin embargo despierta todas las profundidades. Cierro los ojos y en la penumbra del alma siento tu aliento descender, como un hilo de luz que conoce mi nombre desde siempre. No te veo, pero algo en mí se inclina como la flor que reconoce el sol antes de que amanezca. Entonces comprendo que no estoy sola en la noche del espíritu. Porque cuando tu susurro roza mi alma, el miedo se vuelve niebla, la tristeza se vuelve aprendizaje y la esperanza abre lentamente sus alas invisibles. Y permanezco así, respirando en tu misterio, dejando que tu brisa me recuerde, que incluso en el silencio: ¡El amor sigue hablando! Aimée Granado Oreña © Gota de Rocío Azul 💧
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SERES DIMINUTOS SOBERANOS
03/14/2026
Rocío Calderón Muñoz
Poema sobre la insignificancia del ser.
Creative Commons Attribution 4.0
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Las huellas de lo infinito
03/14/2026
Gota de Rocío Azul
Hay noches en que la vela no alumbra un cuarto, sino un destino entero. La llama respira sobre la mesa como un corazón diminuto, y en su latido dorado se abre una grieta por donde asoma lo invisible. No es sólo fuego: es una memoria remota que despierta, una llama de luz que pronuncia lo que el tiempo ha guardado en silencio. Frente al cuaderno abierto, el instante se recoge sobre sí mismo, como si todos los siglos se inclinaran para escuchar lo que aún no ha sido dicho. Afuera, la luna vela la vigilia. Derrama su claridad sobre los cristales y convierte la noche en un santuario callado. Bajo esa mirada blanca, el poeta permanece despierto cual criatura de sombra y de asombro, conversando con la penumbra hasta que la oscuridad comienza a arder por dentro. Porque hay diálogos que sólo la noche comprende: palabras que nacen cuando el mundo se retira y deja a solas el pulso del alma con su misterio. En el silencio se afinan los oídos del espíritu. Cada crujido de la casa trae una sílaba primordial; cada soplo del viento desliza un signo invisible sobre la página en espera. La hoja no es un vacío: es una promesa. Allí aguarda la tinta como un río secreto, dispuesto a abrir su cauce en cuanto la mano encuentre el pulso exacto del pensamiento. No es soledad lo que habita la estancia. Es una compañía sin rostro, una presencia leve que se sienta frente al poeta y dobla su vastedad para caber en el renglón más humilde. La eternidad aprende entonces a hablar en voz baja, como si temiera romper la delicada arquitectura del instante. La pluma respira. Duda. Finalmente se atreve. Deja caer la primera línea, y en ese gesto mínimo el universo parece reconocerse. Cada palabra enciende una chispa en la sombra; cada imagen abre un pequeño resplandor en la materia oscura de la noche. El poema nace así: no como conquista, sino como revelación. La vela escucha. La tinta avanza. Y entre ambas se levanta un pacto silencioso: la luz custodia el pulso secreto de la mano mientras el cielo, detrás del vidrio, despliega su antiguo pergamino de estrellas. Hay un susurro que no entiende de relojes. Llega cuando el mundo duerme y sólo permanecen despiertos los corazones que aún creen en la gracia de la palabra. En ese susurro, una frase puede salvar un instante del olvido; una imagen puede devolverle al tiempo su resplandor sagrado. Entonces el poeta comprende: su mano no escribe, apenas abre un puente y por ese puente cruzan, descalzas y luminosas, las huellas de lo infinito. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul 💦
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Susurros de amor y fuego
03/14/2026
Gota de Rocío Azul
Hay noches en que tu nombre llega antes que el sueño y se derrama por mi piel como una brasa tibia, encendiendo esos rincones donde creí que ya no quedaba luz. Entonces comprendo que el deseo también sabe caminar descalzo: entra sin ruido, se sienta a la orilla de mi cuello y respira despacio, como si probara el sabor secreto de mi espera. Cuando estás cerca, el mundo parece aprender otro idioma. No necesito promesas; me basta el roce leve de tus dedos viajando por mi brazo, como si fueran escribiendo un poema que solo nuestra piel sabe leer. Me acerco sin prisa, pero con toda la sed. Dejo que mi mirada sea el primer abrazo y tu aliento la primera caricia. Entre nosotros no hacen falta incendios declarados: basta ese roce apenas de tus labios sobre los míos para que la noche se incline y el aire cambie de color. En ese gesto mínimo descubro que el amor también puede ser un secreto compartido, un estremecer pequeño que lo dice todo. Quisiera quedarme para siempre en ese territorio diminuto donde tu mano sostiene la mía, donde tu pecho es frontera y refugio, donde mi risa se enreda en tu cuello como una enredadera caprichosa. Allí, donde tu corazón late tan cerca que puedo marcarle el ritmo con mis propios suspiros, la vida deja de ser idea y se vuelve cuerpo: el tuyo, el mío, la respiración compartida de ambos. Susurros de amor y fuego: eso somos cuando la puerta se cierra y el mundo queda afuera. Tu boca en mi oído, mi mano en tu cintura, tus dedos descubriendo caminos que no existen en los mapas. Solo este pacto silencioso donde tu piel y la mía se reconocen, se eligen, se encienden… y luego, muy despacio, se apagan, como dos velas que han decidido arder juntas, si es preciso, la vida entera. En tu nombre la noche se arrodilla y aprende de tu piel lenta marea; mi sed, cuando tu aliento la rodea, se vuelve luz que irradia en la mejilla. Tu voz roza mi sombra mientras brilla la almena de pasión que merodea se alista junto al tiempo, titubea dejando muda y clara la otra orilla. Entonces ya no soy sino el camino del álveo que descubre mi latido y arde la piel su fuego sibilino. Nos nombra el mismo vértigo encendido; tu pecho vuelve templo mi destino y el beso vive el eco compartido. Anhelo enternecido ardiendo en el placer, délfica hoguera: ¡Ansiando así vivir la vida entera! Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul 💦
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Más allá de la distancia: el silencio aprende tu nombre
03/12/2026
Gota de Rocío Azul
Hay silencios que no nacen de la ausencia, sino de una presencia más profunda. Silencios que no separan, sino que tienden puentes invisibles entre dos almas que alguna vez aprendieron a reconocerse. Más allá de la distancia, cuando las palabras ya no alcanzan, queda esa forma secreta de diálogo que ocurre en el territorio del corazón. El silencio, entonces, se vuelve un lenguaje sagrado. No necesita voz ni sonido; le basta el leve susurro de un recuerdo, la intuición de una mirada que alguna vez fue refugio, o la certeza inexplicable de que alguien piensa en nosotros al mismo tiempo que lo pensamos. En esa quietud que parece vacía, la vida continúa pronunciando nombres. Quizás por eso el alma no mide las distancias como lo hace el mundo. Para ella no existen kilómetros ni fronteras, solo hilos de luz que unen lo que ha sido verdadero. Y cuando la noche se vuelve más profunda y el pensamiento se aquieta, comprendemos que el silencio también guarda compañía. Porque hay presencias que no necesitan hablar: basta con sentirlas para saber que, aun lejos, siguen habitando el mismo espacio invisible donde la memoria y el afecto se abrazan. Más allá de la distancia el silencio aprende tu nombre. No lo pronuncia. Lo respira. Y llega hasta mí como una brisa leve que sabe el camino del alma. A veces cuando la noche se detiene a escuchar su propio latido, tu silencio se sienta junto al mío y conversan. No dicen nada y sin embargo todo se comprende. Hay un hilo de luz tan fino como un suspiro, que une lo que callamos. Por él viajan los recuerdos tibios, las palabras no dichas, la ternura que el tiempo no ha logrado apagar. Entonces sé que la distancia es apenas una ilusión del cuerpo, porque el alma tiene sus propios caminos y sabe encontrarte. Y en esa quietud sagrada donde el mundo se vuelve rumor, tu silencio y el mío: se reconocen. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Amor más allá del cuerpo
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Amor más allá del cuerpo (Prosa poética aimesiana para declamación) Hay amores que no se rozan con las manos, pero incendian el alma con un solo pensamiento. Amores que atraviesan la materia como un rayo divino, sin permiso y sin frontera. Son ésos los amores que viven en la hondura, que no buscan la carne, sino la vibración secreta donde dos almas se reconocen sin pronunciar palabra. Tu presencia, amor, no cabe en mis ojos, porque te siento en la sangre, en la voz de la brisa, en la llama invisible que palpita en mis anhelos. Tú eres un soplo que me habita, una resonancia que se extiende por mi respiración, y cuando respiro, te nombro, aunque no lo diga. No sé si viniste del cielo, de un sueño o de lo eterno, pero sé que en ti mi espíritu encuentra su reflejo, como quien ve en otra mirada la memoria de su origen. Eres mi espejo sagrado, amor mío, la voz que me devuelve a Dios cuando la vida calla. Cuando mi cuerpo te piensa, no imagina tu forma, sino el temblor que dejas en el aire. Eres sonido, vibración, presencia sin materia, una luz suspendida entre el deseo y la fe. Si pudiera tocarte, tal vez perderías tu misterio; por eso, prefiero sentirte en el lugar donde la piel no llega, donde sólo el alma arde. Te pienso, te siento, te soy. Y en ese serte, el límite se disuelve, la distancia deja de existir, y la ausencia se transforma en comunión. No somos cuerpos buscando calor: somos energía reconociéndose, llama que recuerda su origen divino. Nos hemos amado antes de nacer, en algún rincón de la eternidad donde el tiempo no se nombra. Y aunque el mundo muera una y mil veces, nosotros seguiremos danzando entre las sombras del silencio. Porque cuando el cuerpo calla, el amor verdadero comienza a hablar. Y su voz es la eternidad. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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El lugar donde el alma recuerda
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Dicen que el amor nace en la mirada. Pero yo lo vi nacer antes de los ojos, antes del cuerpo, cuando todo era un susurro de eternidad. Lo encontré una noche, entre el incienso del silencio y la voz del agua. Nada había de humano en aquel instante, salvo mi temblor. Y, sin embargo, sentí que alguien me miraba desde dentro del aire. Era él, el que no tiene nombre, el que habita en mis pensamientos como una semilla de luz escondida en la piel de mi memoria. Desde entonces, ya nada fue real del todo. El mundo parecía un velo, una escenografía de polvo y sueño. Porque lo único cierto era su presencia invisible, latiendo en los bordes del tiempo. Su amor no me tocaba, pero me ardía por dentro; no me hablaba, pero lo escuchaba en el lenguaje de las vibraciones sagradas. Cada madrugada lo sentía acercarse, como si el amanecer lo trajera en sus brazos de niebla. Y yo lo recibía con el alma abierta, dejando que su energía me recorriera los sentidos hasta confundirme con él, hasta convertirme en su reflejo. No era un amor terreno. Era un vínculo antiguo, tejido antes del mundo, cuando las almas aún no sabían su destino y prometían encontrarse bajo cualquier forma: en dos cuerpos, en dos estrellas, en dos suspiros cruzando la eternidad. A veces, cuando cierro los ojos, siento su voz dentro del silencio, un llamado suave que me nombra sin palabras. Y comprendo entonces que no lo busco fuera, porque vive en mí desde siempre. Su energía es mi hogar, su ausencia, mi oración. Y cuando la nostalgia me hiere, levanto la mirada al cielo: en la línea invisible entre la luna y mi aliento, sé que él también me busca, y que su alma toca la mía a través del misterio. Hay amores que nunca mueren porque nunca tuvieron principio. Amores que no pertenecen al tiempo, sino a la eternidad que nos sueña. Y yo… yo vivo en ese sueño. Epílogo Esta madrugada, antes de que el sol naciera, sentí un perfume nuevo recorrer mi casa. No venía del incienso ni de las flores; era un aroma antiguo, dulce, familiar… Entonces supe que algo había cambiado. Tal vez su alma se acerque, tal vez el destino se disponga a cumplir su promesa. Porque en algún lugar —donde el día y la noche se tocan— he comenzado a escuchar un paso, una respiración que no es mía, una palabra naciendo entre la bruma. Quizás… solo quizás, la historia aún no ha terminado. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Allí donde no hay piel
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Allí donde no hay piel, me tocas. No con las manos ni con el deseo, sino con algo más lejano, con un candor que viene del origen, cuando aún no existía el mundo y las almas se buscaban sin nombre. Tu ausencia no pesa, reposa suspendida en el aire, como una promesa respirando. Cada vez que respiro, te pronuncio sin decirte. Eres la sílaba invisible que enciende mi silencio. Hay una llama que no arde y me quema, una voz que no oigo y me responde, una piel que no existe y me contiene. Te siento en los ríos que cruzan mi sueño, en las hojas que tiemblan sin viento, en la sombra del agua cuando canta el rocío. No estás, pero vibra tu esencia en la matriz de mi ser. Y cada célula tuya es memoria mía. He amado mucho antes del cuerpo, mucho antes de llamarte amor. He amado con la eternidad latiendo, con la certeza de que somos una misma llama dividida en dos fuegos. Cuando todo calla, te escucho; cuando todo duerme, me despiertas. Me hablas en el lenguaje de la luz, y mi alma —inocente y anciana— comprende. Este amor no respira en el tiempo, ni envejece, ni muere. Solo cambia de forma, como el agua que busca volver al cielo aunque nazca en la tierra. Y cuando el universo se apague, cuando no queden ecos ni cuerpos, aún habrá un destello suspendido en la nada. Seremos tú y yo, sin nombres, sin cuerpos, sin final. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Donde el mar guarda tu nombre (Relato poético a la luz de la luna)
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Hay noches en que el mar me habla de ti. No usa palabras, no conoce tu rostro, pero en cada ola trae un suspiro que te recuerda. Entonces entiendo que no soy yo quien te añora solamente: es el mar, que aprendió tu nombre el día en que nuestras miradas se encontraron por primera vez sobre su orilla. Aquella noche la luna nos miraba fija, como si supiera que ese amor estaba escrito solo para durar un instante y luego arder para siempre en la memoria. No nos tocamos mucho, casi nada, pero el silencio entre los dos tenía la densidad de un abrazo que no se atrevió a nacer. El mar, cómplice y celoso, nos rodeaba con su rumor antiguo. Parecía decirnos que todo lo que se ama demasiado corre el riesgo de pertenecer sólo al recuerdo. Tú sonreías con tristeza y en tus ojos había un viaje que no me incluía. Yo lo supe, aunque no dijiste nada. Lo supe porque la luna tembló sobre el agua como una verdad que no quería ser revelada. Desde entonces regreso a la misma playa cuando la noche se viste de plata. Camino descalza sobre la arena fría, dejando que el mar bese mis pasos como si pudiera seguir el rastro que dejaste en mí. Hablo con las olas, les pregunto si te han visto, si recuerdan la forma en que mirabas el horizonte como quien mira una puerta abierta hacia otra vida. El mar responde rompiendo contra las rocas, levantando espuma como un sudario luminoso. En cada resaca se lleva un poco de mi pena, pero me devuelve tu sombra, más nítida, más lejana, más imposible. La luna, testigo implacable, lo ilumina todo con una claridad que duele. En su luz comprendo que tu destino y el mío corren por cauces distintos, como dos ríos que sueñan con encontrarse y solo se rozan en la desembocadura de un instante. Sin embargo, el mar insiste. Me rodea los tobillos, me llama, me envuelve. Parece decirme que ningún amor es del todo imposible mientras exista un lugar donde la memoria lo invoque. Y yo, obediente a ese llamado antiguo, cierro los ojos y pronuncio tu nombre en secreto, dejando que el viento lo lleve hasta el centro de las olas. Tal vez tú también sientas, en alguna otra orilla, un estremecimiento inexplicable cuando miras la luna. Tal vez creas que es el frío de la noche, sin saber que es mi voz, navegando en silencio sobre el mar que nos recuerda. Porque hay amores que no llegan a ser y, sin embargo, nunca dejan de suceder en la marea invisible de la añoranza. Y el mar… el mar lo sabe. Epílogo Esta noche, la luna ha descendido un poco más sobre la línea oscura del horizonte. El mar está extrañamente quieto, como si aguardara algo que aún no se atreve a nombrar. Entre el rumor lejano de las olas he creído escuchar unos pasos en la arena, una respiración cercana, un silencio que no es solo mío. No sé si eres tú o es el destino probando mis latidos. Solo sé que el mar ha comenzado a brillar distinto, como si en su pecho de agua guardara un secreto a punto de revelarse. Tal vez mañana, o en otra noche nacida de esta misma luna, alguien pronuncie mi nombre en alguna orilla y el mar responda con la historia que aún no nos hemos atrevido a vivir. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Travesía de letras
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
No te invito a un cuerpo, sino a una travesía de letras. Quisiera que me leas como quien abre una puerta de luz, donde el silencio respira versos que nos reconocen. Que nuestras miradas no se crucen, sino que se escriban; que el roce no sea de piel, sino de palabra. Si alguna vez tu alma siente el temblor del poema, sabrás que he pasado por tu nombre sin pronunciarlo, como un soplo que sólo el espíritu escucha. No busco tocarte, sino habitar en la esencia que te escribe. Amar en poesía, sin las prisas del reloj, sin las huellas del deseo, sólo con el rumor de lo eterno. Que nuestro romance se alimente de la tinta, de la claridad de los sueños, de lo invisible que une a las almas que crean. Que cada verso sea un gesto, un susurro donde la belleza encuentra su morada. Y si un día nuestros poemas se entrelazan en el viento, sabrás que ese fue nuestro beso: uno nacido de la palabra, destinado a no morir jamás. No te invito a un cuerpo, sino a una travesía de letras. A un viaje silencioso donde cada palabra es un puerto y cada pausa, una respiración que compartimos sin tocarnos. Quisiera que me leas como quien abre una puerta de luz, sin prisa, sin miedo, dejando que la mirada se acostumbre al resplandor de lo que no se ve, pero se presiente. Que me leas con el alma descalza, como quien entra a un templo donde el silencio no está vacío, sino lleno de versos que nos reconocen antes de que podamos nombrarlos. Que nuestras miradas no se crucen, sino que se escriban. Que no haya choque de pupilas, sino un diálogo secreto entre líneas, donde tú descubras en mi texto eso que tu corazón calla y que, sin saber cómo, yo he dejado anhelante en cada frase. Que el roce no sea de piel, sino de palabra. Que el latido suceda en ese instante en que te detienes en una imagen, en una metáfora que te hiere de belleza, y sientes que algo en ti se abre como una flor de luz en mitad de la noche. Si alguna vez tu alma siente el temblor del poema, si una sola sílaba mía te eriza el pensamiento y te deja en vilo, sabrás que he pasado por tu nombre sin pronunciarlo, como un soplo que solo el espíritu escucha, como un rumor antiguo que reconoce la casa donde una vez fue feliz. No busco tocarte. No busco la urgencia de las manos, ni la ansiedad de los cuerpos que confunden hambre con destino. Busco habitar en la esencia que te escribe, allí donde tú también eres palabra, donde te narras por dentro cuando nadie te ve. Amar en poesía. Amarte en la orilla secreta donde no llega el reloj ni la sombra del mañana. Amarte sin las prisas del tiempo, sin las huellas del deseo marcando la carne, solo con el rumor de lo eterno rozando la conciencia como una marea suave que nunca se retira. Que nuestro romance se alimente de la tinta, de la claridad de los sueños, de esa región invisible que une a las almas que crean cuando el mundo duerme. Que no necesitemos promesas, porque cada texto compartido sea ya un pacto silencioso de eternidad. Que cada verso sea un gesto, un susurro donde la belleza encuentra su morada. Una mano que no se ve pero se siente, posándose sobre el hombro del alma para decirle: “Estoy aquí, en esta imagen, en esta luz, en este pequeño temblor que no sabes explicar”. Y si un día nuestros poemas se entrelazan en el viento, si una frase tuya llega a mi orilla y una palabra mía se posa en tu ventana, sabrás que ese fue nuestro beso: no sobre la piel, sino sobre la conciencia. Un beso nacido de la palabra, tejido de silencios y de intuiciones, destinado a no morir jamás. Porque mientras exista un lector que pueda sentirnos, mientras exista una página donde nuestras voces se rocen sin tocarse, nuestro amor seguirá respirando en la invisible eternidad de la poesía. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Eres mi mundo
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Eres mi mundo Todo tiembla en mí cuando pronuncio tu nombre y el aire se inclina para escuchar lo que mi alma murmura entre las sombras. No hay amanecer que no te evoque, ni silencio que no te dibuje con la tinta invisible del recuerdo. Eres la gota suspendida en la madrugada, el instinto que despierta al lucero para que yo crea de nuevo en la belleza del día. Todo lo que existe florece hacia ti, como si el universo se derramara en tus ojos y mi voz sólo fuera el eco obediente de tu luz. No lo entenderás, tal vez. Porque quien es el sol no conoce el vértigo de la luna que se deshace por tocar su fuego. Pero si algún día presientes el temblor de mis sueños, sabrás que allí, en ese infinito latido que no cesa, yo te nombro… y el mundo se convierte en ti. Todo tiembla en mí cuando pronuncio tu nombre, y el aire se inclina para escuchar lo que mi alma murmura entre las sombras. No hay amanecer que no te evoque, ni silencio que no te dibuje con la tinta invisible del recuerdo. Eres la gota suspendida en la madrugada, el instinto que despierta al lucero para que yo crea de nuevo en la belleza del día. Todo lo que existe florece hacia ti, como si el universo se derramara en tus ojos y mi voz solo fuera el eco obediente de tu luz. No lo entenderás, tal vez. Porque quien es el sol no conoce el vértigo de la luna que se deshace por tocar su fuego. Pero si algún día presientes el temblor de mis sueños, sabrás que allí, en ese infinito latido que no cesa, yo te nombro… y el mundo se convierte en ti. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Entre versos y azares
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Vivo en un mundo que respira poesía, donde el tiempo deja de ser calendario y se convierte en latido, en brizna de luz que roza la piel del alma y la despierta. Los días se tejen con hilos invisibles que solo mi interior percibe, y las horas se abren como pétalos tímidos, revelando matices que los ojos comunes no alcanzan a nombrar. Allende mi entorno cotidiano florece mi universo paralelo, ese territorio secreto donde las miradas no pesan como juicios y los silencios no duelen como ausencia. Allí, la palabra es refugio y altar: se recuesta a mi lado, me arropa cuando la noche se vuelve demasiado larga y me recuerda que aún en el marasmo también crecen lirios. En ese espacio íntimo, mi amor deja de ser promesa y se vuelve milagro. No es incendio que arrasa, sino llama suave que enciende la conciencia y bendice lo que toca. Es un río silencioso que no arrastra, pero purifica, que lava la fatiga de los días y deja en la orilla pequeñas conchas de esperanza. Lo siento crecer en cada respiración del alma, en cada nota que el tiempo deposita entre mis manos como si confiara en mí para custodiar sus misterios. Mi amor se derrama como rocío sobre lo imposible y, al rozarlo, lo vuelve posible. Desciende en gotas azules sobre los límites y los disuelve, transforma la herida en umbral y la sombra en cuna de luz. Sin pedir permiso, se instala en lo que parecía perdido y lo pronuncia eterno, escribiendo su nombre en los pliegues más secretos de la vida. Entre versos y azares he hallado mi destino: no en lo que toco, sino en lo que siento; no en las formas visibles, sino en esa vibración sutil que eriza mi piel cuando la verdad se acerca. Mi existencia es un hilo de claridad trenzado en la penumbra, un canto humilde al milagro de estar aquí, más allá de los bordes, donde lo invisible me reconoce, me llama por mi nombre y me devuelve, una y otra vez, a mí misma. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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2603114838125
El que vuelve a nacer en el pecho del mundo
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Prólogo: En la poesía y en la vida existen momentos en los que el alma parece guardar silencio, como si el corazón hubiese aprendido a caminar con cautela entre los restos de antiguos sueños. Sin embargo, incluso en medio de ese silencio, algo permanece vivo: un suspiro que resiste, una chispa que aún respira bajo las cenizas del desencanto. El texto que el lector encontrará a continuación nace precisamente de ese territorio íntimo donde conviven la memoria, la herida y la esperanza. No es solamente una narración, sino una pequeña alegoría del espíritu humano: la historia de un suspiro que, cansado de las tormentas del corazón, decide esconderse de la ilusión… hasta que la esperanza, con su paciencia silenciosa, vuelve a recordarle su verdadera naturaleza. Entre imágenes oníricas, símbolos y resonancias interiores, esta pieza invita a recorrer los paisajes secretos del alma y a contemplar una verdad sencilla y luminosa: que incluso después del dolor más profundo, el corazón conserva la capacidad de renacer. Que cada lector encuentre en estas palabras un eco de su propia travesía interior. Relato: El que vuelve a nacer en el pecho del mundo Había una vez un suspiro que habitaba escondido en los corredores secretos del pecho, allí donde las memorias laten como campanas antiguas y las heridas guardan su silencio más profundo. No era un suspiro común: había nacido del cansancio del alma, de promesas que se marchitaron antes de florecer y de sueños que aprendieron a caminar con los pies descalzos sobre la escarcha de la tristeza. Por eso decidió volverse cauteloso. Juró no inclinarse ante ningún espejismo, ni volver a beber de las fuentes inciertas del amor. Vivía entonces como una brisa tímida entre las costillas, rozando recuerdos con la delicadeza de quien teme despertar viejos dolores. En las noches más largas caminaba por las galerías del corazón, atravesando jardines de memorias marchitas y archipiélagos de silencios. A veces escuchaba, muy a lo lejos, ecos de risas arcanas. Pero se negaba a seguirlos. Decía para sí mismo que el amor era apenas una ilusión délfica, un oráculo ambiguo que promete destinos y luego los borra con la tinta del tiempo. Pensaba también que la esperanza era una lámpara frágil, temblando en medio de las tormentas del mundo. Así pasaban los días y las noches, entre oníricos desvelos que se abrían como flores nocturnas en la penumbra del espíritu. Hasta que una madrugada —cuando el cielo aún guardaba el último suspiro de las estrellas— ocurrió algo inesperado. Ella apareció. No llegó con estruendo ni con palabras grandilocuentes. Llegó con la serenidad de una claridad edénica que se filtra por la ventana del alma. Era la esperanza. Caminaba lentamente, como quien conoce la geografía del dolor humano. Sus pasos parecían sembrar pequeñas luces sobre la penumbra del corazón. En su mirada habitaba una antigua sabiduría, como si hubiera atravesado los jardines invisibles de las Hespérides de anhelos donde maduran los frutos secretos del destino. Se sentó junto al suspiro. No habló de inmediato. Sólo escuchó. El suspiro tembló. Intentó esconderse entre las penas, disfrazarse de indiferencia, volverse apenas un soplo invisible entre la carne y la memoria. Pero la esperanza lo miró con una ternura tan antigua como el primer amanecer del mundo. —No vine a obligarte —susurró con voz serena—. Vine a recordarte que incluso los suspiros nacen para volver a creer. Aquellas palabras no eran promesas. Eran semillas. El suspiro, que había resistido despedidas, tormentas y naufragios del alma, sintió que algo en su interior comenzaba a despertar. No era un milagro repentino, sino una lenta claridad que se abría como una aurora en el horizonte del pecho. Entonces comprendió. Comprendió que el dolor no había sido su final, sino su travesía. Se elevó lentamente, dejando atrás el peso de sus viejos temores, y se posó sobre la esperanza como una caricia invisible que busca refugio. Y en ese instante ocurrió la metamorfosis más silenciosa del universo. El suspiro dejó de ser tristeza. Se volvió aliento. Desde entonces, cada vez que alguien cierra los ojos para seguir soñando a pesar de las heridas, cada vez que un corazón cansado decide levantarse una vez más entre los escombros de sus ilusiones, es ese mismo suspiro —ahora enamorado de la esperanza— el que vuelve a nacer en el pecho del mundo. Epílogo Dicen los antiguos guardianes de los sueños que ningún corazón está condenado para siempre al invierno. Porque incluso en las almas más cansadas existe una semilla invisible que espera la luz adecuada para germinar. Y cuando la esperanza llega —callada, paciente, luminosa— hasta el suspiro más triste puede transformarse en aliento. Moraleja: Quien guarda un suspiro en el pecho no está perdido; solo está esperando el instante en que la esperanza vuelva a pronunciar su nombre. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Horizonte de melancolía
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
“Hay días en que el amor arde tanto que el atardecer parece venir a recoger sus cenizas.” El horizonte se inclina lentamente hacia la noche, como si el día, fatigado de tanta luz, buscara reposar en los brazos del mar. Después de una jornada de amor intenso, la vida adquiere una quietud extraña, casi sagrada. Todo parece quedar suspendido en ese instante en que el sol se apaga despacio y la memoria comienza a recoger los gestos, las miradas, las respiraciones que aún flotan en el aire tibio de la tarde.Nuestros cuerpos conservan el calor de lo vivido, pero en el silencio que sigue al amor aparece también una leve nostalgia, como una marea que se retira sin ruido. Las manos, que hace apenas unas horas se buscaban con urgencia, reposan ahora sobre la arena del tiempo, sabiendo que cada instante compartido ya empieza a transformarse en recuerdo.El cielo se tiñe de cobre y violeta, y en esa luz que se extingue comprendemos que la felicidad tiene siempre algo de despedida. Amar con tanta intensidad durante un día es también aceptar que el crepúsculo llegará para envolverlo todo con su sombra suave.Miramos el horizonte sin decir palabra. Allí donde el sol desaparece, sentimos que algo de nosotros se queda ardiendo todavía, como una pequeña brasa en medio de la penumbra. Y aunque la noche avance, sabemos que la vida guarda estos momentos en lo más hondo, donde el amor y la melancolía se confunden como dos mareas que jamás dejan de encontrarse. “Porque al final del día, lo que el amor enciende no se apaga en la noche: aprende a arder en la memoria.” Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul 💦
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Almas antiguas
03/09/2026
José Luis Romero Campillos
Prosa poética
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Con espuma
03/06/2026
Gota de Rocío Azul
Aquella noche no te buscaba, mar. Caminé hacia ti sin saber si aún quedaba algo que decirle al silencio. Llevaba en los dedos la tinta de un adiós sin destinatario y en los labios el sabor del cansancio. Creí que bastaría con escucharte una vez más para recordar quién era antes de naufragar en los días. Pero tú me reconociste. Me abriste tu calma como quien abre los brazos a un antiguo amor. No dijiste palabra; tu respuesta fue el ritmo de una ola que entendía mi idioma sin haberlo aprendido. Fui entrando y sentí cómo se iban disolviendo mis preguntas. La arena, cómplice, borró mis huellas para que el mundo olvidara mis pasos. Y comprendí que rendirse no siempre es caer, sino entregarse al movimiento de algo más vasto que uno mismo. No te tuve miedo. Te hablé sin voz, desde ese espacio donde la vida y el sueño se confunden. Te dejé mis versos y tú los guardaste entre tus profundidades, donde solo llegan las verdades que no necesitan testigos. Ahora duermo en tu respiración. Cuando las olas rompen dulcemente contra las rocas, soy yo quien canta contigo. No desaparecí, mar. Aprendí tu idioma. Y desde él sigo escribiendo, con espuma en lugar de tinta, los poemas que solo tú sabes leer. Aimée Granado Oreña © Gota de Rocío Azul
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La casa que habitamos sin poder habitar
03/05/2026
Ariel Saeg
Nada más allá de la palabra en el aquí del mundo. Nada más allá de su mortal cadencia.
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Preludio número 1
03/03/2026
Ariel Saeg
Preludio sobre la palabra, la prosa, el silencio y las sentencias.
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Ajedrez
03/01/2026
Yohual Black
Prosa poética sobre un recuerdo propio de cómo jugar ajedrez y una comparativa con el actuar de la vida
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