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Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Me quedé pensando en sus palabras, en ese nombre que nunca quiso decir. Esa noche, antes de irme al hospital, volví a mirar una foto antigua del abuelo. En su mano, sostenía una rosa... Y junto a él, una mujer muy parecida a Aurora, pero más joven. ¿Podría ser ella? ✨ Continuación – Capítulo 4: Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973 Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción?
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Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Me quedé pensando en sus palabras, en ese nombre que nunca quiso decir. Esa noche, antes de irme al hospital, volví a mirar una foto antigua del abuelo. En su mano, sostenía una rosa... Y junto a él, una mujer muy parecida a Aurora, pero más joven. ¿Podría ser ella? ✨ Continuación – Capítulo 4: Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973 Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción?
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Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? *** Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: Agosto de 1973. Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? *** Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción? ¿Quién era esta mujer… y por qué su cuerpo lleva una marca que solo existe en mis sueños? *** Esa madrugada, por primera vez… Sentí que no estaba sola con los muertos. Había algo más. Una presencia. Un mensaje. Y yo… estaba destinada a descubrirlo.
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2410139788461
Elaboración de masa de hojaldre para volovanes
10/13/2024
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/B/elaboraciondem.pdf que le dije que le agradecía, pero que me parecía un trabajo superfluo porque yo me arreglo con cualquier cosita y con un huevo frito con patatas me quedo tan contento, y que masa de hojaldre para volovanes, pues para qué… – ¿Para qué, Lola, masa de hojaldre para volovanes? – Pues para hacer volovanes para rellenarlos de crema de gambas para rellenar volovanes; que también tengo que hacerla. Y echó una ojeada a su reloj y, en tono apremiante, a mí que dejara de importunarla con tontadas y fuese poniendo la mesa. – No necesito mesa — respondí —; sabe perfectamente que siempre que como en casa lo hago en la bandeja del Derby de Epsom. Y hoy, que apenas tengo hambre porque si no he ido al ministerio es porque tengo gripe… – Para cuatro — indicó. – ¿Qué cuatro? – Pues usted, su madre, su tía y el capitán. – ¿El capitán? – Sí — ella —, y no me quiera confundir. Hoy no ha ido al ministerio porque es sábado. Y su salud perfecta. Y la comida es especial, un poquito de ceremonia como si dijéramos, así que haga el favor de irse arreglando. – ¿Para celebrar que es sábado y mi salud perfecta? – Para recibir a sus invitados. No sea ganso. – ¿Me pongo el chaqué? — Pregunté con un punto de ironía. – No hace falta exagerar. Pero uno de los trajes buenos, y una corbata bonita, y los gemelos de su tía Luisa que, por cierto, se va a sentir un poquito dolida por no haber sido invitada para ocasión tan señalada. – ¿Y cuál es entonces la que viene? – Pues la del capitán ¿O es que no termino de decírselo? – Y dale con el capitán, Lola ¿De qué capitán habla? – Pues del barco ¿De qué capitán va a ser? – No sé de ningún barco, Lola, ni de ningún capitán… ¿Ha consultado su agenda? ¿Está segura de que hoy no es martes y que no tendría que estar en cualquiera de sus otras casas? – No es martes — replicó terca, abriendo el horno —, y donde tengo que estar es exactamente en esta cocina porque usted me pidió por favor, eso sí fue el martes, que viniera a preparar la comida por lo de… ya sabe, y me figuro que no tendré que ser yo quien lo ponga a usted al corriente de sus acontecimientos familiares, pero, si usted se empeña… – Me empeño. – Bien, pues se lo cuento. Aunque es usted un poquito exasperante — ahora debía de estar haciendo la crema, de gambas, y apretaba botones en la batidora — ¿O me va a decir que yo me he inventado lo de la (…)? – ¿La qué? – ¿Decía? — ella, parando la batidora. – Que se ha inventado, con el ruido de ese chisme no he podido entenderla, no sé qué… – Es justo lo que le estoy diciendo — apretó otra vez el botón y alzó la voz — ¡que no me lo he inventado! Y la volvió a parar. – No, si eso ya — yo — Pero que lo de la qué. Quiero decir. – Vamos a ver — ahora sacaba con una espátula la crema de la batidora y, con mucha pulcritud, la iba poniendo en un recipiente de cristal —; su tía, ¿no estaba de viaje? – Por las islas griegas, sí. – ¿Y en qué medio de trasporte viajaba? – Pues, si era un crucero, en un barco… ¿ Voy bien? – Estupendamente — colocó el recipiente con la salsa en la nevera, y la cerró. Y haciendo girar su muñeca estiró el índice y, señalando donde el dedo al buen tuntún quiso apuntar, agregó —: Pues de ese barco, de ese barco precisamente es capitán de navío el capitán de navío que viene a pedir la mano de su tía… lo ha entendido? – ¿La mano de mi tía? – Eso es — Y se chupó el dedo de salsa. Y se lavó las suyas al grifo. COLOCAR CASILLA Y DISTINTIVO; Y TERMINAR, SI A MI AMIGO LE PARECE UNA BUENA OCURRENCIA, (QUE LO ESCRIBO EN ROJO Y CON MAYÚSCULAS PARA QUE ME SALTE A LA VISTA Y NO OLVIDARME). Y SI A MI AMIGO NO LE PARECE BIEN, O EN VEZ DE VOLOVANES PREFIERE CROQUETAS, O QUE LOLA NO SE CHUPE EL DEDO, O QUE ME OLVIDE DE LA BODA Y DE MI TÍA Y DE SU ENAMORADO PRETENDIENTE (MEJOR) Y DE MI TRAJE BUENO, ME TENDRÉ QUE ACORDAR DE OLVIDARME DE TODO ESTE ASUNTO Y BORRAR ESTE ARCHIVO, O DE CAMBIARLE EL TÍTULO (QUE SERÍA EN TAL CASO “ACORDARME”) POR Elaboración de masa (sin hojaldre) para croquetas, de bacalao tal vez — que la señora de Ramírez (madre) estará encantada de que le pida un poco, que no sabe qué hacer ya con tanto por culpa del papel para envolverlo para el pingüino del marido y la papiroflexia —; Y, SI TODO FALLA, NO SÉ QUÉ EXCUSA TENDRÉ QUE INVENTAR PARA QUE MI TÍA SE AVENGA A QUE DE BODA NADA (TAN ILUSIONADA QUE ESTABA) SIN MONTARME UNA BRONCA U ORGANIZAR UN DRAMA. O ME LAS ARREGLARÉ, A LO MEJOR, PARA CASARLA (YA VERÉ CÓMO) CON EL VEJETE DEL DESCANSILLO (AUNQUE ELLA NO HABLA INGLÉS), QUE SI SE ME OCURRE CÓMO HACER PARA QUE...
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2406198311481
Un tema, al parecer, muy desagradable
06/19/2024
Don Acisclo
http://valentina-lujan.es/R/Versparamote.pdf Le dije que exageraba. Que yo nunca… Me había pedido años atrás y al cabo de unos cuantos sin vernos que le hiciese un favor de suma importancia para él, y ahora — quiero en realidad decir entonces, cuando nos encontramos y estuvimos hablando del asunto —, una vez hecho el favor, me reprochaba no sé qué deslealtades y me culpaba de haber traicionado nuestra amistad. Entonces fue cuando le respondí exageras, y él con muy malos modos replicó no exagero en absoluto. – Claro que sí. Lo que pasa es que cada cual recuerda las cosas como le conviene. – ¿Me conviene; me reporta algún tipo de felicidad o beneficio el recordarlas como fueron? – ¿Cómo fueron? – Lo sabes perfectamente. – Eso es verdad; con tanta claridad que te cuento si quieres, punto por punto y palabra por palabra, qué pasó y de qué hablamos. Y como se quedó callado mirando el cenicero con gesto hosco, di por hecho que asentía y empecé a hablar, desde el principio; desde el principio aunque — entendiendo que había supuesto igual que yo que no teniendo ya temas comunes de que hablar después de tanto tiempo nos limitaríamos a cruzar algunas frases huecas en aquella acera abarrotada de la Carrera de San Jerónimo y a seguir cada cual nuestro camino — me salté el saludo y un par de trivialidades referentes al tiempo, por cierto, muy lluvioso. – Tampoco te contaré — dije —, puesto que tú mismo podrás recordar un cenicero lleno de colillas y dos paquetes de tabaco vacíos iguales que estos —, que nos habíamos equivocado los dos y que nuestra conversación fue bastante más larga. Omití asimismo el contarle que, al cabo de un rato recibiendo empellones de los que caminando con prisas y paraguas abiertos proferían improperios o algún seco perdón dedicándonos miradas hostiles, ahí estábamos: sentados a una mesa de un Cofee & Shop y departiendo, con perfecta naturalidad, como cuando éramos amigos inseparables. – Y, como entonces — hablé al fin, contemplando recuerdo las partículas de polvo suspendidas en un rayo del sol, cegador casi, de aquella mañana de verano radiante —, tu conversación giraba en torno a lo que había girado siempre. Y como siempre yo trataba de seguirla preguntándome, como me había preguntado siempre, por qué era precisamente a mí a quien elegías sabiendo que en una cuestión tan importante para ti, y que tan por completo te absorbía, jamás había sabido ayudarte. – Porque, vamos a ver — te preguntabas, le dije, me decías, angustiado ante la amenazante impavidez del papel en blanco; lo cual era un desperdicio lamentable, y perdona que haga este pequeño inciso pero eso tiene que quedar claro, porque mi sensibilidad fue siempre nula para el lenguaje literario — ¿Qué puede escribir alguien a quien ni gusta la novela ni sabe abordarla, ni se considera capacitado para escribir un ensayo ni, menos aún, posee los conocimientos suficientes de alguna materia como para que no lo paralice el pudor a la hora de exponer y desarrollar cualquier tipo de teoría? – ¿No es una pregunta demasiado larga? – No lo sé… ¿Cuánto puede importar lo larga que sea si está bien entonada? – Está bien entonada, sí — admitió —; pero me parece, y perdona que insista, que es una pregunta demasiado larga para poderla recordar con tanta precisión al cabo de los años. – A mí también — reconocí —, pero así es exactamente como la hiciste; aunque, si prefieres que te la repita con alguna pequeña variación… – No. No es necesario. – ¿Seguro? – Seguro. – ¿Sigo entonces? – Sí. No me gusta la novela. – ¿No te gusta la novela —te pregunté incrédulo, le dije — después de toda la vida intentándola? – Por eso precisamente: estoy harto. No sé abordarla, termino de decírtelo; he empezado varias y me pierdo, no sé estructurar un argumento... divago, me confundo... – Pues con ese panorama lo tiene chungo alguien, pero… – ¿Alguien? – Sí, bueno… El que ni le gusta la novela ni sabe abordarla ni se considera capacitado para… ¿De verdad no quieres que te lo pregunte de otra manera? – No. Así está bien. – Pero si ese alguien — seguí, mirando distraído las botas mojadas de una joven, con vueltas de piel — no se puede quitar de la cabeza el ser escritor, a mí me parece que la novela no puede ser muy difícil. – Eso es lo que tú te crees — Gruñiste. – Pues el ensayo — sugerí, y traté de animarte —: El ensayo no puede resistírsele demasiado a alguien que...
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2404087587535
Introducción a las versaciones de un chupaplumas
04/08/2024
El aprendiz de regidor
https://valentina-lujan.es/versaciones/versacintro.pdf Le dije que exageraba. Que yo nunca… Me había pedido años atrás y al cabo de unos cuantos sin vernos que le hiciese un favor de suma importancia para él, y ahora — quiero en realidad decir entonces, cuando nos encontramos y estuvimos hablando del asunto —, una vez hecho el favor, me reprochaba no sé qué deslealtades y me culpaba de haber traicionado nuestra amistad. Entonces fue cuando le respondí exageras, y él con muy malos modos replicó no exagero en absoluto. – Claro que sí. Lo que pasa es que cada cual recuerda las cosas como le conviene. – ¿Me conviene; me reporta algún tipo de felicidad o beneficio el recordarlas como fueron? – ¿Cómo fueron? – Lo sabes perfectamente. – Eso es verdad; con tanta claridad que te cuento si quieres, punto por punto y palabra por palabra, qué pasó y de qué hablamos. Y como se quedó callado mirando el cenicero con gesto hosco, di por hecho que asentía y empecé a hablar, desde el principio; desde el principio aunque — entendiendo que había supuesto igual que yo que no teniendo ya temas comunes de que hablar después de tanto tiempo nos limitaríamos a cruzar algunas frases huecas en aquella acera abarrotada de la Carrera de San Jerónimo y a seguir cada cual nuestro camino — me salté el saludo y un par de trivialidades referentes al tiempo, por cierto, muy lluvioso. – Tampoco te contaré — dije —, puesto que tú mismo podrás recordar un cenicero lleno de colillas y dos paquetes de tabaco vacíos iguales que estos —, que nos habíamos equivocado los dos y que nuestra conversación fue bastante más larga. Omití asimismo el contarle que, al cabo de un rato recibiendo empellones de los que caminando con prisas y paraguas abiertos proferían improperios o algún seco perdón dedicándonos miradas hostiles, ahí estábamos: sentados a una mesa de un Cofee & Shop y departiendo, con perfecta naturalidad, como cuando éramos amigos inseparables. – Y, como entonces — hablé al fin, contemplando recuerdo las partículas de polvo suspendidas en un rayo del sol, cegador casi, de aquella mañana de verano radiante —, tu conversación giraba en torno a lo que había girado siempre. Y como siempre yo trataba de seguirla preguntándome, como me había preguntado siempre, por qué era precisamente a mí a quien elegías sabiendo que en una cuestión tan importante para ti, y que tan por completo te absorbía, jamás había sabido ayudarte. – Porque, vamos a ver — te preguntabas, le dije, me decías, angustiado ante la amenazante impavidez del papel en blanco; lo cual era un desperdicio lamentable, y perdona que haga este pequeño inciso pero eso tiene que quedar claro, porque mi sensibilidad fue siempre nula para el lenguaje literario — ¿Qué puede escribir alguien a quien ni gusta la novela ni sabe abordarla, ni se considera capacitado para escribir un ensayo ni, menos aún, posee los conocimientos suficientes de alguna materia como para que no lo paralice el pudor a la hora de exponer y desarrollar cualquier tipo de teoría? – ¿No es una pregunta demasiado larga? – No lo sé… ¿Cuánto puede importar lo larga que sea si está bien entonada? – Está bien entonada, sí — admitió —; pero me parece, y perdona que insista, que es una pregunta demasiado larga para poderla recordar con tanta precisión al cabo de los años. – A mí también — reconocí —, pero así es exactamente como la hiciste; aunque, si prefieres que te la repita con alguna pequeña variación… – No. No es necesario. – ¿Seguro? – Seguro. – ¿Sigo entonces? – Sí. No me gusta la novela. – ¿No te gusta la novela —te pregunté incrédulo, le dije — después de toda la vida intentándola? – Por eso precisamente: estoy harto. No sé abordarla, termino de decírtelo; he empezado varias y me pierdo, no sé estructurar un argumento... divago, me confundo... – Pues con ese panorama lo tiene chungo alguien, pero… – ¿Alguien? – Sí, bueno… El que ni le gusta la novela ni sabe abordarla ni se considera capacitado para… ¿De verdad no quieres que te lo pregunte de otra manera? – No. Así está bien. – Pero si ese alguien — seguí, mirando distraído las botas mojadas de una joven, con vueltas de piel — no se puede quitar de la cabeza el ser escritor, a mí me parece que la novela no puede ser muy difícil. – Eso es lo que tú te crees — Gruñiste. – Pues el ensayo — sugerí, y traté de animarte —: El ensayo no puede resistírsele demasiado a alguien que como tú sabe enlazar frases hábilmente, y plasmar sensaciones o sentimientos de forma en cierto modo filosófica, pero accesible y muy cercana... O eso oí asegurar alguna vez a amigos, de esos que entienden... – No. – No te digo un tratado sesudo; sólo un ensayo. – Que no. – ¿Por qué? – Porque... — Recapacitaste...
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Nota preliminar a las versaciones de un chupaplumas
02/17/2024
Mario Zurita
https://valentina-lujan.es/alicia/verchupanotpreli.pdf Le dije que exageraba. Que yo nunca… Me había pedido años atrás y al cabo de unos cuantos sin vernos que le hiciese un favor de suma importancia para él, y ahora — quiero en realidad decir entonces, cuando nos encontramos y estuvimos hablando del asunto —, una vez hecho el favor, me reprochaba no sé qué deslealtades y me culpaba de haber traicionado nuestra amistad. Entonces fue cuando le respondí exageras, y él con muy malos modos replicó no exagero en absoluto. – Claro que sí. Lo que pasa es que cada cual recuerda las cosas como le conviene. – ¿Me conviene; me reporta algún tipo de felicidad o beneficio el recordarlas como fueron? – ¿Cómo fueron? – Lo sabes perfectamente. – Eso es verdad; con tanta claridad que te cuento si quieres, punto por punto y palabra por palabra, qué pasó y de qué hablamos. Y como se quedó callado mirando el cenicero con gesto hosco, di por hecho que asentía y empecé a hablar, desde el principio; desde el principio aunque — entendiendo que había supuesto igual que yo que, no teniendo ya temas comunes de que hablar después de tanto tiempo, nos limitaríamos a cruzar algunas frases huecas en aquella acera abarrotada de la Carrera de San Jerónimo y seguir cada cual nuestro camino — me salté el saludo y un par de trivialidades referentes al tiempo, por cierto, muy lluvioso. – Tampoco te contaré — dije —, puesto que tú mismo podrás recordar un cenicero lleno y dos paquetes de tabaco vacíos iguales que estos —, que nos habíamos equivocado los dos. Omití asimismo que al cabo de un rato recibiendo empellones de los que caminando con prisas y paraguas abiertos proferían improperios o algún seco perdón dedicándonos miradas hostiles, ahí estábamos: sentados a una mesa de un Cofee Shop y departiendo, amigablemente, como cuando éramos amigos inseparables. – Y, como entonces — hablé al fin, contemplando recuerdo las partículas de polvo suspendidas en un rayo del sol, cegador casi, de aquella mañana de verano radiante —, tu conversación giraba en torno a lo que había girado siempre. Y como entonces yo trataba de seguirla preguntándome, como me había preguntado siempre, por qué era precisamente a mí a quien elegías sabiendo que en una cuestión tan importante para ti, y que tan por completo te absorbía, jamás había podido ayudarte. – Porque, vamos a ver — te preguntabas, le dije, me decías, angustiado ante la amenazante impavidez del papel en blanco; lo cual era un desperdicio lamentable porque mi sensibilidad fue siempre nula hacia el lenguaje literario — ¿Qué puede escribir alguien a quien ni gusta la novela ni sabe abordarla, ni se considera capacitado para escribir un ensayo ni, menos aún, posee los conocimientos suficientes de alguna materia como para que no lo paralice el pudor a la hora de exponer y desarrollar cualquier tipo de teoría? – ¿No te gusta la novela, después de toda la vida intentándola? – Por eso precisamente: estoy harto. No sé abordarla, termino de decírtelo; he empezado varias y me pierdo, no sé estructurar un argumento... divago, me confundo... – Pues con ese panorama lo tiene chungo alguien — dije, mirando distraído las botas mojadas de una joven, con vueltas de piel —; pero si ese alguien no se puede quitar de la cabeza el ser escritor, a mí me parece que la novela no puede ser muy difícil. – Eso es lo que tú te crees — Gruñiste. – Pues el ensayo — sugerí, y traté de animarte —: El ensayo no puede resistírsele demasiado a alguien que como tú sabe enlazar frases hábilmente, y plasmar sensaciones o sentimientos de forma en cierto modo filosófica, pero accesible y muy cercana...O eso oí asegurar alguna vez a amigos, de esos que entienden... – No. – No te digo un tratado sesudo; sólo un ensayo. – Que no. – ¿Por qué? – Porque... — Recapacitaste un momento y, entornando un ojo, preguntaste —: ¿Cuánto se ha escrito en torno a Don Quijote, por ejemplo? – Mucho, supongo. – Muchísimo — Abundaste — ¿Pero para decir qué? – Ya sabes que yo... – Pues cosas tales — hablabas mirando, con cierto interés, a la joven de las botas; que estaba dando un beso en la mejilla... Versaciones
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Nota
01/12/2024
Don Alcibíades
http://valentina-lujan.es/V/Nota1.pdf Nota Puesto que estamos en el Inicio entiendo que lo primero que debo hacer es mostrar el aspecto original de esta página, el que se supone o supongo yo al menos que tuvo que tener algún día y seguiría ofreciendo casi idéntico si no hubiera desaparecido, por un lado, y, por otro, si yo no hubiese llegado nunca a ella tan sólo por haber encontrado aquel cuadernito que... Pero lo encontré, ¿qué quiere que haga? ¡Ignorarlo! Se me acaba de ocurrir que pude ignorarlo y... bueno: "No he visto nada". Pero lo vi, en cuanto llegué, no a la página - que eso fue después - sino a esta casa; el cuadernito, cubierto de polvo, en uno de los estantes vacíos de una estantería blanca, sucia, renegrida, de escayola, feísima... Era un cuadernito muy delgado, en tamaño folio, que en la portada... Pero para qué perder el tiempo en describírsela pudiendo enseñársela. Mírela, esta es. La ilustración, de trazo tan infantil, y el hecho de que estuviera impreso en letra muy grande me hicieron suponer, en aquella primera ojeada que le dediqué, que se trataría de un cuento para niños. Pero... ¡Qué título tan estrafalario!, pensé según lo depositaba de nuevo sobre la estantería polvorienta que... ¿No deberías limpiarla un poquito?, me pregunté. Me contesté que ya lo haría, cuando estuviera instalada, y me dediqué un rato a fumar cigarrillos paseando, de pared a pared, echando la ceniza al suelo y cuenta de si iba yo a tener tantos cuadros para tapar todas las marcas que habían dejado los del propietario anterior... ¡Qué titulo tan estrafalario! Así que, como el camión de la mudanza no llegaba, terminé poniéndome las gafas y sentándome en el suelo y... Bueno, te leeré, aunque sea; y leí , enterándome así de que existía, o había existido alguna vez, esta página web... Mira: ha rimado. Pensé ¡vaya bobada! - del cuaderno, claro - y lo volví a poner en el estante; y encendí otro cigarrillo, y luego otro, paseando, de pared a pared; y seguí echando la ceniza al suelo y cuentas de si iba yo a tener tantos cuadros para tapar tantas marcas porque... ¿Qué otra cosa podría hacer? Dediqué un buen rato a cavilar la forma de ingeniármelas para pensar en otra cosa; discurrí tanto que, lo recuerdo con claridad pese a haber pasado tantos años, hubo incluso un momento en que llegué a desear fervientemente tener una escoba, una sencilla y vulgar escoba para barrer tantas colillas desperdigadas por el suelo porque, aparte de que con la radio, o con mi ordenador, por supuesto que ni soñar, la habitación empezaba a estar hecha una cochambre pero, consideré, tampoco tenía cubo de la basura ni router para poderme conectar a Internet… “¿Qué otra cosa podría hacer?”. Creo que me empecé a poner nerviosa, a impacientarme; y sé que me puse de pie y miré por la ventana y vi el cielo azul con alguna nube que tapaba el sol y, al poco, la nube se movió y el sol entró hasta la pared de enfrente y pensé necesitaré unas cortinas y, cada vez más irritada al filo casi de la histeria, que si es que los cigarrillos se me tenían que terminar también. Sonó el móvil. Sentía tal ansiedad porque algo, lo que fuese, pusiera fin a aquella sensación de algo tan parecido a la impotencia que me abalancé sobre el bolso tirado en un rincón y lo busqué, el móvil, afanosamente, pero cuando logré... ... Y ahora voy y me encuentro, sin saber ni cómo ni de dónde sale, a esta individua de la manecita que se perdía, para mí y para el mundo y para todo, sin dejar el menor rastro aquí. Esto es, lo digo de verdad, para volverse loca y marcharse a Australia y olvidarse de todo; pero no puedo marcharme porque aunque no se entere nadie una tiene su orgullo y tengo que seguir tirando el dado no sé si hasta que consiga entrar en el cielo o hasta que me muera porque — aquí se ve muy bien — la cosa está muy reñida y si por la circunstancia que sea me vuelvo a quedar en la mismita puerta y me sale un 6 ahí tengo esperándome a la calavera. Y es que el que inventó el jueguecito un poco de mala sombra sí que tuvo, que sólo con que la hubiese puesto en el 57 y no en el 58 sí que podías salvarte. Pero así no. Anda que, entre unas cosas y otras, vaya enfado y qué humor más malísimo que tengo. Papeles
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Elaboración de masa de hojaldre
08/19/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/elabordem.pdf que le dije que le agradecía, pero que me parecía un trabajo superfluo porque yo me arreglo con cualquier cosita y con un huevo frito con patatas me quedo tan contento, y que masa de hojaldre para volovanes, pues para qué… – ¿Para qué, Lola, masa de hojaldre para volovanes? – Pues para hacer volovanes para rellenarlos de crema de gambas para rellenar volovanes; que también tengo que hacerla. Y echó una ojeada a su reloj y, en tono apremiante, a mí que dejara de importunarla con tontadas y fuese poniendo la mesa. – No necesito mesa — respondí —; sabe perfectamente que siempre que como en casa lo hago en la bandeja del Derby de Epsom. Y hoy, que apenas tengo hambre porque si no he ido al ministerio es porque tengo gripe… – Para cuatro — indicó. – ¿Qué cuatro? – Pues usted, su madre, su tía y el capitán. – ¿El capitán? – Sí — ella —, y no me quiera confundir. Hoy no ha ido al ministerio porque es sábado. Y su salud perfecta. Y la comida es especial, un poquito de ceremonia como si dijéramos, así que haga el favor de irse arreglando. – ¿Para celebrar que es sábado y mi salud perfecta? – Para recibir a sus invitados. No sea ganso. – ¿Me pongo el chaqué? — Pregunté con un punto de ironía. – No hace falta exagerar. Pero uno de los trajes buenos, y una corbata bonita, y los gemelos de su tía Luisa que, por cierto, se va a sentir un poquito dolida de no haber sido invitada para ocasión tan señalada… – ¿Y cuál es entonces la que viene? – Pues la del capitán ¿O es que no termino de decírselo? – Y dale con el capitán, Lola ¿De qué capitán habla? – Pues del barco ¿De qué capitán va a ser? – No sé de ningún barco, Lola, ni de ningún capitán… ¿Ha consultado su agenda; está segura de que hoy no es martes y que no tendría que estar en cualquiera de sus otras casas? – No es martes — replicó terca, abriendo el horno —, y donde tengo que estar es exactamente en esta cocina porque usted mi pidió por favor, eso sí fue el martes, que viniera a preparar la comida por lo de… ya sabe, y me figuro que no tendré que ser yo quien lo ponga a usted al corriente de sus acontecimientos familiares, pero, si usted se empeña… – Me empeño. – Bien, pues se lo cuento. Aunque es usted un poquito exasperante — ahora debía de estar haciendo la crema, de gambas, y apretaba botones en la batidora — ¿O me va a decir que yo me he inventado lo de la (…)? – ¿La qué? – ¿Decía? — ella, parando la batidora. – Que se ha inventado, con el ruido de ese chisme no he podido entenderla, no sé qué… – Es justo lo que le estoy diciendo — apretó otra vez el botón y alzó la voz — ¡que no me lo he inventado! Y la volvió a parar. – No, si eso ya — yo — Pero que lo de la qué. Quiero decir. – Vamos a ver — ahora sacaba con una espátula la crema de la batidora y, con mucha pulcritud, la iba poniendo en un recipiente de cristal —; su tía, ¿no estaba de viaje? – Por las islas griegas, sí. – ¿Y en qué medio de trasporte viajaba? – Pues, si era un crucero, en un barco… ¿Voy bien? – Estupendamente — colocó el recipiente con la salsa en la nevera, y la cerró. Y haciendo girar su muñeca estiró el índice y, señalando donde el dedo al buen tuntún quiso apuntar, agregó —: Pues de ese barco, de ese barco precisamente es capitán de navío el capitán de navío que viene a pedir la mano de su tía… ¿lo ha entendido? – ¿La mano de mi tía? – Eso es — Y se chupó el dedo de salsa. Y se lavó las manos al grifo. – ¡Pero si mi tía es un callo! –Chist — Terminó de secarse las manos y se llevó el índice a los labios y, en voz baja — ¿O quiere que lo oiga Indalecio? – ¿Qué, que va a chivárselo? – Pues por qué no, con lo listo que es y tanto como habla. Y que ahora, entiéndase quiero decir “entonces” porque “ahora” yo estoy en otra parte y en otra historia y a saber dónde estará Lola, la disculpase — dijo, sin marcar más pausa que el punto (.) y tirando de la lazada de su delantal — pero tenía que marcharse. – ¿Sin haber terminado los volovanes? – El libro que está escribiendo no es de cocina — Respondió alzando la voz, que me llegó desde el pasillo mezclada con el repiquetear de sus tacones. Y, antes de que la puerta de calle se cerrase a su espalda (tuve que imaginar, porque no la veía), agregó que el resto era asunto mío. Pero no me preocupé — escribo —porque pensé que aquello era tan sólo otro fundido en negro, de esos que gustaba utilizar mi amigo y que ya había empleado la tarde en que, en la cafetería, Manolita se puso muy nerviosa porque un tipo musculoso amenazó con liarse a tiros si no aparecía de inmediato un abridor. – ¿Y qué pasó con él? — Mi madre, que hoy no se ha conformado con leer por encima de mi hombro sino que ha echado mano tan resuelta a los cuatro folios que llevo escritos y, tras leerlos bisbiseando (que no sé para qué hago una aclaración tan innecesaria cuando... Versaciones
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Consternada ante la perspectiva
08/15/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/consternada.pdf de quedarse sin empleo en una época en la que, para colmo, andaba embarcada en una hipoteca porque estaba ya hasta la coronilla, dijo, de compartir piso con un par de cajeras de supermercado y un físico nuclear que se pasaban la vida riñendo a ver a quién tocaba hacer el baño y fregar los platos; y se había comprado un pequeño apartamento que “ahora, por culpa de todos ustedes , no sé qué voy a tener que hacer para pagarlo” se puso de pie tras pronunciar su dolorida alocución plagada de tintes nostálgicos recordando ella cómo, proveniente de una pequeña capital de provincias de clima más bien frío y bastante lluvioso pero muy bonita con su magnífica catedral gótica, había llegado muy joven a la capital como quien dice con lo puesto huyendo del hogar familiar y de un padrastro lascivo que… Alzó en este punto la mano Sonia, impidiéndole con su gesto sereno terminar la exposición de unos hechos que intuía — y no es que se hubiese manifestado Sonia hasta el momento como persona intuitiva, o yo por lo menos no había reparado en ello; pero si ahora afloraba esta nueva faceta de su carácter entendí que sería prudente, para lo sucesivo, tenerla en cuenta — “pueden contener — dijo — detalles o pormenores escabrosos tal vez no muy aptos para ser escuchados por los niños” para, de inmediato y llevándosela a la cabeza, girarse hacia mí y en tono muy alterado increparme con que si es que no iba a ser posible hacer carrera de mí, y que si seguíamos en ese plan terminaríamos desquiciados y con los nervios hechos trizas, sin ser capaces de reconocernos siquiera no ya los padres a los hijos y estos a sus padres sino cada cual a sí mismo y a sus propias reacciones. – ¿O le parece coherente que me ponga — me preguntó enfadada — remilgosa y ¡oh, cielos, delante de los niños! cuando venimos de decir, de decirlo yo personalmente no hace ni cinco minutos, ¿que estos niños de ahora saben latín? – ¿Cinco minutos, Sonia — objetó su marido —cuando lo de la mariposa fue a primera hora de la noche y ya está, mira por la ventana tú misma y podrás verlo, empezando a clarear? Y que habían sucedido muchas cosas desde entonces y que se acordara, por ejemplo, cómo en Velázquez esquina con Jorge Juan tuvimos que cambiarnos de taxi porque un chiflado se saltó el semáforo y nos embistió… – No era Jorge Juan sino Villanueva — ella, que además de intuitiva comenzaba a revelársenos como buena observadora —; lo recuerdo perfectamente porque el coche nos embistió por la derecha. – Perdona, querida, pero no. Además… — se volvió Ramírez hacia mí —, ¿qué dice exactamente el manuscrito? – ¿Qué manuscrito? — Sonia, en tono sarcástico muy parecido al que emplease la tarde de las judías diciendo par de adorables querubines justo antes de, pasando sin solución de continuidad a un tono airado, gritarme hecha una furia “cantamañanas cursi del carajo” y dar, acto seguido, un portazo — ¿Qué manuscrito, Román, si no hay ningún manuscrito, si se lo está inventando todo… – ¿Me lo estoy inventando todo? — Repliqué en tono también sarcástico porque, entendí, el colocarme en su misma tesitura podría mantenerla a raya, a raya y no sólo a ella sino también al desarrollo de unos acontecimientos que, me terminaba de dar cuenta con enorme estupor, se me empezaban a escapar de las manos... ---- Polaco él, empleado como tantos centroeuropeos venidos a España por aquella época de peón en una empresa constructora, con el que tras conocerse chateando por internet y tomar un par de copas había entablado una relación sentimental y, juntos, habían alquilado un pequeño apartamento. Hipó, sonándose la nariz con un kleenex y despreciando el pañuelito que con tan buena voluntad e ímprobo esfuerzo el chico había centrifugado en atención a un abuelo que, y bien patente había quedado, ni merecía tantas contemplaciones ni había necesitado quizás nunca la colaboración del pequeño ni para entender ni para expresarse. Haciéndome sentir — ahora, no entonces — reconfortado porque “ésta es — me dije — mi Sonia”, la Sonia de la que yo solo (bueno, con alguna ayuda de mi amigo, claro) y con mi propio esfuerzo había logrado hacer una esposa, y una madre, y una nuera y, si las musas y la diosa Fortuna se ponían de acuerdo para no darme la espalda… Pero preferí, “ahora”, centrarme en lo que me estaba ocupando y no perderme en fantasías que, si sí me la daban, terminaría todo como el cuento de la lechera por culpa de, como decía mi... Versaciones
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Morras Crecidas, Vatos Presumidos
01/28/2021
Mauricio Loranca Cabrera Mauricio Loranca Cabrera , Mauricio Loranca Cabrera ,
* Uso comercial reservado para el autor original de la obra * LETRA: Anda a publicar una foto tras otra diciendo que sales fea más por mamar que por humildad, saca esa pose tan antinatural y que se vea el reloj que parece pero no es original "O sea cero mamona, pero igual no te pelo si no tienes dinero hasta debajo de la gorra" Que buen trato he? Cero mamón, pero aclaro que sólo quiero pasar un buen rato "¡Maldito machista!" y ahí va otra a la lista, desde el Instagram me agrada la vista y en persona eres bonita, la verdad, pero te pones especial no usas ropa que no esté ni en el stock de "remate" en una tienda Louis Vuitton y esos ojos que buscan billetes no los quitas ni con photoshop Y ahí mira nomas, chamaca básica, ahí directo vas a publicar en tus stories una foto genérica poniendo el día de la semana, oye, muchas gracias hermana Siempre olvido el día en que vivo aunque lo miro en mi celular, buena la intención, ya deja de gritar por atención. Morras crecidas, vatos presumidos, vienen en distintos tamaños, colores y humores, bueno, humores entre comillas, porque solo son buena onda con su flotilla Morras crecidas, vatos presumidos, no me mal entiendas no todos son ricos, algunos son tan normales como tu y como yo, sólo les gusta aparentar lo que no son Oye bro, mira mi iPhone, y mi reloj marca Casio, cuando vamos al antro? Por que tengo ganas de ir a ''bellakear'' y ver a cual morra me llego a jalar Porque tu sabes que somos los más codiciados, nadie nos llega a los talones, malditos gatos, si, somos morenos, llenos de acné pero con nuestra ropa Ralph lauren (pirata) somos los reyes de la noche y todas las mujeres desean nuestro derroche Vámonos a Bhura, Sonata o Mantra, el dinero sobra y la fiesta falta, nos tomamos una foto a media peda con la mano hacemos cualquier seña, nos tapamos la cara y ya somos los reyes de Monterrey, Guadalajara o cualquier lugar "cool" "Quién me acompaña a hacerme un tatoo?'' O a quién veo en el palacio de hierro? Qué papá me dio su tarjeta y luego dijo "Mhm... Si ... Dame un minuto... ¿Qué quieres?... Ah si, si, ten, ten, ten, si, si, te quiero, te quiero...'' Morras crecidas, vatos presumidos, vienen en distintos tamaños, colores y humores, bueno, humores entre comillas, porque solo son buena onda con su flotilla Morras crecidas, vatos presumidos, no me mal entiendas no todos son ricos, algunos son tan normales como tu y como yo, sólo les gusta aparentar lo que no son Hay una gran falta criterio, no encuentro diferencia entre ti siendo tan básico y un chamaco pedero Vas a decir que es pura envidia y la única que tengo es a la paciencia de tus padres por verte día a día, aunque no es tuyo te sobra dinero y te falta humildad o al menos la paciencia para no tener que mostrar siempre en instagram que tomas cerveza Light, un poco de ron y una botella de champagne cuál es el problema si papi lo paga todo? Con la black mastercard o directo de sus ahorros, eso es lo de menos Está de moda entre tu raza qué les mandas un WhatsApp, se reúnen en tu casa, graban 3 histories con un mic, bajaron de Internet un beat, tan sólo un par de clicks consigues unas chiks y con tu iPhone grabas el videoclip, y depende de cada quién pero en tus rimas clavas una de cada 10, hay que meter un compress, el producer hace copy paste, te pone al tempo en poco tiempo, ponle autotune, subelo a YouTube y ... se te olvidó el talento... Sólo escucha, men, ven te enseño Pasa aquí te puse una silla No te pido apuntes sólo mira Cómo se hace un buen doble tempo Atento no pierdo ni el aliento Escucha bien presta mucha atención No pienso repetir la puta lección Hasta cuento sílabas, no te miento Y aún me queda bastante aire Nada especial sólo práctica No voy a decir que soy de la calle No me agradas hermano, lo siento Y responderás en infinitivo Pero no compites a mi soneto (Y es neta es un soneto, deberías checarlo) Y sigo paciente veloz con la lengua y también con la mente ni me digas detente qué vengo potente y ando inspirado, mis pulmones ya son un motor aspirado Y ten cuidado con lo que vas a decir no será tan fácil qué me puedas corregir, haz algo mal y en mi siguiente rola te vas cagar mejor ni te muevas yo ya me voy la puerta ya sé donde queda, tu quédate y siéntate, no te preocupes ya vuelvo, primero voy a subir otro escalón directo a la cima, te soy honesto no sé cómo terminar esto pero mejor dejarlo así porque tarde o temprano vas a tener más de mi... SÍ
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El Laberinto Dibujado
07/03/2015
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Cuento
01/10/2009
Canción "Cuento"
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04/07/2022
Yo Jorge Vélez escribí este cuento narrativo.
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Puñaladas - cuento
05/25/2023
El cuento puñaladas es de mi autoría.
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12/30/2023
Cuento infantil
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