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Fotos por capitulo de la novela Susurros de amor
08/14/2025
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08/14/2025
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Reinos de Sueños y Magia Autoras Marta Digat y Giselle Digat Historias de Princesas, Aventura y Magia en el Mundo de la Fantasía
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Susurros de amor fotos
08/13/2025
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08/13/2025
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08/13/2025
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Capítulo 8 – Cartago, 146 a.C. “El templo y la espada” (Donde el amor desobedeció a los dioses) El sol se alzaba sobre Cartago como un dios furioso, tiñendo de rojo las columnas del templo. El incienso flotaba en el aire como una plegaria silente, y las vestales del culto a Tanit caminaban descalzas sobre losas ardientes, purificando su espíritu con cada paso. Ella se llamaba Amaranta. Era sacerdotisa del templo lunar, consagrada desde niña al misterio, al silencio… a la renuncia. Su voz solo se elevaba para entonar cánticos sagrados. Sus ojos, sin embargo, hablaban otro idioma… uno que ningún dios aprobaba. Porque cuando Lucius, centurión romano herido en batalla, fue llevado prisionero al puerto, fue a Amaranta a quien enviaron a curarlo. Y ella, al rozar su piel ensangrentada… reconoció su alma. No era un enemigo. Era él. El mismo que la había amado en sueños, en otras tierras, en otras tumbas. Su gemelo eterno. Los dioses exigían devoción. Roma exigía sangre. Pero sus cuerpos exigían volver a fundirse, como llamas que no saben vivir separadas. En una Cartago sitiada por la guerra, el templo se convirtió en cárcel. Y el amor, en traición. --- 🌄 Ambientación histórica y visual: Cartago, 146 a.C. (El esplendor antes de la caída) Cartago, la ciudad de los mil perfumes y los muros dorados, se alzaba majestuosa frente al mar Mediterráneo como una joya esculpida por los dioses. Las calles eran de piedra pulida, los techos decorados con mosaicos color esmeralda, y en los mercados flotaban aromas de incienso, dátiles, canela, mirra y vino dulce. Los mercaderes hablaban en múltiples lenguas: fenicio, griego, latín, egipcio… porque Cartago era un nido de culturas, un faro de riqueza y sabiduría. En lo alto de la ciudad, como custodios del destino, se alzaban los templos de Tanit y Baal, donde las sacerdotisas caminaban en círculos rituales, ungidas en aceites sagrados, mientras los cánticos se mezclaban con el batir de tambores y el crujir de antorchas. Era un tiempo de presagios. Los astros anunciaban tormentas, y desde el oeste, las naves romanas se acercaban con fuego en sus entrañas. El Senado cartaginés debatía con voz temblorosa, pero en los barrios más humildes, los corazones ya sabían: Roma no vendría a negociar… vendría a destruir. En medio de ese clima de tensión, el destino tejía en silencio una historia que nada ni nadie podría impedir: la historia de una sacerdotisa sagrada… y un centurión enemigo. --- 🌙 La vida secreta de Amaranta Sacerdotisa de Tanit, diosa lunar del amor, la fertilidad y la guerra Amaranta no era una mujer común. Desde los cinco años fue consagrada a la diosa Tanit, madre celestial y guardiana de la luna. Fue separada de su familia y llevada al templo, donde las niñas destinadas al sacerdocio eran entrenadas en la obediencia, el silencio y la contemplación. Al amanecer, Amaranta despertaba al sonido de los cuencos de bronce. Se bañaba en agua perfumada con pétalos de almendra y aceite de nardo. Su cuerpo era considerado un instrumento sagrado y debía mantenerse puro para servir a la diosa. Sus vestidos eran blancos o azul profundo, con bordados en forma de luna creciente. En la frente llevaba un círculo de oro como símbolo de su voto sagrado. Las mañanas eran de silencio ritual. Amaranta caminaba por los patios del templo esparciendo pétalos y humo de resina para purificar el aire. Luego, se reunía con las otras sacerdotisas para cantar himnos antiguos escritos en fenicio, entonados con voces suaves y rítmicas, casi como un trance. Las tardes se dedicaban a la sanación. Como hija de Tanit, debía atender a los heridos, dar consuelo a los moribundos, preparar ungüentos con lavanda, higos y vino caliente. Su mirada era tan serena que los soldados decían que bastaba verla para sentir alivio. Las noches eran tiempo de secretos. Bajo la luna, Amaranta meditaba en el santuario interior. Encendía lámparas de aceite y ofrecía una gota de su sangre sobre la piedra del altar. A veces entraba en trances inducidos por infusiones sagradas, y pronunciaba frases que no comprendía… como si hablara desde otra vida. Ninguna sacerdotisa debía amar. El amor humano era considerado una distracción. Pero Amaranta soñaba con un hombre que la abrazaba bajo una lluvia de fuego, y su piel ardía por un nombre que no conocía… Hasta que lo vio. Herido, atado, arrodillado… y supo que su vida sagrada jamás volvería a ser igual. --- 🌒 Escena: El encuentro en las sombras (Donde la luz tembló por primera vez) La noche había caído sobre Cartago con un silencio inquietante. En el puerto, los barcos dormían como bestias encadenadas, y las antorchas chispeaban contra el viento salino. Amaranta caminaba cubierta por una capa oscura, el rostro oculto por un velo de lino. El sumo sacerdote le había ordenado acudir en secreto a las celdas del fuerte militar, .
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Capítulo 4 – Susurros de amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. El sonido metálico rompe el silencio suave de la habitación. Son las 7:00 de la noche y la luz del atardecer se cuela tímidamente por las cortinas, pintando las paredes con tonos dorados y anaranjados. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo abierto sobre la almohada. El aroma a papel antiguo me envuelve como un susurro del pasado. Hoy comienzo a trabajar a las 12 de la noche. Esta semana me toca el turno de madrugada en el hospital, un horario que me ha acostumbrado a vivir en la frontera entre la noche y el día. Antes de alistarme, decido pasar unos minutos más en este espacio que siento como un santuario, rodeada de las cosas que me conectan con mi historia. Aurora me cuida desde niña y se encarga del hogar. Fue mi niñera, mi segunda madre, mi confidente. Ahora, de adulta, sigue a mi lado como una presencia constante. Es una mujer pulcra, cariñosa, y atenta, de manos suaves y mirada profunda. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, le confió mi crianza. Y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una cocinera maravillosa y una administradora impecable del hogar, pero más que eso, es el corazón que mantiene unida esta casa. Si volviera a nacer, en cualquier vida, elegiría que ella me cuidara nuevamente. Tal vez, en otras vidas, ya fue parte de mi familia… ¿una madre? ¿una hermana? No lo sé. Pero lo que sí sé es que tenemos un lazo profundo, de amor, confianza, respeto y complicidad. A ella le confío mis inquietudes, y ella, con dulzura, me comparte las nostalgias de su juventud. Recuerdo una tarde, cuando yo era niña, en que me llevó al puerto y me mostró cómo las gaviotas se lanzaban en picada sobre el agua. Me dijo que el mar guardaba secretos, y que las olas eran mensajeras que traían historias de otros tiempos. Yo no lo entendí entonces, pero ahora sé que Aurora hablaba de algo más que del océano. Una vez me confesó que se enamoró perdidamente de un famoso escritor. Nunca se casó. Dice que su corazón le pertenece a ese amor, aunque evita decir su nombre. Cuando lo recuerda, sus ojos se humedecen y sus manos buscan distraerse con cualquier tarea. Es un silencio que pesa, como si guardara un tesoro que nadie más debe tocar. Esta noche, mientras ordenaba algunas cosas antes de irme al hospital, decidí revisar de nuevo el libro de mi abuelo. Su cubierta de cuero está gastada, y las esquinas, redondeadas por el uso. Al abrirlo, algo sobresalía entre las páginas. Un papel suelto, manuscrito. Tinta sepia. Caligrafía elegante, cuidada, como si cada letra fuera una caricia. Lo sostuve entre mis dedos con cuidado, temiendo que se deshiciera. Al desplegarlo, un perfume tenue, mezcla de lavanda y madera vieja, se elevó en el aire. Era un poema. Y su dedicatoria era clara: para Aurora. Mi corazón latía más rápido mientras comenzaba a leerlo en voz baja, como si pronunciar las palabras en silencio fuera una forma de invocar el espíritu de quien las escribió. Amor eterno Poema del abuelo, dedicado a Aurora Si la luna, la aurora y los ocasos, si la infinita noche constelada, ha de alumbrar desnudo tu regazo cuando incauto descanses en la almohada... Si un rayo de luna enamorada, al mirarte, hace asomar mis ojos, es el caudal de amor que me rebasa, y al querer contenerlo... brota. Y si he de mirar el sol saliente deslizarse por las trenzas de la aurora, escuchando el reloj que marca sigiloso la hora... Si la alborada me sorprende desvelada, contemplando tu rostro, enajenada, es tu silueta que me tiene hipnotizada con el embrujo de tu piel iluminada. Si ha de morir el día y la noche, si han de morir las rosas disecadas... Si el pasto verde perecerá en invierno, y las hojas caerán en el otoño, si los retoños de tu pelo encanecerán plateando tu negra cabellera, si nuestra juventud será solo una quimera y nuestro amor, una utopía... Si ha de llegar el día en que hacernos el amor será un espejismo, si ha de cambiar nuestra apariencia, si nuestra mente perderá la conciencia, si nuestro amor será mito, y si hemos de partir al viaje sin regreso… Quiero que me lleves junto a ti, a la fosa. Si la flor de nuestra carne se deshoja, si en polvo hemos de convertirnos un día, en nuestra lápida quedará escrita la leyenda: “Más allá de la vida… te seguiré amando.” Si la alborada me sorprende desvelada contemplando tu rostro, enajenada, es que en vida, junto a ti, nada me falta. Al terminar, mis ojos estaban húmedos. No solo era un poema: era una confesión. Me imaginé a mi abuelo joven, escribiendo cada verso con el fervor de quien ha encontrado su razón de existir. Y vi a Aurora, recibiendo esas palabras en silencio, guardándolas como un relicario. Comprendí entonces que el amor verdadero no siempre
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Capítulo 11 – París, 1920 “La carta que nunca llegó” (Donde el destino se escondió entre sobres y silencios) La lluvia fina caía sobre los tejados de París como un velo de seda transparente, acariciando las chimeneas ennegrecidas y resbalando por los balcones de hierro forjado. Las gotas, al tocar el empedrado, dibujaban círculos concéntricos en los charcos que se formaban en la Rue de Rivoli. El aire frío traía consigo un aroma a castañas asadas y pan recién horneado desde una panadería de esquina, mezclado con el tenue olor metálico de las vías del tranvía mojadas. Juliette Moreau avanzaba bajo un paraguas negro, envuelta en un abrigo gris que apenas lograba contener el escalofrío que la recorría. No era el frío lo que calaba hasta sus huesos, sino la melancolía. Sus tacones, al golpear el suelo, producían un sonido hueco, como un metrónomo marcando el compás de una canción que nadie más escuchaba. París despertaba lentamente. Cocheros adormilados guiaban carruajes envueltos en vapor, los faroles de gas titilaban antes de apagarse, y vendedores de flores, con las manos entumecidas, ofrecían lirios y violetas a las damas que cruzaban las plazas. A simple vista, la ciudad parecía la misma de siempre, pero bajo esa apariencia intacta se escondían cicatrices invisibles. La Gran Guerra había terminado dos años atrás, pero sus ecos persistían en cada esquina: muros marcados por metralla, miradas que habían perdido la esperanza, mesas vacías en cafés donde antes reían los amigos. París estaba habitada por fantasmas, algunos visibles, otros encerrados en la memoria de quienes seguían respirando. Juliette había amado una sola vez, con la intensidad absoluta de quien cree que el amor es invencible. André Valois era su nombre. Poeta de manos finas, voz grave y mirada capaz de atravesar cualquier máscara. Se conocieron en la primavera de 1915, en el café “Le Papillon Bleu” de Montmartre, donde ella tocaba el piano. Él entró buscando refugio de una lluvia repentina, se sentó en una mesa cerca del escenario y escuchó, inmóvil, mientras ella interpretaba Clair de Lune. Al terminar, Juliette encontró, junto a la propina, un pequeño papel doblado: “Si tus notas fueran lluvia, yo sería el río que las recibe.” Desde entonces, no hubo día en que no se encontraran. Pasaron tardes enteras recorriendo las orillas del Sena, noches leyendo poesía en voz baja y mañanas en las que él se quedaba en silencio solo para mirarla tocar. Era un amor joven, pero con la hondura de los amores viejos. En 1916, André recibió la orden de partir al frente. La despedida en la Gare de l’Est quedó grabada en la memoria de Juliette como una fotografía eterna: el humo espeso del tren, pañuelos agitados por manos temblorosas, promesas dichas a gritos para vencer el ruido de las locomotoras. Él le juró volver. Ella le juró esperar. Las cartas comenzaron a llegar desde trincheras embarradas, escritas con letra apretada y manchadas de tierra. André hablaba de frío, hambre y noches interminables, pero también de París, de la vida que tendrían, del piano junto a la ventana y, siempre, de un pequeño dibujo al final: un loto azul. Hasta que un día, el correo se detuvo. Pasaron semanas, después meses. Nadie sabía nada. Los rumores decían que había desaparecido en la batalla del Somme. Juliette se aferró a la esperanza hasta que esta se convirtió en un peso insoportable. Pero entonces comenzaron los sueños. En ellos, Juliette ya no era Juliette. Era otra mujer: piel dorada por el sol, vestida con lino blanco, arrodillada junto a un río inmenso. Entre sus manos, un loto azul. Frente a ella, un hombre de ojos oscuros y sonrisa serena pronunciaba su nombre: Nefra. Ella lo llamaba Khaemwaset. Y antes de que todo se desvaneciera, él decía: —Si el destino nos separa, busca el río… en cada vida te dejaré un loto azul. Despertaba con el corazón latiendo como un tambor. No entendía quién era esa mujer, pero sentía que la conocía tan bien como conocía a André. Fue en el invierno de 1920 cuando el destino, silencioso y paciente, decidió romper su letargo. Juliette tocaba en un pequeño café de Montmartre, iluminado por lámparas amarillentas y envuelto en el humo de los cigarrillos. Entre el tintinear de copas y el murmullo de conversaciones, sus manos recorrían las teclas con una delicadeza casi sagrada. Al terminar una pieza, un anciano se acercó cojeando. Llevaba un abrigo gastado, un sombrero ladeado y un bastón que golpeaba el suelo con cada paso. Sus ojos tenían el color de la ceniza. En sus manos, un sobre amarillento. —Señorita Moreau —dijo con voz grave—, esta carta es para usted. Me la confiaron hace años, pero… nunca pude entregarla. Juliette lo miró sin comprender. Tomó el sobre con dedos temblorosos. El papel, frágil y quebradizo, conservaba todavía el perfume vago de la tinta antigua. Reconoció la caligrafía de inmediato. —¿De dónde…? —comenzó a preguntar.
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Capítulo 13 – Bajo la Lluvia en La Habana “Donde el danzón y la pólvora se encontraron bajo el aguacero” La Habana, 1957. La lluvia caía con furia sobre las calles empedradas, como si el cielo quisiera borrar en una sola noche todas las penas acumuladas de la isla. Las gotas golpeaban los tejados de zinc con un repiqueteo constante y corrían en pequeños ríos que se mezclaban con el aroma salobre del Malecón. El mar estaba embravecido, y cada ola que chocaba contra el muro arrojaba un aliento de espuma que se fundía con el aguacero. Alma Rodríguez corría descalza, con el vestido rojo pegado a su piel como una segunda capa. El agua empapaba su cabello negro, que caía en hebras pesadas sobre su espalda, y le nublaba la vista. Pero ella no se detenía. Los charcos salpicaban sus tobillos, y cada paso resonaba como un tambor en el silencio de las calles vacías. Al doblar una esquina, la música se filtró entre el rugido de la tormenta. Era un danzón, suave pero persistente, que escapaba por las ventanas abiertas del cabaret “El Lucero”. Dentro, el humo de los cigarros y el olor a ron aguardaban como un abrazo conocido. El calor interior chocó contra su piel helada en cuanto cruzó la puerta. Daniel estaba allí, en la penumbra, junto al piano. La luz de una lámpara colgante caía sobre su camisa blanca, mojada y ceñida al torso. Era joven y fuerte, pero sus ojos… sus ojos parecían llevar siglos encima. En ellos estaba la nevada de Moscú, un vals prohibido, la promesa no cumplida de otra vida. Alma lo supo sin entenderlo: no era la primera vez que lo encontraba. —Pensé que no vendrías —susurró él, mientras el pianista dejaba que las teclas dibujaran un danzón melancólico. —Siempre vengo —respondió ella, con la voz temblorosa por el frío y algo más—, aunque sea bajo la lluvia… o las balas. Se quedaron mirándose un instante que pareció eterno. Afuera, el aguacero seguía azotando los muros; adentro, el murmullo de las conversaciones flotaba como humo espeso. Entre canción y canción, se colaban palabras peligrosas: revueltas, arrestos, huida, batalla. Daniel no era un simple músico. A veces, cuando desaparecía entre actuaciones, no iba a descansar. Llevaba mensajes escondidos en las partituras, nombres y direcciones camuflados en las notas. Era un mensajero para los insurgentes, y Alma lo sabía. Y lo temía. Cada vez que lo veía salir por esa puerta, una parte de ella se preparaba para el peor final. Un mes atrás, en la madrugada, él había regresado con la camisa rasgada y olor a pólvora. No quiso contarle nada, pero ella se lo arrancó a pedazos: una emboscada, un amigo caído, una huida por callejones oscuros. Esa noche, sin hablar, él tocó para ella un bolero lento, como si con cada nota quisiera borrar la imagen de la muerte. Ahora, cuando el reloj marcó la medianoche, el danzón cedió paso a un bolero suave. Daniel se levantó, le ofreció la mano y la condujo al centro de la pista. Los demás siguieron bailando, ajenos o resignados al mundo exterior. La música parecía flotar en el aire, amortiguada por el golpeteo constante de la lluvia que se filtraba por el techo. Algunas gotas caían sobre los hombros de Alma, frías y eléctricas. Pero el calor de la mano de Daniel le devolvía la vida. Giraron lentamente. Sus cuerpos se movían con un compás antiguo, como si hubieran ensayado ese abrazo en muchas vidas. Ella cerró los ojos y dejó que su respiración se mezclara con la de él. —Si algo me pasa… —murmuró Daniel, rozando su mejilla—, prométeme que esperarás. Alma lo miró con una sonrisa triste. —Te he esperado toda mi vida —respondió, sin saber que hablaba de muchas vidas. Entonces, como un golpe seco en medio de la música, un estallido retumbó en la calle. No fue un trueno. Fueron disparos. El bolero se detuvo abruptamente. El pianista levantó las manos, las conversaciones se quebraron en gritos ahogados, y el caos empezó a crecer como un incendio. La puerta se abrió de golpe. Un hombre empapado entró corriendo. —¡Daniel! ¡Vámonos, rápido! —le gritó por encima del alboroto. Daniel no lo dudó. Se volvió hacia Alma y la besó. Fue un beso urgente, desesperado, de esos que parecen querer dejar el alma entera en el otro. —Llegaré primero… para esperarte —susurró contra sus labios, y se alejó sin mirar atrás. Alma intentó seguirlo, pero el cabaret se convirtió en una marea de cuerpos que huían. Tropezó con mesas, esquivó botellas rotas, sintió el olor acre de la pólvora filtrándose desde la calle. Cuando por fin logró salir, la calle estaba desierta. El agua caía a raudales, pegándole en la cara como si quisiera borrar cualquier rastro de él. Entre las luces difusas, creyó ver una sombra que corría hacia la esquina, pero desapareció. Se quedó allí, en medio de la calle inundada, con el vestido rojo empapado y el corazón latiendo en un compás roto. Miró hacia el cielo, dejando que la lluvia
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Capítulo 14 – La Médium y el Capitán “Cuando el destino habló a través de la voz de los espíritus” América colonial, 1789. La brisa cálida del Caribe se colaba por las ventanas abiertas de la casa de Isadora, trayendo consigo el aroma salobre del mar y el perfume dulce de las flores de jazmín que trepaban por las rejas del patio. El canto lejano de una cigarra se mezclaba con el murmullo constante de las olas rompiendo en la playa. En la penumbra del salón, iluminado por velas y lámparas de aceite, las sombras danzaban sobre las paredes mientras ella movía lentamente un mazo de cartas sobre una mesa cubierta por un paño bordado con símbolos antiguos. El murmullo rítmico de los tambores africanos que resonaban en la calle se entrelazaba con el tic-tac pausado de un reloj de péndulo, reliquia heredada de su abuela. Afuera, la ciudad portuaria vivía entre el bullicio y la tensión: comerciantes españoles descargaban barriles de ron y sacos de cacao en el muelle, mientras marineros ingleses, franceses y criollos intercambiaban mercancías, rumores y miradas desconfiadas. La Inquisición mantenía sus ojos en cada esquina, y las historias de hogueras y prisiones eran repetidas en susurros, como plegarias de advertencia. Isadora no era una mujer común. Desde niña había escuchado voces donde los demás solo encontraban silencio y visto rostros donde otros apenas distinguían sombras. Su don, bendición para unos y maldición para otros, la convirtió en consejera secreta de comerciantes, esclavos liberados, soldados y mujeres desesperadas por noticias de sus maridos en alta mar. Las visitas llegaban de noche, cuando las calles se vaciaban, para evitar miradas indiscretas. Esa tarde, mientras leía el agua en un cuenco de cristal, el aire en la habitación cambió. La llama de una vela parpadeó sin viento aparente. En el cuenco, la imagen fue tomando forma: un barco de guerra español, majestuoso y oscuro, avanzaba hacia el puerto con las velas tensas por el viento. En la proa, de pie como un centinela, un hombre de uniforme azul, porte erguido y mirada firme. Esos ojos… Isadora los conocía. No de esta vida, pero sí de otra. Un escalofrío le recorrió la espalda. Dos días después, el rumor corrió por la ciudad: un nuevo capitán había llegado con órdenes del virrey. Esa noche, cuando el cielo estaba cubierto de nubes y el aire olía a tormenta lejana, llamaron a su puerta. —Señorita Isadora, debo hablar con usted —dijo una voz grave. Al abrir, lo encontró allí: el capitán Sebastián de Ávila, alto, de hombros anchos, con el uniforme impecable a pesar del calor. La luz de la lámpara iluminó sus facciones y confirmó lo que ella ya sabía: aquel hombre no era un extraño. —Pase, capitán —dijo con serenidad, apartándose para dejarlo entrar. Él recorrió la estancia con la mirada, como un soldado evaluando terreno enemigo. Pero su voz, aunque firme, carecía de la dureza que Isadora esperaba. —Vengo con órdenes de investigarla por… brujería. Ella no se inmutó. Sirvió té de hierbas en dos tazas y se sentó frente a él. —Capitán, usted no ha venido aquí por el virrey —dijo suavemente—, sino por otra razón que todavía no se atreve a admitir. Sebastián frunció el ceño. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa, como si buscara negar lo evidente. Pero algo en la profundidad de su memoria empezó a agitarse. En las semanas siguientes, sus visitas se repitieron. Al principio, bajo el pretexto de continuar la investigación. Luego, sin excusas. Conversaban hasta altas horas: sobre el mar, sobre guerras lejanas, sobre sueños extraños. Isadora le habló de sus visiones: una Rusia nevada donde un vals prohibido marcaba su despedida, un cabaret en La Habana donde la pólvora y el danzón se mezclaban, un amor que siempre volvía con otro nombre. Al principio, Sebastián se reía. Pero las risas fueron cediendo a un silencio inquieto. Comenzó a soñar con los lugares que ella describía, a escuchar en su mente melodías que no había aprendido, a pronunciar en sueños un nombre que no recordaba despierto. Sin embargo, la sombra de la Inquisición crecía. Isadora escuchó rumores: espías vigilaban su casa, y un clérigo la había señalado en misa con un sermón sobre “mujeres que hablaban con el diablo”. Sebastián recibía cartas cifradas con órdenes cada vez más severas: debía entregarla para ser juzgada. Una noche, Isadora se sentó frente a su cuenco de cristal, con Sebastián a su lado. Entró en trance, y su voz, dulce habitualmente, se volvió grave y lejana: —Te van a ejecutar, Sebastián… antes de la próxima luna llena. Él no se apartó. Le acarició el rostro, como si quisiera grabarlo en su memoria. —Si ese es mi destino, que así sea… pero no dejaré que te toquen. Al amanecer, el ruido de botas y golpes en la puerta rompió la calma. Soldados irrumpieron, derribando muebles. Sebastián desenvainó su espada, bloqueando la entrada para darle tiempo a ella. —¡Corre! —gritó, sin apartar la vista de sus enemigos.
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Capítulo 15 – Las Marcas del Alma “Cuando el cuerpo recuerda lo que el alma nunca olvida” Houston, presente. La lluvia golpeaba los ventanales del apartamento de Giselle con un ritmo constante, casi hipnótico, como si el cielo quisiera recordarle que el tiempo nunca se detiene. Afuera, las luces de la ciudad se difuminaban bajo el agua, convirtiéndose en hilos dorados y rojos que parecían flotar en la penumbra. Adentro, el aire olía a café recién hecho y a papel viejo, una mezcla que siempre le traía paz… y esta noche, también un nudo en la garganta. El salón estaba cubierto de carpetas abiertas, fotografías descoloridas y cuadernos llenos de anotaciones. Había recortes de prensa amarillentos, páginas impresas con pinturas antiguas, y pequeños papeles escritos a mano con fechas y lugares. Giselle llevaba horas buscando un patrón, moviendo las piezas de un rompecabezas que no pertenecía a un solo siglo. La penumbra se interrumpía solo por la luz cálida de una lámpara de escritorio que iluminaba la mesa donde trabajaba. Llevaba un jersey ancho, los pies descalzos y el cabello recogido en un moño descuidado. Su mano izquierda descansaba sobre un álbum abierto, pero la derecha, casi de forma instintiva, se alzó hasta su hombro izquierdo. Allí estaba. El lunar alargado, la pequeña mancha oscura que había tenido desde que tenía memoria. Una figura extraña, como un cometa diminuto. Nunca le había dado importancia, hasta que las visiones comenzaron a repetirse con una coincidencia inquietante. En Cartago, lo vio en la piel dorada de la sacerdotisa Amaranta, cuando las antorchas iluminaban su hombro mientras recitaba plegarias a los dioses. En Venecia, Isabella lo lucía en la clavícula, visible bajo el escote de un vestido azul mientras posaba para un pintor. En la Rusia zarista, lo tenía la bailarina que se preparaba tras bastidores, mientras la nieve golpeaba los ventanales del teatro. En La Habana, Alma lo besaba cada noche antes de salir a bailar bajo la luz roja del cabaret. No podía ser una casualidad. Cerró los ojos. Por un instante, sintió el roce de unos labios sobre esa marca. No sabía de qué vida era el recuerdo, pero la calidez y el amor en ese gesto eran tan intensos que le cortaron la respiración. Decidida, tomó el álbum heredado de su abuela. Las tapas de cuero estaban gastadas y olían a madera vieja. Pasó las páginas lentamente, escuchando el susurro áspero de las hojas secas al moverse. Entre fotos familiares y retratos formales, apareció una imagen en sepia que le heló la sangre. Era una mujer vestida con ropa colonial, de pie en un balcón de hierro forjado. El encuadre capturaba apenas el cuello de su vestido, lo suficiente para que Giselle lo viera: la misma marca, en el mismo lugar. Se inclinó hacia la foto como si pudiera atravesar el tiempo y hablarle. Los ojos de aquella mujer tenían una serenidad que le resultaba familiar. No había nombre escrito, solo una fecha: 1871. Un escalofrío recorrió su espalda. La sensación era clara: esa mujer era ella. No quiso esperar. Esa noche, pese a la tormenta, llevó sus hallazgos al doctor Moczar. Lo encontró en su despacho, rodeado de libros y modelos anatómicos. El lugar olía a madera, tinta y polvo. —Giselle… ¿otra vez sueños? —preguntó él con una mezcla de cansancio y curiosidad, aunque sus ojos, como siempre, la estudiaban con atención. Ella no respondió con palabras. Abrió la carpeta que traía y comenzó a extender sobre la mesa las pruebas: retratos, fotografías, reproducciones de pinturas, fragmentos de manuscritos. En todos ellos aparecía la misma figura femenina con la misma marca en forma de cometa. Moczar tomó uno de los documentos más antiguos: un pergamino con una pintura egipcia. En él, una mujer de piel dorada vestida con lino blanco miraba hacia un horizonte pintado con pigmentos azules y dorados. En su hombro desnudo, pintada con precisión, estaba la marca. —Esto… —dijo él, y su voz, normalmente firme, sonó más baja— esto no es normal. Giselle sintió que se le aflojaban las manos. —Es la prueba de que siempre he sido yo —susurró—. Y que siempre he buscado al mismo hombre. El doctor la observó largo rato. Por primera vez, no intentó cambiar de tema ni sonrió con condescendencia. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en la mesa y dijo: —Si es cierto… entonces lo encontraremos. La frase se quedó flotando en el aire, como una promesa y una advertencia al mismo tiempo. Afuera, la lluvia arreciaba contra los ventanales. Adentro, el corazón de Giselle latía con un ritmo nuevo: mezcla de miedo, certeza y esperanza. Se recostó en la silla, cerró los ojos y dejó que las imágenes la inundaran. Vio manos distintas tocando esa misma marca. Vio un beso en una playa caribeña, una caricia en un palacio veneciano, un roce fugaz en un campo cubierto de nieve. En todas, el mismo sentimiento: te encontré… otra vez.
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Capítulo 16 – El Manuscrito Perdido “Cuando las palabras viajan a través de los siglos” Houston, presente. La noche estaba cubierta por un manto de nubes bajas que ocultaban la luna. La ciudad, vista desde el ventanal del apartamento de Giselle, parecía un mosaico de luces doradas y rojas que titilaban entre la neblina provocada por la lluvia. Las gotas golpeaban el cristal con un compás irregular, y en el interior reinaba un silencio profundo, roto únicamente por el zumbido lejano del refrigerador y el leve tic-tac de un reloj de pared. Giselle estaba inclinada sobre su escritorio, revisando unos informes forenses. La luz cálida de la lámpara creaba un círculo dorado sobre las carpetas abiertas, resaltando las fotografías y las páginas llenas de anotaciones. Afuera, el murmullo constante de la lluvia la mantenía en un estado de concentración casi hipnótico. Hasta que escuchó un golpe seco en la puerta. No era un timbre. No eran pasos. Era un único golpe, firme, y después… silencio. Se levantó despacio. El sonido de la madera crujiendo bajo sus pies contrastó con el murmullo apagado de la tormenta. Al abrir la puerta, el pasillo estaba vacío. Ni un vecino, ni un sonido lejano de ascensor. Solo el eco de la lluvia en las ventanas del edificio. En el suelo, frente a ella, había un paquete rectangular envuelto en papel kraft, atado con una cinta roja que parecía haber sido anudada con esmero. El agua de la tormenta apenas lo había tocado, como si hubiera sido colocado allí unos segundos antes. Su nombre estaba escrito a mano, en tinta negra. No había remitente. Lo recogió. Era más pesado de lo que imaginaba. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras cerraba la puerta tras de sí y caminaba hacia el escritorio. La cinta se deslizó con facilidad, como si realmente estuviera esperando ser abierta. El sonido del papel kraft rompiéndose resonó en la habitación como un susurro inquietante. Dentro, descansaba un cuaderno de cuero envejecido, cubierto por una fina capa de polvo. El cuero estaba agrietado en las esquinas y desprendía un aroma a papel antiguo, mezclado con algo más… un leve rastro salino, como si hubiera viajado cerca del mar. En la portada, grabado con delicadeza, estaba el símbolo que la hizo detenerse: la marca en forma de cometa. Sus dedos, temblorosos, recorrieron el relieve de aquel dibujo. Sintió un calor extraño en la yema de los dedos, como si al tocarlo hubiera despertado un recuerdo dormido. Cerró los ojos y, por un instante, no estuvo en su apartamento: estaba en una habitación iluminada por velas, escuchando el rumor del Atlántico golpeando un muelle de piedra. Abrió la primera página. La tinta estaba algo desvanecida, pero aún legible. Su corazón dio un salto cuando reconoció la caligrafía. No era similar a la suya. Era suya. Fechada en 1623, la primera línea decía: "Si mis manos vuelven a escribir estas palabras en otro tiempo, es porque la promesa aún no se ha cumplido." Se inclinó sobre el cuaderno, leyendo con avidez. El manuscrito narraba la vida de una mujer que no recordaba del todo, pero que reconocía en cada palabra: una curandera que vivía en un pequeño pueblo costero de Portugal. Las páginas hablaban del olor del romero secándose al sol, del sonido de las campanas de la iglesia, y de un marinero que partía en cada amanecer y volvía al anochecer con historias de mares lejanos. El amor entre ellos se tejía en gestos: una mano que rozaba la otra al pasar, una sonrisa compartida al final de una misa, un beso furtivo bajo las vigas del puerto. Pero en medio de esas páginas dulces, comenzaron a aparecer frases oscuras: advertencias sobre hombres que espiaban desde las sombras, sobre cartas interceptadas, sobre voces que le decían que él corría peligro. En las últimas páginas, la voz de esa mujer —su propia voz, siglos atrás— le hablaba directamente: "No confíes en quienes dicen protegerte. Él está más cerca de lo que imaginas, pero el peligro también." Giselle se detuvo. Releyó la frase varias veces, sintiendo que cada palabra se clavaba como un eco en el presente. Al final del cuaderno, doblado entre las hojas, había un mapa dibujado a mano. La tinta estaba desvaída, y el papel amarillento tenía manchas de humedad. Mostraba un barrio antiguo junto al mar. Reconoció la traza de las calles, las plazas pequeñas, los callejones estrechos. Lisboa. Junto al mapa, escrita en letras firmes, había una frase: "Allí encontrarás su nombre verdadero." El corazón de Giselle comenzó a latir con fuerza. Se recostó en la silla, sintiendo un vértigo extraño, como si las paredes de su apartamento se hubieran encogido. No estaba sola en esta búsqueda. Alguien más sabía lo que estaba intentando descubrir… y había decidido guiarla. O tal vez, advertirla.
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