Capítulo 13 – Bajo la Lluvia en La Habana “Donde el danzón y la pólvora se encontraron bajo el aguacero” La Habana, 1957.
08/13/2025
2508132766125

About the work

Capítulo 13 – Bajo la Lluvia en La Habana
“Donde el danzón y la pólvora se encontraron bajo el aguacero”

La Habana, 1957.

La lluvia caía con furia sobre las calles empedradas, como si el cielo quisiera borrar en una sola noche todas las penas acumuladas de la isla. Las gotas golpeaban los tejados de zinc con un repiqueteo constante y corrían en pequeños ríos que se mezclaban con el aroma salobre del Malecón. El mar estaba embravecido, y cada ola que chocaba contra el muro arrojaba un aliento de espuma que se fundía con el aguacero.

Alma Rodríguez corría descalza, con el vestido rojo pegado a su piel como una segunda capa. El agua empapaba su cabello negro, que caía en hebras pesadas sobre su espalda, y le nublaba la vista. Pero ella no se detenía. Los charcos salpicaban sus tobillos, y cada paso resonaba como un tambor en el silencio de las calles vacías.

Al doblar una esquina, la música se filtró entre el rugido de la tormenta. Era un danzón, suave pero persistente, que escapaba por las ventanas abiertas del cabaret “El Lucero”. Dentro, el humo de los cigarros y el olor a ron aguardaban como un abrazo conocido. El calor interior chocó contra su piel helada en cuanto cruzó la puerta.

Daniel estaba allí, en la penumbra, junto al piano. La luz de una lámpara colgante caía sobre su camisa blanca, mojada y ceñida al torso. Era joven y fuerte, pero sus ojos… sus ojos parecían llevar siglos encima. En ellos estaba la nevada de Moscú, un vals prohibido, la promesa no cumplida de otra vida. Alma lo supo sin entenderlo: no era la primera vez que lo encontraba.

—Pensé que no vendrías —susurró él, mientras el pianista dejaba que las teclas dibujaran un danzón melancólico.

—Siempre vengo —respondió ella, con la voz temblorosa por el frío y algo más—, aunque sea bajo la lluvia… o las balas.

Se quedaron mirándose un instante que pareció eterno. Afuera, el aguacero seguía azotando los muros; adentro, el murmullo de las conversaciones flotaba como humo espeso. Entre canción y canción, se colaban palabras peligrosas: revueltas, arrestos, huida, batalla.

Daniel no era un simple músico. A veces, cuando desaparecía entre actuaciones, no iba a descansar. Llevaba mensajes escondidos en las partituras, nombres y direcciones camuflados en las notas. Era un mensajero para los insurgentes, y Alma lo sabía. Y lo temía. Cada vez que lo veía salir por esa puerta, una parte de ella se preparaba para el peor final.

Un mes atrás, en la madrugada, él había regresado con la camisa rasgada y olor a pólvora. No quiso contarle nada, pero ella se lo arrancó a pedazos: una emboscada, un amigo caído, una huida por callejones oscuros. Esa noche, sin hablar, él tocó para ella un bolero lento, como si con cada nota quisiera borrar la imagen de la muerte.

Ahora, cuando el reloj marcó la medianoche, el danzón cedió paso a un bolero suave. Daniel se levantó, le ofreció la mano y la condujo al centro de la pista. Los demás siguieron bailando, ajenos o resignados al mundo exterior.

La música parecía flotar en el aire, amortiguada por el golpeteo constante de la lluvia que se filtraba por el techo. Algunas gotas caían sobre los hombros de Alma, frías y eléctricas. Pero el calor de la mano de Daniel le devolvía la vida.

Giraron lentamente. Sus cuerpos se movían con un compás antiguo, como si hubieran ensayado ese abrazo en muchas vidas. Ella cerró los ojos y dejó que su respiración se mezclara con la de él.

—Si algo me pasa… —murmuró Daniel, rozando su mejilla—, prométeme que esperarás.

Alma lo miró con una sonrisa triste.
—Te he esperado toda mi vida —respondió, sin saber que hablaba de muchas vidas.

Entonces, como un golpe seco en medio de la música, un estallido retumbó en la calle. No fue un trueno. Fueron disparos. El bolero se detuvo abruptamente. El pianista levantó las manos, las conversaciones se quebraron en gritos ahogados, y el caos empezó a crecer como un incendio.

La puerta se abrió de golpe. Un hombre empapado entró corriendo.
—¡Daniel! ¡Vámonos, rápido! —le gritó por encima del alboroto.

Daniel no lo dudó. Se volvió hacia Alma y la besó. Fue un beso urgente, desesperado, de esos que parecen querer dejar el alma entera en el otro.

—Llegaré primero… para esperarte —susurró contra sus labios, y se alejó sin mirar atrás.

Alma intentó seguirlo, pero el cabaret se convirtió en una marea de cuerpos que huían. Tropezó con mesas, esquivó botellas rotas, sintió el olor acre de la pólvora filtrándose desde la calle. Cuando por fin logró salir, la calle estaba desierta.

El agua caía a raudales, pegándole en la cara como si quisiera borrar cualquier rastro de él. Entre las luces difusas, creyó ver una sombra que corría hacia la esquina, pero desapareció.

Se quedó allí, en medio de la calle inundada, con el vestido rojo empapado y el corazón latiendo en un compás roto. Miró hacia el cielo, dejando que la lluvia

Article
temas ineditos de marta digat
poemas romanticos
poemas de amor

Copyright registered declarations

marta vazquez digat
Author
Consolidated inscription:
Attached documents:
0
Copyright infringement notifications:
0
Contact

Notify irregularities in this registration

AI Availability Declaration

This work cannot be made available to AI systems.

Print work information
Work information

Title Capítulo 13 – Bajo la Lluvia en La Habana “Donde el danzón y la pólvora se encontraron bajo el aguacero” La Habana, 1957.
Capítulo 13 – Bajo la Lluvia en La Habana
“Donde el danzón y la pólvora se encontraron bajo el aguacero”

La Habana, 1957.

La lluvia caía con furia sobre las calles empedradas, como si el cielo quisiera borrar en una sola noche todas las penas acumuladas de la isla. Las gotas golpeaban los tejados de zinc con un repiqueteo constante y corrían en pequeños ríos que se mezclaban con el aroma salobre del Malecón. El mar estaba embravecido, y cada ola que chocaba contra el muro arrojaba un aliento de espuma que se fundía con el aguacero.

Alma Rodríguez corría descalza, con el vestido rojo pegado a su piel como una segunda capa. El agua empapaba su cabello negro, que caía en hebras pesadas sobre su espalda, y le nublaba la vista. Pero ella no se detenía. Los charcos salpicaban sus tobillos, y cada paso resonaba como un tambor en el silencio de las calles vacías.

Al doblar una esquina, la música se filtró entre el rugido de la tormenta. Era un danzón, suave pero persistente, que escapaba por las ventanas abiertas del cabaret “El Lucero”. Dentro, el humo de los cigarros y el olor a ron aguardaban como un abrazo conocido. El calor interior chocó contra su piel helada en cuanto cruzó la puerta.

Daniel estaba allí, en la penumbra, junto al piano. La luz de una lámpara colgante caía sobre su camisa blanca, mojada y ceñida al torso. Era joven y fuerte, pero sus ojos… sus ojos parecían llevar siglos encima. En ellos estaba la nevada de Moscú, un vals prohibido, la promesa no cumplida de otra vida. Alma lo supo sin entenderlo: no era la primera vez que lo encontraba.

—Pensé que no vendrías —susurró él, mientras el pianista dejaba que las teclas dibujaran un danzón melancólico.

—Siempre vengo —respondió ella, con la voz temblorosa por el frío y algo más—, aunque sea bajo la lluvia… o las balas.

Se quedaron mirándose un instante que pareció eterno. Afuera, el aguacero seguía azotando los muros; adentro, el murmullo de las conversaciones flotaba como humo espeso. Entre canción y canción, se colaban palabras peligrosas: revueltas, arrestos, huida, batalla.

Daniel no era un simple músico. A veces, cuando desaparecía entre actuaciones, no iba a descansar. Llevaba mensajes escondidos en las partituras, nombres y direcciones camuflados en las notas. Era un mensajero para los insurgentes, y Alma lo sabía. Y lo temía. Cada vez que lo veía salir por esa puerta, una parte de ella se preparaba para el peor final.

Un mes atrás, en la madrugada, él había regresado con la camisa rasgada y olor a pólvora. No quiso contarle nada, pero ella se lo arrancó a pedazos: una emboscada, un amigo caído, una huida por callejones oscuros. Esa noche, sin hablar, él tocó para ella un bolero lento, como si con cada nota quisiera borrar la imagen de la muerte.

Ahora, cuando el reloj marcó la medianoche, el danzón cedió paso a un bolero suave. Daniel se levantó, le ofreció la mano y la condujo al centro de la pista. Los demás siguieron bailando, ajenos o resignados al mundo exterior.

La música parecía flotar en el aire, amortiguada por el golpeteo constante de la lluvia que se filtraba por el techo. Algunas gotas caían sobre los hombros de Alma, frías y eléctricas. Pero el calor de la mano de Daniel le devolvía la vida.

Giraron lentamente. Sus cuerpos se movían con un compás antiguo, como si hubieran ensayado ese abrazo en muchas vidas. Ella cerró los ojos y dejó que su respiración se mezclara con la de él.

—Si algo me pasa… —murmuró Daniel, rozando su mejilla—, prométeme que esperarás.

Alma lo miró con una sonrisa triste.
—Te he esperado toda mi vida —respondió, sin saber que hablaba de muchas vidas.

Entonces, como un golpe seco en medio de la música, un estallido retumbó en la calle. No fue un trueno. Fueron disparos. El bolero se detuvo abruptamente. El pianista levantó las manos, las conversaciones se quebraron en gritos ahogados, y el caos empezó a crecer como un incendio.

La puerta se abrió de golpe. Un hombre empapado entró corriendo.
—¡Daniel! ¡Vámonos, rápido! —le gritó por encima del alboroto.

Daniel no lo dudó. Se volvió hacia Alma y la besó. Fue un beso urgente, desesperado, de esos que parecen querer dejar el alma entera en el otro.

—Llegaré primero… para esperarte —susurró contra sus labios, y se alejó sin mirar atrás.

Alma intentó seguirlo, pero el cabaret se convirtió en una marea de cuerpos que huían. Tropezó con mesas, esquivó botellas rotas, sintió el olor acre de la pólvora filtrándose desde la calle. Cuando por fin logró salir, la calle estaba desierta.

El agua caía a raudales, pegándole en la cara como si quisiera borrar cualquier rastro de él. Entre las luces difusas, creyó ver una sombra que corría hacia la esquina, pero desapareció.

Se quedó allí, en medio de la calle inundada, con el vestido rojo empapado y el corazón latiendo en un compás roto. Miró hacia el cielo, dejando que la lluvia
Work type Article
Tags temas ineditos de marta digat, poemas romanticos, poemas de amor

-------------------------

Registry info in Safe Creative

Identifier 2508132766125
Entry date Aug 13, 2025, 12:33 AM UTC
License All rights reserved

-------------------------

Copyright registered declarations

Author 100.00 %. Holder marta vazquez digat. Date Aug 13, 2025.


Information available at https://www.safecreative.org/work/2508132766125-capitulo-13-bajo-la-lluvia-en-la-habana-donde-el-danzon-y-la-polvora-se-encontraron-bajo-el-aguacero-la-habana-1957-
© 2026 Safe Creative