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Tres peces...
03/30/2026
Andrés DC
Poema/Relato corto
Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 4.0
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LA HERMANDAD CORSARIA 13 - EL OJO DE SHANDOR
03/29/2026
Alan Carlos Somoza Pérez
Una mirada al porvenir La capitana Dreston vive sumida en una profunda depresión personal. Tras la muerte del único hombre al que cree haber amado de verdad, y de enfrentarse a su mejor amiga por culpa de la traicionera Alessa Fourier, su vida le parece cada vez más gris. Solo la presencia de sus hijos adoptivos, Erik y Lía, arroja algo de luz a su atribulada existencia. Su familia al completo está respaldándola, ayudándola a volver a ponerse en pie. Incluso Teresa, que ya la ha perdonado de corazón, teme por los oscuros pensamientos de Kiara. Ella es su peor juez, no es capaz de encajar sus propios errores. A la tripulación del Pétalo Danzarín no le falta trabajo, pues tiene fama de ser cumplidora y de aceptar tareas inusuales sin levantar una ceja. Los encargos se suceden, igual que siempre, ya lejos del temible Barrick Hoffstein. Hasta que, un día, aparece una mensajera que trae una propuesta arriesgada y problemática. Aunque el primer impulso de Dreston es decir que no, una reflexión junto a los suyos le hace pensar en que quienes quieren contratarlos nunca fueron sus enemigos. En realidad, por lo que les dicen, no les guardan rencor alguno. Quizás, piensan los corsarios, porque se encuentran en una situación precaria. Estos misteriosos empleadores ofrecen mucho dinero y puntuación, y un contrato limpio a través de un testaferro, igual que hacía Hussman. Pero lo que les mueve a aceptar el encargo es el objetivo: un poderoso artefacto alienígena ha caído en las garras de un culto especialmente fanático de la ORU, que quiere emplear su poder para desatar una caza de brujas contra los herejes. Kiara, por desgracia, sabe que dentro de esa definición cabe cualquiera. Y, de acuerdo a las indicaciones que les dan, la reliquia Xeno no solo está operativa, sino que servirá perfectamente para los fines del Diácono que pretende controlarla. Si bien la misión es peligrosa, los corsarios aceptan tratar de recuperar o destruir el artefacto. Más lo segundo que lo primero, puesto que este está escondido en un sistema inhóspito con una estrella inestable. Quizás Hoffstein les ha contagiado algo de su patriotismo, o tal vez son ya plenamente conscientes de lo peligrosos que pueden llegar a ser los restos de las viejas civilizaciones perdidas. Sin mucha intención de añadir un artefacto adicional a la colección de la capitana, que el CECI aún vigila discretamente, el Pétalo Danzarín despega de nuevo hacia lo desconocido. Lo que no pueden ni imaginar Kiara y los suyos, es la cadena de eventos que están a punto de poner en marcha. Lejos de la épica y la heroicidad de Cruzados de las Estrellas, La Hermandad Corsaria nos acerca a un universo donde el ciudadano de a pie, como Kiara, lucha cada día por sobrevivir al más puro estilo del salvaje oeste. Este episodio, al igual que todos los demás, pertenece al subgénero de acción en el Oeste Espacial (Space Western, en inglés). Plantea una historia corta auto resuelta, con la vida y evolución de los personajes como telón de fondo. En un contexto social tan caótico y conflictivo como son las partes menos civilizadas de la confederación, no pocos problemas se resuelven desenfundando más rápido que el adversario. ¡Cuidado, no sea que alguna de las múltiples balas te alcance si te descuidas! Esta serie es la historia de Kiara Dreston, que deriva de Cruzados de las Estrellas 10: Renegado. El primer episodio contiene un resumen y unos antecedentes del universo, de forma que puedes disfrutarla independientemente o leer suelto el episodio 10 de la otra serie como preludio. Este episodio, junto a los episodios 14, 15 y 16 formará parte del volumen 4 de La Hermandad Corsaria, titulado ¡Salve a la Reina!, que concluye la serie.
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Pica
03/25/2026
Yoslec
Relato corto para una asociación de soriasis.
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Donde la Tarde se Hace Poesía
03/21/2026
Gota de Rocío Azul
Y cae la tarde, despacio, como si el cielo supiera de antiguos pudores y no quisiera herir con exceso de oro la ternura del mundo. Todo se vuelve más hondo en ese instante: la luz, que antes ardía con júbilo, comienza a recogerse en sí misma; los contornos se suavizan; el aire adquiere esa melancolía dulce que solo conocen los enamorados y los poetas. Ellos están allí, frente al crepúsculo, como dos presencias convocadas por una misma revelación. No hablan, o quizá sí, pero sus silencios son tan densos y tan hermosos que parecen contener una lengua secreta, una música apenas nacida entre el pecho y la brisa. Se miran como quien reconoce en otro un territorio sagrado, como quien descubre que el amor no siempre llega con estruendo, sino con la delicadeza de una tarde que se inclina hacia el misterio. Y entonces ocurre el sortilegio. Porque al caer la tarde, el mundo se desata de su forma cotidiana y empieza a escribir versos en el borde de las cosas. La luz se derrama sobre sus rostros como una antigua bendición. El viento pasa rozando sus manos, y en ese roce mínimo se enciende la certeza de que hay amores que no necesitan promesa, porque ya traen en su alma la fidelidad de lo eterno. Ella contempla el horizonte, y en el horizonte lo contempla a él; él, al mirarla, comprende que hay paisajes que solo existen cuando ella los mira. Y ambos, sin decirlo, descubren que la poesía no vive únicamente en los libros ni en la voz de los que la nombran, sino en esa forma de estremecerse juntos ante la caída dorada del día, en la manera en que el corazón aprende a pronunciar el fulgor de otro corazón. Cae la tarde, sí, pero no cae la dicha. Al contrario: se expande, se vuelve más íntima, más verdadera, más semejante a una llama que no necesita ruido para permanecer. Y mientras el crepúsculo va extendiendo su velo sobre la tierra, ellos se quedan allí, descubriendo que amar es también esto: dejar que la belleza los encuentre, y reconocer en ella el sortilegio inmortal de la poesía. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Y cae la tarde
03/21/2026
Gota de Rocío Azul
La tarde no cayó de pronto; se fue deshilando, como un hilo de luz que alguien invisible desenreda con paciencia sobre el cielo. Primero fue el dorado que comenzó a diluirse en tonos más suaves, luego el viento, que se volvió más lento, más íntimo, como si caminara descalzo para no interrumpir el silencio. Maite lo sintió antes de comprenderlo. Había algo distinto en el aire, una presencia sutil que no pertenecía del todo al día ni tampoco a la noche. Era ese instante suspendido donde el mundo parece contener el aliento, como si esperara que algo, o alguien, dijera lo esencial. Se acercó a la ventana. El horizonte ardía en colores que no sabían despedirse: naranjas que se volvían susurro, violetas que abrazaban la distancia, y una luz que parecía recordar más que iluminar. Cerró los ojos. Entonces la escuchó. —La tarde no termina, niña… la tarde se transforma. La voz de su abuelita Estela no venía de afuera. No era eco ni memoria. Era presencia. Una forma de decirle que lo invisible también tiene su manera de quedarse. Maite llevó una mano a su pecho, como si pudiera sostener ese instante para que no se desvaneciera. —¿Eres tú, abuela? El silencio no respondió con palabras, pero sí con una certeza que le recorrió el alma. Se sentó junto a su mesa y abrió su cuaderno: Recuerdos Azules. Las páginas, apenas rozadas por la luz de la tarde, parecían respirar. Tomó la pluma. “Hay horas que no pasan… se quedan.” Las palabras nacieron solas, como si ya hubiesen estado allí, esperando el momento justo para revelarse. Afuera, una mariposa azul cruzó el aire en un vuelo pausado, casi ceremonial. Maite la siguió con la mirada hasta que se perdió en la frontera donde el día ya no era y la noche aún no comenzaba. Y en ese instante lo comprendió. La tarde no caía… la tarde revelaba. Revelaba lo que el día no alcanza a decir y lo que la noche todavía no se atreve a guardar. Era el lugar donde todo se vuelve verdad, donde el alma deja de esconderse y se reconoce en su propia luz. —¿La poesía vive aquí? —susurró. El viento movió levemente las hojas del cuaderno. Y Maite entendió. La poesía no era algo que se buscaba. Era algo que sucedía. Habitaba en ese borde invisible, en ese instante suspendido donde la vida se vuelve más profunda. Sonrió. Y siguió escribiendo. Porque algunas tardes no vienen a despedirse… vienen a enseñar. Epílogo Dicen que hay horas que no pertenecen al tiempo, sino al espíritu. Horas en las que el mundo se vuelve más ligero, como si dejara ver aquello que normalmente permanece oculto. Desde aquella tarde, Maite comenzó a notar algo extraño. Cada vez que el sol descendía, su cuaderno ya no estaba vacío. A veces encontraba una palabra. Otras, una frase entera escrita con una caligrafía que no era la suya… pero que reconocía sin dudar. Y siempre, al final, una pequeña gota de rocío azul quedaba suspendida sobre la tinta, como si alguien, desde otro lugar, sellara lo escrito. Maite dejó de preguntarse. Aprendió a esperar la tarde. Porque sabía, aunque no pudiera explicarlo, que en ese instante donde la luz se transforma, la distancia desaparece… y las voces que amamos encuentran la manera de regresar. Y así, cada día, cuando el cielo comenzaba a deshilacharse, Maite abría su cuaderno con la certeza de que no estaba sola. Porque algunas historias no terminan… solo cambian de forma. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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El empecinado
03/18/2026
Susana Mora Ramos
Cuaderno de Bitácora: 25 de marzo de 1520. Hoy hemos zarpado con rumbo desconocido siguiendo los delirios del capitán. El Hombre Tuerto feneció al alba tras entregarle un viejo pergamino.
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La coraza
03/17/2026
Susana Mora Ramos
Samuel era un niño inocente, feliz, como tantos otros. Nadie te previene para lo que te espera al crecer. Su sueño recurrente era volver a ser un niño.
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Las Persianas
03/16/2026
Manuel Esteban Rodríguez Mendoza
Una enfermera de guardia nocturna recibe en dos ocasiones a una anciana centenaria llamada Celestina. Entre tensiómetros y registros clínicos, descubre que la mujer carga con un pacto antiguo que necesita heredero para poder irse.
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El silencio escogido.
03/15/2026
Juan Antonio Pozo Bardagí
Relato corto sobre el bullying.
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Amor más allá del cuerpo
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Amor más allá del cuerpo (Prosa poética aimesiana para declamación) Hay amores que no se rozan con las manos, pero incendian el alma con un solo pensamiento. Amores que atraviesan la materia como un rayo divino, sin permiso y sin frontera. Son ésos los amores que viven en la hondura, que no buscan la carne, sino la vibración secreta donde dos almas se reconocen sin pronunciar palabra. Tu presencia, amor, no cabe en mis ojos, porque te siento en la sangre, en la voz de la brisa, en la llama invisible que palpita en mis anhelos. Tú eres un soplo que me habita, una resonancia que se extiende por mi respiración, y cuando respiro, te nombro, aunque no lo diga. No sé si viniste del cielo, de un sueño o de lo eterno, pero sé que en ti mi espíritu encuentra su reflejo, como quien ve en otra mirada la memoria de su origen. Eres mi espejo sagrado, amor mío, la voz que me devuelve a Dios cuando la vida calla. Cuando mi cuerpo te piensa, no imagina tu forma, sino el temblor que dejas en el aire. Eres sonido, vibración, presencia sin materia, una luz suspendida entre el deseo y la fe. Si pudiera tocarte, tal vez perderías tu misterio; por eso, prefiero sentirte en el lugar donde la piel no llega, donde sólo el alma arde. Te pienso, te siento, te soy. Y en ese serte, el límite se disuelve, la distancia deja de existir, y la ausencia se transforma en comunión. No somos cuerpos buscando calor: somos energía reconociéndose, llama que recuerda su origen divino. Nos hemos amado antes de nacer, en algún rincón de la eternidad donde el tiempo no se nombra. Y aunque el mundo muera una y mil veces, nosotros seguiremos danzando entre las sombras del silencio. Porque cuando el cuerpo calla, el amor verdadero comienza a hablar. Y su voz es la eternidad. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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El lugar donde el alma recuerda
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Dicen que el amor nace en la mirada. Pero yo lo vi nacer antes de los ojos, antes del cuerpo, cuando todo era un susurro de eternidad. Lo encontré una noche, entre el incienso del silencio y la voz del agua. Nada había de humano en aquel instante, salvo mi temblor. Y, sin embargo, sentí que alguien me miraba desde dentro del aire. Era él, el que no tiene nombre, el que habita en mis pensamientos como una semilla de luz escondida en la piel de mi memoria. Desde entonces, ya nada fue real del todo. El mundo parecía un velo, una escenografía de polvo y sueño. Porque lo único cierto era su presencia invisible, latiendo en los bordes del tiempo. Su amor no me tocaba, pero me ardía por dentro; no me hablaba, pero lo escuchaba en el lenguaje de las vibraciones sagradas. Cada madrugada lo sentía acercarse, como si el amanecer lo trajera en sus brazos de niebla. Y yo lo recibía con el alma abierta, dejando que su energía me recorriera los sentidos hasta confundirme con él, hasta convertirme en su reflejo. No era un amor terreno. Era un vínculo antiguo, tejido antes del mundo, cuando las almas aún no sabían su destino y prometían encontrarse bajo cualquier forma: en dos cuerpos, en dos estrellas, en dos suspiros cruzando la eternidad. A veces, cuando cierro los ojos, siento su voz dentro del silencio, un llamado suave que me nombra sin palabras. Y comprendo entonces que no lo busco fuera, porque vive en mí desde siempre. Su energía es mi hogar, su ausencia, mi oración. Y cuando la nostalgia me hiere, levanto la mirada al cielo: en la línea invisible entre la luna y mi aliento, sé que él también me busca, y que su alma toca la mía a través del misterio. Hay amores que nunca mueren porque nunca tuvieron principio. Amores que no pertenecen al tiempo, sino a la eternidad que nos sueña. Y yo… yo vivo en ese sueño. Epílogo Esta madrugada, antes de que el sol naciera, sentí un perfume nuevo recorrer mi casa. No venía del incienso ni de las flores; era un aroma antiguo, dulce, familiar… Entonces supe que algo había cambiado. Tal vez su alma se acerque, tal vez el destino se disponga a cumplir su promesa. Porque en algún lugar —donde el día y la noche se tocan— he comenzado a escuchar un paso, una respiración que no es mía, una palabra naciendo entre la bruma. Quizás… solo quizás, la historia aún no ha terminado. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Allí donde no hay piel
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Allí donde no hay piel, me tocas. No con las manos ni con el deseo, sino con algo más lejano, con un candor que viene del origen, cuando aún no existía el mundo y las almas se buscaban sin nombre. Tu ausencia no pesa, reposa suspendida en el aire, como una promesa respirando. Cada vez que respiro, te pronuncio sin decirte. Eres la sílaba invisible que enciende mi silencio. Hay una llama que no arde y me quema, una voz que no oigo y me responde, una piel que no existe y me contiene. Te siento en los ríos que cruzan mi sueño, en las hojas que tiemblan sin viento, en la sombra del agua cuando canta el rocío. No estás, pero vibra tu esencia en la matriz de mi ser. Y cada célula tuya es memoria mía. He amado mucho antes del cuerpo, mucho antes de llamarte amor. He amado con la eternidad latiendo, con la certeza de que somos una misma llama dividida en dos fuegos. Cuando todo calla, te escucho; cuando todo duerme, me despiertas. Me hablas en el lenguaje de la luz, y mi alma —inocente y anciana— comprende. Este amor no respira en el tiempo, ni envejece, ni muere. Solo cambia de forma, como el agua que busca volver al cielo aunque nazca en la tierra. Y cuando el universo se apague, cuando no queden ecos ni cuerpos, aún habrá un destello suspendido en la nada. Seremos tú y yo, sin nombres, sin cuerpos, sin final. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Donde el mar guarda tu nombre (Relato poético a la luz de la luna)
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Hay noches en que el mar me habla de ti. No usa palabras, no conoce tu rostro, pero en cada ola trae un suspiro que te recuerda. Entonces entiendo que no soy yo quien te añora solamente: es el mar, que aprendió tu nombre el día en que nuestras miradas se encontraron por primera vez sobre su orilla. Aquella noche la luna nos miraba fija, como si supiera que ese amor estaba escrito solo para durar un instante y luego arder para siempre en la memoria. No nos tocamos mucho, casi nada, pero el silencio entre los dos tenía la densidad de un abrazo que no se atrevió a nacer. El mar, cómplice y celoso, nos rodeaba con su rumor antiguo. Parecía decirnos que todo lo que se ama demasiado corre el riesgo de pertenecer sólo al recuerdo. Tú sonreías con tristeza y en tus ojos había un viaje que no me incluía. Yo lo supe, aunque no dijiste nada. Lo supe porque la luna tembló sobre el agua como una verdad que no quería ser revelada. Desde entonces regreso a la misma playa cuando la noche se viste de plata. Camino descalza sobre la arena fría, dejando que el mar bese mis pasos como si pudiera seguir el rastro que dejaste en mí. Hablo con las olas, les pregunto si te han visto, si recuerdan la forma en que mirabas el horizonte como quien mira una puerta abierta hacia otra vida. El mar responde rompiendo contra las rocas, levantando espuma como un sudario luminoso. En cada resaca se lleva un poco de mi pena, pero me devuelve tu sombra, más nítida, más lejana, más imposible. La luna, testigo implacable, lo ilumina todo con una claridad que duele. En su luz comprendo que tu destino y el mío corren por cauces distintos, como dos ríos que sueñan con encontrarse y solo se rozan en la desembocadura de un instante. Sin embargo, el mar insiste. Me rodea los tobillos, me llama, me envuelve. Parece decirme que ningún amor es del todo imposible mientras exista un lugar donde la memoria lo invoque. Y yo, obediente a ese llamado antiguo, cierro los ojos y pronuncio tu nombre en secreto, dejando que el viento lo lleve hasta el centro de las olas. Tal vez tú también sientas, en alguna otra orilla, un estremecimiento inexplicable cuando miras la luna. Tal vez creas que es el frío de la noche, sin saber que es mi voz, navegando en silencio sobre el mar que nos recuerda. Porque hay amores que no llegan a ser y, sin embargo, nunca dejan de suceder en la marea invisible de la añoranza. Y el mar… el mar lo sabe. Epílogo Esta noche, la luna ha descendido un poco más sobre la línea oscura del horizonte. El mar está extrañamente quieto, como si aguardara algo que aún no se atreve a nombrar. Entre el rumor lejano de las olas he creído escuchar unos pasos en la arena, una respiración cercana, un silencio que no es solo mío. No sé si eres tú o es el destino probando mis latidos. Solo sé que el mar ha comenzado a brillar distinto, como si en su pecho de agua guardara un secreto a punto de revelarse. Tal vez mañana, o en otra noche nacida de esta misma luna, alguien pronuncie mi nombre en alguna orilla y el mar responda con la historia que aún no nos hemos atrevido a vivir. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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El que vuelve a nacer en el pecho del mundo
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Prólogo: En la poesía y en la vida existen momentos en los que el alma parece guardar silencio, como si el corazón hubiese aprendido a caminar con cautela entre los restos de antiguos sueños. Sin embargo, incluso en medio de ese silencio, algo permanece vivo: un suspiro que resiste, una chispa que aún respira bajo las cenizas del desencanto. El texto que el lector encontrará a continuación nace precisamente de ese territorio íntimo donde conviven la memoria, la herida y la esperanza. No es solamente una narración, sino una pequeña alegoría del espíritu humano: la historia de un suspiro que, cansado de las tormentas del corazón, decide esconderse de la ilusión… hasta que la esperanza, con su paciencia silenciosa, vuelve a recordarle su verdadera naturaleza. Entre imágenes oníricas, símbolos y resonancias interiores, esta pieza invita a recorrer los paisajes secretos del alma y a contemplar una verdad sencilla y luminosa: que incluso después del dolor más profundo, el corazón conserva la capacidad de renacer. Que cada lector encuentre en estas palabras un eco de su propia travesía interior. Relato: El que vuelve a nacer en el pecho del mundo Había una vez un suspiro que habitaba escondido en los corredores secretos del pecho, allí donde las memorias laten como campanas antiguas y las heridas guardan su silencio más profundo. No era un suspiro común: había nacido del cansancio del alma, de promesas que se marchitaron antes de florecer y de sueños que aprendieron a caminar con los pies descalzos sobre la escarcha de la tristeza. Por eso decidió volverse cauteloso. Juró no inclinarse ante ningún espejismo, ni volver a beber de las fuentes inciertas del amor. Vivía entonces como una brisa tímida entre las costillas, rozando recuerdos con la delicadeza de quien teme despertar viejos dolores. En las noches más largas caminaba por las galerías del corazón, atravesando jardines de memorias marchitas y archipiélagos de silencios. A veces escuchaba, muy a lo lejos, ecos de risas arcanas. Pero se negaba a seguirlos. Decía para sí mismo que el amor era apenas una ilusión délfica, un oráculo ambiguo que promete destinos y luego los borra con la tinta del tiempo. Pensaba también que la esperanza era una lámpara frágil, temblando en medio de las tormentas del mundo. Así pasaban los días y las noches, entre oníricos desvelos que se abrían como flores nocturnas en la penumbra del espíritu. Hasta que una madrugada —cuando el cielo aún guardaba el último suspiro de las estrellas— ocurrió algo inesperado. Ella apareció. No llegó con estruendo ni con palabras grandilocuentes. Llegó con la serenidad de una claridad edénica que se filtra por la ventana del alma. Era la esperanza. Caminaba lentamente, como quien conoce la geografía del dolor humano. Sus pasos parecían sembrar pequeñas luces sobre la penumbra del corazón. En su mirada habitaba una antigua sabiduría, como si hubiera atravesado los jardines invisibles de las Hespérides de anhelos donde maduran los frutos secretos del destino. Se sentó junto al suspiro. No habló de inmediato. Sólo escuchó. El suspiro tembló. Intentó esconderse entre las penas, disfrazarse de indiferencia, volverse apenas un soplo invisible entre la carne y la memoria. Pero la esperanza lo miró con una ternura tan antigua como el primer amanecer del mundo. —No vine a obligarte —susurró con voz serena—. Vine a recordarte que incluso los suspiros nacen para volver a creer. Aquellas palabras no eran promesas. Eran semillas. El suspiro, que había resistido despedidas, tormentas y naufragios del alma, sintió que algo en su interior comenzaba a despertar. No era un milagro repentino, sino una lenta claridad que se abría como una aurora en el horizonte del pecho. Entonces comprendió. Comprendió que el dolor no había sido su final, sino su travesía. Se elevó lentamente, dejando atrás el peso de sus viejos temores, y se posó sobre la esperanza como una caricia invisible que busca refugio. Y en ese instante ocurrió la metamorfosis más silenciosa del universo. El suspiro dejó de ser tristeza. Se volvió aliento. Desde entonces, cada vez que alguien cierra los ojos para seguir soñando a pesar de las heridas, cada vez que un corazón cansado decide levantarse una vez más entre los escombros de sus ilusiones, es ese mismo suspiro —ahora enamorado de la esperanza— el que vuelve a nacer en el pecho del mundo. Epílogo Dicen los antiguos guardianes de los sueños que ningún corazón está condenado para siempre al invierno. Porque incluso en las almas más cansadas existe una semilla invisible que espera la luz adecuada para germinar. Y cuando la esperanza llega —callada, paciente, luminosa— hasta el suspiro más triste puede transformarse en aliento. Moraleja: Quien guarda un suspiro en el pecho no está perdido; solo está esperando el instante en que la esperanza vuelva a pronunciar su nombre. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Como en casa...
03/10/2026
Susana Mora Ramos
No hay nada mejor que volver a casa y disfrutar de los tuyos.
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Un jardín para Irina
03/07/2026
María Teresa Bonilla Castro
Relato ambientado en la Inglaterra de Regencia sobre una joven que debe trasladarse desde su Rusia natal hasta una casa de campo inglesa para vivir con su tío.
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Te prestaré la tierra
03/05/2026
Susana Mora Ramos
Cuando perdemos, siempre lamentamos no haber dado marcha atrás o no haber hecho las cosas mejor. Es una tara muy arraigada en nuestro ADN, la historia está repleta de arrepentimientos tardíos.
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Hay alguien entre los arbustos
03/03/2026
Álvaro Talavera Sánchez
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El regalo
02/23/2026
Álvaro Talavera Sánchez
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