Las dificultades que conlleva la traducción de refranes, aforismos, adagios, dichos populares, sentencias…, obligan a encontrar una aplicación de la paremiología/fraseología en la traductología, y vicerversa. Ante una frase hecha, un traductor se puede plantear el dilema de si traducir el texto como si no se tratara de una paremia, esto es, buscando equivalencias en el plano léxico-semántico y, en alguna medida, el morfosintáctico, o, por el contrario, renunciar a la traducción propiamente dicha y buscar entre la fraseología de la lengua meta un paremia cuyo valor de uso sea equiparable al de la lengua de origen. Se puede argüir que en ambos casos se trata de traducciones, pero, por otra parte, no se negará que la naturaleza de la labor varía notablemente en cada caso. Cuando sustituimos una paremia de la lengua original por una paremia de la lengua meta el resultado es aparentemente mucho mejor porque el texto resulta mucho más natural, es decir que no se nota que es una traducción. Sin embargo, podemos ir más allá y preguntarnos cuál el objetivo de la traducción. ¿Es nuestro propósito lograr un texto estandarizado o lograr una comunicación exitosa?
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