Capítulo 4 – Susurros de amor
Autora: Marta Digat
(Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada)
Suena la alarma del reloj. El sonido metálico rompe el silencio suave de la habitación. Son las 7:00 de la noche
y la luz del atardecer se cuela tímidamente por las cortinas, pintando las paredes con tonos dorados y anaranjados.
Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo abierto sobre la almohada.
El aroma a papel antiguo me envuelve como un susurro del pasado.
Hoy comienzo a trabajar a las 12 de la noche. Esta semana me toca el turno de madrugada en el hospital,
un horario que me ha acostumbrado a vivir en la frontera entre la noche y el día. Antes de alistarme,
decido pasar unos minutos más en este espacio que siento como un santuario, rodeada de las cosas que me conectan con mi historia.
Aurora me cuida desde niña y se encarga del hogar. Fue mi niñera, mi segunda madre, mi confidente.
Ahora, de adulta, sigue a mi lado como una presencia constante. Es una mujer pulcra, cariñosa, y atenta,
de manos suaves y mirada profunda. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica,
le confió mi crianza. Y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una cocinera maravillosa y
una administradora impecable del hogar, pero más que eso, es el corazón que mantiene unida esta casa.
Si volviera a nacer, en cualquier vida, elegiría que ella me cuidara nuevamente. Tal vez, en otras vidas,
ya fue parte de mi familia… ¿una madre? ¿una hermana? No lo sé. Pero lo que sí sé es que tenemos un lazo
profundo, de amor, confianza, respeto y complicidad. A ella le confío mis inquietudes,
y ella, con dulzura, me comparte las nostalgias de su juventud.
Recuerdo una tarde, cuando yo era niña, en que me llevó al puerto y me mostró cómo las gaviotas
se lanzaban en picada sobre el agua. Me dijo que el mar guardaba secretos, y que las olas
eran mensajeras que traían historias de otros tiempos. Yo no lo entendí entonces, pero ahora sé
que Aurora hablaba de algo más que del océano.
Una vez me confesó que se enamoró perdidamente de un famoso escritor. Nunca se casó.
Dice que su corazón le pertenece a ese amor, aunque evita decir su nombre.
Cuando lo recuerda, sus ojos se humedecen y sus manos buscan distraerse con cualquier tarea.
Es un silencio que pesa, como si guardara un tesoro que nadie más debe tocar.
Esta noche, mientras ordenaba algunas cosas antes de irme al hospital, decidí revisar de nuevo
el libro de mi abuelo. Su cubierta de cuero está gastada, y las esquinas, redondeadas por el uso.
Al abrirlo, algo sobresalía entre las páginas.
Un papel suelto, manuscrito. Tinta sepia. Caligrafía elegante, cuidada, como si cada letra
fuera una caricia. Lo sostuve entre mis dedos con cuidado, temiendo que se deshiciera.
Al desplegarlo, un perfume tenue, mezcla de lavanda y madera vieja, se elevó en el aire.
Era un poema. Y su dedicatoria era clara: para Aurora.
Mi corazón latía más rápido mientras comenzaba a leerlo en voz baja, como si
pronunciar las palabras en silencio fuera una forma de invocar el espíritu de quien las escribió.
Amor eterno
Poema del abuelo, dedicado a Aurora
Si la luna, la aurora y los ocasos,
si la infinita noche constelada,
ha de alumbrar desnudo tu regazo
cuando incauto descanses en la almohada...
Si un rayo de luna enamorada, al mirarte,
hace asomar mis ojos, es el caudal de amor
que me rebasa, y al querer contenerlo... brota.
Y si he de mirar el sol saliente deslizarse
por las trenzas de la aurora,
escuchando el reloj que marca sigiloso la hora...
Si la alborada me sorprende desvelada,
contemplando tu rostro, enajenada,
es tu silueta que me tiene hipnotizada
con el embrujo de tu piel iluminada.
Si ha de morir el día y la noche,
si han de morir las rosas disecadas...
Si el pasto verde perecerá en invierno,
y las hojas caerán en el otoño,
si los retoños de tu pelo encanecerán
plateando tu negra cabellera,
si nuestra juventud será solo una quimera
y nuestro amor, una utopía...
Si ha de llegar el día en que hacernos el amor
será un espejismo,
si ha de cambiar nuestra apariencia,
si nuestra mente perderá la conciencia,
si nuestro amor será mito,
y si hemos de partir al viaje sin regreso…
Quiero que me lleves junto a ti, a la fosa.
Si la flor de nuestra carne se deshoja,
si en polvo hemos de convertirnos un día,
en nuestra lápida quedará escrita la leyenda:
“Más allá de la vida… te seguiré amando.”
Si la alborada me sorprende desvelada
contemplando tu rostro, enajenada,
es que en vida, junto a ti, nada me falta.
Al terminar, mis ojos estaban húmedos. No solo era un poema: era una confesión.
Me imaginé a mi abuelo joven, escribiendo cada verso con el fervor de quien
ha encontrado su razón de existir. Y vi a Aurora, recibiendo esas palabras en silencio,
guardándolas como un relicario. Comprendí entonces que el amor verdadero no siempre
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