D urante unos años me estuvo llamando así, tuteándome unas veces con el vocativo, otras en tercera persona ‒¿Dónde vas, inglés? ¿Qué hace el inglés?‒; antes me decía “Fleta”, como el tenor lírico, supongo que por mi costumbre de andar silbando a todas horas. Más tarde, cuando las pasaba en mi habitación estudiando, leyendo o escuchando música, dio en llamarme “anacoreta”, palabra que no sacó, estoy seguro, de las novelas del oeste que leía por las tardes, sino que se la debió inspirar la vista
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