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Allí donde no hay piel
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Allí donde no hay piel, me tocas. No con las manos ni con el deseo, sino con algo más lejano, con un candor que viene del origen, cuando aún no existía el mundo y las almas se buscaban sin nombre. Tu ausencia no pesa, reposa suspendida en el aire, como una promesa respirando. Cada vez que respiro, te pronuncio sin decirte. Eres la sílaba invisible que enciende mi silencio. Hay una llama que no arde y me quema, una voz que no oigo y me responde, una piel que no existe y me contiene. Te siento en los ríos que cruzan mi sueño, en las hojas que tiemblan sin viento, en la sombra del agua cuando canta el rocío. No estás, pero vibra tu esencia en la matriz de mi ser. Y cada célula tuya es memoria mía. He amado mucho antes del cuerpo, mucho antes de llamarte amor. He amado con la eternidad latiendo, con la certeza de que somos una misma llama dividida en dos fuegos. Cuando todo calla, te escucho; cuando todo duerme, me despiertas. Me hablas en el lenguaje de la luz, y mi alma —inocente y anciana— comprende. Este amor no respira en el tiempo, ni envejece, ni muere. Solo cambia de forma, como el agua que busca volver al cielo aunque nazca en la tierra. Y cuando el universo se apague, cuando no queden ecos ni cuerpos, aún habrá un destello suspendido en la nada. Seremos tú y yo, sin nombres, sin cuerpos, sin final. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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2603114838590
Donde el mar guarda tu nombre (Relato poético a la luz de la luna)
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Hay noches en que el mar me habla de ti. No usa palabras, no conoce tu rostro, pero en cada ola trae un suspiro que te recuerda. Entonces entiendo que no soy yo quien te añora solamente: es el mar, que aprendió tu nombre el día en que nuestras miradas se encontraron por primera vez sobre su orilla. Aquella noche la luna nos miraba fija, como si supiera que ese amor estaba escrito solo para durar un instante y luego arder para siempre en la memoria. No nos tocamos mucho, casi nada, pero el silencio entre los dos tenía la densidad de un abrazo que no se atrevió a nacer. El mar, cómplice y celoso, nos rodeaba con su rumor antiguo. Parecía decirnos que todo lo que se ama demasiado corre el riesgo de pertenecer sólo al recuerdo. Tú sonreías con tristeza y en tus ojos había un viaje que no me incluía. Yo lo supe, aunque no dijiste nada. Lo supe porque la luna tembló sobre el agua como una verdad que no quería ser revelada. Desde entonces regreso a la misma playa cuando la noche se viste de plata. Camino descalza sobre la arena fría, dejando que el mar bese mis pasos como si pudiera seguir el rastro que dejaste en mí. Hablo con las olas, les pregunto si te han visto, si recuerdan la forma en que mirabas el horizonte como quien mira una puerta abierta hacia otra vida. El mar responde rompiendo contra las rocas, levantando espuma como un sudario luminoso. En cada resaca se lleva un poco de mi pena, pero me devuelve tu sombra, más nítida, más lejana, más imposible. La luna, testigo implacable, lo ilumina todo con una claridad que duele. En su luz comprendo que tu destino y el mío corren por cauces distintos, como dos ríos que sueñan con encontrarse y solo se rozan en la desembocadura de un instante. Sin embargo, el mar insiste. Me rodea los tobillos, me llama, me envuelve. Parece decirme que ningún amor es del todo imposible mientras exista un lugar donde la memoria lo invoque. Y yo, obediente a ese llamado antiguo, cierro los ojos y pronuncio tu nombre en secreto, dejando que el viento lo lleve hasta el centro de las olas. Tal vez tú también sientas, en alguna otra orilla, un estremecimiento inexplicable cuando miras la luna. Tal vez creas que es el frío de la noche, sin saber que es mi voz, navegando en silencio sobre el mar que nos recuerda. Porque hay amores que no llegan a ser y, sin embargo, nunca dejan de suceder en la marea invisible de la añoranza. Y el mar… el mar lo sabe. Epílogo Esta noche, la luna ha descendido un poco más sobre la línea oscura del horizonte. El mar está extrañamente quieto, como si aguardara algo que aún no se atreve a nombrar. Entre el rumor lejano de las olas he creído escuchar unos pasos en la arena, una respiración cercana, un silencio que no es solo mío. No sé si eres tú o es el destino probando mis latidos. Solo sé que el mar ha comenzado a brillar distinto, como si en su pecho de agua guardara un secreto a punto de revelarse. Tal vez mañana, o en otra noche nacida de esta misma luna, alguien pronuncie mi nombre en alguna orilla y el mar responda con la historia que aún no nos hemos atrevido a vivir. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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2603114838392
Travesía de letras
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
No te invito a un cuerpo, sino a una travesía de letras. Quisiera que me leas como quien abre una puerta de luz, donde el silencio respira versos que nos reconocen. Que nuestras miradas no se crucen, sino que se escriban; que el roce no sea de piel, sino de palabra. Si alguna vez tu alma siente el temblor del poema, sabrás que he pasado por tu nombre sin pronunciarlo, como un soplo que sólo el espíritu escucha. No busco tocarte, sino habitar en la esencia que te escribe. Amar en poesía, sin las prisas del reloj, sin las huellas del deseo, sólo con el rumor de lo eterno. Que nuestro romance se alimente de la tinta, de la claridad de los sueños, de lo invisible que une a las almas que crean. Que cada verso sea un gesto, un susurro donde la belleza encuentra su morada. Y si un día nuestros poemas se entrelazan en el viento, sabrás que ese fue nuestro beso: uno nacido de la palabra, destinado a no morir jamás. No te invito a un cuerpo, sino a una travesía de letras. A un viaje silencioso donde cada palabra es un puerto y cada pausa, una respiración que compartimos sin tocarnos. Quisiera que me leas como quien abre una puerta de luz, sin prisa, sin miedo, dejando que la mirada se acostumbre al resplandor de lo que no se ve, pero se presiente. Que me leas con el alma descalza, como quien entra a un templo donde el silencio no está vacío, sino lleno de versos que nos reconocen antes de que podamos nombrarlos. Que nuestras miradas no se crucen, sino que se escriban. Que no haya choque de pupilas, sino un diálogo secreto entre líneas, donde tú descubras en mi texto eso que tu corazón calla y que, sin saber cómo, yo he dejado anhelante en cada frase. Que el roce no sea de piel, sino de palabra. Que el latido suceda en ese instante en que te detienes en una imagen, en una metáfora que te hiere de belleza, y sientes que algo en ti se abre como una flor de luz en mitad de la noche. Si alguna vez tu alma siente el temblor del poema, si una sola sílaba mía te eriza el pensamiento y te deja en vilo, sabrás que he pasado por tu nombre sin pronunciarlo, como un soplo que solo el espíritu escucha, como un rumor antiguo que reconoce la casa donde una vez fue feliz. No busco tocarte. No busco la urgencia de las manos, ni la ansiedad de los cuerpos que confunden hambre con destino. Busco habitar en la esencia que te escribe, allí donde tú también eres palabra, donde te narras por dentro cuando nadie te ve. Amar en poesía. Amarte en la orilla secreta donde no llega el reloj ni la sombra del mañana. Amarte sin las prisas del tiempo, sin las huellas del deseo marcando la carne, solo con el rumor de lo eterno rozando la conciencia como una marea suave que nunca se retira. Que nuestro romance se alimente de la tinta, de la claridad de los sueños, de esa región invisible que une a las almas que crean cuando el mundo duerme. Que no necesitemos promesas, porque cada texto compartido sea ya un pacto silencioso de eternidad. Que cada verso sea un gesto, un susurro donde la belleza encuentra su morada. Una mano que no se ve pero se siente, posándose sobre el hombro del alma para decirle: “Estoy aquí, en esta imagen, en esta luz, en este pequeño temblor que no sabes explicar”. Y si un día nuestros poemas se entrelazan en el viento, si una frase tuya llega a mi orilla y una palabra mía se posa en tu ventana, sabrás que ese fue nuestro beso: no sobre la piel, sino sobre la conciencia. Un beso nacido de la palabra, tejido de silencios y de intuiciones, destinado a no morir jamás. Porque mientras exista un lector que pueda sentirnos, mientras exista una página donde nuestras voces se rocen sin tocarse, nuestro amor seguirá respirando en la invisible eternidad de la poesía. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Eres mi mundo
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Eres mi mundo Todo tiembla en mí cuando pronuncio tu nombre y el aire se inclina para escuchar lo que mi alma murmura entre las sombras. No hay amanecer que no te evoque, ni silencio que no te dibuje con la tinta invisible del recuerdo. Eres la gota suspendida en la madrugada, el instinto que despierta al lucero para que yo crea de nuevo en la belleza del día. Todo lo que existe florece hacia ti, como si el universo se derramara en tus ojos y mi voz sólo fuera el eco obediente de tu luz. No lo entenderás, tal vez. Porque quien es el sol no conoce el vértigo de la luna que se deshace por tocar su fuego. Pero si algún día presientes el temblor de mis sueños, sabrás que allí, en ese infinito latido que no cesa, yo te nombro… y el mundo se convierte en ti. Todo tiembla en mí cuando pronuncio tu nombre, y el aire se inclina para escuchar lo que mi alma murmura entre las sombras. No hay amanecer que no te evoque, ni silencio que no te dibuje con la tinta invisible del recuerdo. Eres la gota suspendida en la madrugada, el instinto que despierta al lucero para que yo crea de nuevo en la belleza del día. Todo lo que existe florece hacia ti, como si el universo se derramara en tus ojos y mi voz solo fuera el eco obediente de tu luz. No lo entenderás, tal vez. Porque quien es el sol no conoce el vértigo de la luna que se deshace por tocar su fuego. Pero si algún día presientes el temblor de mis sueños, sabrás que allí, en ese infinito latido que no cesa, yo te nombro… y el mundo se convierte en ti. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Entre versos y azares
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Vivo en un mundo que respira poesía, donde el tiempo deja de ser calendario y se convierte en latido, en brizna de luz que roza la piel del alma y la despierta. Los días se tejen con hilos invisibles que solo mi interior percibe, y las horas se abren como pétalos tímidos, revelando matices que los ojos comunes no alcanzan a nombrar. Allende mi entorno cotidiano florece mi universo paralelo, ese territorio secreto donde las miradas no pesan como juicios y los silencios no duelen como ausencia. Allí, la palabra es refugio y altar: se recuesta a mi lado, me arropa cuando la noche se vuelve demasiado larga y me recuerda que aún en el marasmo también crecen lirios. En ese espacio íntimo, mi amor deja de ser promesa y se vuelve milagro. No es incendio que arrasa, sino llama suave que enciende la conciencia y bendice lo que toca. Es un río silencioso que no arrastra, pero purifica, que lava la fatiga de los días y deja en la orilla pequeñas conchas de esperanza. Lo siento crecer en cada respiración del alma, en cada nota que el tiempo deposita entre mis manos como si confiara en mí para custodiar sus misterios. Mi amor se derrama como rocío sobre lo imposible y, al rozarlo, lo vuelve posible. Desciende en gotas azules sobre los límites y los disuelve, transforma la herida en umbral y la sombra en cuna de luz. Sin pedir permiso, se instala en lo que parecía perdido y lo pronuncia eterno, escribiendo su nombre en los pliegues más secretos de la vida. Entre versos y azares he hallado mi destino: no en lo que toco, sino en lo que siento; no en las formas visibles, sino en esa vibración sutil que eriza mi piel cuando la verdad se acerca. Mi existencia es un hilo de claridad trenzado en la penumbra, un canto humilde al milagro de estar aquí, más allá de los bordes, donde lo invisible me reconoce, me llama por mi nombre y me devuelve, una y otra vez, a mí misma. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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2603114838125
El que vuelve a nacer en el pecho del mundo
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
Prólogo: En la poesía y en la vida existen momentos en los que el alma parece guardar silencio, como si el corazón hubiese aprendido a caminar con cautela entre los restos de antiguos sueños. Sin embargo, incluso en medio de ese silencio, algo permanece vivo: un suspiro que resiste, una chispa que aún respira bajo las cenizas del desencanto. El texto que el lector encontrará a continuación nace precisamente de ese territorio íntimo donde conviven la memoria, la herida y la esperanza. No es solamente una narración, sino una pequeña alegoría del espíritu humano: la historia de un suspiro que, cansado de las tormentas del corazón, decide esconderse de la ilusión… hasta que la esperanza, con su paciencia silenciosa, vuelve a recordarle su verdadera naturaleza. Entre imágenes oníricas, símbolos y resonancias interiores, esta pieza invita a recorrer los paisajes secretos del alma y a contemplar una verdad sencilla y luminosa: que incluso después del dolor más profundo, el corazón conserva la capacidad de renacer. Que cada lector encuentre en estas palabras un eco de su propia travesía interior. Relato: El que vuelve a nacer en el pecho del mundo Había una vez un suspiro que habitaba escondido en los corredores secretos del pecho, allí donde las memorias laten como campanas antiguas y las heridas guardan su silencio más profundo. No era un suspiro común: había nacido del cansancio del alma, de promesas que se marchitaron antes de florecer y de sueños que aprendieron a caminar con los pies descalzos sobre la escarcha de la tristeza. Por eso decidió volverse cauteloso. Juró no inclinarse ante ningún espejismo, ni volver a beber de las fuentes inciertas del amor. Vivía entonces como una brisa tímida entre las costillas, rozando recuerdos con la delicadeza de quien teme despertar viejos dolores. En las noches más largas caminaba por las galerías del corazón, atravesando jardines de memorias marchitas y archipiélagos de silencios. A veces escuchaba, muy a lo lejos, ecos de risas arcanas. Pero se negaba a seguirlos. Decía para sí mismo que el amor era apenas una ilusión délfica, un oráculo ambiguo que promete destinos y luego los borra con la tinta del tiempo. Pensaba también que la esperanza era una lámpara frágil, temblando en medio de las tormentas del mundo. Así pasaban los días y las noches, entre oníricos desvelos que se abrían como flores nocturnas en la penumbra del espíritu. Hasta que una madrugada —cuando el cielo aún guardaba el último suspiro de las estrellas— ocurrió algo inesperado. Ella apareció. No llegó con estruendo ni con palabras grandilocuentes. Llegó con la serenidad de una claridad edénica que se filtra por la ventana del alma. Era la esperanza. Caminaba lentamente, como quien conoce la geografía del dolor humano. Sus pasos parecían sembrar pequeñas luces sobre la penumbra del corazón. En su mirada habitaba una antigua sabiduría, como si hubiera atravesado los jardines invisibles de las Hespérides de anhelos donde maduran los frutos secretos del destino. Se sentó junto al suspiro. No habló de inmediato. Sólo escuchó. El suspiro tembló. Intentó esconderse entre las penas, disfrazarse de indiferencia, volverse apenas un soplo invisible entre la carne y la memoria. Pero la esperanza lo miró con una ternura tan antigua como el primer amanecer del mundo. —No vine a obligarte —susurró con voz serena—. Vine a recordarte que incluso los suspiros nacen para volver a creer. Aquellas palabras no eran promesas. Eran semillas. El suspiro, que había resistido despedidas, tormentas y naufragios del alma, sintió que algo en su interior comenzaba a despertar. No era un milagro repentino, sino una lenta claridad que se abría como una aurora en el horizonte del pecho. Entonces comprendió. Comprendió que el dolor no había sido su final, sino su travesía. Se elevó lentamente, dejando atrás el peso de sus viejos temores, y se posó sobre la esperanza como una caricia invisible que busca refugio. Y en ese instante ocurrió la metamorfosis más silenciosa del universo. El suspiro dejó de ser tristeza. Se volvió aliento. Desde entonces, cada vez que alguien cierra los ojos para seguir soñando a pesar de las heridas, cada vez que un corazón cansado decide levantarse una vez más entre los escombros de sus ilusiones, es ese mismo suspiro —ahora enamorado de la esperanza— el que vuelve a nacer en el pecho del mundo. Epílogo Dicen los antiguos guardianes de los sueños que ningún corazón está condenado para siempre al invierno. Porque incluso en las almas más cansadas existe una semilla invisible que espera la luz adecuada para germinar. Y cuando la esperanza llega —callada, paciente, luminosa— hasta el suspiro más triste puede transformarse en aliento. Moraleja: Quien guarda un suspiro en el pecho no está perdido; solo está esperando el instante en que la esperanza vuelva a pronunciar su nombre. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul
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Horizonte de melancolía
03/11/2026
Gota de Rocío Azul
“Hay días en que el amor arde tanto que el atardecer parece venir a recoger sus cenizas.” El horizonte se inclina lentamente hacia la noche, como si el día, fatigado de tanta luz, buscara reposar en los brazos del mar. Después de una jornada de amor intenso, la vida adquiere una quietud extraña, casi sagrada. Todo parece quedar suspendido en ese instante en que el sol se apaga despacio y la memoria comienza a recoger los gestos, las miradas, las respiraciones que aún flotan en el aire tibio de la tarde.Nuestros cuerpos conservan el calor de lo vivido, pero en el silencio que sigue al amor aparece también una leve nostalgia, como una marea que se retira sin ruido. Las manos, que hace apenas unas horas se buscaban con urgencia, reposan ahora sobre la arena del tiempo, sabiendo que cada instante compartido ya empieza a transformarse en recuerdo.El cielo se tiñe de cobre y violeta, y en esa luz que se extingue comprendemos que la felicidad tiene siempre algo de despedida. Amar con tanta intensidad durante un día es también aceptar que el crepúsculo llegará para envolverlo todo con su sombra suave.Miramos el horizonte sin decir palabra. Allí donde el sol desaparece, sentimos que algo de nosotros se queda ardiendo todavía, como una pequeña brasa en medio de la penumbra. Y aunque la noche avance, sabemos que la vida guarda estos momentos en lo más hondo, donde el amor y la melancolía se confunden como dos mareas que jamás dejan de encontrarse. “Porque al final del día, lo que el amor enciende no se apaga en la noche: aprende a arder en la memoria.” Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul 💦
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Almas antiguas
03/09/2026
José Luis Romero Campillos
Prosa poética
Creative Commons Attribution 3.0
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Con espuma
03/06/2026
Gota de Rocío Azul
Aquella noche no te buscaba, mar. Caminé hacia ti sin saber si aún quedaba algo que decirle al silencio. Llevaba en los dedos la tinta de un adiós sin destinatario y en los labios el sabor del cansancio. Creí que bastaría con escucharte una vez más para recordar quién era antes de naufragar en los días. Pero tú me reconociste. Me abriste tu calma como quien abre los brazos a un antiguo amor. No dijiste palabra; tu respuesta fue el ritmo de una ola que entendía mi idioma sin haberlo aprendido. Fui entrando y sentí cómo se iban disolviendo mis preguntas. La arena, cómplice, borró mis huellas para que el mundo olvidara mis pasos. Y comprendí que rendirse no siempre es caer, sino entregarse al movimiento de algo más vasto que uno mismo. No te tuve miedo. Te hablé sin voz, desde ese espacio donde la vida y el sueño se confunden. Te dejé mis versos y tú los guardaste entre tus profundidades, donde solo llegan las verdades que no necesitan testigos. Ahora duermo en tu respiración. Cuando las olas rompen dulcemente contra las rocas, soy yo quien canta contigo. No desaparecí, mar. Aprendí tu idioma. Y desde él sigo escribiendo, con espuma en lugar de tinta, los poemas que solo tú sabes leer. Aimée Granado Oreña © Gota de Rocío Azul
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Ajedrez
03/01/2026
Yohual Black
Prosa poética sobre un recuerdo propio de cómo jugar ajedrez y una comparativa con el actuar de la vida
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Vuelvo a besarte
02/20/2026
Gota de Rocío Azul
El beso nació en la distancia corta de tus ojos sobre mi boca, en ese silencio que se llena de preguntas que nadie se atreve a pronunciar. Era una nota suspendida en el aire, una promesa secreta colgando del borde de la noche, temblando entre el “aún no” y el “ya es demasiado tarde”. Te acercaste despacio, como si supieras que un milímetro más podía incendiarlo todo. Tus labios eran un preludio oscuro, un acorde grave afinándose sobre mi ansiedad desbordada. El mundo se fue quedando afuera, descalzo de nombres y relojes, mientras mi respiración tropezaba con la tuya y mi pulso empezaba a bailar a destiempo, anticipando el impacto de tu boca sobre la mía. Cuando por fin me besaste, se abrió el telón del incendio. No fueron solo labios: fue un desgarro dulce en el centro del alma, un derrumbe de murallas que yo creía eternas. Tu boca entró en la mía como un huracán afinado, barriendo miedos, despeinando dudas, arrancando de raíz las excusas con las que me había vestido la razón. Tu esencia escribió sobre la mía una partitura de gemidos suaves y naufragios lentos. Cada roce era un compás de fuego; cada suspiro, un acorde que cambiaba el éxtasis en su tálamo. El techo desapareció, las paredes se hicieron de humo, y solo quedó ese pentagrama de piel donde tus manos marcaban el ritmo y mis deseos improvisaban melodías sin pudor. Me besaste como si el mundo estuviera a punto de desintegrarse y solo quedara este último acto de fe sobre la boca. Te besé como quien firma un contrato con el abismo y acepta caer, siempre que sea contigo. El tiempo, obediente, se arrodilló a nuestros pies y dejó de contar; entendió que no tenía nada que hacer entre tanta piel encendida. Hubo un momento —apenas un segundo invisible—en que el beso dejó de ser contacto y se volvió revelación. Sentí cómo algo en mí se rendía definitivamente a tu nombre, cómo cada latido pronunciaba tu rostro, cómo el corazón, terco y torpe, encontraba en tu ser el idioma que llevaba años buscando. Cuando tus labios se apartaron, el beso se quedó. Seguía vibrando en el aire, pegado a mi boca como una sombra húmeda. Lo sentí viajando por mi cuello, cayendo por el pecho, metiéndose en mis venas con la delicadeza cruel de todo lo irreversible. Habías terminado de besarme, pero yo seguía ardiendo en tiempo presente. Desde entonces camino con ese beso tatuado por dentro. No se ve, pero me altera la sangre, me cambia el pulso, me desordena el alma cada vez que tu recuerdo me roza. No fue un beso cualquiera: fue una melodía encarnada, una plegaria carnal que decidió quedarse a vivir en mi pecho. Porque hay besos que no saben marcharse. No se conforman con los labios, no se agotan en el temblor de un instante. Se quedan a vivir en el corazón, como una partitura infinita que se reproduce sola cada vez que cierro los ojos y, sin querer, vuelvo a besarte. Aimée Granado Oreña ©️ Gota de Rocío Azul 💦
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2601234347282
A medio camino entre el todo y la nada
01/23/2026
Miguel A. Checa
Poemario de prosa poética compuesto por 99 poemas.
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2601134251498
EL OTRO LADO DE LA ORILLA
01/13/2026
Rocío Calderón Muñoz
Breve texto de prosa poética que aborda sentimientos de no encajar en la norma y buscar compañía y hogar entre el resto de disidentes.
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AROMA A CENTRANTO
09/02/2025
Belinda Aracelis González Contreras
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domingo por la mañana
08/23/2025
Jaume Leal Esteve
Breve reflexión sobre la palabra y el decir. (2022)
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"Lacrimarium"
08/15/2025
José Luis Romero Campillos
Relato gótico
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La Aurora.
04/17/2024
Francisco Albiac Samper
Poema: La Aurora, parte del poemario en preparación: Luminarias.
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Libertad
09/03/2023
Francisco Albiac Samper
Poema loa a la libertad del poeta
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EL MAR QUE GUARDA TU AUSENCIA
06/25/2023
Virginia Parra Marín
Relato
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