V erdaderamente, querida mía, me fatigas sin medida y sin piedad; se diría, al oírte suspirar, que sufres más que una espigadora sexagenaria o que las viejas mendigas que recogen trozos de pan a la entrada de las tabernas. Si al menos tus suspiros expresaran remordimiento, te honrarían; pero solo traducen la saciedad del bienestar y el agobio del reposo. Y además, no dejas de decir cosas inútiles: “¡Ámame, te necesito tanto! ¡Consuélame por acá, acaríciame por allá!”. Mira, voy a intentar curart
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