Una mañana el noticiero en medio de las notas de violencia e inseguridad ciudadana informa sobre la aparición de una virgen que llora. Doña Sofía, sofisticada y de clase alta, venida a menos, aconsejada por las compañeras de oración del rosario, decide pedir a la virgen para tenerla una temporada en su casa. Así iniciará los preparativos para recibir a importantes visitas, entre ellos la del arzobispo de la ciudad.
Mientras tanto, en una aula del quinto de secundaria de una escuela pública, los chicos hablan entre otras cosas sobre sus planes de fin de semana o sobre el paseo de fin de curso a la playa. Adrián en una esquina entretiene a sus compañeros contándoles los detalles de su última pelea callejera, tiene un ojo morado, aún hinchado, pero insiste en que su oponente quedó en el piso, muestra también la foto de una turista holandesa, su nueva conquista, según él. Por otro lado Samuel, hermano menor de Adrián, hace la caricatura de la profesora de turno. En la esquina opuesta, Clara más triste que de costumbre, lleva en silencio la angustia de tener una madre enferma y un padre alcohólico.
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