Era verano entre las montañas. El clima estaba seco, pero en aquél horario la temperatura no daba descanso; tres horas pasado el mediodía, y más de 40° C. en la sombra. Sólo aquellas personas que han viajado hacia lo alto, es decir a una gran altitud, pueden saber lo que significa dicha temperatura a 3000 metros sobre el nivel del mar (msnm). Las montañas, a pesar de ser verano y de que la temperatura fuera tan alta, comenzaban a verse en la lejanía llenas de copos blancos; Por un lado, las montañas eran rojas, por otro lado, blancas. Allí todas las cosas eran extrañas: los colores, los aromas, los gustos… en fin, todos los sentidos parecían afectados por el ambiente.
A pesar de las aparentes inclemencias del clima, un pequeño poblado se cernía entre las montañas: había cuatro casas, un pozo de agua, un pequeño oratorio, y tres parcelas de cereales por familia. Además, cada construcción tenía un corral con algunos cabritos y pocas ovejas. Las construcciones tenían un aspecto muy peculiar. Estaban hechas con grandes pedazos de roca superpuestos entre sí, con alguna que otra unión de barrio donde la situación lo ameritara. Las aberturas eran una ventana y una puerta por casa. Las ventanas eran de un metro por un metro, y se encontraban cubiertas por cuero de vaca. Las puertas eran de madera dura pero de muy mala calidad, corroída por el tiempo, por el viento y por las pequeñas partículas de tierra que la golpeaban sin clemencia. El piso de las casas era sólo de tierra alisada, muy prolija. Los techos pasaban desapercibidos con el terreno, pues eran de un color amarillo, como un efecto otorgado por la paja gastada.
El pozo de agua sobresalía unos cincuenta centímetros sobre el suelo. Dos columnas hechas en base a grandes ramas venosas daban una impresión de debilidad.
En el centro del pequeño poblado se encontraba el antiquísimo oratorio; tenía ingeniosamente esculpidas dos cruces a los lados. La abertura de entrada no tenía puerta, con lo cual el oratorio siempre estaba lleno de polvo; contaba con dos banquitos para tres personas corroídos y un altar privado de cualquier ornamento. Solo una pequeña imagen de un Jesucristo moreno decoraba la pequeña sala. Ni luces, ni Altísimo (lugar en el que guarda el cuerpo de Cristo), ni sillas, ni nada. Solo dos bancos, un altar y un cuadro.
Todo en este remoto paraje era silencio, desde los pájaros hasta las corrientes de agua, desde los escasos árboles hasta las montañas, desde los quehaceres cotidianos hasta las personas; todo, absolutamente todo guardaba un absoluto silencio con la eternidad, con lo inmenso del Universo, con el Infinito.
A pesar de que todo transcurría en un lugar tan alejado de la civilización, las personas junto con sus comportamientos y sus emociones eran similares a los de cualquier parte del mundo occidental. Los niños crecían y tenían ganas de jugar, los adultos trabajaban, a los ancianos se los consideraba los más sabios; en cuanto a la división del trabajo, se mantenía, pese al correr de los años y los cambios de paradigmas, un patriarcado sin violencia, con puro consentimiento. Eso refiere a que los hombres trabajaban duramente mientras que las mujeres cuidaban de los niños y de la casa.
Este lugar parecía (y así era en gran parte) detenido en el tiempo, pero no por eso estaban aislados y sin saber lo que sucedía; si necesitaban víveres como azúcar, aceites, utensilios de cocina, etc. debían ir al pueblo, al igual que para atender urgencias médicas.
El pequeño poblado casi no tenía habitantes dadas las dimensiones, pero por sobre todas las cosas, debido al rudimentario estilo de vida que se mantenía. El nombre del lugar era Iruya, que significa “Pueblo de los sabios”.
En medio del emplazamiento se encontraba el oratorio. En la casa ubicada al norte vivía la familia Avehí, que contaba con cuatro miembros: padre, madre y dos abuelos. La casa ubicada al este estaba habitada por la familia Jaguarerí, con tan solo un hombre. La casa del oeste era la más fuerte y mejor equipada, donde vivían tres hombres con sus respectivas mujeres, y una niña de catorce años; ellos eran los Rahí. Y en la casa del sur, cuya estructura era la más grande de todas, vivía una mujer de unos cuarenta años con su hijo Félix, componiendo así la familia Condorí.
Este lugar permanecía impasible entre montañas de polvo, barro, roca y laja. Era un sitio remoto, donde la imaginación de las personas se hace eco entre elevaciones.
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