Search
public copyright
inscriptions
38116 results found for cuento.
2304063994053
Interferencias
04/06/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/I/interferencias.pdf Barruntando que un salto en el vacío para acto, no seguido y sí de contrición, destapar sin ruido una de aquellas botellas que venía guardando desde no podía recordar ya dónde pero sí, seguro, para despejar cualquier lugar en el que pudiese caber la más insignificante, menospreciable de las dudas que pudiera jamás haber parido, dado a luz de candiles de llamas ondulantes, sinuosas como el andar pensando, discurriendo, ora en la cotidianidad del ir, o del venir, a cuento o sin la tarea realizada y lamentando, a susurros, el no haber sabido encontrar una salida airosa y por el punto de inserción que fuera a ser garante de que no surgirían problemas tan nuevos que, aun recurriendo a todo el saber acumulado a lo largo de décadas, no se hubiera descubierto para entonces una solución de continuidad que encajase, sin fracturas ni tener que forzar los goznes de las encrucijadas, a la imperfección en el reducidísimo margen de intolerancia, o de incomprensión que, una vez asignado y tras sellar el acta, habría de ser inherente costara lo que costase y aun a riesgo de dejarse la vida en el empeño para, una vez resuelto el caso, encontrarse con la molestia adicional de tener que regresar a recogerla y, quién sabe, si viéndose en la obligación legal de tener que abonar gastos de almacenamiento que en absoluto deseaba afrontar para que le devolviesen una vida tan inútil y tan vieja, tan pavorosa y enfebrecida inteligencia como la que pariese, diera a la misma luz ya mucho antes, aquella Eternidad hostil que las engendrara (a ella y a sus hermanas) para, luego y sin pudor alguno, vomitarlas no sería del todo limpio habida cuenta y razón de que el tal y en términos absolutos sólo existe en unas condiciones muy especiales que ella estaba totalmente segura de ni reunir ni contar con la capacidad de persuasión suficiente para convencerlas de que se amigaran por sí solas y dejando a un lado las diferencias que con un poquito de buena voluntad no tenían por qué hacerlas sin remisión incompatibles, optó por llenarlo ella misma, con sus propias manos y los restos mortales aun calientes de todo cuanto alguna vez fuese sustento, oráculo o remanso de guerras perdidas sin haber tan siquiera hecho el intento de presentar, de manera formal y rodeada de todos los honores, la correspondiente batalla sobre las faldas de seda o terciopelo de las señoras endomingadas o, más divertido quizás, bajo la apariencia, inocente por más que engañosa pero (se dijo) que viniera a demostrarlo nadie, de cualquiera de los caballeros que, pensaban ellos, volverían, en ese constante ir y venir de la fortuna, a encontrarse con alguna que, ya por caritativa o complaciente, ya por necia, les concediera el inmenso favor, la enorme gracia (de ahí lo de “divertido”, pensó, sonriendo para sus adentros) de traer a sus manos, una vez más, el poder y la fama, que, y eso lo entendería cualquiera que acudiese a hacer no importaba qué reclamación antes que ella, no iba, ni en el mejor de los casos que cupiera (en un espacio tan reducido para un tiempo tan largo) ni en el peor de los mundos pensables, a merecer ni la pena de quienes la añorasen ni el aplauso de quienes la juzgaran decidió, sin pararse ― no supo si con buen o mal criterio pero consciente sí de que ya estaban en el aire (y en antena, con esa definición tan exasperante que tienen las televisiones modernas) ―ni a reconsiderarlo con serenidad ni, menos aún, a recomponer sus vestiduras (ellas) ni sus ilusiones tan pueriles (ellos), olvidarse de innovaciones y hacer las cosas como debían de ser si, como (eso sí) se tomó la libertad de suponer, estaban siendo como siempre. 6 de abril de 2019
All rights reserved
2211302756610
LA MUJER DEBAJO DE LA MADRE
11/30/2022
Ana Amparo Acosta Rodriguez
Si, a veces nos olvidamos de la mujer debajo de la madre. Nos sucede a la gran mayoría, los primeros años de vida de nuestros peques. La mujer debajo de la madre queda escondida, en pausa, escondida bajo interminables demandas y días que parecen fotocopiados. Y es que las madres nos entregamos plenamente y sin tapujos a la maternidad, procurando convertirnos en la mejor versión de mamá que podemos llegar a ser. Nos rodeamos de madres, leemos sobre crianza y maternidad, hablamos de hijos, pañales, siestas, cólicos, problemas de pareja, falta de sueño, ludotecas, parques, teta. Este nuevo rol, como todo lo novedoso, debe ser aprendido y construido mediante la práctica. Pero con la maternidad sucede algo muy curioso y es el hecho de que para construir y aprender primero debemos deconstruir y desaprender, lo cual toma mucho tiempo y a veces duele. Hay tanto que interiorizar que sin darnos cuenta quedamos inmersas en un nuevo mundo en el que abandonamos sin querer y sin darnos cuenta a la mujer debajo de la madre. Es tan coyuntural la metamorfosis que hasta nuestro propio nombre perdemos para pasar a ser «la mamá de…» Pero lo maravilloso es que a medida que los hijos crecen y nos van soltando, soltamos también el protagonismo de la madre para volver a darle la bienvenida a la mujer que ya no es la misma que también ha crecido a la par de los hijos. Ya no es sólo mamá, ya no es solo mujer, ahora es mujer madre. Y de repente, volvemos a recuperar lentamente la independencia de la dependencia de la cría y al principio no sabemos qué hacer con ella, pues tanto tiempo y energía hemos puesto en nuestra maternidad que es difícil quitarle el protagonismo. Y de repente, ya no tenemos que volver corriendo a casa para leerles el cuento, ni tenemos que postergar una salida por una siesta del bebe, tampoco tenemos que llegar tarde por dar la teta o por un llanto que no cede y hasta podemos desvelarnos porque sabemos que podremos dormir bastante. Y de repente, los «no te vayas mami» se transformaran en «que te diviertas ma, nos vemos cuando regreses» y casi sin darte cuenta comienza tu etapa de renacer y reencontrarse. Y nos sentimos nuevamente como aquella adolscente que podría confirmar un plan de última hora y que se ilusionaba probándose outfits para salir con sus amigas. Volvemos a sentir esas mariposas en el cuerpo y esas cosquillitas ante una noche sin alarma de regreso. Solo que está vez las salidas con nuestras amigas son diferentes, porque vienen acompañadas por mucha paz y la gratitud a una misma por haber podido esperar, haber sido pacientes con los tiempos de la infancia. La paz de saber que no nos hemos perdido de nada, que nos tocaba maternar y ponernos en pausa y que ahora, desde este empoderamiento, podemos reencontrarnos con la mujer debajo de la madre. Con este texto quiero decirte a ti, que estás leyendo con un bebe en la teta, que mientras lees tienes encima a tu criatura durmiendo en tu pecho o que siente que nunca más tendrás energías para arreglarse y salir de noche: va a llegar, vas a poder, vas a disfrutar como antes y aun mejor porque cuando llegues a tu casa luego de una noche de fiesta antes de acostarte pasarás por el cuarto de tus hijos, les darás un beso en la frente y te sentirás orgullosa de que finalmente la madre y la mujer se han fusionado y cada una tiene su espacio, un espacio necesario y sanador.
All rights reserved
1908081650147
Iré a por tí
08/08/2019
Miguel Angel Salinas Cebollada Miguel Angel Salinas ,
Iré a por ti. (Aunque me supliques, iré a por ti) (Sinopsis) Los protagonistas de este relato, Nicole y su hijo de diez años Walter, se trasladan a la ciudad de Sidanzo, a intentar rehacer su difícil pasado. Ella, ingeniera de formación, emprende una carrera en solitario que no le cuesta convertir en exitosa. Sus vecinos (Romina y Tadeo), una encantadora pareja, tienen un hijo de la misma edad que Walter, Ulises. Los niños se convierten en inseparables y su relación es clave para entender el desenlace de la historia. Nicole lleva muchos años sin pareja y Romina la ve triste y sola. La anima a buscarse un hombre y conoce a Flavio. Resulta ser un buen compañero y un padre para su hijo. Pero ese inestable equilibrio que alcanza, se ve roto, cuando Nicole se enamora de un cliente, Milton. Que a la sazón, resultó ser un narcotraficante, pero no por ello mala persona. Es además buen amante, atento y educado. Nicole era tremendamente feliz con sus dos hombres, su hijo y su próspero trabajo. Pero su vida estaba llena de vaivenes y su efímera dicha se desmoronó, siendo fiel a su triste pasado. Su exmarido se enteró de su paradero y fue a Sidanzo a recuperar a su hijo. Era un hombre peligroso, que había conocido todos los ámbitos de la delincuencia y las oscuras cloacas de la cárcel. No cejaría en su empeño y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de recuperar lo que era suyo. Nicole pide ayuda a Milton. Este, cuenta con lacayos de la peor ralea que pueden hacer frente a la amenaza. A partir de ese momento, se desencadenan todo tipo de acciones cruentas, situaciones de peligro en las que un niño, no se debería ver envuelto. Pero el pequeño Walter se ve inmerso sin venir a cuento, o puede que no fuera así. Walter es muy avispado y sabe ver más allá de lo que se le supone a su edad. Puede que sepa resolver el asunto y sacar a su madre del apuro. Por lo que ve, los mayores son incapaces de hacerlo. Esta novela, no deja de ser una oda al amor y a la amistad. Deja bien patente cuales deben de ser los motivos, las razones que nos muevan a tomar decisiones. Deja patente cuales deben de ser las prioridades que un ser humano debe de tener en la vida. Aferrarse a ellas y dejar de lado lo superficial y accesorio es necesario, nuestra supervivencia depende de ello. La historia deja meridianamente claro que algo que caracteriza al ser humano es la capacidad de amar y ser amado. Pero también que nuestros instintos más animales, propios de los moradores de la selva, son fundamentales para alcanzar la felicidad. Defender la compañía y procurar la protección de nuestros seres más próximos, por los medios necesarios, va acompañado de forma irrevocable a utilizar la violencia, a matar si es necesario. No podemos ser felices todos a la vez. Para que unos lo seamos, otros deben de desaparecer. Es así de simple.
All rights reserved
0811221640506
El Gnomo Yanho
11/22/2008
0811220111366
El Gnomo Yanho Érase que se era, en un lejano bosque, un gnomo llamado Yanho. ¿Habéis oído hablar de los gnomos? Son seres muy pequeños, de aspecto bonachón, muy bondadosos y súper divertidos. Cuando no están trabajando, siempre están riendo o cantando. Seguramente no habréis visto a ninguno, pero es porque están escondidos; son muy tímidos y raras veces se dejan ver. A los gnomos rara vez se pelean; les gusta pasárselo bien y gastar bromas. Yanho era el más querido del poblado. Su buen corazón era reconocido por todos. Un día, Yanho, paseando por el bosque, escuchó hablar de un viejo árbol que vivía a las afueras del poblado. Solían decir que era un príncipe encantado por un mago muy malo. Los gnomos tienen algo de magos dentro de ellos, y ni corto ni perezoso, Yanho fue a visitarlo. Después de muchos días de viaje, dio con el árbol, que tenía más de quinientos años y se llamaba Dormilón porque se encontraba dormido. Al principio, Yanho no sabía cómo hablar con un árbol, pues hacía muchos años que no hablaba con uno dormido. No sabía si le gustaría despertarse y le dijo: —Voy a preparar un sortilegio para que despiertes, y para que funcione, tendrás que pagar un precio. Tendrás que ir haciendo el bien y poco a poco recobrarás tu aspecto. Cuando crea que has cumplido, te dejaré libre. El príncipe volvió a su estado humano, pero era muy feo. Aceptó el trato y se marchó muy contento, aunque su aspecto no era nada agradable a la vista. Al llegar a su reino, el príncipe Roberto vio a su buen amigo Pedro sentado en la puerta de su casa, cerca de un lago. Una primera bondad acudió a su mente: sin que lo viera, Roberto se sumergió en el lago y esperó a Pedro, a quien le gustaba mucho pescar, pero nunca tenía suerte y jamás pescaba nada. ¡No había manera! Roberto buceó y puso un gran pez en el anzuelo. Roberto sonrió al ver la cara de asombro de Pedro al percatarse de que había pescado un pez para su cena. Por dos veces se repitió la escena: Pedro preparaba el anzuelo, lo echaba al agua y, cuando notaba que un pez había picado, el hilo se rompía misteriosamente. —¡Qué buena suerte tengo hoy! —pensó Pedro. Entonces, en un descuido de Roberto al salir a la superficie del lago, Pedro lo descubrió. Roberto salió corriendo en dirección a su casa y se miró al espejo. Su nariz era ahora más pequeña, al igual que sus orejas. Durante muchos días, Roberto siguió haciendo el bien a sus amigos y compañeros del reino. Al final, su rostro era perfecto y se podía decir que era el príncipe más guapo del reino. Sin embargo, algo más había cambiado: Roberto había ganado a todos sus amigos. Ya no se sentía solo y tenía con quién ir a pescar. En su cumpleaños, hizo una gran fiesta e invitó a todos los gnomos de la comarca. Roberto fue a ver a Yanho para agradecerle tanto bien y, con lágrimas en los ojos, le explicó lo que le había pasado. Con gran sorpresa, se encontró con el mago malvado que le había embrujado, quien le tiró cariñosamente de la oreja y le guiñó un ojo. —Sabía que te pasaría esto, por eso preparé mi sortilegio. Sé que eres bueno y la bondad es lo que ha hecho que el hechizo desaparezca a tiempo. Todo volverá a la normalidad, pero espero que hayas aprendido la lección. Así lo hizo Roberto. Siguió haciendo el bien, pero no porque alguien se lo hubiera dicho. Y su rostro volvió a ser el de antes: muy hermoso, pero, a cambio, consiguió ser un poco más hermoso de aspecto y de corazón. ...y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives 3.0
2602164578067
RENACIMIENTO DEL LEÓN
02/16/2026
Ivan Sanchis Garcia Ivan Sanchis Garcia , Ivan Sanchis Garcia ,
[INTRO: Silencio absoluto. Luego, un latido. Uno solo. Otro. Más rápido. Una respiración profunda, como un animal enorme que despierta. Entran cuerdas suaves, una melodía triste pero esperanzadora. La voz del León, grave, pausada, poderosa] [VERSO 1 (Voz limpia, grave, solemne - estilo spoken word al principio)] "Creían que estaba muerto. Creían que mi rugido se había apagado. Creían que podían repartirse mi piel antes de que mi corazón diera el último latido. Pero no saben... ...no saben que los leones ...también resucitan." [(Entra la banda suavemente, guitarra limpia, bajo profundo. La voz se vuelve más melódica pero aún contenida)] [VERSO 2 (Voz limpia, emocional, narrativa)] He dormido mucho tiempo, he soñado con la guerra, he visto en sueños a mis hijos esparcidos por la tierra. Me lamió las heridas el recuerdo de lo que fui, y en cada cicatriz guardaba la memoria de un país. [VERSO 3 (La voz se fortalece, la banda crece)] Me clavaron banderas falsas, me cantaron funerales, repartieron mi melena entre perros y chacales. Pero en lo más hondo, en lo oscuro, donde el alma no se vende, algo mío, algo nuestro, algo eterno, siempre prende. [PRE-ESTRIBILLO (Entra ritmo marcial, coros suaves de fondo)] ¿Oís ese ruido? No es el viento, no es el mar. Es el latido de la bestia que va a despertar. ¿Sentís ese temblor? No es la tierra, no es el fin. ¡Es el León que se incorpora, es el principio! [ESTRIBILLO 1 (Entra la banda completa, power metal épico)] ¡RENACIMIENTO DEL LEÓN! ¡LA MELENA ES LLAMA! ¡CADA CICATRIZ ES UNA BATALLA QUE ME LLAMA! ¡NO VENGO A VENGARME, VENGO A CONSTRUIR! ¡SOBRE LAS RUINAS, VOY A RUGIR! ¡RUGIRÉ! [(La música cambia, se vuelve más pesada, más oscura. Entran guturales de Kinspire Wolf Bat)] [VERSO 4 (Gutural profundo - la furia del León)] Han saqueado mis montañas, han envenenado el río, han querido hacer de mi estirpe un circo vacío. Pero el hierro de mis garras sigue intacto bajo el polvo, y el que creyó que me domaba, ahora tiembla como un novio. [VERSO 5 (Gritos metalcore, más rápidos)] ¡Mi rugido no es nostalgia! ¡Mi rugido es advertencia! El que confunde mi paz con mi muerte, sufre mi presencia. No soy el pasado, no soy un museo, no soy un cuento, ¡SOY EL FUTURO QUE VUELVE, SOY EL JURAMENTO! [PRE-ESTRIBILLO 2 (Ritmo frenético, coros gregorianos de fondo)] ¡Ya no duermo! ¡Ya no espero! ¡Ya no callo! ¡Ya no cedo! ¡Cada golpe que me dieron me enseñó a tener más miedo? ¡NO! ¡ME ENSEÑÓ A SER MÁS FUERTE, MÁS ASTUTO, MÁS LETAL! ¡EL LEÓN VIEJO ES EL QUE MATA, NO EL QUE MUESTRA EL COLMILLO AL SOL! [ESTRIBILLO 2 (Fusión TOTAL - guturales y limpios alternan, gregorianos y orquesta al fondo)] ¡RENACIMIENTO DEL LEÓN! ¡LA MELENA ES ACERO! ¡CADA GOTA DE MI SANGRE PARIRÁ UN GUERRERO! ¡NO PIDO PERDÓN POR EXISTIR, PIDO PASO! ¡EL QUE QUIERA VERME MUERTO, QUE ME MATE EN MI ABRAZO! ¡LEÓN! ¡LEÓN! [SOLO DE GUITARRA (Épico, larguísimo, con múltiples secciones. Neoclásico, shred, melódico. Detrás, ORQUESTA COMPLETA de Fidei Gladius y el ÓRGANO haciendo contrapunto. Es el momento más virtuoso del disco)] [PUENTE (La música baja, queda solo el órgano y los gregorianos. La voz del León, ahora serena, como después de la tormenta)] "No quería la guerra. Pero si la guerra viene... ...que venga. No quiero más muertos. Pero si hay que morir... ...que sea de pie. Mis hijos, mis hijos, mis hijos... ...mirad al horizonte. ¿Veis esa luz? Esa luz... ...ESA LUZ SOMOS NOSOTROS." [(Silencio. Un segundo. DOS. TRES. Y EXPLOTA TODO)] [ESTRIBILLO FINAL (x4 - el más grande, el más épico, el más TODO. Kinspire y Fidei fusionados en uno. Guturales, limpios, gregorianos, orquesta, órgano, TODO)] ¡RENACIMIENTO DEL LEÓN! ¡LA MELENA ES FUTURO! ¡CADA HIJO DE LA PATRIA ES UN LATIDO PURO! ¡NO HAY TUMBA QUE ME GUARDE, NO HAY OLVIDO QUE ME BORE! ¡EL LEÓN NO MUERE, EL LEÓN SE TRANSFORMA Y VUELVE Y DEVORA! [¡LEÓN! ¡LEÓN! ¡LEÓN!] [BREAKDOWN FINAL: La música se ralentiza, pesadísima. Silencio. Un rugido. OTRO. Y EL ÚLTIMO GRITO] ¡SOY EL QUE FUI! ¡SOY EL QUE SOY! ¡SOY EL QUE SIEMPRE VOLVERÁ! ¡POR LA SANGRE! ¡POR LA TIERRA! ¡POR LA GLORIA! ¡POR LA GUERRA! ¡POR LOS QUE VIVEN! ¡POR LOS QUE MUEREN! ¡POR LOS QUE SIEMBRAN! ¡POR LOS QUE HIEREN! ¡POR LA PATRIA! ¡POR LA CRUZ! ¡POR EL LEÓN! ¡POR LA LUZ! [(Último estribillo, a capela, solo voces, luego la banda entera un último golpe)] ¡RENACIMIENTO DEL LEÓN! ¡RENACIMIENTO DEL LEÓN! ¡RENACIMIENTO DEL... [GOLPE FINAL DE BATERÍA. Silencio absoluto.] [OUTRO: El viento. Luego, muy lejano, un rugido. No de animal: de multitud. Miles de voces. Luego, el mismo latido del principio. Pero ahora calmado, en paz. Una última campana. Silencio.]
All rights reserved
2508022676152
Sombras en la morgue capitulo 4 final autora Marta Digat
08/02/2025
marta vazquez digat
Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973. Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? *Hoy, mientras ordenaba algunas cosas antes de irme al hospital, decidí revisar de nuevo el libro de mi abuelo. Y entre sus páginas… algo sobresalía. Un papel suelto, manuscrito. Tinta sepia. Caligrafía elegante. Al abrirlo, el perfume del pasado se hizo presente. Era un poema. Y su dedicatoria era clara: para Aurora. Lo leí con el corazón palpitando. Amor eterno Poema del abuelo, dedicado a Aurora Si la luna, la aurora y los ocasos, si la infinita noche constelada, ha de alumbrar desnudo tu regazo cuando incauta descanses en la almohada... Si un rayo de luna enamorada, al mirarte, hace asomar mis ojos, es el caudal de amor que me rebasa, y al querer contenerlo... brota. Y si he de mirar el sol saliente deslizarse por las trenzas de la aurora, escuchando el reloj que marca sigiloso la hora... Si la alborada me sorprende desvelado, contemplando tu rostro, enajenado, es tu silueta que me tiene hipnotizado con el embrujo de tu piel iluminada. Si ha de morir el día y la noche, si han de morir las rosas disecadas... Si el pasto verde perecerá en invierno, y las hojas caerán en el otoño, si los retoños de tu pelo encanecerán plateando tu negra cabellera, si nuestra juventud será solo una quimera y nuestro amor, una utopía...
All rights reserved
Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Me quedé pensando en sus palabras, en ese nombre que nunca quiso decir. Esa noche, antes de irme al hospital, volví a mirar una foto antigua del abuelo. En su mano, sostenía una rosa... Y junto a él, una mujer muy parecida a Aurora, pero más joven. ¿Podría ser ella? ✨ Continuación – Capítulo 4: Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973 Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción?
All rights reserved
Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? Me quedé pensando en sus palabras, en ese nombre que nunca quiso decir. Esa noche, antes de irme al hospital, volví a mirar una foto antigua del abuelo. En su mano, sostenía una rosa... Y junto a él, una mujer muy parecida a Aurora, pero más joven. ¿Podría ser ella? ✨ Continuación – Capítulo 4: Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: agosto de 1973 Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción?
All rights reserved
Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Capítulo 4 – Sombras en la Morgue Susurros de Amor Autora: Marta Digat (Un caso forense actual guarda similitudes con una vida pasada) Suena la alarma del reloj. Son las 7:00 de la noche. Me incorporo lentamente de la cama, dejando el libro de mi abuelo sobre la almohada. Hoy comienzo a trabajar a las doce de la madrugada; esta semana me toca el turno nocturno. Aurora me cuida desde que era una niña. Fue mi niñera, y ahora, en la adultez, es mucho más que eso: es mi segunda madre. Aurora es una mujer pulcra, cariñosa, afable. Está pendiente de mí, de mis cosas, de cada rincón de la casa. Mi madre, absorbida por sus responsabilidades como científica, confió en ella mi crianza, y no pudo haber elegido mejor. Aurora es una mujer maravillosa: gran cocinera, ama de casa impecable, consejera silenciosa y presencia constante. Mantiene el orden del hogar con una dedicación que solo puede venir del amor profundo. Si pudiera volver a nacer en otra vida, elegiría que ella me cuidara otra vez. Quizás ya lo hizo antes... ¿Y si en vidas pasadas fue mi madre? ¿Mi hermana? Hay algo en su mirada que me resulta eternamente familiar. Tenemos un lazo invisible, pero fuerte: amor, respeto, confianza, complicidad. Con ella me siento segura. Le cuento mis inquietudes, y ella, en un tono íntimo y sereno, me comparte fragmentos de su pasado. Una vez me confesó que, en su juventud, tuvo un amor platónico. Se enamoró perdidamente de un famoso escritor, un hombre que, según ella, cambió su vida… aunque nunca se atrevió a confesarle sus sentimientos. —Nunca me casé —me dijo una tarde mientras ordenaba la vajilla antigua— porque nadie más pudo ocupar ese lugar. —¿Y quién era, Aurora? —le pregunté curiosa. Ella desvió la mirada, sus ojos se nublaron de nostalgia. —No lo recuerdo —murmuró—. Lo bloqueé. Me duele demasiado recordarlo… Ese detalle siempre me pareció extraño. ¿Cómo puede alguien olvidar al gran amor de su vida? ¿O… acaso no lo ha olvidado, sino que lo oculta? Desde entonces, una sospecha silenciosa se sembró en mí. ¿Qué secretos guarda Aurora? ¿Y si ese escritor… fue mi abuelo? *** Antes de salir hacia el hospital, decidí subir al desván. No sé por qué lo hice. Tal vez fue un impulso. O tal vez… fue el libro del abuelo, aún tibio sobre mi almohada, que parecía mirarme como un testigo silente de un secreto antiguo. Aurora, como siempre, se acercó al pie de la escalera con su voz suave: —¿Subes sola? Hay polvo… y muchos recuerdos allá arriba. —Sí —le respondí, sin mirarla del todo—. Solo será un momento. Ella bajó la mirada. Un leve temblor cruzó sus labios, como si su alma contuviera algo que quería salir… pero no debía. Subí lentamente, guiada por la tenue luz del tragaluz. Entre los baúles y los muebles cubiertos por sábanas grises, algo me llamó la atención: una caja de madera tallada con flores de lis, igual al símbolo que aparece en el prólogo del libro de mi abuelo. La abrí con cautela. Dentro, había una carta antigua, doblada con delicadeza, y una foto en blanco y negro. Mi corazón se detuvo. En la imagen, estaba él. Mi abuelo. Sentado bajo un rosal… Y a su lado, una joven mujer de cabello trenzado, con la misma mirada cálida y profunda de Aurora. No decía su nombre. Solo una fecha: Agosto de 1973. Y al reverso, una caligrafía pulida que escribía: "Nuestro amor no puede existir, pero vivirá en las páginas que aún no han sido escritas..." Me estremecí. Guardé todo rápidamente. Tenía que irme. Pero algo en mí acababa de cambiar. ¿Aurora... y mi abuelo? ¿Era esa la verdad que me negaron toda la vida? *** Ya en la morgue, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración. Encendí la lámpara de pared, me coloqué los guantes de látex, y revisé los registros. Había un nuevo ingreso. Un caso no identificado. Mujer joven. Fallecida durante un desmayo en la vía pública. Sin señales externas de violencia. Al destapar el cuerpo, un escalofrío me recorrió la columna. En el pecho, del lado izquierdo, tenía una marca… Un símbolo grabado en la piel: una espiral doble, idéntico al que había soñado la semana pasada. El mismo símbolo… Que también aparece en la página treinta y tres del libro de mi abuelo, junto a la frase: "Aquellos que mueren sin despedirse, renacen con señales en la piel." Me quedé inmóvil, paralizada entre el asombro y el miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿El libro de mi abuelo no era ficción? ¿Quién era esta mujer… y por qué su cuerpo lleva una marca que solo existe en mis sueños? *** Esa madrugada, por primera vez… Sentí que no estaba sola con los muertos. Había algo más. Una presencia. Un mensaje. Y yo… estaba destinada a descubrirlo.
All rights reserved
2410139788461
Elaboración de masa de hojaldre para volovanes
10/13/2024
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/B/elaboraciondem.pdf que le dije que le agradecía, pero que me parecía un trabajo superfluo porque yo me arreglo con cualquier cosita y con un huevo frito con patatas me quedo tan contento, y que masa de hojaldre para volovanes, pues para qué… – ¿Para qué, Lola, masa de hojaldre para volovanes? – Pues para hacer volovanes para rellenarlos de crema de gambas para rellenar volovanes; que también tengo que hacerla. Y echó una ojeada a su reloj y, en tono apremiante, a mí que dejara de importunarla con tontadas y fuese poniendo la mesa. – No necesito mesa — respondí —; sabe perfectamente que siempre que como en casa lo hago en la bandeja del Derby de Epsom. Y hoy, que apenas tengo hambre porque si no he ido al ministerio es porque tengo gripe… – Para cuatro — indicó. – ¿Qué cuatro? – Pues usted, su madre, su tía y el capitán. – ¿El capitán? – Sí — ella —, y no me quiera confundir. Hoy no ha ido al ministerio porque es sábado. Y su salud perfecta. Y la comida es especial, un poquito de ceremonia como si dijéramos, así que haga el favor de irse arreglando. – ¿Para celebrar que es sábado y mi salud perfecta? – Para recibir a sus invitados. No sea ganso. – ¿Me pongo el chaqué? — Pregunté con un punto de ironía. – No hace falta exagerar. Pero uno de los trajes buenos, y una corbata bonita, y los gemelos de su tía Luisa que, por cierto, se va a sentir un poquito dolida por no haber sido invitada para ocasión tan señalada. – ¿Y cuál es entonces la que viene? – Pues la del capitán ¿O es que no termino de decírselo? – Y dale con el capitán, Lola ¿De qué capitán habla? – Pues del barco ¿De qué capitán va a ser? – No sé de ningún barco, Lola, ni de ningún capitán… ¿Ha consultado su agenda? ¿Está segura de que hoy no es martes y que no tendría que estar en cualquiera de sus otras casas? – No es martes — replicó terca, abriendo el horno —, y donde tengo que estar es exactamente en esta cocina porque usted me pidió por favor, eso sí fue el martes, que viniera a preparar la comida por lo de… ya sabe, y me figuro que no tendré que ser yo quien lo ponga a usted al corriente de sus acontecimientos familiares, pero, si usted se empeña… – Me empeño. – Bien, pues se lo cuento. Aunque es usted un poquito exasperante — ahora debía de estar haciendo la crema, de gambas, y apretaba botones en la batidora — ¿O me va a decir que yo me he inventado lo de la (…)? – ¿La qué? – ¿Decía? — ella, parando la batidora. – Que se ha inventado, con el ruido de ese chisme no he podido entenderla, no sé qué… – Es justo lo que le estoy diciendo — apretó otra vez el botón y alzó la voz — ¡que no me lo he inventado! Y la volvió a parar. – No, si eso ya — yo — Pero que lo de la qué. Quiero decir. – Vamos a ver — ahora sacaba con una espátula la crema de la batidora y, con mucha pulcritud, la iba poniendo en un recipiente de cristal —; su tía, ¿no estaba de viaje? – Por las islas griegas, sí. – ¿Y en qué medio de trasporte viajaba? – Pues, si era un crucero, en un barco… ¿ Voy bien? – Estupendamente — colocó el recipiente con la salsa en la nevera, y la cerró. Y haciendo girar su muñeca estiró el índice y, señalando donde el dedo al buen tuntún quiso apuntar, agregó —: Pues de ese barco, de ese barco precisamente es capitán de navío el capitán de navío que viene a pedir la mano de su tía… lo ha entendido? – ¿La mano de mi tía? – Eso es — Y se chupó el dedo de salsa. Y se lavó las suyas al grifo. COLOCAR CASILLA Y DISTINTIVO; Y TERMINAR, SI A MI AMIGO LE PARECE UNA BUENA OCURRENCIA, (QUE LO ESCRIBO EN ROJO Y CON MAYÚSCULAS PARA QUE ME SALTE A LA VISTA Y NO OLVIDARME). Y SI A MI AMIGO NO LE PARECE BIEN, O EN VEZ DE VOLOVANES PREFIERE CROQUETAS, O QUE LOLA NO SE CHUPE EL DEDO, O QUE ME OLVIDE DE LA BODA Y DE MI TÍA Y DE SU ENAMORADO PRETENDIENTE (MEJOR) Y DE MI TRAJE BUENO, ME TENDRÉ QUE ACORDAR DE OLVIDARME DE TODO ESTE ASUNTO Y BORRAR ESTE ARCHIVO, O DE CAMBIARLE EL TÍTULO (QUE SERÍA EN TAL CASO “ACORDARME”) POR Elaboración de masa (sin hojaldre) para croquetas, de bacalao tal vez — que la señora de Ramírez (madre) estará encantada de que le pida un poco, que no sabe qué hacer ya con tanto por culpa del papel para envolverlo para el pingüino del marido y la papiroflexia —; Y, SI TODO FALLA, NO SÉ QUÉ EXCUSA TENDRÉ QUE INVENTAR PARA QUE MI TÍA SE AVENGA A QUE DE BODA NADA (TAN ILUSIONADA QUE ESTABA) SIN MONTARME UNA BRONCA U ORGANIZAR UN DRAMA. O ME LAS ARREGLARÉ, A LO MEJOR, PARA CASARLA (YA VERÉ CÓMO) CON EL VEJETE DEL DESCANSILLO (AUNQUE ELLA NO HABLA INGLÉS), QUE SI SE ME OCURRE CÓMO HACER PARA QUE...
All rights reserved
2406198311481
Un tema, al parecer, muy desagradable
06/19/2024
Don Acisclo
http://valentina-lujan.es/R/Versparamote.pdf Le dije que exageraba. Que yo nunca… Me había pedido años atrás y al cabo de unos cuantos sin vernos que le hiciese un favor de suma importancia para él, y ahora — quiero en realidad decir entonces, cuando nos encontramos y estuvimos hablando del asunto —, una vez hecho el favor, me reprochaba no sé qué deslealtades y me culpaba de haber traicionado nuestra amistad. Entonces fue cuando le respondí exageras, y él con muy malos modos replicó no exagero en absoluto. – Claro que sí. Lo que pasa es que cada cual recuerda las cosas como le conviene. – ¿Me conviene; me reporta algún tipo de felicidad o beneficio el recordarlas como fueron? – ¿Cómo fueron? – Lo sabes perfectamente. – Eso es verdad; con tanta claridad que te cuento si quieres, punto por punto y palabra por palabra, qué pasó y de qué hablamos. Y como se quedó callado mirando el cenicero con gesto hosco, di por hecho que asentía y empecé a hablar, desde el principio; desde el principio aunque — entendiendo que había supuesto igual que yo que no teniendo ya temas comunes de que hablar después de tanto tiempo nos limitaríamos a cruzar algunas frases huecas en aquella acera abarrotada de la Carrera de San Jerónimo y a seguir cada cual nuestro camino — me salté el saludo y un par de trivialidades referentes al tiempo, por cierto, muy lluvioso. – Tampoco te contaré — dije —, puesto que tú mismo podrás recordar un cenicero lleno de colillas y dos paquetes de tabaco vacíos iguales que estos —, que nos habíamos equivocado los dos y que nuestra conversación fue bastante más larga. Omití asimismo el contarle que, al cabo de un rato recibiendo empellones de los que caminando con prisas y paraguas abiertos proferían improperios o algún seco perdón dedicándonos miradas hostiles, ahí estábamos: sentados a una mesa de un Cofee & Shop y departiendo, con perfecta naturalidad, como cuando éramos amigos inseparables. – Y, como entonces — hablé al fin, contemplando recuerdo las partículas de polvo suspendidas en un rayo del sol, cegador casi, de aquella mañana de verano radiante —, tu conversación giraba en torno a lo que había girado siempre. Y como siempre yo trataba de seguirla preguntándome, como me había preguntado siempre, por qué era precisamente a mí a quien elegías sabiendo que en una cuestión tan importante para ti, y que tan por completo te absorbía, jamás había sabido ayudarte. – Porque, vamos a ver — te preguntabas, le dije, me decías, angustiado ante la amenazante impavidez del papel en blanco; lo cual era un desperdicio lamentable, y perdona que haga este pequeño inciso pero eso tiene que quedar claro, porque mi sensibilidad fue siempre nula para el lenguaje literario — ¿Qué puede escribir alguien a quien ni gusta la novela ni sabe abordarla, ni se considera capacitado para escribir un ensayo ni, menos aún, posee los conocimientos suficientes de alguna materia como para que no lo paralice el pudor a la hora de exponer y desarrollar cualquier tipo de teoría? – ¿No es una pregunta demasiado larga? – No lo sé… ¿Cuánto puede importar lo larga que sea si está bien entonada? – Está bien entonada, sí — admitió —; pero me parece, y perdona que insista, que es una pregunta demasiado larga para poderla recordar con tanta precisión al cabo de los años. – A mí también — reconocí —, pero así es exactamente como la hiciste; aunque, si prefieres que te la repita con alguna pequeña variación… – No. No es necesario. – ¿Seguro? – Seguro. – ¿Sigo entonces? – Sí. No me gusta la novela. – ¿No te gusta la novela —te pregunté incrédulo, le dije — después de toda la vida intentándola? – Por eso precisamente: estoy harto. No sé abordarla, termino de decírtelo; he empezado varias y me pierdo, no sé estructurar un argumento... divago, me confundo... – Pues con ese panorama lo tiene chungo alguien, pero… – ¿Alguien? – Sí, bueno… El que ni le gusta la novela ni sabe abordarla ni se considera capacitado para… ¿De verdad no quieres que te lo pregunte de otra manera? – No. Así está bien. – Pero si ese alguien — seguí, mirando distraído las botas mojadas de una joven, con vueltas de piel — no se puede quitar de la cabeza el ser escritor, a mí me parece que la novela no puede ser muy difícil. – Eso es lo que tú te crees — Gruñiste. – Pues el ensayo — sugerí, y traté de animarte —: El ensayo no puede resistírsele demasiado a alguien que...
All rights reserved
2404087587535
Introducción a las versaciones de un chupaplumas
04/08/2024
El aprendiz de regidor
https://valentina-lujan.es/versaciones/versacintro.pdf Le dije que exageraba. Que yo nunca… Me había pedido años atrás y al cabo de unos cuantos sin vernos que le hiciese un favor de suma importancia para él, y ahora — quiero en realidad decir entonces, cuando nos encontramos y estuvimos hablando del asunto —, una vez hecho el favor, me reprochaba no sé qué deslealtades y me culpaba de haber traicionado nuestra amistad. Entonces fue cuando le respondí exageras, y él con muy malos modos replicó no exagero en absoluto. – Claro que sí. Lo que pasa es que cada cual recuerda las cosas como le conviene. – ¿Me conviene; me reporta algún tipo de felicidad o beneficio el recordarlas como fueron? – ¿Cómo fueron? – Lo sabes perfectamente. – Eso es verdad; con tanta claridad que te cuento si quieres, punto por punto y palabra por palabra, qué pasó y de qué hablamos. Y como se quedó callado mirando el cenicero con gesto hosco, di por hecho que asentía y empecé a hablar, desde el principio; desde el principio aunque — entendiendo que había supuesto igual que yo que no teniendo ya temas comunes de que hablar después de tanto tiempo nos limitaríamos a cruzar algunas frases huecas en aquella acera abarrotada de la Carrera de San Jerónimo y a seguir cada cual nuestro camino — me salté el saludo y un par de trivialidades referentes al tiempo, por cierto, muy lluvioso. – Tampoco te contaré — dije —, puesto que tú mismo podrás recordar un cenicero lleno de colillas y dos paquetes de tabaco vacíos iguales que estos —, que nos habíamos equivocado los dos y que nuestra conversación fue bastante más larga. Omití asimismo el contarle que, al cabo de un rato recibiendo empellones de los que caminando con prisas y paraguas abiertos proferían improperios o algún seco perdón dedicándonos miradas hostiles, ahí estábamos: sentados a una mesa de un Cofee & Shop y departiendo, con perfecta naturalidad, como cuando éramos amigos inseparables. – Y, como entonces — hablé al fin, contemplando recuerdo las partículas de polvo suspendidas en un rayo del sol, cegador casi, de aquella mañana de verano radiante —, tu conversación giraba en torno a lo que había girado siempre. Y como siempre yo trataba de seguirla preguntándome, como me había preguntado siempre, por qué era precisamente a mí a quien elegías sabiendo que en una cuestión tan importante para ti, y que tan por completo te absorbía, jamás había sabido ayudarte. – Porque, vamos a ver — te preguntabas, le dije, me decías, angustiado ante la amenazante impavidez del papel en blanco; lo cual era un desperdicio lamentable, y perdona que haga este pequeño inciso pero eso tiene que quedar claro, porque mi sensibilidad fue siempre nula para el lenguaje literario — ¿Qué puede escribir alguien a quien ni gusta la novela ni sabe abordarla, ni se considera capacitado para escribir un ensayo ni, menos aún, posee los conocimientos suficientes de alguna materia como para que no lo paralice el pudor a la hora de exponer y desarrollar cualquier tipo de teoría? – ¿No es una pregunta demasiado larga? – No lo sé… ¿Cuánto puede importar lo larga que sea si está bien entonada? – Está bien entonada, sí — admitió —; pero me parece, y perdona que insista, que es una pregunta demasiado larga para poderla recordar con tanta precisión al cabo de los años. – A mí también — reconocí —, pero así es exactamente como la hiciste; aunque, si prefieres que te la repita con alguna pequeña variación… – No. No es necesario. – ¿Seguro? – Seguro. – ¿Sigo entonces? – Sí. No me gusta la novela. – ¿No te gusta la novela —te pregunté incrédulo, le dije — después de toda la vida intentándola? – Por eso precisamente: estoy harto. No sé abordarla, termino de decírtelo; he empezado varias y me pierdo, no sé estructurar un argumento... divago, me confundo... – Pues con ese panorama lo tiene chungo alguien, pero… – ¿Alguien? – Sí, bueno… El que ni le gusta la novela ni sabe abordarla ni se considera capacitado para… ¿De verdad no quieres que te lo pregunte de otra manera? – No. Así está bien. – Pero si ese alguien — seguí, mirando distraído las botas mojadas de una joven, con vueltas de piel — no se puede quitar de la cabeza el ser escritor, a mí me parece que la novela no puede ser muy difícil. – Eso es lo que tú te crees — Gruñiste. – Pues el ensayo — sugerí, y traté de animarte —: El ensayo no puede resistírsele demasiado a alguien que como tú sabe enlazar frases hábilmente, y plasmar sensaciones o sentimientos de forma en cierto modo filosófica, pero accesible y muy cercana... O eso oí asegurar alguna vez a amigos, de esos que entienden... – No. – No te digo un tratado sesudo; sólo un ensayo. – Que no. – ¿Por qué? – Porque... — Recapacitaste...
All rights reserved
2402176950741
Nota preliminar a las versaciones de un chupaplumas
02/17/2024
Mario Zurita
https://valentina-lujan.es/alicia/verchupanotpreli.pdf Le dije que exageraba. Que yo nunca… Me había pedido años atrás y al cabo de unos cuantos sin vernos que le hiciese un favor de suma importancia para él, y ahora — quiero en realidad decir entonces, cuando nos encontramos y estuvimos hablando del asunto —, una vez hecho el favor, me reprochaba no sé qué deslealtades y me culpaba de haber traicionado nuestra amistad. Entonces fue cuando le respondí exageras, y él con muy malos modos replicó no exagero en absoluto. – Claro que sí. Lo que pasa es que cada cual recuerda las cosas como le conviene. – ¿Me conviene; me reporta algún tipo de felicidad o beneficio el recordarlas como fueron? – ¿Cómo fueron? – Lo sabes perfectamente. – Eso es verdad; con tanta claridad que te cuento si quieres, punto por punto y palabra por palabra, qué pasó y de qué hablamos. Y como se quedó callado mirando el cenicero con gesto hosco, di por hecho que asentía y empecé a hablar, desde el principio; desde el principio aunque — entendiendo que había supuesto igual que yo que, no teniendo ya temas comunes de que hablar después de tanto tiempo, nos limitaríamos a cruzar algunas frases huecas en aquella acera abarrotada de la Carrera de San Jerónimo y seguir cada cual nuestro camino — me salté el saludo y un par de trivialidades referentes al tiempo, por cierto, muy lluvioso. – Tampoco te contaré — dije —, puesto que tú mismo podrás recordar un cenicero lleno y dos paquetes de tabaco vacíos iguales que estos —, que nos habíamos equivocado los dos. Omití asimismo que al cabo de un rato recibiendo empellones de los que caminando con prisas y paraguas abiertos proferían improperios o algún seco perdón dedicándonos miradas hostiles, ahí estábamos: sentados a una mesa de un Cofee Shop y departiendo, amigablemente, como cuando éramos amigos inseparables. – Y, como entonces — hablé al fin, contemplando recuerdo las partículas de polvo suspendidas en un rayo del sol, cegador casi, de aquella mañana de verano radiante —, tu conversación giraba en torno a lo que había girado siempre. Y como entonces yo trataba de seguirla preguntándome, como me había preguntado siempre, por qué era precisamente a mí a quien elegías sabiendo que en una cuestión tan importante para ti, y que tan por completo te absorbía, jamás había podido ayudarte. – Porque, vamos a ver — te preguntabas, le dije, me decías, angustiado ante la amenazante impavidez del papel en blanco; lo cual era un desperdicio lamentable porque mi sensibilidad fue siempre nula hacia el lenguaje literario — ¿Qué puede escribir alguien a quien ni gusta la novela ni sabe abordarla, ni se considera capacitado para escribir un ensayo ni, menos aún, posee los conocimientos suficientes de alguna materia como para que no lo paralice el pudor a la hora de exponer y desarrollar cualquier tipo de teoría? – ¿No te gusta la novela, después de toda la vida intentándola? – Por eso precisamente: estoy harto. No sé abordarla, termino de decírtelo; he empezado varias y me pierdo, no sé estructurar un argumento... divago, me confundo... – Pues con ese panorama lo tiene chungo alguien — dije, mirando distraído las botas mojadas de una joven, con vueltas de piel —; pero si ese alguien no se puede quitar de la cabeza el ser escritor, a mí me parece que la novela no puede ser muy difícil. – Eso es lo que tú te crees — Gruñiste. – Pues el ensayo — sugerí, y traté de animarte —: El ensayo no puede resistírsele demasiado a alguien que como tú sabe enlazar frases hábilmente, y plasmar sensaciones o sentimientos de forma en cierto modo filosófica, pero accesible y muy cercana...O eso oí asegurar alguna vez a amigos, de esos que entienden... – No. – No te digo un tratado sesudo; sólo un ensayo. – Que no. – ¿Por qué? – Porque... — Recapacitaste un momento y, entornando un ojo, preguntaste —: ¿Cuánto se ha escrito en torno a Don Quijote, por ejemplo? – Mucho, supongo. – Muchísimo — Abundaste — ¿Pero para decir qué? – Ya sabes que yo... – Pues cosas tales — hablabas mirando, con cierto interés, a la joven de las botas; que estaba dando un beso en la mejilla... Versaciones
All rights reserved
2401126624770
Nota
01/12/2024
Don Alcibíades
http://valentina-lujan.es/V/Nota1.pdf Nota Puesto que estamos en el Inicio entiendo que lo primero que debo hacer es mostrar el aspecto original de esta página, el que se supone o supongo yo al menos que tuvo que tener algún día y seguiría ofreciendo casi idéntico si no hubiera desaparecido, por un lado, y, por otro, si yo no hubiese llegado nunca a ella tan sólo por haber encontrado aquel cuadernito que... Pero lo encontré, ¿qué quiere que haga? ¡Ignorarlo! Se me acaba de ocurrir que pude ignorarlo y... bueno: "No he visto nada". Pero lo vi, en cuanto llegué, no a la página - que eso fue después - sino a esta casa; el cuadernito, cubierto de polvo, en uno de los estantes vacíos de una estantería blanca, sucia, renegrida, de escayola, feísima... Era un cuadernito muy delgado, en tamaño folio, que en la portada... Pero para qué perder el tiempo en describírsela pudiendo enseñársela. Mírela, esta es. La ilustración, de trazo tan infantil, y el hecho de que estuviera impreso en letra muy grande me hicieron suponer, en aquella primera ojeada que le dediqué, que se trataría de un cuento para niños. Pero... ¡Qué título tan estrafalario!, pensé según lo depositaba de nuevo sobre la estantería polvorienta que... ¿No deberías limpiarla un poquito?, me pregunté. Me contesté que ya lo haría, cuando estuviera instalada, y me dediqué un rato a fumar cigarrillos paseando, de pared a pared, echando la ceniza al suelo y cuenta de si iba yo a tener tantos cuadros para tapar todas las marcas que habían dejado los del propietario anterior... ¡Qué titulo tan estrafalario! Así que, como el camión de la mudanza no llegaba, terminé poniéndome las gafas y sentándome en el suelo y... Bueno, te leeré, aunque sea; y leí , enterándome así de que existía, o había existido alguna vez, esta página web... Mira: ha rimado. Pensé ¡vaya bobada! - del cuaderno, claro - y lo volví a poner en el estante; y encendí otro cigarrillo, y luego otro, paseando, de pared a pared; y seguí echando la ceniza al suelo y cuentas de si iba yo a tener tantos cuadros para tapar tantas marcas porque... ¿Qué otra cosa podría hacer? Dediqué un buen rato a cavilar la forma de ingeniármelas para pensar en otra cosa; discurrí tanto que, lo recuerdo con claridad pese a haber pasado tantos años, hubo incluso un momento en que llegué a desear fervientemente tener una escoba, una sencilla y vulgar escoba para barrer tantas colillas desperdigadas por el suelo porque, aparte de que con la radio, o con mi ordenador, por supuesto que ni soñar, la habitación empezaba a estar hecha una cochambre pero, consideré, tampoco tenía cubo de la basura ni router para poderme conectar a Internet… “¿Qué otra cosa podría hacer?”. Creo que me empecé a poner nerviosa, a impacientarme; y sé que me puse de pie y miré por la ventana y vi el cielo azul con alguna nube que tapaba el sol y, al poco, la nube se movió y el sol entró hasta la pared de enfrente y pensé necesitaré unas cortinas y, cada vez más irritada al filo casi de la histeria, que si es que los cigarrillos se me tenían que terminar también. Sonó el móvil. Sentía tal ansiedad porque algo, lo que fuese, pusiera fin a aquella sensación de algo tan parecido a la impotencia que me abalancé sobre el bolso tirado en un rincón y lo busqué, el móvil, afanosamente, pero cuando logré... ... Y ahora voy y me encuentro, sin saber ni cómo ni de dónde sale, a esta individua de la manecita que se perdía, para mí y para el mundo y para todo, sin dejar el menor rastro aquí. Esto es, lo digo de verdad, para volverse loca y marcharse a Australia y olvidarse de todo; pero no puedo marcharme porque aunque no se entere nadie una tiene su orgullo y tengo que seguir tirando el dado no sé si hasta que consiga entrar en el cielo o hasta que me muera porque — aquí se ve muy bien — la cosa está muy reñida y si por la circunstancia que sea me vuelvo a quedar en la mismita puerta y me sale un 6 ahí tengo esperándome a la calavera. Y es que el que inventó el jueguecito un poco de mala sombra sí que tuvo, que sólo con que la hubiese puesto en el 57 y no en el 58 sí que podías salvarte. Pero así no. Anda que, entre unas cosas y otras, vaya enfado y qué humor más malísimo que tengo. Papeles
All rights reserved
2308195086501
Elaboración de masa de hojaldre
08/19/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/elabordem.pdf que le dije que le agradecía, pero que me parecía un trabajo superfluo porque yo me arreglo con cualquier cosita y con un huevo frito con patatas me quedo tan contento, y que masa de hojaldre para volovanes, pues para qué… – ¿Para qué, Lola, masa de hojaldre para volovanes? – Pues para hacer volovanes para rellenarlos de crema de gambas para rellenar volovanes; que también tengo que hacerla. Y echó una ojeada a su reloj y, en tono apremiante, a mí que dejara de importunarla con tontadas y fuese poniendo la mesa. – No necesito mesa — respondí —; sabe perfectamente que siempre que como en casa lo hago en la bandeja del Derby de Epsom. Y hoy, que apenas tengo hambre porque si no he ido al ministerio es porque tengo gripe… – Para cuatro — indicó. – ¿Qué cuatro? – Pues usted, su madre, su tía y el capitán. – ¿El capitán? – Sí — ella —, y no me quiera confundir. Hoy no ha ido al ministerio porque es sábado. Y su salud perfecta. Y la comida es especial, un poquito de ceremonia como si dijéramos, así que haga el favor de irse arreglando. – ¿Para celebrar que es sábado y mi salud perfecta? – Para recibir a sus invitados. No sea ganso. – ¿Me pongo el chaqué? — Pregunté con un punto de ironía. – No hace falta exagerar. Pero uno de los trajes buenos, y una corbata bonita, y los gemelos de su tía Luisa que, por cierto, se va a sentir un poquito dolida de no haber sido invitada para ocasión tan señalada… – ¿Y cuál es entonces la que viene? – Pues la del capitán ¿O es que no termino de decírselo? – Y dale con el capitán, Lola ¿De qué capitán habla? – Pues del barco ¿De qué capitán va a ser? – No sé de ningún barco, Lola, ni de ningún capitán… ¿Ha consultado su agenda; está segura de que hoy no es martes y que no tendría que estar en cualquiera de sus otras casas? – No es martes — replicó terca, abriendo el horno —, y donde tengo que estar es exactamente en esta cocina porque usted mi pidió por favor, eso sí fue el martes, que viniera a preparar la comida por lo de… ya sabe, y me figuro que no tendré que ser yo quien lo ponga a usted al corriente de sus acontecimientos familiares, pero, si usted se empeña… – Me empeño. – Bien, pues se lo cuento. Aunque es usted un poquito exasperante — ahora debía de estar haciendo la crema, de gambas, y apretaba botones en la batidora — ¿O me va a decir que yo me he inventado lo de la (…)? – ¿La qué? – ¿Decía? — ella, parando la batidora. – Que se ha inventado, con el ruido de ese chisme no he podido entenderla, no sé qué… – Es justo lo que le estoy diciendo — apretó otra vez el botón y alzó la voz — ¡que no me lo he inventado! Y la volvió a parar. – No, si eso ya — yo — Pero que lo de la qué. Quiero decir. – Vamos a ver — ahora sacaba con una espátula la crema de la batidora y, con mucha pulcritud, la iba poniendo en un recipiente de cristal —; su tía, ¿no estaba de viaje? – Por las islas griegas, sí. – ¿Y en qué medio de trasporte viajaba? – Pues, si era un crucero, en un barco… ¿Voy bien? – Estupendamente — colocó el recipiente con la salsa en la nevera, y la cerró. Y haciendo girar su muñeca estiró el índice y, señalando donde el dedo al buen tuntún quiso apuntar, agregó —: Pues de ese barco, de ese barco precisamente es capitán de navío el capitán de navío que viene a pedir la mano de su tía… ¿lo ha entendido? – ¿La mano de mi tía? – Eso es — Y se chupó el dedo de salsa. Y se lavó las manos al grifo. – ¡Pero si mi tía es un callo! –Chist — Terminó de secarse las manos y se llevó el índice a los labios y, en voz baja — ¿O quiere que lo oiga Indalecio? – ¿Qué, que va a chivárselo? – Pues por qué no, con lo listo que es y tanto como habla. Y que ahora, entiéndase quiero decir “entonces” porque “ahora” yo estoy en otra parte y en otra historia y a saber dónde estará Lola, la disculpase — dijo, sin marcar más pausa que el punto (.) y tirando de la lazada de su delantal — pero tenía que marcharse. – ¿Sin haber terminado los volovanes? – El libro que está escribiendo no es de cocina — Respondió alzando la voz, que me llegó desde el pasillo mezclada con el repiquetear de sus tacones. Y, antes de que la puerta de calle se cerrase a su espalda (tuve que imaginar, porque no la veía), agregó que el resto era asunto mío. Pero no me preocupé — escribo —porque pensé que aquello era tan sólo otro fundido en negro, de esos que gustaba utilizar mi amigo y que ya había empleado la tarde en que, en la cafetería, Manolita se puso muy nerviosa porque un tipo musculoso amenazó con liarse a tiros si no aparecía de inmediato un abridor. – ¿Y qué pasó con él? — Mi madre, que hoy no se ha conformado con leer por encima de mi hombro sino que ha echado mano tan resuelta a los cuatro folios que llevo escritos y, tras leerlos bisbiseando (que no sé para qué hago una aclaración tan innecesaria cuando... Versaciones
All rights reserved
2308155068639
Consternada ante la perspectiva
08/15/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/consternada.pdf de quedarse sin empleo en una época en la que, para colmo, andaba embarcada en una hipoteca porque estaba ya hasta la coronilla, dijo, de compartir piso con un par de cajeras de supermercado y un físico nuclear que se pasaban la vida riñendo a ver a quién tocaba hacer el baño y fregar los platos; y se había comprado un pequeño apartamento que “ahora, por culpa de todos ustedes , no sé qué voy a tener que hacer para pagarlo” se puso de pie tras pronunciar su dolorida alocución plagada de tintes nostálgicos recordando ella cómo, proveniente de una pequeña capital de provincias de clima más bien frío y bastante lluvioso pero muy bonita con su magnífica catedral gótica, había llegado muy joven a la capital como quien dice con lo puesto huyendo del hogar familiar y de un padrastro lascivo que… Alzó en este punto la mano Sonia, impidiéndole con su gesto sereno terminar la exposición de unos hechos que intuía — y no es que se hubiese manifestado Sonia hasta el momento como persona intuitiva, o yo por lo menos no había reparado en ello; pero si ahora afloraba esta nueva faceta de su carácter entendí que sería prudente, para lo sucesivo, tenerla en cuenta — “pueden contener — dijo — detalles o pormenores escabrosos tal vez no muy aptos para ser escuchados por los niños” para, de inmediato y llevándosela a la cabeza, girarse hacia mí y en tono muy alterado increparme con que si es que no iba a ser posible hacer carrera de mí, y que si seguíamos en ese plan terminaríamos desquiciados y con los nervios hechos trizas, sin ser capaces de reconocernos siquiera no ya los padres a los hijos y estos a sus padres sino cada cual a sí mismo y a sus propias reacciones. – ¿O le parece coherente que me ponga — me preguntó enfadada — remilgosa y ¡oh, cielos, delante de los niños! cuando venimos de decir, de decirlo yo personalmente no hace ni cinco minutos, ¿que estos niños de ahora saben latín? – ¿Cinco minutos, Sonia — objetó su marido —cuando lo de la mariposa fue a primera hora de la noche y ya está, mira por la ventana tú misma y podrás verlo, empezando a clarear? Y que habían sucedido muchas cosas desde entonces y que se acordara, por ejemplo, cómo en Velázquez esquina con Jorge Juan tuvimos que cambiarnos de taxi porque un chiflado se saltó el semáforo y nos embistió… – No era Jorge Juan sino Villanueva — ella, que además de intuitiva comenzaba a revelársenos como buena observadora —; lo recuerdo perfectamente porque el coche nos embistió por la derecha. – Perdona, querida, pero no. Además… — se volvió Ramírez hacia mí —, ¿qué dice exactamente el manuscrito? – ¿Qué manuscrito? — Sonia, en tono sarcástico muy parecido al que emplease la tarde de las judías diciendo par de adorables querubines justo antes de, pasando sin solución de continuidad a un tono airado, gritarme hecha una furia “cantamañanas cursi del carajo” y dar, acto seguido, un portazo — ¿Qué manuscrito, Román, si no hay ningún manuscrito, si se lo está inventando todo… – ¿Me lo estoy inventando todo? — Repliqué en tono también sarcástico porque, entendí, el colocarme en su misma tesitura podría mantenerla a raya, a raya y no sólo a ella sino también al desarrollo de unos acontecimientos que, me terminaba de dar cuenta con enorme estupor, se me empezaban a escapar de las manos... ---- Polaco él, empleado como tantos centroeuropeos venidos a España por aquella época de peón en una empresa constructora, con el que tras conocerse chateando por internet y tomar un par de copas había entablado una relación sentimental y, juntos, habían alquilado un pequeño apartamento. Hipó, sonándose la nariz con un kleenex y despreciando el pañuelito que con tan buena voluntad e ímprobo esfuerzo el chico había centrifugado en atención a un abuelo que, y bien patente había quedado, ni merecía tantas contemplaciones ni había necesitado quizás nunca la colaboración del pequeño ni para entender ni para expresarse. Haciéndome sentir — ahora, no entonces — reconfortado porque “ésta es — me dije — mi Sonia”, la Sonia de la que yo solo (bueno, con alguna ayuda de mi amigo, claro) y con mi propio esfuerzo había logrado hacer una esposa, y una madre, y una nuera y, si las musas y la diosa Fortuna se ponían de acuerdo para no darme la espalda… Pero preferí, “ahora”, centrarme en lo que me estaba ocupando y no perderme en fantasías que, si sí me la daban, terminaría todo como el cuento de la lechera por culpa de, como decía mi... Versaciones
All rights reserved
1507034554596
El Laberinto Dibujado
07/03/2015
Giambattista Russo
All rights reserved
2412240455072
"Tensión"
12/24/2024
Eva Moreno
All rights reserved
2209262092060
Los Cuentos del Señor Pipoka
09/26/2022
JESUS RUIZ LOPEZ Jose Such Buades ,
All rights reserved
2509143065498
Estelar
09/14/2025
Elena Villoldo Rodríguez Lorena Reinoso Pastor ,
All rights reserved
First | Previous | Page 281 of 1906 | Next | Last
write to us if you want to leave us a message
© 2026 Safe Creative