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Donde menos lo esperas
08/09/2025
Alfredo Ferlopi
Ella es alegre, risueña, valiente y llena de una belleza indiscutible. Él es dulce, introvertido, inseguro y carente de toda autoestima. Ella es la actriz del momento en Hollywood. Él es un joven mediocre estudiante de informática. Ella está cumpliendo el sueño de su vida, a pesar de su pésima suerte sentimental. Él lucha por sobrevivir tras su primer y último fracaso amoroso. Ella desea conocer un hombre distinto a los actores creídos con los que ha salido. Él solo quiere dejar de sufrir y encontrar una nueva ilusión. A veces, lo que desea ella y lo que quiere él, se encuentra donde menos lo esperes.
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) El retrato de un amor imposible La niebla del Gran Canal acariciaba los adoquines como un velo de seda humedecido por el tiempo. Góndolas silenciosas se deslizaban entre las sombras, mientras las luces titilantes de las lámparas de aceite reflejaban sus secretos en las aguas turbias. La ciudad de los suspiros... La ciudad donde las máscaras ocultaban más que rostros: ocultaban historias, pasiones… y heridas no sanadas. Giselle abrió los ojos en medio de la visión. Ya no era ella. O quizá sí… en otra forma, en otro tiempo. Su cuerpo era joven, sus manos delicadas, y en su corazón latía un nombre que no podía pronunciar sin estremecerse: Lorenzo. Era una noble italiana, hija de una de las familias más influyentes de la República. Criada en palacios de mármol y educada en los secretos del arte, la música y la política. Pero su alma… su alma pertenecía a un pintor. Lorenzo di Bruni. Un artista sin títulos, sin fortuna, pero con la mirada más intensa que jamás había contemplado. Él la había visto… de verdad. No como la “prometida” de un duque, no como la hija de un senador, sino como un alma desnuda, con anhelos que ardían más que los candelabros del salón principal. Su retrato… fue el comienzo. El día en que posó para él en secreto, sellaron una historia destinada a la tragedia. Porque en Venecia, en 1495… El amor tenía precio. Y la traición, consecuencias. Giselle —o Isabella, como se llamaba en aquella vida— debía elegir entre la seguridad de un apellido… o el vértigo de un amor que desafiaría a toda una ciudad. Y mientras la pintura cobraba vida en el lienzo, también lo hacía la sombra que intentaría separarlos para siempre. Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia. Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro. Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio. En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella. Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible. Desde entonces, no dejaron de buscarse. Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache. La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón. Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda. Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto. —Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos. Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación. —¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos? Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse. El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez. Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno. Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia. El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma. (... Texto original corregido ...) Escena: “La noche del retrato prohibido” Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra.
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Retazos Infinitos: Retazos de un Corazón Desbordado – Volumen 6
08/08/2025
Jorge Armando Guerrero Lee
Retazos Infinitos es la cúspide de la serie de sentires que preceden al vasto espacio que queda por delante. Su contenido intensifica y lleva a la palabra hasta la última frontera, sin dejar de ser terrenal, atravesando todos los contextos y estructuras anteriores, sin dejar de soñar, reír, llorar o amar. La expresión, dentro de cada párrafo, es exponencial, como el crecimiento del universo. El escritor dejó impreso en estos textos un trazo sin fin en su expresión, pero con término en su estructura, dejando al lector repleto de ser, preguntándose el después, sentado en una letra de su preferencia, viajando por túneles sin salida, escapando en valles de certeza. Esto es el principio y el final, sin dejar de palpitar un solo momento.
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✨ Capítulo 8 – Cartago, 146 a.C. “El templo y la espada” (Donde el amor desobedeció a los dioses) El sol se alzaba sobre Cartago como un dios furioso, tiñendo de rojo las columnas del templo. El incienso flotaba en el aire como plegaria silente… y las vestales del culto a Tanit caminaban descalzas sobre losas ardientes, purificando su espíritu con cada paso. Ella se llamaba Amaranta. Era sacerdotisa del templo lunar, consagrada desde niña al misterio, al silencio… a la renuncia. Su voz solo se elevaba para entonar cánticos sagrados. Sus ojos, sin embargo, hablaban otro idioma… uno que ningún dios aprobaba. Porque cuando Lucius, centurión romano herido en batalla, fue llevado prisionero al puerto, fue a Amaranta a quien enviaron a curarlo. Y ella, al rozar su piel ensangrentada… reconoció su alma. No era un enemigo. Era él. El mismo que la había amado en sueños, en otras tierras, en otras tumbas. Su gemelo eterno. Los dioses exigían devoción. Roma exigía sangre. Pero sus cuerpos exigían volver a fundirse, como llamas que no saben vivir separadas. En una Cartago sitiada por la guerra, el templo se convirtió en cárcel. Y el amor, en traición. 🌄 Ambientación histórica y visual: Cartago, 146 a.C. (El esplendor antes de la caída) Cartago, la ciudad de los mil perfumes y los muros dorados… Se alzaba majestuosa frente al mar Mediterráneo como una joya esculpida por los dioses. Las calles estaban hechas de piedra pulida, los techos decorados con mosaicos color esmeralda, y en los mercados flotaban aromas de incienso, dátiles, canela, mirra y vino dulce. Los mercaderes hablaban en múltiples lenguas: fenicio, griego, latín, egipcio… porque Cartago era un nido de culturas, un faro de riqueza y sabiduría. En lo alto de la ciudad, como custodios del destino, se alzaban los templos de Tanit y Baal, donde las sacerdotisas caminaban en círculos rituales, ungidas en aceites sagrados, mientras los cánticos se mezclaban con el batir de los tambores y el crujir de antorchas. Era un tiempo de presagios. Los astros anunciaban tormentas, y desde el oeste, las naves romanas se acercaban con fuego en sus entrañas. El Senado cartaginés debatía con voz temblorosa, pero en los barrios más humildes, los corazones ya sabían: Roma no vendría a negociar… venía a destruir. En medio de ese clima de tensión, el destino tejía en silencio una historia que nada ni nadie podría impedir: la historia de una sacerdotisa sagrada… y un centurión enemigo. 🌙 La vida secreta de Amaranta Sacerdotisa de Tanit, diosa lunar del amor, la fertilidad y la guerra Amaranta no era una mujer común. Desde los cinco años fue consagrada a la diosa Tanit, madre celestial y guardiana de la luna. Fue separada de su familia y llevada al templo, donde las niñas destinadas al sacerdocio eran entrenadas en la obediencia, el silencio y la contemplación. 🔹 Al amanecer, Amaranta despertaba al sonido de los cuencos de bronce. Se bañaba en agua perfumada con pétalos de almendra y aceite de nardo. Su cuerpo era considerado un instrumento sagrado, y debía mantenerse puro para servir a la diosa. Sus vestidos eran blancos o azul profundo, con bordados en forma de luna creciente. En la frente llevaba un círculo de oro como símbolo de su voto sagrado. 🔹 Las mañanas eran de silencio ritual. Amaranta caminaba por los patios del templo esparciendo pétalos y humo de resina para “purificar el aire”. Luego se reunía con las otras sacerdotisas para cantar himnos antiguos escritos en fenicio, entonados con voces suaves y rítmicas, casi como un trance. 🔹 Las tardes se dedicaban a la sanación. Como hija de Tanit, debía atender a los heridos, dar consuelo a los moribundos, preparar ungüentos con lavanda, higos y vino caliente. Su mirada era tan serena que los soldados decían que bastaba verla para sentir alivio. 🔹 Las noches eran el tiempo de los secretos. Bajo la luna, Amaranta meditaba en el santuario interior. Encendía lámparas de aceite y ofrecía su sangre en una gota sobre la piedra del altar. A veces, entraba en trances inducidos por infusiones sagradas… y decía frases que no comprendía, como si hablara desde otra vida. Ninguna sacerdotisa debía amar. El amor humano era considerado una distracción. Pero Amaranta tenía sueños donde un hombre la abrazaba bajo una lluvia de fuego. Donde su piel ardía por un nombre que no conocía… Hasta que lo vio. Herido, atado, arrodillado… y supo que su vida sagrada jamás volvería a ser igual. 🌒 Escena: “El encuentro en las sombras” (Donde la luz tembló por primera vez) La noche había caído sobre Cartago con un silencio inquietante. En el puerto, los barcos dormían como bestias encadenadas, y las antorchas chispeaban contra el viento salino.
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) La niebla del Gran Canal acariciaba los adoquines como un velo de seda humedecido por el tiempo. Góndolas silenciosas se deslizaban entre las sombras, mientras las luces titilantes de las lámparas de aceite reflejaban sus secretos en las aguas turbias. La ciudad de los suspiros... La ciudad donde las máscaras ocultaban más que rostros: ocultaban historias, pasiones… y heridas no sanadas. Giselle abrió los ojos en medio de la visión. Ya no era ella. O quizá sí… en otra forma, en otro tiempo. Su cuerpo era joven, sus manos delicadas, y en su corazón latía un nombre que no podía pronunciar sin estremecerse: Lorenzo. Era una noble italiana, hija de una de las familias más influyentes de la República. Criada en palacios de mármol y educada en los secretos del arte, la música y la política. Pero su alma… su alma pertenecía a un pintor. Lorenzo di Bruni. Un artista sin títulos, sin fortuna, pero con la mirada más intensa que jamás había contemplado. Él la había visto… de verdad. No como la “prometida” de un conde, no como la hija de un senador, sino como un alma desnuda, con anhelos que ardían más que los candelabros del salón principal. Su retrato… fue el comienzo. El día en que posó para él en secreto, sellaron una historia destinada a la tragedia. Porque en Venecia, en 1495… El amor tenía precio. Y la traición, consecuencias. Giselle —o Isabella, como se llamaba en aquella vida— debía elegir entre la seguridad de un apellido… o el vértigo de un amor que desafiaría a toda una ciudad. Y mientras la pintura cobraba vida en el lienzo, también lo hacía la sombra que intentaría separarlos para siempre. (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia. Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro. Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio. En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella. Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible. Desde entonces, no dejaron de buscarse. Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache. La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón. Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda. Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto. —Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos. Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación. —¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos? Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse. El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez. Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno. Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia. El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma. Escena: “La noche del retrato prohibido” Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra.
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Ella… Tú…
08/07/2025
Luces y Sombras
Si no supiste mantenerLo que teníasNi luchar por su reconquista… ¿Lo harías ahora?Cuando ya no deseaNi esa luchaNi esa reconquista? Demasiado tiempo permitisteCon excusasO sin ellasEstando tan cercaNo la persiguierasNo la descubrieras… Tan lejos su esencia. Creiste…Te equivocaste… Aunque desconocesSi aún lo deseabaO simplementeTe daba largas… Tal vez…No rascaste lo suficienteTal vez…Te empeñaste en la... Leer más →
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Ella… Tú…
08/06/2025
Luces y Sombras
Si no supiste mantenerLo que teníasNi luchar por su reconquista… ¿Lo harías ahora?Cuando ya no deseaNi esa luchaNi esa reconquista? Demasiado tiempo permitisteCon excusasO sin ellasEstando tan cercaNo la persiguierasNo la descubrieras… Tan lejos su esencia. Creiste…Te equivocaste… Aunque desconocesSi aún lo deseabaO simplementeTe daba largas… Tal vez…No rascaste lo suficienteTal vez…Te empeñaste en la... Leer más →
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Luz em tempos sombrios
08/05/2025
Mungongo Francisco
Reflexão poética sobre a persistência da esperança e do amor mesmo em circunstâncias adversas, transformada em verso livre.
License Art Libre 1.3 (LAL)
Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia. Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro. Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio. En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella. Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible. Desde entonces, no dejaron de buscarse. Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache. La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón. Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda. Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto. —Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos. Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación. —¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos? Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse. El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez. Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno. Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia. El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma. Escena: “La noche del retrato prohibido” Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra. Lorenzo la esperaba en su taller secreto, una buhardilla oculta en el corazón de Dorsoduro, con vista directa a los canales. La luz de la luna se colaba por los ventanales altos, iluminando los lienzos y el polvo dorado que flotaba en el aire como un hechizo suspendido. Cuando Isabella cruzó el umbral, Lorenzo se giró lentamente. Su mirada la recorrió sin palabras, como si la hubiese estado soñando. —Prometiste venir —dijo él, con voz baja y temblorosa. —Y aquí estoy —respondió ella, soltando la capa que cayó a sus pies como un suspiro de terciopelo. La luna la desnudó lentamente, vistiéndola de sombras y luz. Su piel blanca resplandecía como mármol tibio bajo la noche veneciana. Lorenzo dio un paso atrás, temblando ante tanta belleza. Tomó sus pinceles, pero su mano vaciló. —No puedo… es demasiado —murmuró—. Eres arte puro. —Entonces no pienses —susurró Isabella acercándose—. Solo siente. Se sentó en el diván cubierto con sábanas de lino. Posó con naturalidad, sin pudor, como si en otra vida ya hubiera sido pintada así mil veces. Sus ojos no se apartaban de los de él. Lorenzo empezó a pintar. Los trazos eran suaves, reverentes. Pintaba con el alma, con el pulso del amor latiendo en cada línea. Afuera, el agua del canal golpeaba suavemente las piedras, como un aplauso mudo de la historia que se escribía esa noche. Horas después, cuando el retrato comenzó a cobrar vida, Lorenzo dejó caer el pincel. Se acercó a ella, y con la punta de sus dedos recorrió la curva de su mejilla, su cuello, la clavícula… —Eres mi inspiración eterna, Isabella. Aunque me quiten la vida, jamás podrán arrancarte de mi alma. Ella lo envolvió con sus brazos, y sus labios se encontraron por fin. Fue un beso largo, dulce, desesperado. Una promesa sin palabras.
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De homúnculos y trinos
08/05/2025
Gocho Versolari
DE HOMÚNCULOS Y TRINOS - Poema de Gocho Versolari - Perteneciente a PODER DESCALZO - Blog de poemas
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He visto tu vejez
08/05/2025
Gocho Versolari
HE VISTO TU VEJEZ - Poema de Gocho Versolari - Perteneciente a PODER DESCALZO - Blog de poemas.
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El agua que pasa por los candiles de la noche
08/05/2025
Gocho Versolari
EL AGUA QUE PASA POR LOS CANDILES DE LA NOCHE - Poema de Gocho Versolari - Perteneciente a PODER DESCALZO - Blog de poemas
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Hay una suerte de barco gigantesco
08/04/2025
Gocho Versolari
HAY UNA SUERTE DE BARCO GIGANTESCO - Poema de Gocho Versolari - Perteneciente a PODER DESCALZO - Blog de poemas.
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2025
08/04/2025
Zaira Ortega Rodríguez Zaira Ortega Rodríguez , Zaira Ortega Rodríguez ,
mil noches que lloré cerré fuerte la puerta miles de golpes que encajé ya me daban por muerta paso a paso yo me caí pensaban que me rendí por fin me puedo reír el cielo ya no es gris sé que hay alguien fuera fuera de este mundo la espera valdrá la pena no dudaré ni por un segundo 2025 respiro profundo lo que quiero es mío me miro con orgullo me miro con orgullo dejé atrás el ayer al fin abrí la puerta este 25 conoceré a la persona correcta paso a paso aprendí nunca me voy a rendir demonios que combatí la fuerza vive en mí sé que hay alguien fuera fuera de este mundo la espera valdrá la pena no dudaré ni por un segundo 2025 respiro profundo lo que quiero es mío me miro con orgullo me miro con orgullo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo me quité todos los trozos de cristal mi corazón ya terminó de sanar abierta al amor, otra oportunidad 2025 no me va a fallar me quité todos los trozos de cristal mi corazón ya terminó de sanar abierta al amor, otra oportunidad 2025 no me va a fallar
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada) La niebla del Gran Canal acariciaba los adoquines como un velo de seda humedecido por el tiempo. Góndolas silenciosas se deslizaban entre las sombras, mientras las luces titilantes de las lámparas de aceite reflejaban sus secretos en las aguas turbias. La ciudad de los suspiros... La ciudad donde las máscaras ocultaban más que rostros: ocultaban historias, pasiones… y heridas no sanadas. Giselle abrió los ojos en medio de la visión. Ya no era ella. O quizá sí… en otra forma, en otro tiempo. Su cuerpo era joven, sus manos delicadas, y en su corazón latía un nombre que no podía pronunciar sin estremecerse: Lorenzo. Era una noble italiana, hija de una de las familias más influyentes de la República. Criada en palacios de mármol y educada en los secretos del arte, la música y la política. Pero su alma… su alma pertenecía a un pintor. Lorenzo di Bruni. Un artista sin títulos, sin fortuna, pero con la mirada más intensa que jamás había contemplado. Él la había visto… de verdad. No como la “prometida” de un duque, no como la hija de un senador, sino como un alma desnuda, con anhelos que ardían más que los candelabros del salón principal. Su retrato… fue el comienzo. El día en que posó para él en secreto, sellaron una historia destinada a la tragedia. Porque en Venecia, en 1495… El amor tenía precio. Y la traición, consecuencias. Giselle —o Isabella, como se llamaba en aquella vida— debía elegir entre la seguridad de un apellido… o el vértigo de un amor que desafiaría a toda una ciudad. Y mientras la pintura cobraba vida en el lienzo, también lo hacía la sombra que intentaría separarlos para siempre.
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Capítulo 6 – El Legado de los Espíritus Autora: Marta Digat (Cuando el más allá exige justicia) 6. La Niña del Espejo – Una visión de su infancia conecta con una de sus vidas antiguas en Asia Giselle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué dijiste, Aurora? —preguntó en voz apenas audible—. ¿Hera se quitó la vida? Aurora asintió con los ojos nublados de tristeza. —Sí… no pudo con tanto dolor. Amaba profundamente a Arnel. Cuando él murió… su mundo se derrumbó. Antes de marcharse, me dejó esto —dijo, abriendo el álbum de fotografías y sacando un sobre envejecido—. Me pidió que te lo entregara solo cuando estuvieras lista… o cuando la verdad comenzara a salir a la luz por sí sola. Aurora colocó en las manos de Giselle una carta sellada, junto a una pequeña libreta de tapas negras. Giselle la reconoció de inmediato. —¡Esta es la libreta que Hera me entregó en la morgue! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¡Pero... si ella estaba muerta…! Una oleada de frío la envolvió, como si de pronto todas las piezas del rompecabezas se alinearan. —Entonces… fue su espíritu el que me visitó —susurró—. Hera… está muerta. Aurora la observaba en silencio, dejando que digiriera lo inverosímil de aquella revelación. —Hija… lo que viviste no fue una ilusión. Hera regresó porque algo quedó inconcluso. Ella lo sabía. Y te eligió a ti para que terminaras lo que ella no pudo. Giselle temblaba, pero no de miedo. Era una mezcla de vértigo, incredulidad… y responsabilidad. Abrió la libreta con manos temblorosas. En su interior, escritas con una caligrafía firme y clara, había fechas, nombres de hombres adinerados, lugares, detalles de herencias, testigos que desaparecieron... y en cada página, una señal inequívoca que apuntaba hacia una sola persona: Annette Brigitte Bourbon. Su supuesta abuela.
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