Con un suspiro, mezcla de alivio y resignación, Sara dio el primer paso calle abajo. Caminé a su lado. No sabía qué decir. Supongo que ella tampoco lo tenía muy claro, a juzgar por la traicionera arruga de preocupación que fruncía su ceño. Al final de la callejuela se abría un pequeño parque, junto a la antigua muralla de la ciudad. Un rincón verde entre el asfalto y la piedra, rodeado de una
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