En cualquier época del año, la cocina de mi Babushka rebozaba de colores.
En invierno, cuando mirabas por una ventana, solo veías un manto blanco infinito que, más allá, cerca del horizonte, se transformaba en gris. Sin embargo, si mirabas por la otra, esta pureza se rompía con cientos de esqueletos de los árboles del bosque cercano, que dormían con un sueño agitado. De vez en cuando las ramas, cargadas de pesada escarcha, se rompían y, si afinabas bien el oído, podías oír sus quejidos de dolor. Aquel mundo de blanco y negro era un fondo perfecto para el espectáculo de color que se daba en la cocina de Babushka.
Las mazorcas amarillas de maíz seco de color amarillo, amon-tonadas en un cesto del mimbre blanqueado, esperaban a punto de ser desgranadas por nosotros, un grupo de primos de todas las eda-des. Entre bromas y carcajadas, las semillas doradas llenaban el otro cesto, más pequeño, destinado a las gallinas. Y Babushka, meneando la cabeza, se afanaba pelando una enorme calabaza rayada. Los suculentos trozos de un naranja intenso poco a poco colmaban una gran olla de hierro fundido. Luego, Babushka la rellenaba con la le-che del día, añadiéndole arroz, azúcar, mantequilla y una pizca de sal y palitos de canela. La olla, ya tapada, iba directamente al horno. Y en poco tiempo, el aroma envolvente se expandía por todos los rincones de la casa; dulce, sabroso y lleno de recuerdos.
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