Hola, soy Marcos.
Hoy desperté y llovía mucho; me levanté, desayuné, cepillé mis dientes y me puse el guardapolvo para ir al cole.
Ah!, no les dije que tengo 10 años, soy delgado, un poco travieso, según mi mamá, y muy lindo, como dice mi abuela, jajaja.
De repente se corta la luz en mi pueblo; siii!!!, vivo en un pequeño pueblo en el campo y cuando se corta la luz, no hay mucho por hacer, solamente travesuras, jajaja.
Mi mamá me dice que no habrá clases, así que me pongo el piloto, las botas... y a la calle!!!
Preparé unos barcos de papel, para jugar con Andrés, mi vecino y mejor amigo, a las carreras; dura poco el juego porque siempre se nos van los barcos por la alcantarilla.
También saco mi bici y vamos a andar por el barro y cuando nos aburrimos; jugamos bajo la lluvia a la pelota.
Aquel día Andrés tiró la pelota al patio de doña Rosa, donde se encontraba Aquiles, un perro gigante al que le encanta romper pelotas. Trepados en la pared observamos que la pelota estaba sana y que Aquiles dormía.
- ¿Qué haremos ??? - preguntó Andrés, con miedo en su voz.
- Podemos bajar con una escalera, agarrarla rápido y volver a subir - dije.
- Bueno, andá... dijo Andrés.
Se decía que Aquiles se había comido tres chicos en su vida, y que se comió hasta los huesos, por eso era el terror del barrio.
Bajé despacio, sigiloso, atravesando el patio de doña Rosa; en ese momento se escucha un ruido que despierta a la bestia. A Andrés se le había caído la escalera.
Aquiles sale de su casucha ladrando, enfurecido, con hambre; yo corrí, agarré la pelota y la pateé para el otro lado. Y seguí corriendo mientras la bestia me perseguía. Trepé a un árbol, lo más rápido que pude, que tenía doña Rosa en su patio pero se me cayó una zapatilla, la cual la bestia se encargó de destrozar.
- ¿Qué haremos ??? - gritó Andrés, desesperado.
Yo aún conservaba la calma...
- Podés colocar la escalera, tirar algo para distraerlo y yo corro para pasar al otro lado.
Andrés coloca la escalera, le arroja un juguete a la bestia, el cual destroza, mientras, yo corro a toda velocidad y pierdo la otra zapatilla. Aquiles me persigue pero se detiene a romper la zapatilla; subo la escalera trepando como un mono, pero pierdo la estabilidad por lo que la escalera se estrella contra el piso, y con ella... yo.
Sentado en el piso, con la bestia mirándome, cierro mis ojos y espero la muerte. Andrés perdió la voz, y esperaba... sólo esperaba el fatal desenlace...
De repente, lengüetazos babosos, muy babosos, siento por toda la cara. Abro mis ojos atemorizados y veo a ese feroz animal gigante que me miraba con ojos tiernos, moviendo su cola a más no poder y llenándome la cara de baba.
Comenzamos a reír con Andrés.
Mi miedo se fue y comencé a acariciarlo; Aquiles era grande y torpe y saltaba contento ante mis caricias.
La tarde pasó y volvimos todos mojados, con frío y olor a perro, a tomar chocolatada caliente que había preparado mamá.
Todas las tardes íbamos con Andrés y otros chicos del barrio a visitar a Aquiles, y algunas veces doña Rosa nos dejaba pasearlo y llevarlo a la plaza.
Ese verano fue diferente, habíamos hecho un nuevo amigo... un gran amigo.

Creative Commons Attribution 4.0