Capítulo 19 – El Cuerpo Equivocado (Donde el destino se disfraza para engañar al tiempo) Autora Marta Digat
08/14/2025
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Capítulo 19 – El Cuerpo Equivocado
(Donde el destino se disfraza para engañar al tiempo)
La llamada llegó a las 3:17 de la madrugada. La pantalla del teléfono brilló en la
penumbra de la habitación, interrumpiendo el silencio denso. Giselle, que no lograba
dormir, contestó antes del tercer timbrazo.
—Doctora, tenemos un caso urgente —la voz al otro lado sonaba grave, tensa—. Es un
paciente masculino en coma, sin identificación clara. Hay algo… extraño, y
necesitamos su valoración inmediata.
No preguntó más. Colgó, se vistió a toda prisa y salió. Media hora después, caminaba
por el pasillo silencioso del hospital. El eco de sus pasos rebotaba contra las paredes
blancas, frías, cargadas de un olor tenue a desinfectante. Las luces de emergencia
proyectaban sombras largas y deformadas.
El colgante que había recibido en su visión descansaba sobre su pecho. Sentía el metal
frío, pero con un pulso que no era el suyo, como un latido ajeno. Lo sujetó
instintivamente, buscando fuerza en él, como si esa pequeña joya pudiera advertirle de
lo que estaba por ver.
Cuando entró en la sala de cuidados intensivos, el tiempo pareció detenerse. Sobre la
cama, rodeado de tubos, monitores y un silencio contenido, yacía un hombre joven. Su
rostro estaba parcialmente cubierto por vendas, dejando al descubierto apenas la línea
de la mandíbula y una parte de la boca. Y sin embargo… algo en él le resultaba
dolorosamente familiar.
Se acercó despacio, como quien teme despertar un sueño sagrado. Sus dedos rozaron
su mano y, en ese instante, una corriente eléctrica le recorrió el brazo.
Una oleada de imágenes golpeó su mente con una violencia dulce:
—El mirador de Lisboa, con la brisa salada y su mirada clavada en la suya.
—El campo de batalla en Egipto, la arena tiñéndose de rojo y su voz susurrándole que
corriera.
—La tormenta en alta mar, él aferrándola para que no cayera al agua.
Y en todas esas vidas, las mismas palabras, como un juramento que se negaba a morir:
“Cuando lo tengas, me tendrás a mí.”
El monitor cardíaco emitió un pitido prolongado, rompiendo la quietud. El paciente
movió apenas los dedos. Giselle contuvo la respiración.
¿Era posible?
¿Era realmente él… atrapado en este cuerpo?
La puerta se abrió de golpe y una enfermera entró con paso rápido.
—Doctora, necesitamos que se aparte. Está reaccionando.
Pero Giselle no se movió. Sujetó su mano con más fuerza, como si soltarla significara
perderlo para siempre.
—No… —susurró, sin apartar la vista de su rostro—. No es una reacción. Es… él.
El hombre abrió los ojos lentamente. Al principio parecían perdidos, vagando por la
penumbra de la habitación. Pero en cuanto sus pupilas oscuras se encontraron con las
de ella, el mundo desapareció.
—¿Giselle? —pronunció apenas, con una voz débil pero inconfundible.
El sonido de su nombre, en ese timbre exacto, fue como escuchar un eco que
atravesaba siglos. Era él… en todas sus vidas, era él.
—Soy yo… —respondió, con lágrimas asomando en sus ojos—. Estoy aquí.
La enfermera intervino de nuevo, preocupada.
—Doctora, el paciente está muy débil, no debe hablar.
Giselle asintió, pero no soltó su mano. No podía. Cada segundo valía como un año
perdido y recuperado.
—Tranquilo —le dijo en voz baja—. Todo estará bien… te encontré.
Él cerró los ojos, agotado, pero su mano permaneció aferrada a la de ella, como si
supiera que dejarla ir sería un error. Fue entonces cuando algo brilló bajo el vendaje de
su cuello.
Giselle apartó suavemente la tela. Una cadena delgada emergió, y en ella, un pequeño
colgante idéntico al suyo: media luna y zafiro azul.
Su corazón dio un vuelco tan fuerte que tuvo que apoyarse en la cama para no
tambalear. No podía ser una coincidencia.
Recordó las palabras en Lisboa: “Cuando lo tengas, me tendrás a mí.”
Ahora, ese puente entre vidas estaba completo, físico, tangible, imposible de negar.
Pero entonces, un pensamiento inquietante la atravesó como un cuchillo: ¿y si este
hombre no era exactamente él, sino alguien que había heredado su alma? ¿Y si su
amado había regresado… pero en un cuerpo que ya tenía otra historia, otra vida, otros
vínculos?
El dilema la golpeó con violencia. Si era él, tendría que recuperarlo… pero ¿a costa de
qué? ¿Y si al reclamarlo, destruía la vida de alguien más?
El colgante en su cuello pareció arder. Y en un destello fugaz, como un relámpago en la
mente, vio una imagen: una puerta antigua, de madera oscura, con un grabado en
forma de media luna, y al otro lado, el sonido de su voz llamándola.
Giselle supo que no tendría que esperar mucho.
La respuesta llegaría pronto… y cuando lo hiciera, no sería solo el inicio del
reencuentro, sino también la prueba final de todas las vidas que habían compartido.
Y con ese pensamiento, comprendió que el capítulo final de su historia ya había

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poemas de amor
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Capítulo 19 – El Cuerpo Equivocado
(Donde el destino se disfraza para engañar al tiempo)
La llamada llegó a las 3:17 de la madrugada. La pantalla del teléfono brilló en la
penumbra de la habitación, interrumpiendo el silencio denso. Giselle, que no lograba
dormir, contestó antes del tercer timbrazo.
—Doctora, tenemos un caso urgente —la voz al otro lado sonaba grave, tensa—. Es un
paciente masculino en coma, sin identificación clara. Hay algo… extraño, y
necesitamos su valoración inmediata.
No preguntó más. Colgó, se vistió a toda prisa y salió. Media hora después, caminaba
por el pasillo silencioso del hospital. El eco de sus pasos rebotaba contra las paredes
blancas, frías, cargadas de un olor tenue a desinfectante. Las luces de emergencia
proyectaban sombras largas y deformadas.
El colgante que había recibido en su visión descansaba sobre su pecho. Sentía el metal
frío, pero con un pulso que no era el suyo, como un latido ajeno. Lo sujetó
instintivamente, buscando fuerza en él, como si esa pequeña joya pudiera advertirle de
lo que estaba por ver.
Cuando entró en la sala de cuidados intensivos, el tiempo pareció detenerse. Sobre la
cama, rodeado de tubos, monitores y un silencio contenido, yacía un hombre joven. Su
rostro estaba parcialmente cubierto por vendas, dejando al descubierto apenas la línea
de la mandíbula y una parte de la boca. Y sin embargo… algo en él le resultaba
dolorosamente familiar.
Se acercó despacio, como quien teme despertar un sueño sagrado. Sus dedos rozaron
su mano y, en ese instante, una corriente eléctrica le recorrió el brazo.
Una oleada de imágenes golpeó su mente con una violencia dulce:
—El mirador de Lisboa, con la brisa salada y su mirada clavada en la suya.
—El campo de batalla en Egipto, la arena tiñéndose de rojo y su voz susurrándole que
corriera.
—La tormenta en alta mar, él aferrándola para que no cayera al agua.
Y en todas esas vidas, las mismas palabras, como un juramento que se negaba a morir:
“Cuando lo tengas, me tendrás a mí.”
El monitor cardíaco emitió un pitido prolongado, rompiendo la quietud. El paciente
movió apenas los dedos. Giselle contuvo la respiración.
¿Era posible?
¿Era realmente él… atrapado en este cuerpo?
La puerta se abrió de golpe y una enfermera entró con paso rápido.
—Doctora, necesitamos que se aparte. Está reaccionando.
Pero Giselle no se movió. Sujetó su mano con más fuerza, como si soltarla significara
perderlo para siempre.
—No… —susurró, sin apartar la vista de su rostro—. No es una reacción. Es… él.
El hombre abrió los ojos lentamente. Al principio parecían perdidos, vagando por la
penumbra de la habitación. Pero en cuanto sus pupilas oscuras se encontraron con las
de ella, el mundo desapareció.
—¿Giselle? —pronunció apenas, con una voz débil pero inconfundible.
El sonido de su nombre, en ese timbre exacto, fue como escuchar un eco que
atravesaba siglos. Era él… en todas sus vidas, era él.
—Soy yo… —respondió, con lágrimas asomando en sus ojos—. Estoy aquí.
La enfermera intervino de nuevo, preocupada.
—Doctora, el paciente está muy débil, no debe hablar.
Giselle asintió, pero no soltó su mano. No podía. Cada segundo valía como un año
perdido y recuperado.
—Tranquilo —le dijo en voz baja—. Todo estará bien… te encontré.
Él cerró los ojos, agotado, pero su mano permaneció aferrada a la de ella, como si
supiera que dejarla ir sería un error. Fue entonces cuando algo brilló bajo el vendaje de
su cuello.
Giselle apartó suavemente la tela. Una cadena delgada emergió, y en ella, un pequeño
colgante idéntico al suyo: media luna y zafiro azul.
Su corazón dio un vuelco tan fuerte que tuvo que apoyarse en la cama para no
tambalear. No podía ser una coincidencia.
Recordó las palabras en Lisboa: “Cuando lo tengas, me tendrás a mí.”
Ahora, ese puente entre vidas estaba completo, físico, tangible, imposible de negar.
Pero entonces, un pensamiento inquietante la atravesó como un cuchillo: ¿y si este
hombre no era exactamente él, sino alguien que había heredado su alma? ¿Y si su
amado había regresado… pero en un cuerpo que ya tenía otra historia, otra vida, otros
vínculos?
El dilema la golpeó con violencia. Si era él, tendría que recuperarlo… pero ¿a costa de
qué? ¿Y si al reclamarlo, destruía la vida de alguien más?
El colgante en su cuello pareció arder. Y en un destello fugaz, como un relámpago en la
mente, vio una imagen: una puerta antigua, de madera oscura, con un grabado en
forma de media luna, y al otro lado, el sonido de su voz llamándola.
Giselle supo que no tendría que esperar mucho.
La respuesta llegaría pronto… y cuando lo hiciera, no sería solo el inicio del
reencuentro, sino también la prueba final de todas las vidas que habían compartido.
Y con ese pensamiento, comprendió que el capítulo final de su historia ya había
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Entry date Aug 14, 2025, 8:24 AM UTC
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Author 100.00 %. Holder marta vazquez digat. Date Aug 14, 2025.


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