About the work
El pueblo tenía una tradición: cada año, cuando las hojas comenzaban a tornarse doradas y el aire olía a leña y promesas, celebraban una fiesta de reencuentros. No era una fecha exacta, era una sensación. Cuando los corazones sentían que era tiempo de volver, entonces las puertas se abrían, los caminos se limpiaban y los que se habían ido regresaban.
Era una fiesta sin etiquetas, pero con música. Sin programa, pero con emoción. Las casas se llenaban de voces antiguas, los abrazos se alargaban, y el pueblo entero parecía crecer hacia adentro, como si recordara quién era.
El tiempo pasó como pasa en los pueblos donde el silencio también cuenta historias.
Gertrudis creció sin ruido, como crecen las raíces fuertes.
A los doce, aún hablaba poco, pero ya sus ojos guardaban preguntas.
A los quince, sus manos tejían más que hilos: tejían pensamientos.
A los dieciséis, el pueblo comenzó a mirarla distinto. Ya no era solo “la callada”, sino una joven con presencia, con belleza rara, con esa luz discreta que no se impone, pero deja huella.
Su familia seguía esperando, con respeto, el destino anunciado por su sueño. Pero la vida, mientras tanto, también tejía lo suyo.
Fue en una de esas fiestas —cuando las hojas comenzaban a tornarse doradas y el aire olía a leña y promesas— que Gertrudis conoció a Andrés.
Él había viajado lejos, trabajando como aprendiz de carpintero en tierras donde el cielo era más gris. Regresó con la espalda recta, las manos marcadas por el oficio y la mirada de quien ha visto mucho… pero sigue buscando algo.
Cuando sus ojos encontraron los de Gertrudis, no hubo palabras inmediatas. Fue un silencio diferente. No incómodo. Más bien... reverente.
Él sonrió. Ella no.
Pero al día siguiente, la encontraron caminando más despacio por la plaza. Y eso, para quienes conocían a Gertrudis, ya era una declaración.
El amor entre ellos no fue una explosión.
Fue una trama que el tiempo fue bordando.
Con hilos lentos y seguros, como los que ella —Gertrudis— usaba cada tarde frente a la ventana. Ella tejía y él observaba. No hablaban mucho. Pero cada gesto era una conversación. Él cortaba leña con precisión; ella preparaba té con calma.
Cuando él construyó una mesa de madera, lo primero que puso sobre ella fue una libreta morada. La de ella. La que nadie tocaba.
Lo hizo sin decir nada, pero en ese gesto cabía todo lo que nunca se habían dicho.
Gertrudis lo miró, y por primera vez, le regaló una sonrisa completa.
Con el tiempo, comenzaron a compartir más que la mesa: las tardes, los silencios, los planes.
No hubo anillos, pero sí promesa.
Se casaron en la capilla del pueblo, con dos testigos y la brisa como coro.
Pasaron los meses, entre rutinas y suspiros.
Y un día, la noticia llegó: estaba embarazada.
AI Availability Declaration
This work cannot be made available to AI systems.
Print work information
Work information
Title La Ciudad de los Sueños versión ampliada
El pueblo tenía una tradición: cada año, cuando las hojas comenzaban a tornarse doradas y el aire olía a leña y promesas, celebraban una fiesta de reencuentros. No era una fecha exacta, era una sensación. Cuando los corazones sentían que era tiempo de volver, entonces las puertas se abrían, los caminos se limpiaban y los que se habían ido regresaban.
Era una fiesta sin etiquetas, pero con música. Sin programa, pero con emoción. Las casas se llenaban de voces antiguas, los abrazos se alargaban, y el pueblo entero parecía crecer hacia adentro, como si recordara quién era.
El tiempo pasó como pasa en los pueblos donde el silencio también cuenta historias.
Gertrudis creció sin ruido, como crecen las raíces fuertes.
A los doce, aún hablaba poco, pero ya sus ojos guardaban preguntas.
A los quince, sus manos tejían más que hilos: tejían pensamientos.
A los dieciséis, el pueblo comenzó a mirarla distinto. Ya no era solo “la callada”, sino una joven con presencia, con belleza rara, con esa luz discreta que no se impone, pero deja huella.
Su familia seguía esperando, con respeto, el destino anunciado por su sueño. Pero la vida, mientras tanto, también tejía lo suyo.
Fue en una de esas fiestas —cuando las hojas comenzaban a tornarse doradas y el aire olía a leña y promesas— que Gertrudis conoció a Andrés.
Él había viajado lejos, trabajando como aprendiz de carpintero en tierras donde el cielo era más gris. Regresó con la espalda recta, las manos marcadas por el oficio y la mirada de quien ha visto mucho… pero sigue buscando algo.
Cuando sus ojos encontraron los de Gertrudis, no hubo palabras inmediatas. Fue un silencio diferente. No incómodo. Más bien... reverente.
Él sonrió. Ella no.
Pero al día siguiente, la encontraron caminando más despacio por la plaza. Y eso, para quienes conocían a Gertrudis, ya era una declaración.
El amor entre ellos no fue una explosión.
Fue una trama que el tiempo fue bordando.
Con hilos lentos y seguros, como los que ella —Gertrudis— usaba cada tarde frente a la ventana. Ella tejía y él observaba. No hablaban mucho. Pero cada gesto era una conversación. Él cortaba leña con precisión; ella preparaba té con calma.
Cuando él construyó una mesa de madera, lo primero que puso sobre ella fue una libreta morada. La de ella. La que nadie tocaba.
Lo hizo sin decir nada, pero en ese gesto cabía todo lo que nunca se habían dicho.
Gertrudis lo miró, y por primera vez, le regaló una sonrisa completa.
Con el tiempo, comenzaron a compartir más que la mesa: las tardes, los silencios, los planes.
No hubo anillos, pero sí promesa.
Se casaron en la capilla del pueblo, con dos testigos y la brisa como coro.
Pasaron los meses, entre rutinas y suspiros.
Y un día, la noticia llegó: estaba embarazada.
Work type Narrative, Essay
Tags poema, narrativa
-------------------------
Registry info in Safe Creative
Identifier 2507072423198
Entry date Jul 7, 2025, 12:52 PM UTC
License All rights reserved
-------------------------
Copyright registered declarations
Author 100.00 %. Holder Dulce voz de poeta. Date Jul 7, 2025.
Information available at https://www.safecreative.org/work/2507072423198-la-ciudad-de-los-suenos-version-ampliada