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—Te quiero mucho hermano —dijo Roi, con una tristeza que intentaba disimular. Su aliento se adhirió al cristal de la ventana.
—Olvidemos el pasado. Reúne a nuestros hijos. Me pondré otro abrigo porque el frío quiere calarme los huesos —dijo Dion y fue a la torre dos, donde se encontraba su habitación espaciosa, oscura y cálida.
Odela salió del sillón sin pedir explicaciones y recorrió el castillo en busca de sus hijos. No le gustaba gritar. Roi se encontraba mirando el bosque y, cuando su madre lo encontró, le pidió que bajara a la sala. Ella pudo sentir que algo andaba mal con Roi, pero en ese momento le angustiaba más qué era lo que Dion tenía que decir. Sí, siempre anunciaba algo cuando los reunía.
—Ahora voy madre —dijo Roi, con una voz queda, imaginando el viento golpeando los pinos.
—Tu padre te ama —dijo Odela. Iba a decir también que le tuviera paciencia, pero se tragó sus palabras por la reacción de Roi.
—Él es débil, y no... no me ama —dijo Roi. Salió de la habitación y bajó a la sala de estar.
Odela se llevó la mano al pecho y dejó caer un poco su mandíbula. Se volvió para buscar a Roi y decirle que no era cierto lo que decía, pero estaba llegando a la sala.
Dion volvió con un abrigo de lóbrol cubriéndolo desde el cuello hasta los tobillos. Parecía un gigante. Vio que su familia lo esperaba en la sala de estar.
—El viaje que me aguarda me alejará de ustedes. Lo saben bien —dijo Dion—. Lo que he visto es una amenaza para ustedes, y para el reino. ¡Es mi oportunidad para recuperar mi honor! Y ustedes lo saben.
Dion avanzó hacia la pared del fondo de la sala, donde estaba su espada descansando en un soporte de hierro. La luz que se filtraba por la ventana reflejaba destellos en la hoja de la espada, haciéndola brillar como si estuviera hecha de luz pura. Dion sintió un cosquilleo en su mano al envolver los dedos alrededor del mango de la espada, como si estuviera despertando un poder oculto. La hoja estaba tan afilada que temía cortarse los dedos, lo que demostraba la habilidad de los viejos herreros de la región. Dion giró la hoja con gran habilidad, haciendo que la luz juguetease con ella.
—Mi amor, trae la caja mensajera, pergaminos, tinta y una pluma de luvésfera —dijo Dion mientras se sentaba en el sillón.
Odela fue a por la caja, y la puso en la mesa frente a su esposo. Luego fue a su habitación por las demás cosas, y cuando estuvo de vuelta en la sala Dion tenía las palabras listas en su mente. Comenzó a escribirla, y cuando Ari se asomó para leer las palabras, Dion acercó el pergamino a su pecho, ocultando así el mensaje.
—¿A dónde te vas? ¿Cuándo volverás? —preguntó Ari, con una cara de asombro.
Dion terminó de escribir la carta, la dobló hasta reducirla a un cuadrito, y la arrojó a la caja.
—No lo hagas padre... —dijo Roi con el corazón en la mano. De pronto, se le dificultaba respirar.
—Estoy seguro de que hay algo más maligno detrás de todo esto. —Dion infló el pecho.
—¡Recupera tu honor! —dijo Odela, con la piel erizada y la sangre hirviendo en sus venas—. Y si vas a volver, hazlo con vida y no envuelto en tu capa.
—Padre, no lo hagas… —Roi comenzó a marearse.
—Preocúpate por nuestros hijos, cariño —dijo Dion—. Los veré pronto. Que los dioses se olviden de mí y que enfoquen toda su sabiduría y energía en ustedes.
—Adiós Roi —dijo Dion, dándole un beso en la mejilla.
—Nos vemos pronto Ari —dijo, y le dio un beso en ambas mejillas.
Ari tenía mucho que decir, pero sus palabras se esfumaron al ver que su hermano cayó al suelo inconsciente.
—¿Roi? —dijo Ari, asustado.
De pronto una oscuridad entró por la puerta para rodearlo, de a poco su cuerpo era invadido por esa necesidad de ser salvado, sus manos temblaban y sus piernas no podían sostenerlo. Ari comenzó a sentir pinchazos en la cabeza, y un dolor profundo en su pecho que se extendió al interior de todo su cuerpo, fue en un instante que la oscuridad en forma de remolino comenzó a envolverlo. El viento sopló fuerte, fue entonces que escuchó las puertas del castillo azotarse contras las paredes, y a las luvésferas graznar en lo alto del castillo.
—¿Qué pasa? —se preguntó, respirando con la boca. Movía sus ojos de un lado a otro.
—¡Tranquilos todos! —Se escuchó la lejana voz de Dion.
El viento se volvió loco que casi tumbó el candelabro de siete velas que colgaba sobre sus cabezas. Los rechinidos del acero del castillo aumentaban la tensión en Ari Rivamirlod.
—¿Padre? —inquirió Ari. Sus piernas de adormecieron.
Conforme se iba quedando sin aliento, el remolino de oscuridad se disipaba, como un humo que se elevaba, dejando a Ari desorientado.
El castillo Rivamirlod se encontraba sumido en el más profundo estupor, el horror se respiraba en cada rincón y el silencio era opresivo. Nunca se había presenciado algo tan atroz. La maldición que había caído sobre la familia Rivamirlod era algo sin precedentes en la historia del reino.
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Sep 9, 2024, 1:25 AM
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Sep 9, 2024, 1:25 AM
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—Te quiero mucho hermano —dijo Roi, con una tristeza que intentaba disimular. Su aliento se adhirió al cristal de la ventana.
—Olvidemos el pasado. Reúne a nuestros hijos. Me pondré otro abrigo porque el frío quiere calarme los huesos —dijo Dion y fue a la torre dos, donde se encontraba su habitación espaciosa, oscura y cálida.
Odela salió del sillón sin pedir explicaciones y recorrió el castillo en busca de sus hijos. No le gustaba gritar. Roi se encontraba mirando el bosque y, cuando su madre lo encontró, le pidió que bajara a la sala. Ella pudo sentir que algo andaba mal con Roi, pero en ese momento le angustiaba más qué era lo que Dion tenía que decir. Sí, siempre anunciaba algo cuando los reunía.
—Ahora voy madre —dijo Roi, con una voz queda, imaginando el viento golpeando los pinos.
—Tu padre te ama —dijo Odela. Iba a decir también que le tuviera paciencia, pero se tragó sus palabras por la reacción de Roi.
—Él es débil, y no... no me ama —dijo Roi. Salió de la habitación y bajó a la sala de estar.
Odela se llevó la mano al pecho y dejó caer un poco su mandíbula. Se volvió para buscar a Roi y decirle que no era cierto lo que decía, pero estaba llegando a la sala.
Dion volvió con un abrigo de lóbrol cubriéndolo desde el cuello hasta los tobillos. Parecía un gigante. Vio que su familia lo esperaba en la sala de estar.
—El viaje que me aguarda me alejará de ustedes. Lo saben bien —dijo Dion—. Lo que he visto es una amenaza para ustedes, y para el reino. ¡Es mi oportunidad para recuperar mi honor! Y ustedes lo saben.
Dion avanzó hacia la pared del fondo de la sala, donde estaba su espada descansando en un soporte de hierro. La luz que se filtraba por la ventana reflejaba destellos en la hoja de la espada, haciéndola brillar como si estuviera hecha de luz pura. Dion sintió un cosquilleo en su mano al envolver los dedos alrededor del mango de la espada, como si estuviera despertando un poder oculto. La hoja estaba tan afilada que temía cortarse los dedos, lo que demostraba la habilidad de los viejos herreros de la región. Dion giró la hoja con gran habilidad, haciendo que la luz juguetease con ella.
—Mi amor, trae la caja mensajera, pergaminos, tinta y una pluma de luvésfera —dijo Dion mientras se sentaba en el sillón.
Odela fue a por la caja, y la puso en la mesa frente a su esposo. Luego fue a su habitación por las demás cosas, y cuando estuvo de vuelta en la sala Dion tenía las palabras listas en su mente. Comenzó a escribirla, y cuando Ari se asomó para leer las palabras, Dion acercó el pergamino a su pecho, ocultando así el mensaje.
—¿A dónde te vas? ¿Cuándo volverás? —preguntó Ari, con una cara de asombro.
Dion terminó de escribir la carta, la dobló hasta reducirla a un cuadrito, y la arrojó a la caja.
—No lo hagas padre... —dijo Roi con el corazón en la mano. De pronto, se le dificultaba respirar.
—Estoy seguro de que hay algo más maligno detrás de todo esto. —Dion infló el pecho.
—¡Recupera tu honor! —dijo Odela, con la piel erizada y la sangre hirviendo en sus venas—. Y si vas a volver, hazlo con vida y no envuelto en tu capa.
—Padre, no lo hagas… —Roi comenzó a marearse.
—Preocúpate por nuestros hijos, cariño —dijo Dion—. Los veré pronto. Que los dioses se olviden de mí y que enfoquen toda su sabiduría y energía en ustedes.
—Adiós Roi —dijo Dion, dándole un beso en la mejilla.
—Nos vemos pronto Ari —dijo, y le dio un beso en ambas mejillas.
Ari tenía mucho que decir, pero sus palabras se esfumaron al ver que su hermano cayó al suelo inconsciente.
—¿Roi? —dijo Ari, asustado.
De pronto una oscuridad entró por la puerta para rodearlo, de a poco su cuerpo era invadido por esa necesidad de ser salvado, sus manos temblaban y sus piernas no podían sostenerlo. Ari comenzó a sentir pinchazos en la cabeza, y un dolor profundo en su pecho que se extendió al interior de todo su cuerpo, fue en un instante que la oscuridad en forma de remolino comenzó a envolverlo. El viento sopló fuerte, fue entonces que escuchó las puertas del castillo azotarse contras las paredes, y a las luvésferas graznar en lo alto del castillo.
—¿Qué pasa? —se preguntó, respirando con la boca. Movía sus ojos de un lado a otro.
—¡Tranquilos todos! —Se escuchó la lejana voz de Dion.
El viento se volvió loco que casi tumbó el candelabro de siete velas que colgaba sobre sus cabezas. Los rechinidos del acero del castillo aumentaban la tensión en Ari Rivamirlod.
—¿Padre? —inquirió Ari. Sus piernas de adormecieron.
Conforme se iba quedando sin aliento, el remolino de oscuridad se disipaba, como un humo que se elevaba, dejando a Ari desorientado.
El castillo Rivamirlod se encontraba sumido en el más profundo estupor, el horror se respiraba en cada rincón y el silencio era opresivo. Nunca se había presenciado algo tan atroz. La maldición que había caído sobre la familia Rivamirlod era algo sin precedentes en la historia del reino.
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Title Saga Reyes de las Sombras
—Te quiero mucho hermano —dijo Roi, con una tristeza que intentaba disimular. Su aliento se adhirió al cristal de la ventana.
—Olvidemos el pasado. Reúne a nuestros hijos. Me pondré otro abrigo porque el frío quiere calarme los huesos —dijo Dion y fue a la torre dos, donde se encontraba su habitación espaciosa, oscura y cálida.
Odela salió del sillón sin pedir explicaciones y recorrió el castillo en busca de sus hijos. No le gustaba gritar. Roi se encontraba mirando el bosque y, cuando su madre lo encontró, le pidió que bajara a la sala. Ella pudo sentir que algo andaba mal con Roi, pero en ese momento le angustiaba más qué era lo que Dion tenía que decir. Sí, siempre anunciaba algo cuando los reunía.
—Ahora voy madre —dijo Roi, con una voz queda, imaginando el viento golpeando los pinos.
—Tu padre te ama —dijo Odela. Iba a decir también que le tuviera paciencia, pero se tragó sus palabras por la reacción de Roi.
—Él es débil, y no... no me ama —dijo Roi. Salió de la habitación y bajó a la sala de estar.
Odela se llevó la mano al pecho y dejó caer un poco su mandíbula. Se volvió para buscar a Roi y decirle que no era cierto lo que decía, pero estaba llegando a la sala.
Dion volvió con un abrigo de lóbrol cubriéndolo desde el cuello hasta los tobillos. Parecía un gigante. Vio que su familia lo esperaba en la sala de estar.
—El viaje que me aguarda me alejará de ustedes. Lo saben bien —dijo Dion—. Lo que he visto es una amenaza para ustedes, y para el reino. ¡Es mi oportunidad para recuperar mi honor! Y ustedes lo saben.
Dion avanzó hacia la pared del fondo de la sala, donde estaba su espada descansando en un soporte de hierro. La luz que se filtraba por la ventana reflejaba destellos en la hoja de la espada, haciéndola brillar como si estuviera hecha de luz pura. Dion sintió un cosquilleo en su mano al envolver los dedos alrededor del mango de la espada, como si estuviera despertando un poder oculto. La hoja estaba tan afilada que temía cortarse los dedos, lo que demostraba la habilidad de los viejos herreros de la región. Dion giró la hoja con gran habilidad, haciendo que la luz juguetease con ella.
—Mi amor, trae la caja mensajera, pergaminos, tinta y una pluma de luvésfera —dijo Dion mientras se sentaba en el sillón.
Odela fue a por la caja, y la puso en la mesa frente a su esposo. Luego fue a su habitación por las demás cosas, y cuando estuvo de vuelta en la sala Dion tenía las palabras listas en su mente. Comenzó a escribirla, y cuando Ari se asomó para leer las palabras, Dion acercó el pergamino a su pecho, ocultando así el mensaje.
—¿A dónde te vas? ¿Cuándo volverás? —preguntó Ari, con una cara de asombro.
Dion terminó de escribir la carta, la dobló hasta reducirla a un cuadrito, y la arrojó a la caja.
—No lo hagas padre... —dijo Roi con el corazón en la mano. De pronto, se le dificultaba respirar.
—Estoy seguro de que hay algo más maligno detrás de todo esto. —Dion infló el pecho.
—¡Recupera tu honor! —dijo Odela, con la piel erizada y la sangre hirviendo en sus venas—. Y si vas a volver, hazlo con vida y no envuelto en tu capa.
—Padre, no lo hagas… —Roi comenzó a marearse.
—Preocúpate por nuestros hijos, cariño —dijo Dion—. Los veré pronto. Que los dioses se olviden de mí y que enfoquen toda su sabiduría y energía en ustedes.
—Adiós Roi —dijo Dion, dándole un beso en la mejilla.
—Nos vemos pronto Ari —dijo, y le dio un beso en ambas mejillas.
Ari tenía mucho que decir, pero sus palabras se esfumaron al ver que su hermano cayó al suelo inconsciente.
—¿Roi? —dijo Ari, asustado.
De pronto una oscuridad entró por la puerta para rodearlo, de a poco su cuerpo era invadido por esa necesidad de ser salvado, sus manos temblaban y sus piernas no podían sostenerlo. Ari comenzó a sentir pinchazos en la cabeza, y un dolor profundo en su pecho que se extendió al interior de todo su cuerpo, fue en un instante que la oscuridad en forma de remolino comenzó a envolverlo. El viento sopló fuerte, fue entonces que escuchó las puertas del castillo azotarse contras las paredes, y a las luvésferas graznar en lo alto del castillo.
—¿Qué pasa? —se preguntó, respirando con la boca. Movía sus ojos de un lado a otro.
—¡Tranquilos todos! —Se escuchó la lejana voz de Dion.
El viento se volvió loco que casi tumbó el candelabro de siete velas que colgaba sobre sus cabezas. Los rechinidos del acero del castillo aumentaban la tensión en Ari Rivamirlod.
—¿Padre? —inquirió Ari. Sus piernas de adormecieron.
Conforme se iba quedando sin aliento, el remolino de oscuridad se disipaba, como un humo que se elevaba, dejando a Ari desorientado.
El castillo Rivamirlod se encontraba sumido en el más profundo estupor, el horror se respiraba en cada rincón y el silencio era opresivo. Nunca se había presenciado algo tan atroz. La maldición que había caído sobre la familia Rivamirlod era algo sin precedentes en la historia del reino.
Work type Literary: Other
Tags fantasía, fantasía juvenil, obra de ficción, novela de fantasía, cuento de ficción, fantasía oscura
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Registry info in Safe Creative
Identifier 2409099361128
Entry date Sep 9, 2024, 1:25 AM UTC
License All rights reserved
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Author 100.00 %. Holder T.H. HARROWER. Date Sep 9, 2024.
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Revision of: 2408269225161 - Saga Reyes de las Sombras
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