Elizabeth o Lizzie se despertó, en una habitación desconocida y con un pesado anillo en el dedo.
—Buenos días, esposa mía. —El hombre al que le había dado un baile privado la noche anterior se acercó y depositó un beso en su frente—. Empaca, viajaremos a Inglaterra.
—¿Esposa? —indagó Lizzie asustada.
—¿No lo recuerdas? —El desconocido se sentó en la cama y le regaló una sonrisa—. Bueno, digamos que anoche eras solo tú y ahora eres la reina de Inglaterra.
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