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La Plaza de Mayo, por la tarde, se convierte en un altar ardiente en memoria de los treinta mil detenidos-desaparecidos a veinte años del golpe militar. Por encima de la multitud descansa la bocanada ígnea de la fragua humana. Los grupos dispuestos en columnas llegan lentamente tomados por los codos y sosteniendo carteles enormes. Los gritos y las consignas retumban en el granito de los ministerios y golpean las puertas de la Catedral. La multitud aviva los carbones encendidos de la caldera gigante, se aprieta en un rumor temible de voces y pancartas reivindicando memoria, verdad y justicia, y hace temblar las hojas de los plátanos en medio de la tarde hasta la culminación de los actos. Luego la masa se repliega en un orden precario, dando paso a una tregua creciente. A partir del centro de gravedad de la plaza la gente se disgrega. La gleba de la tierra de los canteros queda desmenuzada por el arado invisible. El murmullo de suelas y golpes de tacos avanza por las avenidas laterales, por las diagonales divergentes, las veredas y los solares. En el cielo se recortan los nefelismos anteriores al ocaso. Las nubes se van navegando hacia el oeste. Las líneas rojas del sol, como floretes de esgrima, hacen los últimos dibujos con sus punteras afiladas sobre la piel del río. Después la ciudad regresa a la calma de sus buhardillas tenuemente iluminadas y devuelve las sombras y los reflejos de los edificios a sus lugares habituales: a los rincones, a la trama apacible de las calles, a los nidos de los gorriones, a los algodones colgados del follaje de los palo-borrachos. En tanto la quietud de las grúas de los diques y los cargueros anclados en el puerto hidratan de silencio la extensa lámina de agua dormida al costado de los barcos. El inmenso alboroto se desvanece. Las últimas horas de la tarde terrible bajan a sosegar el fulgor de las brasas y a apagar el rescoldo del paso de la muchedumbre. II Durante la retirada, el ciego Petrus, camina solitario entre la multitud. Y aunque es imposible saber en qué piensa una vez concluido este evento, con seguridad debe estar recordando con inconcebible desencanto hasta qué punto él se desvelaba —hace diez años atrás— por clarificar su sistema dialéctico, a la hora de argumentar en sus escritos, mediante el análisis y la reflexión, acerca de la brutalidad desatada por el terrorismo de estado en este lugar del mundo y, cómo esa tensión había derivado en masacre, para imponer aquí, lejos de los centros de poder, un modelo de sociedad, no a través de la disputa de las ideas sino por medio de la violencia de las armas. III
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Title Pájaros dormidos
La Plaza de Mayo, por la tarde, se convierte en un altar ardiente en memoria de los treinta mil detenidos-desaparecidos a veinte años del golpe militar. Por encima de la multitud descansa la bocanada ígnea de la fragua humana. Los grupos dispuestos en columnas llegan lentamente tomados por los codos y sosteniendo carteles enormes. Los gritos y las consignas retumban en el granito de los ministerios y golpean las puertas de la Catedral. La multitud aviva los carbones encendidos de la caldera gigante, se aprieta en un rumor temible de voces y pancartas reivindicando memoria, verdad y justicia, y hace temblar las hojas de los plátanos en medio de la tarde hasta la culminación de los actos. Luego la masa se repliega en un orden precario, dando paso a una tregua creciente. A partir del centro de gravedad de la plaza la gente se disgrega. La gleba de la tierra de los canteros queda desmenuzada por el arado invisible. El murmullo de suelas y golpes de tacos avanza por las avenidas laterales, por las diagonales divergentes, las veredas y los solares. En el cielo se recortan los nefelismos anteriores al ocaso. Las nubes se van navegando hacia el oeste. Las líneas rojas del sol, como floretes de esgrima, hacen los últimos dibujos con sus punteras afiladas sobre la piel del río. Después la ciudad regresa a la calma de sus buhardillas tenuemente iluminadas y devuelve las sombras y los reflejos de los edificios a sus lugares habituales: a los rincones, a la trama apacible de las calles, a los nidos de los gorriones, a los algodones colgados del follaje de los palo-borrachos. En tanto la quietud de las grúas de los diques y los cargueros anclados en el puerto hidratan de silencio la extensa lámina de agua dormida al costado de los barcos. El inmenso alboroto se desvanece. Las últimas horas de la tarde terrible bajan a sosegar el fulgor de las brasas y a apagar el rescoldo del paso de la muchedumbre. II Durante la retirada, el ciego Petrus, camina solitario entre la multitud. Y aunque es imposible saber en qué piensa una vez concluido este evento, con seguridad debe estar recordando con inconcebible desencanto hasta qué punto él se desvelaba —hace diez años atrás— por clarificar su sistema dialéctico, a la hora de argumentar en sus escritos, mediante el análisis y la reflexión, acerca de la brutalidad desatada por el terrorismo de estado en este lugar del mundo y, cómo esa tensión había derivado en masacre, para imponer aquí, lejos de los centros de poder, un modelo de sociedad, no a través de la disputa de las ideas sino por medio de la violencia de las armas. III
Work type Narrative, Essay
Tags relatos, cuentos
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Registry info in Safe Creative
Identifier 2007284881590
Entry date Jul 28, 2020, 7:37 PM UTC
License Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
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Author. Holder Raúl Ariel Victoriano. Date Jul 28, 2020.
Information available at https://www.safecreative.org/work/2007284881590-pajaros-dormidos