Piso compartido

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Piso compartido

Haciendo memoria, creo que todo comenzó ese día.
Era otoño porque ya empezaba a hacer frío por las noches. Llegué a casa después de trabajar, con el bolso, el abrigo y el jersey, todo colgado del mismo brazo. Al intentar dar la segunda vuelta a la llave, la puerta se abrió de golpe y todo lo que llevaba colgando del brazo cayó al suelo.
En ese momento no le di importantica, pero sí, comenzó ese día.
Las pruebas eran evidentes, pero es curioso como la mente trata de racionalizar sucesos extraños.
Al día siguiente no fue sólo la segunda vuelta a la llave, sino que también había restos de desayuno encima de la mesa. “Tenía tanto sueño que ni siquiera recogí”. Esa era la explicación más lógica. Que desaparecieran un par de calcetines, unos guantes, un gorro viejo de lana o ese jersey grande que ya no me ponía tampoco me extrañó, lo achaqué al misterio de la lavadora que devuelve los calcetines impares.
A la toalla que empezó a aparecer en el tendedero me costó darle una explicación, así que me limité a recogerla y guardarla en el armario.
El día que la vecina me dijo:
– Ha venido tu padre esta mañana. Casi no le reconozco con la barba.
No le contesté. Tampoco quise contarle que mi padre había muerto hacía casi un año.
Fueron pasando los meses y esos pequeños sucesos se convirtieron en parte de mi rutina, abrir la puerta con una sola vuelta cuando la había cerrado con dos, recoger los restos del desayuno, guardar la toalla del tendedero, recolocar los cojines del sofá y extender la colcha.
Siempre hay un momento donde las cosas no se sostienen y caen por su propio peso. En este caso fue en febrero, al regreso de unas vacaciones.
Llegué de noche, cansada. Fui directa a dormir. Al abrir la ropa de cama me di cuenta de que esa cama no la había hecho yo. Eso es algo que se sabe, yo no meto la sábana por debajo del colchón. Aun así, estaba tan cansada que me metí dentro y dormí de un tirón.
Al día siguiente, estaba poniendo la lavadora cuando me llamó mi hermana.
– Nena, no he podido ir estos días a tu casa, no tengo la llave, creo que se me cayó hace tiempo en la entrada de Mercadona, me pareció que se caía algo, pero no vi nada. Le pregunté al mendigo que está siempre en la puerta, ese al que le dimos el abrigo de papá, pero dijo que él no había visto nada. Como no eché nada en falta, no le di importancia hasta ahora, claro. Tienes que llamar al seguro para que te cambien la cerradura cuanto antes. Ya lo siento, cariño.
– Vale, sí. No te preocupes, ahora llamo.
Llamé y esperé al cerrajero viendo nevar por la ventana.
Y aquí estamos, el cerrajero concentrado en su trabajo y yo, con lágrimas en los ojos pensando que hace demasiado frío para pasar la noche en la calle.

Literary: Other
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Maria Nela Escudero Sáenz
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Title Piso compartido
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Haciendo memoria, creo que todo comenzó ese día.
Era otoño porque ya empezaba a hacer frío por las noches. Llegué a casa después de trabajar, con el bolso, el abrigo y el jersey, todo colgado del mismo brazo. Al intentar dar la segunda vuelta a la llave, la puerta se abrió de golpe y todo lo que llevaba colgando del brazo cayó al suelo.
En ese momento no le di importantica, pero sí, comenzó ese día.
Las pruebas eran evidentes, pero es curioso como la mente trata de racionalizar sucesos extraños.
Al día siguiente no fue sólo la segunda vuelta a la llave, sino que también había restos de desayuno encima de la mesa. “Tenía tanto sueño que ni siquiera recogí”. Esa era la explicación más lógica. Que desaparecieran un par de calcetines, unos guantes, un gorro viejo de lana o ese jersey grande que ya no me ponía tampoco me extrañó, lo achaqué al misterio de la lavadora que devuelve los calcetines impares.
A la toalla que empezó a aparecer en el tendedero me costó darle una explicación, así que me limité a recogerla y guardarla en el armario.
El día que la vecina me dijo:
– Ha venido tu padre esta mañana. Casi no le reconozco con la barba.
No le contesté. Tampoco quise contarle que mi padre había muerto hacía casi un año.
Fueron pasando los meses y esos pequeños sucesos se convirtieron en parte de mi rutina, abrir la puerta con una sola vuelta cuando la había cerrado con dos, recoger los restos del desayuno, guardar la toalla del tendedero, recolocar los cojines del sofá y extender la colcha.
Siempre hay un momento donde las cosas no se sostienen y caen por su propio peso. En este caso fue en febrero, al regreso de unas vacaciones.
Llegué de noche, cansada. Fui directa a dormir. Al abrir la ropa de cama me di cuenta de que esa cama no la había hecho yo. Eso es algo que se sabe, yo no meto la sábana por debajo del colchón. Aun así, estaba tan cansada que me metí dentro y dormí de un tirón.
Al día siguiente, estaba poniendo la lavadora cuando me llamó mi hermana.
– Nena, no he podido ir estos días a tu casa, no tengo la llave, creo que se me cayó hace tiempo en la entrada de Mercadona, me pareció que se caía algo, pero no vi nada. Le pregunté al mendigo que está siempre en la puerta, ese al que le dimos el abrigo de papá, pero dijo que él no había visto nada. Como no eché nada en falta, no le di importancia hasta ahora, claro. Tienes que llamar al seguro para que te cambien la cerradura cuanto antes. Ya lo siento, cariño.
– Vale, sí. No te preocupes, ahora llamo.
Llamé y esperé al cerrajero viendo nevar por la ventana.
Y aquí estamos, el cerrajero concentrado en su trabajo y yo, con lágrimas en los ojos pensando que hace demasiado frío para pasar la noche en la calle.
Work type Literary: Other
Tags relato breve, relatos, poemas y frases, microrelatos

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Registry info in Safe Creative

Identifier 2001152881187
Entry date Jan 15, 2020, 10:02 PM UTC
License Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0

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Author. Holder Maria Nela Escudero Sáenz. Date Jan 15, 2020.


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