Limones de azúcar

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Limones de azúcar
Andrea abandonó sin pena los calores del trópico, el frenesí de las tormentas y la pobreza escondida en el centro de La Española, la isla gallarda que separa mares en la barrera verde del arco suave de las Antillas Mayores.
En algún momento tuvo la candorosa ilusión del olvido, aun de las deliciosas fragancias que había dejado en su tierra, como el perfume de los limones del huerto y el dulce aroma del azúcar caliente rodeando la olla de cobre.
Lo que no pudo dejar de añorar fue la muerte del sol hundido en las tardes escarlatas y, menos todavía, las palpitaciones del bongó en la ondulación de sus caderas, todos los benditos sábados de merengue, absorta en el correcto vaivén de sus piernas hechizadas, con la música de la bachata en sus oídos y la mano de su chico tomándola de la espalda.
Pero espiar hacia su pasado también le revivió el horror de las riñas familiares, recordó el asedio y las amenazas, el ruido de botellas rotas y el mapa de su piel con las moraduras ocultas bajo la ropa.
Lo que más padeció fue el final, los gritos de sus niñas, la casa en llamas, y la huida, cambiando de hemisferio, apremiada por el miedo. Quiso buscar el modo de suprimir los despojos de su derrota buscando el indulto de otro firmamento.
Andrea arribó al húmedo y frío puerto de Santa María de los Buenos Ayres con el alma desnuda, el dolor anestesiado y un desierto de dudas mirando hacia la nada. Llegó aquí sin los zapatos rojos de taco alto, con una valija prestada repleta de ilusiones imaginarias y se instaló en un punto del contorno pobre de la ciudad, al costado de los recios muros de la urbe esquiva.
La primera noche vio con desgano —ocupadas sus emociones en abrigar su desarraigo— la aparición triste de la luna por encima de la superficie del río.
Estaba sola.
Mientras los pensamientos de Andrea se marchitaban moribundos a las puertas del sueño se hizo presente una gaviota inmensa.
El animal alado, en su imprevista aparición, taladró con su extraño berbiquí de hojalata un hueco cilíndrico en la tersura del cráneo femenino, apenas dormido, volcado de costado en la almohada blanca. Introdujo por allí su prodigio infinito hasta tocar con las plumas más delgadas la afiebrada mente de la muchacha.
Agrupó los recuerdos tristes del pasado que quemaba las sienes de Andrea y los apretó dentro de un nido de aire. Pero antes, les quitó los colores, los quebró en ínfimos trozos transparentes y los cubrió con una niebla blanca para evitar el éxodo en posibles palabras nuevas. El pájaro enorme y desconocido alivió así la pesadumbre de la joven inexperta y, además, vació una cascada de silencio sobre la fatiga de sus oídos a fin de proteger la travesía por los peligrosos

Narrative, Essay
cuentos
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Raúl Ariel Victoriano
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Title Limones de azúcar
Limones de azúcar
Andrea abandonó sin pena los calores del trópico, el frenesí de las tormentas y la pobreza escondida en el centro de La Española, la isla gallarda que separa mares en la barrera verde del arco suave de las Antillas Mayores.
En algún momento tuvo la candorosa ilusión del olvido, aun de las deliciosas fragancias que había dejado en su tierra, como el perfume de los limones del huerto y el dulce aroma del azúcar caliente rodeando la olla de cobre.
Lo que no pudo dejar de añorar fue la muerte del sol hundido en las tardes escarlatas y, menos todavía, las palpitaciones del bongó en la ondulación de sus caderas, todos los benditos sábados de merengue, absorta en el correcto vaivén de sus piernas hechizadas, con la música de la bachata en sus oídos y la mano de su chico tomándola de la espalda.
Pero espiar hacia su pasado también le revivió el horror de las riñas familiares, recordó el asedio y las amenazas, el ruido de botellas rotas y el mapa de su piel con las moraduras ocultas bajo la ropa.
Lo que más padeció fue el final, los gritos de sus niñas, la casa en llamas, y la huida, cambiando de hemisferio, apremiada por el miedo. Quiso buscar el modo de suprimir los despojos de su derrota buscando el indulto de otro firmamento.
Andrea arribó al húmedo y frío puerto de Santa María de los Buenos Ayres con el alma desnuda, el dolor anestesiado y un desierto de dudas mirando hacia la nada. Llegó aquí sin los zapatos rojos de taco alto, con una valija prestada repleta de ilusiones imaginarias y se instaló en un punto del contorno pobre de la ciudad, al costado de los recios muros de la urbe esquiva.
La primera noche vio con desgano —ocupadas sus emociones en abrigar su desarraigo— la aparición triste de la luna por encima de la superficie del río.
Estaba sola.
Mientras los pensamientos de Andrea se marchitaban moribundos a las puertas del sueño se hizo presente una gaviota inmensa.
El animal alado, en su imprevista aparición, taladró con su extraño berbiquí de hojalata un hueco cilíndrico en la tersura del cráneo femenino, apenas dormido, volcado de costado en la almohada blanca. Introdujo por allí su prodigio infinito hasta tocar con las plumas más delgadas la afiebrada mente de la muchacha.
Agrupó los recuerdos tristes del pasado que quemaba las sienes de Andrea y los apretó dentro de un nido de aire. Pero antes, les quitó los colores, los quebró en ínfimos trozos transparentes y los cubrió con una niebla blanca para evitar el éxodo en posibles palabras nuevas. El pájaro enorme y desconocido alivió así la pesadumbre de la joven inexperta y, además, vació una cascada de silencio sobre la fatiga de sus oídos a fin de proteger la travesía por los peligrosos
Work type Narrative, Essay
Tags cuentos, relatos

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Identifier 1907141432341
Entry date Jul 14, 2019, 12:18 AM UTC
License Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0

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Author. Holder Raúl Ariel Victoriano. Date Jul 14, 2019.


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