Por Sebastián D. Longhi. I Apenas parpadeo, el oxígeno juega perversamente. Se anima a entrar por las fauces nasales y descender al infierno de mis pulmones retirándose velozmente. ¡Me ahogo! La sangre se me escapa del estómago. Y mi voz da testimonio. II Al principio ella venía al bar que administro en calle Iberlucea y […]