La República; un anhelo bicentenario
04/12/2016
1604127216123

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La colonización de los países americanos se produjo hace apenas quinientos años por algunas potencias europeas que estaban gobernadas por sistemas monárquicos.
España, Inglaterra, Portugal, Francia y Holanda fueron los países que establecieron colonias dependientes de sus metrópolis, en ese orden de importancia según los territorios y jurisdicciones que abarcaron en los distintos continentes. Como sabemos, desde el siglo XVI fueron los países colonialistas quienes dominaron el planeta.
Cada una de estas potencias europeas, junto a Rusia, habían formado sus sistemas de gobierno monárquicos con características ideológicas y culturales bien diferenciadas, que luego transfirieron a las colonias y a sus habitantes por vía cuasi genética. Los países colonizados heredaron sus usos y costumbres además de los comportamientos culturales. Decía Lugones en el “Imperio Jesuítico”: Es innecesario demostrar que ningún pueblo sufre en veinte generaciones la conquista, sin resultar poco menos que mestizo del conquistador.
Los principios de libertad y respeto a la propiedad y derechos individuales fueron por cierto reconocidos en tiempos muy distintos en sus propios reinos, y sus consecuencias se reflejaron en el desarrollo que muchos de los países colonizados tuvieron.
Resulta evidente que el sistema republicano, con ejecutivos fuertes, no ha funcionado en nuestro país, aún con una Constitución que prevé el equilibrio de poderes. La preeminencia de este poder sobre el legislativo y judicial es una constante. No basta que los presidentes ostenten ideales democráticos o autocráticos. Siempre apelan a instrumentos, aunque en algunos casos son constitucionales, casi siempre son coercitivos. Recordemos a Alfonsín con el estado de sitio, Illia rompiendo los contratos petroleros de excelentes resultados para la Nación y, ni hablar de Perón, que utilizó para avasallar a la oposición de cuanta herramienta tuvo a mano.
Es por eso, que un gran aporte a la transformación de las instituciones del país sería que un nuevo gobierno, convocara a una junta de pensadores políticos y representantes de todos los partidos políticos para debatir a fondo una reforma política, sin que tenga valor vinculante, pero que sirva como un gran acuerdo nacional.
Es cierto que una reforma de la constitución por más buena que fuere no es garantía de progreso de los países. Porque los políticos no son las instituciones así como los religiosos no son la religión. La prueba está en que nuestro país adoptó una constitución similar a la de los Estados Unidos de América, y no por ello tuvo el desarrollo de este país. Es probable que la diferencia sea que ellos la respetaron y nosotros, los argentinos, por nuestra herencia y la adopción de sistemas educativos, como el de 1908, la menoscabamos y la transgredimos de continuo. También es cierto que en los Estados Unidos, su Constitución se dictó en circunstancias muy distintas a las nuestras. Nosotros tuvimos conflictos interprovinciales en donde muchos se resolvieron mediante Pactos Provinciales, y que la Constitución del 53 debió amalgamarlos. Este es un asunto más profundo que abordaremos más extensamente en el análisis de los factores determinantes del deterioro de la calidad institucional.
Sin embargo, la intención de cambio produciría una evolución potencial que se iría transformando en una necesidad de adopción de las nuevas formas de comportamiento individual y colectivo.
Estas reflexiones políticas en armonía con ejemplos y anécdotas extraídas de nuestra historia, avalados por autores, tratan de aportar, una insignificante luciérnaga a la luz del sol de una reforma política que, si no se produce, continuaremos transitando por la mediocridad de los últimos setenta años.
R.S.

Narrative, Essay
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Rodolfo Héctor Sala
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Title La República; un anhelo bicentenario
La colonización de los países americanos se produjo hace apenas quinientos años por algunas potencias europeas que estaban gobernadas por sistemas monárquicos.
España, Inglaterra, Portugal, Francia y Holanda fueron los países que establecieron colonias dependientes de sus metrópolis, en ese orden de importancia según los territorios y jurisdicciones que abarcaron en los distintos continentes. Como sabemos, desde el siglo XVI fueron los países colonialistas quienes dominaron el planeta.
Cada una de estas potencias europeas, junto a Rusia, habían formado sus sistemas de gobierno monárquicos con características ideológicas y culturales bien diferenciadas, que luego transfirieron a las colonias y a sus habitantes por vía cuasi genética. Los países colonizados heredaron sus usos y costumbres además de los comportamientos culturales. Decía Lugones en el “Imperio Jesuítico”: Es innecesario demostrar que ningún pueblo sufre en veinte generaciones la conquista, sin resultar poco menos que mestizo del conquistador.
Los principios de libertad y respeto a la propiedad y derechos individuales fueron por cierto reconocidos en tiempos muy distintos en sus propios reinos, y sus consecuencias se reflejaron en el desarrollo que muchos de los países colonizados tuvieron.
Resulta evidente que el sistema republicano, con ejecutivos fuertes, no ha funcionado en nuestro país, aún con una Constitución que prevé el equilibrio de poderes. La preeminencia de este poder sobre el legislativo y judicial es una constante. No basta que los presidentes ostenten ideales democráticos o autocráticos. Siempre apelan a instrumentos, aunque en algunos casos son constitucionales, casi siempre son coercitivos. Recordemos a Alfonsín con el estado de sitio, Illia rompiendo los contratos petroleros de excelentes resultados para la Nación y, ni hablar de Perón, que utilizó para avasallar a la oposición de cuanta herramienta tuvo a mano.
Es por eso, que un gran aporte a la transformación de las instituciones del país sería que un nuevo gobierno, convocara a una junta de pensadores políticos y representantes de todos los partidos políticos para debatir a fondo una reforma política, sin que tenga valor vinculante, pero que sirva como un gran acuerdo nacional.
Es cierto que una reforma de la constitución por más buena que fuere no es garantía de progreso de los países. Porque los políticos no son las instituciones así como los religiosos no son la religión. La prueba está en que nuestro país adoptó una constitución similar a la de los Estados Unidos de América, y no por ello tuvo el desarrollo de este país. Es probable que la diferencia sea que ellos la respetaron y nosotros, los argentinos, por nuestra herencia y la adopción de sistemas educativos, como el de 1908, la menoscabamos y la transgredimos de continuo. También es cierto que en los Estados Unidos, su Constitución se dictó en circunstancias muy distintas a las nuestras. Nosotros tuvimos conflictos interprovinciales en donde muchos se resolvieron mediante Pactos Provinciales, y que la Constitución del 53 debió amalgamarlos. Este es un asunto más profundo que abordaremos más extensamente en el análisis de los factores determinantes del deterioro de la calidad institucional.
Sin embargo, la intención de cambio produciría una evolución potencial que se iría transformando en una necesidad de adopción de las nuevas formas de comportamiento individual y colectivo.
Estas reflexiones políticas en armonía con ejemplos y anécdotas extraídas de nuestra historia, avalados por autores, tratan de aportar, una insignificante luciérnaga a la luz del sol de una reforma política que, si no se produce, continuaremos transitando por la mediocridad de los últimos setenta años.
R.S.
Work type Narrative, Essay
Tags narrativa

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Identifier 1604127216123
Entry date Apr 12, 2016, 10:44 PM UTC
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Author. Holder Rodolfo Héctor Sala. Date Apr 12, 2016.


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