La niebla cae en la tarde urbana de forma desconsiderada y rápida. El velo opalino y húmedo la cubre y la dota al mismo tiempo, de una naturaleza humedecida que para muchos de los objetos acariciados por ella es absolutamente desconocida. Los faros de los coches arrojan estrellas ambarinas que luchan contra los dedos acuosos que todo lo envuelven. Unos metros más arriba las luces de colores tiemblan de frío y piden auxilio con sus brillos y guiños. Pero nadie es capaz de entender su grito en la