Era otoño y la humedad de sus lágrimas calaba sus huesos inmovilizándola. El hombre de los abrazos la estrechó y sintió desentumecer su cuerpo acompasándose con los latidos de la vida. Le devolvió el relato de su existencia para que pudiera continuar escribiéndolo y, decidida, tomo la pluma en sus manos y una página en blanco.
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