El domingo dio a su fin para dar de nuevo paso al ritmo frenético del lunes. No eran ni las ocho de la mañana cuando ya habían miles de transeúntes colapsando las aceras de Manhattan y decenas de vehículos invadían el gris asfalto en todas direcciones. Aquella caótica ciudad sin duda fue creada para una panda de locos pirados. No existía un sólo rincón en donde no se escuchara algo de música, algún que otro claxon impertinente o incluso cruzarte con el típico hombre de negocios hablando a través