Sus manos dirigían con trazos firmes las pinturas que volaban sobre el papel. Repasaba con meticulosidad las curvas imposibles y los ángulos de vértigo de la femenina figura.
—¡Ay!
—Lo siento.
—Me has hecho daño.
—Te he dicho que lo siento.
—Lo has hecho a propósito.
—Te dije que no salieras a la terraza mientras llovía.
—Tu mundo es maravilloso. ¿Aún sigues enfadado?
—Estate quieta o te quedará la nariz torcida.
—Por lo menos no se ha estropeado la ropa; tuve la precaución de dejarla dentro.
So