La primera vez que escuché la Voz del linaje, no habló con palabras.
Fue un latido.
Profundo.
Antiguo.
Un reconocimiento que me erizó la piel desde dentro, como si mi alma hubiera sido
tocada por una verdad que siempre me perteneció, pero que nunca quise aceptar.
En ese instante, supe que algo en mí empezaba a desaparecer.
Las sensaciones se desdibujaban, como si cada una se deshiciera en un susurro que el
aire reclamaba. Podía sentir la vida aferrarse a mi pecho, intentando retener algo que
estaba destinada a perder. Y aun así, no era miedo lo que dominaba mi mente.
Era la certeza.
La vida en el palacio siempre había sido un laberinto de miradas calculadas, pasillos
fríos y silencios que pesaban más que las palabras. Todos esperaban algo de mí:
obediencia, perfección, sacrificio. Nadie imaginó que la corona que me ofrecían
escondía un candado. Nadie creyó que yo sería la llave.
Ni siquiera yo.
Mi padre decía que vivir bajo la protección real era un privilegio. Nunca entendió que
también era una condena. Los ataques hacia las familias de alta cuna, las decisiones
impuestas, los secretos heredados… Habíamos aprendido a respirar entre sombras.
Creía que mi vida sería una pesadilla interminable.
Pero estaba equivocada.
Alec lo cambió todo.
Su mirada fue un incendio silencioso en medio del invierno que habitaba en mí. Su voz,
la grieta en las paredes que me rodeaban. Él vio algo que ni el libro ni el linaje pudieron
prever: mi humanidad. Mi elección.
Mi amor.
Pero el amor no es fácil cuando tu destino está escrito en versos antiguos.
Cuando la magia reclama tu vida.
Cuando el linaje exige que renuncies a lo que más amas para mantener el equilibrio.
Una corona sobre mi cabeza.
Un reino que tiembla.
Una puerta que respira detrás de mis sueños.
Un hombre al que debería temer, y otro al que no debería amar.
All rights reserved