Gail detuvo el vehículo en el arcén de la autopista magnética, bajo la luz de las estrellas que tintineaban en el falso cielo nocturno de la cúpula protectora. Bajó del automóvil y cruzó al otro lado del quitamiedos holográfico.
La autopista circunvalaba la ciudad decenas de metros por encima de ésta, permitiendo contemplar sus hermosas vistas desde las alturas. Desde allí, Gail se deleitó con el bello paisaje nocturno de Babilonia.
El muchacho alzó la mirada hacia el firmamento de la cúpula. Cuántas estrellas. Se preguntó si, en el mundo exterior, el cielo estrellado era realmente tan hermoso. Deseó poder contemplarlo él mismo algún día, aunque sabía imposible que aquel momento llegase. La superficie era inhabitable desde el Desastre. Además, afuera, las estrellas no se veían de noche.
Estaba algo nervioso. Al día siguiente, tomaría posesión en las fuerzas de élite Ulises, los afamados Guardianes de Babilonia. Aquello con lo que había soñado desde niño. Había trabajado muy duro para llegar hasta allí. Sin duda, su padre estaría orgulloso. Mirando al falso cielo estrellado, le dedicó su victoria.
En ese momento, bajo la luz de las falsas estrellas, Gail desconocía que todas las batallas que había luchado, todas las dificultades que había superado hasta entonces, no serían nada, en comparación con las que estarían por llegar.
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