A principios del siglo XX, Barcelona era una ciudad caótica y cosmopolita, sumida en una efervescencia imparable. Tras la Gran Guerra de 1914, personajes de toda índole aterrizaban en la ciudad entregados al ocio, con un único propósito: disfrutar de la vida.
Mientras tanto, las constantes luchas obreras teñían de sangre las calles, día tras día, y los anarquistas saldaban cuentas con los dueños de las fábricas.
En el Barrio Chino, cada noche, los deslumbrantes neones de La Criolla bañaban de un rojo incandescente la calle del Cid. Este salón de baile, transformado por Pepe Marqués en el epicentro del vicio barcelonés, se había convertido en un lugar donde todo estaba permitido. Cada noche se llenaba con lo más selecto —y decadente— de Barcelona.
Junto a ellos, anarquistas, políticos, intelectuales, travestis y policías corruptos se mezclaban en busca de sexo, drogas y diversión. Amaban, soñaban, sufrían, se traicionaban… y morían.
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