Cuando le concedieron el Nobel a Bob Dylan leí todo tipo de opiniones al respecto. Algunas, bien argumentadas, exponían sus reservas e incluso su rechazo hacia un reconocimiento que opinaban, como poco, exagerado. Otras, se burlaban haciendo alarde de ignorancia. Ya sabemos los estragos del fenómeno denominado “cuñadismo”. Una tercera posición era la de los que defendían el premio, aludiendo entre otras cosas a la tradición de los trovadores. Entre los primeros y los terceros (no los cuñados, cl
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