Una grieta bajo el altar abre paso a una cripta intacta y a un artefacto imposible: el Núcleo de Ezthar, un corazón vivo cuyo pulso revela, tienta y devora. Su “luz” no ilumina: expone.
Cuando Karvass confiesa haberlo creado para burlar a la muerte de su esposa, el precio queda claro: el Núcleo concede lo que más deseas y lo cobra en vidas. Solo puede destruirse con cryptonita y adamantium en el corazón de Xian’Korr.
El grupo que lo desentierra—Lineinst (dos voces: Ezriel y Nark), Sireva (bruja telequinética) y Zaiuk (guerrero de escamas blancas)—acepta un viaje que atraviesa pueblos que recuerdan, ruinas que muerden y selvas donde las piedras hablan a cambio de memoria.
En cada parada, el Núcleo entra en sus cabezas: a Sireva le ofrece la maternidad negada; a Zaiuk, un reinado de fuerza; a Lineinst, el silencio de una sola voz.
Y como si fuera poco, una reliquia maldita se ciñe a su destino: el Enlace de los Círculos Rotos, una cadena-juramento que no defiende; decide quién cae hasta romper el círculo.
Entre tentaciones, muertos que caminan y viejas escuelas de magia que susurran alianzas, la pregunta no es quién derrotará al Núcleo, sino qué parte de sí mismos están dispuestos a sacrificar para que el mundo no despierte convertido en su alimento.
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