Reconozco que a veces me pierden las palabras. No me refiero a que estas me vuelvan loca y que me encanten ―que también―; tampoco a que ‹‹me vaya por los Cerros de Úbeda›› conscientemente ni a que sin querer me pierda en mis propias divagaciones, saltando de rama en rama hasta que al final, después de tanta vuelta, no sé lo que realmente quería decir y no logro encontrarme hasta que no cae la manzana de una de las ramas que me hace recordar. Pero aunque todo esto me ocurra con frecuencia, no me
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