Todo aquel viajero que se haya internado a la orilla de la ciudad del Tormes a través de los carruajes de metal que suponen los ferrocales actuales o que se haya despedido de ella a través de los mismos, se habrá topado con una escultura que parece cobrar vida por momentos y trasladarnos a mundos medievales, bien de la realidad de los torneos entre caballeros a finales del siglo XV, bien de la fantasía histórica sacada de los Ciclos Artúricos, o de la fantasía novelada de Canción de Hielo y Fueg
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