Desde niña siempre tuve mis rarezas. Uno de mis sueños era bañarme con delfines―lo cual no es nada raro―. Pero si os digo que otro de ellos era visitar la cárcel, la cosa ya cambia.
Visitar la cárcel como quien visita un museo, para ver las instalaciones; como quien va a casa de un conocido, para charlar con delincuentes u observar su comportamiento; como quien va a la universidad a aprender, pero―en lugar de formarme culturalmente―aprender de la vida, de la esclavitud y la libertad, de los se
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