La noche era nítida y clara. Tumbados sobre la manta, rodeados de silencio, abrazados por la Constelación, esperábamos recibir aquél diluvio de estrellas a las que pedir mil deseos, cogidos de la mano, nos animaban a soñar con un futuro juntos.
Rodeados de aquel paisaje único, salpicado del rojoTajinaste, danzando sus sombras, como pidiendo compasión para sus sangrantes heridas, y vestido de un halo de misterio encendía nuestra imaginación.
Inmersos en aquella magia, todo resultaba perfecto,
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