Cómo es posible, se preguntarán (hasta cierto punto, no sin razón), que un teldense de origen y santaluceño de corazón y habitación como yo acabe inmerso en una industria retórica tan singular como la prologal, y que por ello mis ladrillos léxicos terminen edificando la fachada textual de un volumen cuyos cimientos se asientan sobre una tierra, la galdense, que años ha formó parte de mis horas más significativas, aunque fuese por un periodo relativamente breve y por un motivo que no viene al cas
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