El 4 de julio de 2017, la oncóloga de mi madre fue a buscarme al hospital de día, donde estábamos en nuestra sesión de quimioterapia correspondiente. Por primera vez, en camilla, porque mi madre ni siquiera se mantenía varias horas sentada. La doctora fue a buscarme para decirme que se acabó. La etapa de quimioterapia en el hospital llegaba a su fin y comenzaba el tratamiento domiciliario de paliativos. En ese momento, supe exactamente lo que eso significaba: el principio del fin. Me rompí y me dejé caer por primera vez en ocho meses, delante de las escaleras del Hospital Ramón y Cajal.
El 4 de julio de 2018, tomé la decisión de que sería el principio de mi fin. La única frase que sonaba en mi cabeza era «La vida no puede ser esto». Estaba cansada, desesperada, agotada y fuera de mí. Lo organicé todo. El 4 de julio de 2018, a las 11:00, sería mi último aliento.
Ni siquiera hoy puedo explicar con palabras lo que pasó.
¿Qué vino después? Aquello es historia, la que se encuentra comprendida entre estas páginas.
Una historia de resiliencia, de dolor, de desnudez emocional, de humanidad y de tremenda crudeza. Una oda al dolor natural como camino de la transformación y del reconocimiento personal. Una oda a la responsabilidad sin victimismos.
«La muerte me salvó la vida» es la obra de cada uno de los cimientos de la persona que hoy escribe estas letras.
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