Mónica, Fran y Emilio compartieron infancia y adolescencia. Luego se separaron sus caminos, pero las vivencias compartidas dejaron en ellos una huella indeleble. En realidad quien más huellas dejó fue Emilio… ya que Mónica y Fran, pese a ser sus mejores amigos, fueron quienes más sufrieron sus bromas pesadas, sus enredos y algunas travesuras demasiado cercanas a la delincuencia juvenil.
Cuando empieza la obra se reencuentran. Emilio los ha convocado misteriosamente para montar juntos una empresa: POST MORTEM. Ha tenido la genial idea de ofrecer a la gente la posibilidad de hacer una especie de testamento emocional. Sus servicios consisten en grabar a los clientes expresándose sin tapujos, diciendo todo aquello que les sale del corazón -y de los higaditos-, a las personas de su elección. El compromiso de la empresa es mostrar esas imágenes después de su fallecimiento (el del cliente…) a quienes ellos hayan elegido. Una especie de vomitona final, en la que el receptor del mensaje no tiene opción a réplica porque el emisor del mensaje ha pasado a mejor vida.
Post Mortem, la empresa, es sólo el marco del reencuentro, porque lo que en realidad pretende Emilio es volver a revivir la relación con sus amigos, y también ayudarles a darse cuenta de que están hechos el uno para el otro. Mónica y Fran se resisten, como siempre… pero finalmente acaban haciendo todo lo que Emilio quiere y yendo por el camino que Emilio marca, como siempre…
Emilio no lo hace con mala intención. Es un gran manipulador, pero también es divertido, ingenioso y en el fondo hasta buena gente. Realmente aprecia a Mónica y a Fran. Pero no es menos cierto que, al igual que le pasaba cuando era pequeño, se aburre un poco y no puede resistirse a esa imperiosa necesidad que tiene de intervenir en la vida de los demás. Contará para ello con la ayuda de Lola, una nueva amiga que, al igual que Mónica y Fran, no ha aprendido a decirle que no.
De la mano de estos cuatro personajes pasaremos un rato divertido oyéndoles hablar de amor, de familia, del valor de la sinceridad, de los convencionalismos sociales; haciendo a fin de cuentas, un pequeño repaso a la vida.
La idea es que el espectador, al salir del teatro, después de haberse reído y disfrutado, salga también planteándose cosas sobre su propia existencia.
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